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EN CASA
*
El portón viejo solo se abría si se empujaba hacia arriba por el lado derecho antes de correr el seguro. Akane lo hizo sin pensar.
Cruzó el sendero de pastelones hasta el recibidor. Hacía meses desde su visita en Navidad, cuando los árboles estaban iluminados, la hierba enterrada bajo la nieve y Emi perseguía los copos que flotaban por todo el jardín.
La brisa de inicios de verano le bamboleó el vestido y refrescó el sudor que escurría por su frente. Se secó con un pañuelo de papel cuidando no estropear el maquillaje; casi pierde el tren por dejarlo perfecto. La piel de la cara le tiraba, irritada por los granos.
Se palmeó las mejillas para darse valor.
—¡Estoy en casa! —saludó mientras se descalzaba.
El aire de la casa era espeso. Esperó los murmullos de Nabiki, la risa ahogada de su papá, cualquier señal de la emboscada habitual, como aquella vez en que todos se escondieron en el armario del comedor para sorprenderla y los regañó porque alguien podía morir del susto.
—¿Hola? ¡Estoy en casa! —gritó aún más fuerte—. ¿Hay alguien?
—¿Kasumi? —probó casi en un susurro, asomando la cabeza en la cocina, pero adentro solo revoloteaban las moscas sobre la tetilla de un biberón a medio terminar. Apestaba a las cáscaras descompuestas por el sol que nadie había sacado al compostaje. Por la ventana, el panel corredizo del dojo estaba cerrado y desencajado de una manera que no recordaba.
Volvió al recibidor. En el genkan faltaban las sandalias de su papá, las bailarinas de Kasumi y las pequeñas zapatillas de Emi. El teléfono no estaba en su base.
La casa dormía entre la estática de los electrodomésticos y el lamento de las ramas doblándose al viento.
El vientre se le acalambró. La sangre que corría por sus venas tenía vidrios molidos. Apenas podía cerrar sus manos húmedas, que tanteaban las paredes y los muebles en búsqueda de apoyo.
Entonces la voz de Ranma se filtró desde la sala y sus rodillas casi cedieron. Caminó hacia allá, conteniendo el impulso de correr, y lo encontró de espaldas a ella. Tuvo que esperar aferrada al umbral hasta que su cuerpo dejara de temblar.
—Sí, sí, señor Hashi, estoy apuntando.
Tenía el auricular encajado entre la oreja y el hombro, encorvado sobre una libretita. Decía algo sobre las dimensiones de unas maderas. Nada grave. Nada de muertes ni hospitales.
No necesitaba verlo para adivinar sus garabatos sobre el papel, su entrecejo fruncido y la lengua afuera como si de verdad estuviera concentrado. Estaba más alto, más ancha la espalda sobre la que reposaba su trenza larga, como a ella le gustaba. Vestía esa camisa celeste sin mangas que se ajustaba a su torso y revelaba sus hombros gruesos y tostados.
Akane calmó su respiración al compás de su voz profunda que respondía hai, hai, hai.
Se acercó de puntillas y lo rodeó con sus brazos. Aun cuando Akane ya no vivía ahí, él seguía usando el mismo champú que ella, el que olía a manzanilla y prometía un cabello sedoso. El pecho de su prometido apenas se tensó bajo sus dedos y siguió hablando, fingiendo que nada pasaba. Bajo su oído, el corazón le latía pesado.
Refregó su cara en su espalda para ocultar su risa. Raspó con las uñas sus abdominales duros y las arrastró hasta tirar de la cinturilla de sus pantalones. Tocó sin dudar su entrepierna y la apretó sobre la tela.
—Ha dicho cuarenta mil trescientos... Espere, ¡cuarenta mil trescientos yenes! —gruñó—. No tenemos ese dinero ahor… ¡Ugh!
Ranma le atrapó el antebrazo travieso y hundió los dedos allí hasta dejar marcas. Se giró a medias para mirarla, con el teléfono a punto de caérsele.
—E-escuche, señor Hashi, ¿le parece si hablamos mañana? —dijo con la voz una octava más aguda, empujando su cadera hacia atrás, pero a Akane no le importó; al contrario, saboreó el salitre de su piel descubierta.
Colgó con un golpe y se giró enfurecido.
—¡Qué diablos te pasa, Akane!
