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El Precio del Honor

Summary:

La que sería una misión diplomática de la familia heredera al Trono en el torneo de Vado Ceniza, se transformará rápidamente en caos con el extravío de dos príncipes y la llegada de un caballero errante.

Sin proponérselo, este caballero revelará un oscuro secreto que los hará preguntarse cuál es el precio que se debe pagar para mantener el honor de los Targaryen.

Chapter 1: Lyonel | Una decisión impulsiva

Notes:

Debido a algunas confusiones en los comentarios, dejaré este aviso para que los nuevos lectores sepan dónde se están metiendo:

Si bien habrá varios puntos de vista en esta historia, el protagonista es Lyonel Baratheon, y los personajes que voy introduciendo es porque afectaron o afectarán el arco de Lyonel en este fic.

Si eres Team Maekar o Maekar es tu personaje favorito, realmente no te recomiendo leer este fic. Lo vas a pasar mal porque Maekar lo pasa mal (ojo que a mi consideración todos los personajes lo pasan muy mal).

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Lyonel estaba harto. El vino le sabía agrio, la comida se sentía como ceniza en el paladar y si tenía que soportar otra de las risitas de los lamebotas de sus banderizos iba a terminar matando a alguien. ¡Los dioses sabían que había un par de ellos que se lo tenían bien merecido! No eran más que hombres pequeños, preocupados por cosas pequeñas y mezquinas, por absurdos jueguitos de poder. Lyonel era impulsivo y caprichoso, pero había dejado los jueguitos de poder tiempo atrás, el día en que Baelor Rompelanzas decidió tomar como consorte a su hermano Maekar en su lugar.

Ahora sus únicas preocupaciones consistían en encontrar una fuente de diversión mejor que la anterior; era por eso que celebraba tantos festines. 

Y aun así los días se sucedían uno tras otro como una repetición infinita y absurda, sin nada que le diera aquella chispa que necesitaba, aquella electricidad. Lo llamaban la Tormenta que Ríe, pero a Lyonel esa risa se le hacía cada día más hueca. Había esperado sentirse más animado en el torneo, sin embargo, mientras no sintiera la adrenalina de las justas fluyendo por sus venas, todo seguiría igual. Estático. Vacío.

Tal parecía que iba a ser otra noche de borrachera, otra noche esperando que el vino le hiciera más llevadera la existencia. Pero entonces, una figura sobresalió por encima de todas las demás y Lyonel se vio atraído como una polilla a la llama.

Era un caballero errante que se paseaba entre sonrisas por el perímetro de su pabellón, desamparado y patético, con la espada sujeta por un triste trozo de cuerda y una ropa que casi parecía harapos.

Frunció el ceño y lo detalló a consciencia. Para ser justos con el caballero, había que reconocer que no cualquier cinturón de cuero sería capaz de rodear aquella cintura. No era que fuera obeso, de hecho, bajo la ropa sin lavar se adivinaba un abdomen ondulado por grandes y fuertes músculos. Era por su tamaño descomunal; le sacaba una cabeza de altura al alfa más alto en la tienda. Incluso sería más alto que el propio Lyonel, cosa que no ocurría a menudo.

Se llevó la copa a la boca y dio un trago largo. De pronto aquel tinto del Rejo había recuperado su dulzor.

El caballero errante se había acercado a una de las mesas laterales, la de los postres, y estaba probando uno de los pasteles de frutas. Parecía encantado, a diferencia de otros alfas que no se dignaban a probar la comida dulce, argumentando que era comida para omegas.

¿Sería que finalmente había encontrado un alfa con quien valiera la pena perder el tiempo? Los dioses sabían que últimamente necesitaba algo con qué matar su tiempo libre…

Era demasiado joven para Lyonel, por supuesto, que con toda seguridad le doblaba la edad, pero eso nunca lo había detenido. Tenía sus encantos, aún a sus años. Quizá, tenía mayores encantos ahora, con años de experiencia encima, y cuando se proponía conquistar a alguien, no había alfa que pudiera negarse. Nadie excepto Baelor Targaryen después de que Maekar lo engatusara para atraparlo.

Volvió a dejar la copa sobre la mesa con un golpe sordo. El vino sabía a orina de caballo.

La decisión fue impulsiva, como casi todas las decisiones importantes en la vida de Lyonel: entrenar como un guerrero a pesar de ser omega, derribar con la fuerza de su lanza al último alfa que trató de cortejarlo (que quedara lisiado con la caída no había sido parte de su plan, aunque sirvió para disuadir a sus demás pretendientes), celebrar cuarenta días de su nombre y seguir negándose a contraer matrimonio, meterse en la cama de Baelor trece años atrás, después de la victoria en el Prado de Hierbarroja… Maekar había entrado en cólera, y por un instante temió que fuera capaz de matarlo; matarlo de verdad. Aun así, había valido la pena. Su vida era un precio justo por saborear otra vez la lengua de Baelor reclamando su boca, la fuerza de sus grandes manos estrujando cada parte de su cuerpo, su miembro abriéndose paso en él con un delicioso escozor.

Lyonel se dio unos cuantos golpecitos en las mejillas para obligarse a apartar aquellos pensamientos. No podía seguir así.

