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Un día soleado. Draco contó mentalmente los objetos que debía llevar en la mochilita destinada al bebé. Llevaba suficientes pañales, bloqueador solar, talco para bebés, muchas mamilas para el niño y varios de los peluches que a Scorpius le gustaban. Se sintió lo suficientemente preparado para afrontarlo. Habían pasado poco más de seis meses desde su muerte. Draco acomodó el retrato de Astoria, quien llevaba un vestido rosa fluido que marcaba su bonito vientre embarazado. Tomó al pequeño y lo puso en su portabebés, agarró las cosas y tomó las llaves de la mesita junto al recibidor. Se acomdó los zapatos y susspiró.
—Adiós, cariño—murmuró Draco antes de salir.
Ya no vivía en la mansión familiar. Draco sabía que era un lugar demasiado grande y pesado como para que dos personas vivieran ahí, incluso tres. No soportaba la idea de la soledad que había calado en sus huesos. Los juicios lo habían dejado casi quebrado. Lucius había muerto en Azkaban, incapaz de soportar la pérdida del honor familiar que suponía la derrota de Lord Voldemort a manos de Harry Potter. Narcissa, libre por alguna razón, se había mudado a una residencia propia, una pequeña casa en un pueblo pequeño al sur de Francia. Solo quedaron en Inglaterra Draco y la vieja mansión familiar. E incluso eso se había ido, todo traslatado a una pequeña casa, casi como su madre, en un pueblo muggle ligeramente más grande. Astoria lo había sugerido, decía que eso podía ayudarle, a sentirse menos oprimido por la atmósfera de la mansión. Los recuerdos, podrían olvidarlos si no estuvieran en aquella horrible mansión. Astoria lo sabía.
Pero ella ya no estaba.
Draco se sentía solo.
Un balbuceo lo distrajo. Draco agachó la cabeza y observó los pequeños mechones de cabello de su pequeño. Un niño de seis meses que recién aprende a gatear ya comer. Draco lo abrazó y le dio un besito en la cabeza, justo en la pelucita rubia que se formó en la coronilla. El bebé rió, quizás sin saber que su padre se sentía solo, o quizás sí, porque lo agarró con sus pequeños manitos de bebé, e imitándolo, le estampó un beso baboso en toda la nariz.
Draco reía con su bebé. Tomó las llaves del coche, colocó al niño en su sillita para bebés. El coche ronroneó y ambos partieron.
Harry Potter se sentía como la mierda.
Acababa de salir del juzgado familiar, justo después de que el abogado le leyese sus derechos y deberes en la co-paternidad. En su cabeza solo se repetían las palabras: derechos de custodia, partición de bienes, horarios compartidos, convivencia de los niños, educación familiar; como si fuera un casette cuya cinta se malogró hace mucho tiempo. Solo sabía que en una mano tenía a apoyado su hijo más pequeño, Albus y en la otra aferrado al brazo estaba el mayor, James. Uno lloraba y el otro pedía a su papá por un helado que acababa de ver en un puesto antes de entrar. De Ginny solo pudo ver sus tacones rápidos y su urgencia a irse a Alemania por un contrato de trabajo que tenía ya iniciado.
Trabajo... contrato. Harry se recompuso. Pensó que hacer ahora. James no podía ir con madre a Alemania porque ya había firmado con un campamento de quidditch este verano en Inglaterra y Albus de un año dependía de sus padres totalmente. Harry pensó primero dejar al bebé con su ex suegra, pero recordó el rostro lleno de resentimiento que había puesto la mujer al escuchar sobre el inminente divorcio entre su hija y su yerno favorito así que descartó la idea. No quería enfrentarse aún a la avalancha de regaños que seguramente Molly Weasley le tenía preparado. Pensó en su mejor amiga, Hermione, pero la mujer también tenía una pequeña a la que cuidar y realmente no estaba dispuesto a aumentarle la carga.
Tuvo que ir a casa. Grimmauld Place 12 seguía igual de aterradora que siempre. Harry no le daba importancia a los hechizos de protección que tenía el lugar y Ginny había pasado sus embarazos y los primeros meses de sus hijos en La Madriguera. Harry no creía que sus hijos llamaran a este lugar su hogar. Pero era lo único que tenía.
Los dos niños gritaron un poco al ingresar. Harry lo temía pero ya estaba hecho. ¿Qué mas podía hacer? Se arrodilló para consolar al más grande quien era el que más lágrimas estaba derramando.
—¿Mi mami?—Preguntaba James con la manito limpiando las lágrimas que su papá no pudo limpiar—¿Dónde está mi mami y mi nona?
A Harry se le encogió el pecho. ¿Cómo decirles a sus pequeños que él solo era un cobarde que no quería enfrentar la realidad? Negó con la cabeza y acarició el cabello rojizo de su hijo mayor.
—Mamá está de viaje por ahora. Papá estará a cargo de todo. ¿Sí?
James hipó. Harry suspiró. Se sentía terriblemente mareado. ¿Cómo había vivido así? Sentía que no conocía a sus hijos. Albus solo se removió, con el rostro pegado a la chaqueta de Harry. No quería sacar la cabecita, eso era seguro, tenía miedo. Harry volvió a suspirar. Tomó a los dos en brazos y avanzó hacia el salón. Dejó a ambos niños en el sofá, que gracias al cielo no estaba empolvado, tomó su varita y encendió el fuego en la chimenea. Poco a poco el ambiente se fue calentado-
—Kreacher—llamó Harry. El elfo doméstico apareció con un chasquido doloroso. Hizo una reverencia burlona a los tres.