Sus cejas pobladas se encontraron en medio, su aliento dulzón le golpeó la cara, embriagándola.
—Estoy en casa —le dijo ella, repasando sus ojeras con los pulgares y se empinó para besarlo.
Ranma no tardó en devolverle el abrazo y estrujarla sin medir su fuerza, en ahogarla con sus labios y su lengua, como siempre hacía cuando se volvían a ver.
—¿Estamos solos? —preguntó Akane cuando se separaron. Ahora estaba ocupada llenando sus manos con las nalgas duras de su prometido y lo arrastró hasta que su erección se apretó contra su pelvis.
—Akane, para...
Ella sonrió mientras besaba su cuello. —¿De verdad quieres que pare?
—¡Akane! ¡Hijita!
Oh no.
Soltó a su prometido como si él quemara. Ranma tenía la boca embarrada con el labial rosa. Ella apenas atinó a limpiarse su propia boca y él la imitó despistado. No había necesidad, sin embargo, pues su padre solía felicitarlos ante la más mínima muestra de cariño. Después la chantajeaba con su clásico es que no vienes nunca, es que me estoy haciendo viejo.
Cerró los ojos, ancló los pies al suelo, y esperó.
—¿No que llegabas el veintiséis? —Akane despegó un párpado. Su papá le sonreía detrás de su bigote espolvoreado con pocas canas.
—Hoy es veintiséis —respondió, igual de sorprendida.
—¡Ah! ¡Qué cabeza la mía! No me había percatado —dijo, revolviéndole el cabello—. Vamos, te acompaño a tu habitación.
Intentó tomar una tira de su mochila, pero ella retrocedió.
—¿O interrumpo algo?
Su papá le golpeó suavemente el mentón, como cuando ella era una niña. Akane intentó responder algo coherente, cualquier cosa, pero solo logró balbucear. Miró a Ranma buscando ayuda y él se adelantó, aclarándose la garganta.
—Señor Soun —dijo con la voz ronca, pero insegura—. ¿Puedo hablar con usted? El contratista llamó por lo del techo.
—Claro, muchacho. Discúlpanos, Akane, ponte cómoda por favor. —Su papá guió a su prometido hasta que ambos desaparecieron por el pasillo.
El recibidor quedó sumido en un vacío incómodo. La conversación seguía en el despacho de su papá pero ella ya no podía escuchar nada, ni detalles del presupuesto, ni las quejas sobre las polillas en las vigas de esa casa que también era suya, ni cómo el señor Hashi era un tramposo para los negocios.
Permaneció plantada allí, aguantándose el dolor del abdomen y los senos. Acomodó el peso de su bolso sobre su hombro. Mejor se iba a descansar un momento, total, tenía todo el día para ponerse al día con Ranma.
El camino hacia la segunda planta no había variado ni un centímetro. El mismo peldaño suelto que crujía para delatarla cuando salía a trotar antes del amanecer. Las mismas fotos de ella y sus hermanas cuando su mamá aún vivía. La misma hendidura alargada en el muro de aquella vez que descubrió que Ryoga era P-Chan y lo azotó tan fuerte contra el muro que al pobre se le partió un diente.
Incluso su habitación tenía el mismo olor al suavizante de gardenias que Kasumi compraba en la tienda de descuentos. Todo igual. Salvo las cajas apiladas sobre su escritorio y la vieja caminadora de su padre al lado de su cama.
Espera.
Esa caminadora estaba en la bodega, siempre lo estuvo. ¿Por qué diablos ahora servía de perchero para las carteras de Nabiki?
Tiró su mochila sobre la cama y abrió el armario de par en par. Abrigos de invierno de la familia, del más grande al más pequeño. Levantó el faldón de su cama y descubrió que debajo del catre había más cajas, todas rotuladas por categorías. Adornos navideños. Cintas de videos. Facturas.
Esto era obra de Kasumi. Solo a ella se le ocurriría organizar sus libros en orden alfabético. ¿Y quién le dio el derecho de usar SU cuarto a su antojo? ¿O creía que porque ahora era mamá, también era la dueña del lugar?
El aire bajó caliente hasta sus pulmones. Se mordió las ganas de aplastar una de esas cajas con sus puños y se sentó para serenarse. Seguro había una explicación; después de todo, en esa casa ya no solo eran ellos, sino también la pequeña Emi y todas sus cosas.