Hizo un gesto a su mayordomo y el hombre se inclinó hacia él para oírlo por sobre el barullo de la música.

—Llámalo —ordenó recostándose en su asiento—. Quiero saber quién es.

—¿Quién, mi señor?

—¡El caballero errante! —rugió Lyonel—. Aquel que mide más de dos metros.

Casi se rebajó a apuntarlo con el dedo, lo cual no habría sido propio de un gran señor. En su lugar se arrebujó en su capa, cruzó las piernas y se limitó a mirar hacia el costado, como si su interés fuera simple curiosidad y nada más.

Un instante después, el alfa se encontraba de pie ante él, algo encorvado hacia adelante, como si no quisiera resaltar su altura descomunal. A pesar de la ropa vieja y gastada, emanaba de él un aroma fresco, silvestre, como a tierra recién mojada en un día de lluvia. Seguía con el pastel a medio comer en la mano y lo miraba con un par de ojos grandes, azules e inocentes anegados de terror.

—¿Cuál es tu nombre, caballero?

—S-ser Dunk.

Lyonel soltó una carcajada, tan fuerte que tuvo que alzar la mano para evitar que se le callera la dichosa corona astada. ¿Ser Dunk? ¿Cómo se le ocurría? Ridículo. Y, aun así, era lo más original que había oído en mucho tiempo.

—Así que… ser Dunk —dijo Lyonel con voz calmada, casi divertida, jugueteando con su daga—. ¿Has venido a mi tienda sin siquiera traerme un mísero presente?

—¿P-presente? —El caballero errante casi se atragantó con el último bocado del pastel.

—Todos saben que amo los regalos —respondió Lyonel, extendiendo las manos. Los lamebotas que lo rodeaban asintieron como un coro de cacatúas bien entrenadas—. Nadie se atreve a aparecer en mi presencia con las manos vacías.

—Es que yo no…

Por un momento, pareció que el caballero se encogía más, curvando los hombros hacia adelante. Entonces se irguió, tragó duro y la fuerza de sus mandíbulas sobresalieron en los costados de su rostro cuando apretó los dientes, dispuesto a enfrentarse a lo que fuera. Sus ojos pasaron de perplejos a decididos en un instante y Lyonel sintió algo… Sintió algo por primera vez en mucho tiempo.

Se irguió en su asiento, con todos los sentidos enfocados en aquel joven alfa.

—Lo siento, mi señor. Solo soy un caballero errante, no tengo ningún regalo digno de vos —confesó, pero no lo dijo con vergüenza, lo dijo con resolución. Era tan transparente, tan auténtico, tan distinto a los demás lamebotas que lo rodeaban—. Y, a decir verdad, es difícil encontrar algo a vuestra altura. —Y sonrió—. Yo solo tengo estas manos. —Le mostró las palmas desnudas y Lyonel vio que eran grandes, fuertes, varoniles, capaces de… muchas cosas si se ponía creativo—. Así que… ¿Quizá puedo regalaros un baile?

Los cortesanos que lo rodeaban ahogaron una exclamación, consternados por la audacia de aquel joven alfa. Daban por hecho que Lyonel lo rechazaría. Era el Señor de la Tormenta, por supuesto que no podía rebajarse a bailar con un simple caballero errante.

Todos ellos se equivocaban.

Aquel alfa tenía agallas, pero Lyonel tenía aún más.

Se puso de pie, sonriendo, y estiró la mano para permitir que el caballero errante se la tomara. Dejó que lo guiara a la pista de baile entre los susurros de todos los presentes. De un momento a otro la música se había detenido y el baile había cesado.

—¡Música! —ordenó Lyonel alzando las manos. No había dejado de sonreír.

El caballero errante tenía un aire de concentración, con el ceño fruncido y la mirada enfocada. Sus manos estaban húmedas de sudor, pero no se amedrentó ni un poco. Suspiró hondo y el baile comenzó.

Sus manos eran torpes, pero seguras, sus pasos rígidos, pero constantes, y de algún modo se las arregló para hacer sentir a Lyonel a salvo. ¡Ni siquiera sabía a salvo de qué! Él era uno de los guerreros más temidos de su tiempo. ¿De qué podría tener miedo? Pero era todo cosa de instintos. Curiosa sensación la que provocaba un alfa en un omega…

En el instante en que el baile los llevó a estrecharse, Lyonel notó la oleada de calor varonil que se desprendía de él, su aroma fuerte y mojado, un olor a bestia forestal. Y no pudo volver a apartar la mirada de él.

El silencio se espesó a su alrededor, aunque sabía muy bien que los trovadores tocaban a todo volumen. Era él quien tenía los oídos cerrados, con los sentidos enfocados solo en aquel alfa, que, con cada giro, clavaba en él unos ojos transparentes, de un azul puro, como el cielo en un día de verano.

Lyonel cerró los ojos y se dejó llevar. Por fin había encontrado un alfa que hiciera gala del título, capaz incluso de rivalizar con Baelor Rompelanzas.

Notes:

Por necesidades de la trama he tenido que modificar las edades de los personajes. La cosa quedaría así:

Baelor: 44 años
Maekar: 40 años
Lyonel: 40 años
Valarr: 23 años
Daeron: 22 años
Dunk: 22 años
Aerion: 21 años
Egg: 6 años