—Amo y los dos amitos, ¿donde está la ama traidora?—Saludó el elfo, su voz chirriante impactó a los dos bebés, acostumbrados a los murmullos suaves de sus padres, abuelos y tíos.
—¡Kreacher!—Harry se masajeó la frente. Sentía un dolor punzante en la cabeza, en junto a las cejas ¡en todo el maldito cráneo!—Solo prepara algo para los niños, necesito algo dulce, nutritivo, no envenenado y que se vea bien; James no come si se ve algo verde en el plato y Albus es alérgico a los calamares. ¡Ve!
El elfo asintió y desapareció en con un sonido que volvió a llenar la casa. Harry tomó a los dos niños y los llevó a sus habitaciones. Por suerte Ginny le había dado una bolsa mágica con las cosas de Albus, porque sin ellas Harry se sentiría perdido. La habitación de Albus estaba prácticamente vacía, solo con la cama cuna y el tapizado en colores suaves que Ginny había elegido al enterarse del segundo embarazo. Se acercó a la habitación contigua, la de James. El niño ya se había escabullido a su habitación y había anidado junto a los peluches que estaban ahí. De pronto todo el llanto se le había olvidado por la emoción de reecontrarse con juguetes que no recordaba haber dejado ahí y nuevos que sus tíos le habían comprado por navidad y que Harry había mandado ahí por comodidad.
La punzada entre sus cejas menguó ligeramente al ver su hijo mayor así. El niño ya tenía cinco años, entendía las cosas. Eso creía Harry. Sabía que a esa edad empezaban a descubrir el mundo, eso le había comentado la abuela de su ahijado, Teddy. Los niños preguntan, ven y empeizan a sacar conclusiones, reales o fantasiosas pero conclusiones. Un mal paso y ese niño podría odiarlo para siempre.
Volvió con Albus a la cama-cuna. El bebé de un año ya dormía profundamente, aunque despertaría más pronto que tarde para llorar por comida. Harry suspiró y tomó a su pequeño. Fue con James a su habitación y se tumbó con sus dos hijos. Los tres durmieron un poco.
Draco estaba más que nervioso. Era la primera vez que sacaba a su pequeño Scorpius fuera de casa y no sabía que hacer. Tenía una idea vaga sobre ello, un picnic junto al lago del pueblo, él y su bebé viendo a los patos jugar, quizás lanzarles pan. Pero no contaba con que al ser verano la gente estaría mucho más activa en el lago, familias y parejas habían tenido la misma idea que él, así que Draco se tuvo que conformar con colocar la alfombra entre dos árboles, sin tienda de campaña, sin pequeña hogera mágica que calentara la leche de su bebé.
No podía permitirse una sola falta, así sea un pequeño acto mágico fuera de su casa o Harry Potter lo llevaría personalmente a Azkaban. Eso le había dicho el hombre hace unos tres años, al finalizar el juicio de su madre. Los juicios terminaron con la fortuna de casi todos los mortífagos, especialmente aquellos relacionados con la familia Malfoy y lo sucedido en su mansión. Fueron tan largos como costosos. En el último juicio, Harry había acorralado a Draco en un rincón de la sala de testigos.
—Estás advertido Malfoy, un solo hechizo fuera del radar y yo mismo te llevaré con tu padre—Habían sido sus palabras textuales.
Draco solo podía tragarse las lágrimas con el poco orgullo que le quedaba. Abrió la boca para decirle algo, de decirle que él era un hombre libre e inocente, así lo había dictado el juez hace unos meses y ahora su madre sería más libre que él... pero las palabras se quedaron junto a sus lágrimas. Bajo esos ojos verde vibrante no podía mentir. Esos ojos que lo observaban con una atención infinita. Ojos curiosos que ahora solo expresaban asco, como si él fuera lo peor que había dado a luz el planeta. Ojos que ahora lo miraban con tanta fuerza como si quisieran abrirle el cerebro y ver que había ahí.
—Yo... lo prometo Potter, solo déj...
—¡Papi!
Ambos giraron inmediatamente, ahí, junto a la puerta estaba un niño, arreglado con un trajecito de quidditch color rojo y dorado, un jugadorcito mini, aferrado a una pequeña escoba de juguete. Harry inmediatamente comprendió al ver al niño de pelo rojizo. No había querido saberlo pero lo sabía, esas noticias no se esconden, menos se ignoran. ¿Quién no sabía que el grandioso Harry Potter se había casado con su novia de la infancia Ginny Weasley? ¿Quién no podía reconocer lo apropiado y afortunados que eran tdoso al ver la boda entre el héroe de la rebelión y la heroína dentro de Hogwarts? El anuncio del nacimiento de primogenito de Potter había sido fiesta nacional. Ese niño era más famoso que cualquier otro y no lo sabía. Draco sintió una punzada en el pecho al ver al niño. Era muy tierno, tenía algo del rostro de su padre, solo llevaba consigo el pelo de su madre y unos ojos castaños.
Potter se sonrojó, avergonzado. Soltó a Draco y se dirigió hacia su hijo. Draco vio de reojo como Potter esbozaba una sonrisa. Él se quedó ahí, parado contra la pared. Potter se agachó con su hijo y le susurró algo, el niño lo jaló de la camisa y ambos se fueron. No le dedicó una segunda mirada. Draco escuchó la puerta cerrarse con un crujido pesado y se derrumbó sobre sus rodillas. El traje entallado se desgarró levemente al rozar con fuerza el suelo. No pudo ni siquiera alzar la varita para arreglarse, porque algo le nublaba la vista. Algo denso y caliente. Lágrimas empezaron a correr por las mejillas de Draco hasta tocar las suelas de sus zapatos.