Se tumbó sobre el colchón y miró la lámpara que colgaba arriba. Parecía más baja. Un resorte le punzó la espalda. La última vez que estuvo allí, Emi durmió con ella en esa misma cama, respirando sobre su clavícula. La pequeña no paraba de llorar porque su tía tenía que volver a la universidad al día siguiente, así que Kasumi dejó que se quedara.
Los ojos le picaron. Inhaló hondo y presionó el vientre con ambas manos; lo sentía tenso por el cansancio del viaje.
Se levantó antes de que los párpados se le hicieran más pesados y se sacudió el cuerpo para sacarse el plomo de encima. Quería quitarse el sabor a hiel de la boca. Anhelaba que Ranma la estrechara, que le murmurara palabras tontas al oído, que le masajeara el cuero cabelludo con sus dedos largos y gruesos.
Bajó las escaleras justo cuando su prometido y su padre reaparecían por el pasillo. Se detuvo en el primer peldaño. Vaya contraste: su papá se pavoneaba con el pecho inflado; Ranma tenía los hombros recogidos, como si llevara una de sus mochilas gigantes de entrenamiento. Se le hundió el corazón. Él también debía estar agotado de tantas responsabilidades, pasándola mal cuando ella no estaba.
—¡Ah, Akane! —dijo su padre al verla—. ¡Me enteré de que sacaste la mejor calificación en los parciales! ¿Por qué no me dijiste nada?
—Perdón, te lo iba a contar ahora —admitió bajando la mirada.
—Hazme un favor y ve a comprar unas bebidas para la cena. Vamos a celebrar como corresponde. Yo tengo que hablar rápido con el viejo Hashi y vuelvo.
—Claro.
Cuando estuvieron solos, Ranma se puso frente a ella y la abrazó por la cintura. Así, parada sobre el primer peldaño, era casi tan alta como él.
Él encajó su frente en la curva de su cuello. Estaba caliente, como si tuviera fiebre, pero supuso que era porque el día rozaba los treinta grados.
—Oye... estás bonita hoy —dijo con esfuerzo; era un halago sencillo pero que a él le costaba horrores—. No te lo había dicho antes.
—Y tú estás terrible —respondió ella pinchándole una costilla.
—No seas pesada.
—¿Me acompañas a comprar? —ronroneó ajustando la solapa de su camisa, rozando su piel.
Ranma se separó de ella lo justo para mirar el reloj de la entrada y suspiró resignado.
—Tengo clases en diez minutos. Pero es rápido, ¿verdad? Tres cuadras. —Le dio un pico en los labios—. No tardes, quiero presentarte a los chicos nuevos.
—¿Tienes más estudiantes?
—Casi el doble desde la última vez que viniste. —Un gesto socarrón transformó sus rasgos cansados y sus ojos brillaron con orgullo —¿Te sorprende que sea un sensei genial?
Akane rió y lo empujó para terminar de bajar las escaleras. Meneó las caderas al cruzar hacia la entrada. Que la extrañara mientras ella estuviera fuera.
—¡Nos vemos en la cena!
No miró atrás hasta que estuvo varios metros fuera de la propiedad. La sonrisa se le borró de a poco. Echó a andar y se propuso llegar lo más lejos posible. Quizás al mercadillo del centro, o al puesto del viejo con amalgamas de oro en los dientes.
El pavimento ardía debajo del plástico de sus sandalias y el sol le pegaba duro en la nuca. El vestido se le adhería a la espalda baja por la humedad. Las radios anunciaban una de las peores olas de calor en Nerima, con máximas insoportables.
Tomó una ramita tirada en el suelo y la deslizó por la reja que separaba el camino del canal, distrayéndose con el repiqueteo de la madera contra el metal.
Tres años atrás, también era verano. Recorrió el mismo camino junto a Ranma, saltaron la verja y se sentaron en la ribera desprovista de piedras para mojarse los pies. Akane había postergado por varias semanas esa conversación, en la que le anunciaba que estudiaría en una universidad privada en Nara. Más dos años de especialización, pero eso no estaba decidido, le recalcó entonces.
Ranma mascaba el palito de un caramelo que se había consumido un rato atrás. Debajo del agua fría movía los dedos de los pies. Las aves en el cielo que emprendían su vuelo hacia el norte. Yo me haré cargo de todo, ya verás, le había dicho él. Cuando vuelvas, todo va a estar igual.
Ella le había creído.
Pero al poco tiempo Kasumi se embarazó, luego los padres de Ranma se mudaron a su propia casa dejándolo a cargo del dojo, luego Nabiki consiguió un trabajo de contabilidad, y Akane...
Tropezó cuando la punta de su sandalia se enganchó en una grieta del pavimento y se afirmó de un poste de luz para no caer. Había llegado al punto en el que el canal se bifurcaba y el camino se ensanchaba en una avenida llena de comercios.
Estiró los minutos deteniéndose frente a las vitrinas de las tiendas de variedades, estudiando el reflejo de su cara en cada ventanal. Se probó unos aros de piedras lacadas que soñaba con poder costear algún día y hojeó revistas de moda hasta que las sombras de la tarde comenzaron a desteñir las fotografías y llegó la hora de volver.
El camino de regreso se le hizo aún más largo, incluso con el calor amainando. Por suerte, Kasumi la encontró cuando pasó al lado del estanque en el jardín y se ofreció para cargar las bolsas pesadas hasta la cocina.
Se pusieron al día mientras ambas tomaban el té apoyadas contra la mesada. Kasumi la escuchaba atenta pero cada cierto tiempo, miraba a un punto indefinido en la pileta y le tomaba la mano para acariciarle los nudillos. Después sonreía y le seguía escuchando, y volvían a hablar sobre Emi o cualquier otra trivialidad.
El reencuentro fue como una ola que borra las huellas en la arena, incluso Akane olvidó que en algún momento estuvo enfadada con ella.
Kasumi siguió cocinando. Pollo karaage, su favorito.
—¿Por qué no vas a saludar a Emi? —le propuso—. Está al fondo, con Ranma.
Sus pasos apresurados la llevaron hasta el dojo, pero se quedó congelada en la entrada, conteniendo el aliento. Ranma recogía colchonetas. Detrás de él, Emi peinada con sus coletas altas, le imitaba. Cogió una de ellas, la más grande, y cayó sobre su culo al no poder con el peso.
—¡Esas no, enana! —El chico la corrigió con su rudeza dulce, señalándole las almohadas desperdigadas en la duela. Emi se levantó de un salto. Ni se inmutó por el impacto, obstinada, y siguió persiguiendo al muchacho.
Akane se aventuró tímida hacia adentro. —Hola, Emi-chan.
La niña se detuvo en seco y giró la cabeza para mirarla. La examinó unos segundos, con las cejas arqueadas sobre sus ojitos cafés gigantes, iguales a los de Kasumi, que luego arrugó en un gesto de confusión.
—¡Akane! Mira, enana, tu tía Akane vino a visitarte —dijo Ranma inclinándose para tomarla y pegarla a su cadera, sus piernas gorditas colgando como una muñequita de trapo. Era una bebé aún y Akane no se hacía ilusiones, seguro no la reconocía todavía.
Ranma la hizo rebotar un par de veces para llamar su atención y se acercó un poco a Akane. —¿Acaso no recuerdas a la tía Akane?
Pero Emi siguió mirándola cada vez más desconcertada con el labio inferior temblando. Agarraba el traje de entrenamiento de Ranma con una mano y con la otra tiraba de su trenza, como exigiendo explicaciones, y terminó por esconder la carita en su cuello.
—No te preocupes, Ranma, ya nos saludaremos en otro momento —dijo Akane sin saber qué hacer con sus manos.
—Vamos, Emi-chan —insistió Ranma, pero Emi ya no tuvo más paciencia e irrumpió en un llanto abrupto y desgarrador.
—¡Mamá! —gritaba la bebé con las mejillas rojas, sin lágrimas— ¡Tío Ranma!
Ranma comenzó a mecerla más fuerte, dividiendo su atención entre la niña refugiada en su pecho y Akane. Estaba tan incómodo que parecía a punto de llorar él también.
—Enana, por favor. Akane, no le hagas caso.
—¿Otra vez la hora del berrinche?
Emi se calmó de golpe. Fue solo una frase y la niña se estiró hacia su mamá, que la recibió paciente para sobarle la espalda.
—Lo siento, Ranma, ya sabes cómo es.
—No pasa nada, Kasumi, hoy volvió a intentar las katas con el resto de los chicos.
Kasumi suspiró y le besó la frente a Emi, acomodándola contra su hombro. —Parece que vamos a tener que comprarle un traje pronto.
—No sé si hay en talla tan pequeña —bromeó Ranma para animar a Kasumi que sonaba más apagada mientras su hija todavía hipaba de pena.
—Despídete para la siesta —dijo Kasumi agitando la mano de la niña por ella, pero Emi solo veía al tío Ranma entre sus pestañas mojadas. Él las vio salir, con los brazos en jarra, y luego se centró en Akane.
—No estoy enojada, si eso es lo que estás pensando.
—Díselo a tu cara.
Akane rodó los ojos y se giró para salir, pero Ranma la detuvo tomándola de la muñeca y reteniéndola contra él, respirando contra su melena corta. Arriba de ellos, las polillas comían las vigas viejas haciéndolas crujir. Pero no importaba, incluso extrañaría ese sonido cuando las cambiaran.
Tiró de su trenza, igual que Emi lo hiciera antes, y lo obligó a mirarla. Hubo un tiempo en el que el solo hecho de que los vieran juntos les causaba escalofríos. Ahora bastaba con que él le rozara la columna con las yemas de sus dedos y le mordiera ese punto detrás de su oreja.
—Basta, apestas —reclamó Akane.
—Entonces vamos a bañarnos juntos.
—Ah, ahí estás.
Akane levantó la vista. Ranma la apartó por los codos y luego se estiró las arrugas del gi. Nabiki no hizo amago de saludarla. Vestía un traje de ejecutiva completo con una blusa entallada, falda lápiz, medias grises y sus pantuflas rosadas en forma de garras de oso que usaba desde que tenía catorce.
—¿Buscas a alguien? —preguntó Akane, aunque ya podía imaginar la respuesta.
—A tu prometido. Tenemos que revisar unos números antes de mañana.
—¿Qué hay mañana? —preguntó Akane.
—¿No le contaste? —reprendió su hermana.
—¡No te metas, Nabiki!
—Vamos a resolver unos asuntos en el banco y a recoger la muestra de barnices. Si quieres, puedes venir con nosotros —ofreció, pero Akane prefería no enterarse en qué clase de asuntos estaría metida Nabiki, y menos si arrastraba a su prometido en ellos—. Bonito maquillaje, por cierto.
—Descuida, Nabiki. Mejor voy a tomar un baño —se excusó.
Cuando abordó el tren esa mañana en Nara, nunca imaginó que desearía estar de vuelta allí, en el diminuto piso que compartía con una de sus compañeras de clase, con el papel mural chorreado en todas las esquinas y el calefactor que no funcionaba cuando estudiaba por las noches.
Prefirió encerrarse en el ofuro el resto de la tarde y Ranma tuvo que salir al baño público cuatro calles más abajo.
Se sentaron a cenar a las siete y ella ocupó el lugar de costumbre junto a su prometido, pero lo ignoró cuando él le trazó círculos sobre su muslo desnudo debajo de la mesa.
A Emi se le había pasado el capricho y ahora se entretenía esparciendo su papilla por toda la bandeja de su silla alta. Kasumi servía el arroz en los platos y su padre le pedía a Nabiki que por favor guardara la revista y prestara atención a la cena.
Todos comían en silencio. El karaage estaba tan bueno que se chupó los dedos.
—Akane —carraspeó Kasumi mientras limpiaba la boca de Emi—, ¿ya sabes si vas a seguir estudiando?
—¿Seguir estudiando? ¿En esta economía? Es tirar el dinero —declaró Nabiki—. Mejor te casas y te capitalizas del dojo, ¿no, cuñado? —bromeó.
—Cállate, Nabiki. Deja de darme problemas.
—Mi niña, todavía eres joven. Vuelve a casa, todos te extrañamos aquí —intentó mediar su papá.
Eso no era asunto de él, quiso decir, pero aún tenía la boca llena de arroz y col.
—Eso es decisión de Akane —respondió Ranma por ella.
—Por supuesto. —Kasumi asintió, conciliadora—. Estoy segura de que tomarás la mejor decisión.
Se golpeó el pecho para apurar el bocado. —En realidad…
—Te mando una lista de cursos en línea. El de finanzas es muy bueno y más barato que un posgrado —interrumpió Nabiki.
—¡Qué buena idea! —celebró Soun—. Y si te gusta, luego puedes buscar una universidad cerca de aquí.
Apretó los palillos mientras Ranma le dejaba su porción de rábanos en su bol. Mañoso.
—Sobre eso...
—¿Me pasas las servilletas, por favor? Emi se ensució toda de nuevo —dijo Kasumi.
Akane se las pasó con un gesto mecánico, la mandíbula le dolía de apretarla con tanta fuerza.
Se abrió una pausa mientras todos mascaban.
—Acerca del posgrado, yo…
El bracito de Emi se estiró torpemente hacia su vaso de agua. El plástico se tambaleó peligrosamente en el borde de la bandeja.
—¡Cuidado, enana! —gritó Ranma, levantándose de un salto para atrapar el vaso antes de que cayera.
Demasiado tarde. El agua se derramó sobre la mesa, chorreando hacia el plato de Nabiki.
—¡Mi falda! —exclamó Nabiki tomando un montón de servilletas para secarse el regazo.
Akane se paralizó, viendo cómo el charco se estrechaba en un hilo de agua y se extendía por toda la mesa hasta tocar el borde de su vaso.
—Uy, menos mal que no cayó en el tatami —agradeció Soun—. Hay que tener más cuidado para la próxima ¿Cierto, Akane?
—Me mojaron… —Su voz salió baja. Demasiado baja.
Ranma, todavía de pie con el vaso vacío en la mano, la miró. —¿Akane?
—Llevo… —dijo ella, ocultando sus ojos tras su flequillo—, toda la cena intentando hablar.
El trapo de Kasumi se detuvo a medio camino.
—Y encima… —La voz se le quebró en un chirrido parecido a una cadena oxidada—. ¡Termino toda mojada!
Golpeó ambas palmas sobre la madera. Se puso de pie. Las expresiones de terror a su alrededor no le importaron.
—¡Nadie me escucha! —Las lágrimas ya corrían libres por sus mejillas—. ¡Llevo horas aquí y nadie me escucha! ¡Parezco tonta!
Se restregó la manga por la cara, corriendo aún más el delineador.
—¡Nadie me esperaba! Porque se les olvidó… —Un sollozo la sacudió.
—Akane, nosotros… —empezó su padre.
—¡Y mi habitación! —continuó, sin dejarlo terminar—. ¡Está llena de cajas! ¡De Kasumi!
—Son de la casa, Akane —explicó Nabiki sin venir al caso.
—Y mi sobrina… mi sobrina me tiene miedo. Pero contigo… —Aspiró, entrecortada, y se giró hacia su prometido— ¡El tío Ranma!
—Yo solo…
—¡Cállate! ¡Ni siquiera sé por qué vine! —Gritó, y su voz se rompió en sollozos incontrolables—. Y ni siquiera... ¡Ni siquiera sé si quiero hacer el estúpido posgrado!
Ranma se encogió, ocultándose tras la espalda de Kasumi. Nabiki retiró todos los elementos cortopunzantes de la mesa. Emi se tapaba los oídos con sus dedos.
—¿Es que ya no soy parte de esta familia? —preguntó.
Nadie respondió.
—Olvídenlo —murmuró Akane, caminando en reversa.
—¡Akane, espera…! —Ranma se levantó.
—¡Los odio! —gritó antes de salir disparada escaleras arriba y azotar tan fuerte la puerta de su habitación que los perros del vecindario comenzaron a aullar.
Berreó aferrada a su almohada, empapando las sábanas debajo de ella. Mañana, cuando el calor de la ira se le bajara de la cabeza, le iba a doler como un mazazo directo al cráneo. Iba a tener que tomarse tres aspirinas y dormir hasta mediodía. Eso, si los vecinos no llamaban a los servicios de menores antes.
Apostaba a que su papá estaba en ese mismo minuto obligando a Ranma a hacerse cargo del desastre, tal como le exigía ocuparse de cada detalle en esa casa.
No lo dejaría. Tenía que pensar en un plan. No podía quedarse aquí después de todo, de hecho, sería mejor no volver por una buena temporada.
Esperó a que le volvieran las fuerzas para empacar. Mañana iría a la estación al alba. El primer tren a Nara salía a las... ¿seis? ¿Siete? Qué más daba.
Se removió en la cama hasta que sintió una gota espesa escurrir de entre sus piernas. Ahogó un gruñido tras el almohadón.
Pero primero tendría que hablar con Nabiki para pedirle tampones, para completar su humillación, y rogarle que no le cobrara ésta y su próxima mesada. Los de ella habían quedado en Nara, olvidados sobre la tapa del inodoro.
—Akane… —la llamó Ranma desde detrás de la puerta y el picaporte se agitó, pero tenía el seguro puesto.
—Vete —Su voz sonó metálica.
—Akane, por favor. Necesito hablar contigo y no voy a trepar por la ventana, me duele la rodilla.
—No hay nada que hablar.
—Sí lo hay.
—¡Dije que te vayas! —gritó y lanzó la almohada hacia la puerta. Si seguía insistiendo, el próximo objeto en volar sería una de las cajas de su hermana.
Pero pasaron unos segundos y no ocurrió nada. Por un momento pensó que se había ido. Al final, Ranma era quien mejor la conocía y sabía cuándo mantener la distancia.
Entonces escuchó el roce de tela contra madera y un suspiro pesado.
—No me voy a ir —dijo desde el otro lado, golpeando la puerta con su nuca. Sonaba cansado. —Aunque me tires cosas, aunque me grites, no me voy.
Akane se arrugó la falda del vestido.
—Pensé que iba a poder arreglar el techo antes de que llegaras, pero no nos alcanzó con el dinero de este mes, así que Nabiki sugirió lo del crédito.
Golpeó nuevamente con su cabeza, una, dos, varias veces, marcando un ritmo fatal.
—Intenté hacerlo yo mismo con la parte de la bodega, pero quedó peor. Tuvimos que mover hasta aquí las cajas por mientras. Perdón, debí avisarte antes.
Akane se mordió el labio hasta que dejó de sentirlo. Se puso de pie y posó la palma abierta sobre el panel. Si se concentraba bien, podría sentir su vibración a través de él. Le quitó el seguro a la puerta y abrió sin cuidado. Ranma cayó de espaldas con un grito sorprendido.
—¡Oye! —Se intentó incorporar pero resbaló y se azotó otra vez contra el suelo. Akane resopló divertida, era como estar viendo una caricatura—. ¡No es gracioso, me estoy intentando sincerar!
Su camisa se había torcido y tenía una mancha de papilla cerca del pectoral izquierdo. Había un palillo enterrado en la trenza. El pelo de ella también debía estar hecho una maraña. Ni siquiera se notaba que ayer se había ido a retocar las puntas como a él le agradaba.
—Idiota.
Se agachó y lo abrazó. Esta vez no iba a dejar que ningún entrometido los separara. Quiso seguir llorando pero tenía los ojos secos, así que se contentó con pegarse más aún a él, sin dejar ningún espacio entre ambos.
Por fin estaba en casa.
Lo besó. Sus pieles se pegaban por la humedad del verano. Akane sorbió la nariz y volvió a besarlo. Ranma se quejó cuando sus dientes chocaron y ella lo aplacó soplando en su cuello donde sabía que le daba cosquillas. Se aventuró un poco más, mascando su manzana de adán que se movió de arriba a abajo en respuesta.
Buscó sus ojos y tiró de los botones de su camisa.
—Ranma… Tengo algo que pedirte. —Le besó el hombro y luego el bícep.
—¿Hmm? —respondió él, recorriendo su columna con la yema de su dedo índice.
—Necesito que me traigas una caja de tampones que está en la habitación de Nabiki.
—¿Tiene que ser ahora? —preguntó con los párpados a medio cerrar.
—Sí, tiene que ser ahora —Lo echó de su habitación y volvió a cerrar con seguro. —Es azul con letras amarillas. Primer cajón del escritorio —le dijo mientras Ranma aporreaba la puerta pidiendo entrar, hasta que se rindió y sus pies descalzos se perdieron por el pasillo.
Se quitó el vestido, conectó el ventilador que tenía al lado del escritorio y se volvió a tumbar en la cama. Del otro lado de la pared, oía a Ranma revolver el primer cajón de Nabiki y sonrió.
*
