Chapter Text
Sigo el rastro desolado
De un amor desesperado
Que no dijo adiós
Es más dijo
Vendría con el alba
Y no volvió, desapareció
Ni huella dejó
Y lo busqué, hasta debajo de la cama
Y encontré pedazos de mi alma
Desangrándose, no le importo
Buscar doctor o alguna curación
Pa que no muriera de amor
De pena murió.
Todo su cuerpo se sentía incómodo, como si nada encajara del todo. La piel pálida le resultaba tirante, extraña, y bajo los pequeños pechos que habían vuelto a llenarse había una presión persistente, una sensación molesta que no desaparecía.
Se sentía pesado, hinchado, asqueroso, atrapado en la incomodidad de su propio cuerpo, maldiciendo en silencio, una vez más, la naturaleza que le había tocado cargar.
Aerion froto su mano sobre la parte inferior derecha de su voluminoso vientre, aplicando la presión necesaria y constante para incomodar al bebe y obligarlo a desencajarle su inquieto pie de sus costillas.
Fue el sonido de unos pequeños pasos acercándose lo que lo hizo erguirse con dificultad en su sillón. Ni siquiera había escuchado la puerta abrirse.
—Madre— saludo el niño de diez al tiempo que se colocaba frente a el; postura derecha, voz firme y una mirada heterocromática de desinterés en su dirección, Aerion sintió un deja vu y su pecho se lleno de aun mas enojo— ¿Hay noticias de mi padre?— interrogo el niño con renovada jovialidad.
Aerion lo miro en silencio un instante mientras sin darse cuenta ponía una mano sobre su vientre, como si fuera una barrera entre el nonato y el niño frente a el.
«Tu padre no es mas que polvo bajo la tierra.» pensó en sus adentros. «Tu no tienes padre, ni tampoco madre.»
Pero no lo dijo en voz alta, no necesitaba que Maelor fuera corriendo a acusarlo con su abuelo. Aerion no estaba de humor para una reprimenda del amargado rey.
El niño le sostuvo la mirada e incluso levanto su mentón ante el silencio y Aerion aborreció reconocer su propio aire desafiante en el.
—Prosperando—murmuro, eso era verdad; eso había mencionado Daeron en una de sus cartas, entre otras cosas que Aerion eligió ignorar— espera regresar pronto y te envía saludos.
El niño lo miró con duda. Aerion sabía que esas respuestas simples y repetitivas ya no lo convencían, pero quizá se sentía temeroso de preguntar más y provocar su molestia, no porque le preocupara Aerion o el bebé, sino porque le había prometido a su padrastro mantener la paz con su madre en su ausencia.
Pero al parecer ya había reunido el valor.
—Me prometió escribirme antes de irse —soltó Maelor, acusatorio—. Dijo que quería escuchar noticias sobre mis entrenamientos; le he enviado un montón de cartas pero solo respondió las tres primeras…
—¿Qué quieres, Maelor? —soltó Aerion con frustración—. ¿Qué esperas que haga? Mi señor esposo está luchando contra los rebeldes que amenazan nuestra dinastía; ¿esperas que encuentre el tiempo para responder a tus tonterías? ¿Crees que eres más importante que el reino, Maelor?
El rostro del niño se tiñó de rojo; parecía listo para llorar, pero ninguna lágrima se presentó. Tragó saliva con fuerza y cambió a una expresión de resentimiento.
—No, nada es más importante que el reino.
Aerion asintió con desinterés.
—Exactamente, mejor agradece que recuerda enviarte saludos en las cartas que me escribe.
Hizo un ademan hacia puerta.
—Vete ahora, nos vemos en la cena.
Esa era la única interacción que no podía evitar.
La puertas se abrieron y cerraron con un fuerte azote. Aerion soltó un suspiro pesado.
Volteo la mirada a la joven sirvienta que su marido había traído de Flea Bottom, una muchacha de mirada baja y modales tímidos, rescatada —según él— de una vida de deshonor y abuso, cuya presencia aún desentonaba en los pasillos de la Fortaleza Roja.
— Trae las cartas.
Eli asintió en silencio, y con diligencia cumplió su tarea.
La caja de madera fue colocada en la mesita a su lado al tiempo que se ponía de pie con dificultad. Eli intentó ayudarlo a levantarse, pero Aerion la rechazó con una mirada fría.
Se acercó al fuego hasta que el calor abrazador lo rozó, y resistió el impulso de introducir la mano en las llamas. Años atrás se había creído un dragón en forma humana, pero ese fuego se había extinguido, junto con sus ganas de vivir.
Extendió la mano a un lado y un bulto de cartas fue depositado en sus manos. La letra pulcra y perfecta de un pequeño príncipe Targaryen, selladas con el sello de su tío Aemon, dirigidas a su padrastro, ser Duncan, señor de Refugio Estival.
Aerion pasó los dedos por encima del título que compartía con su esposo: señores de Refugio Estival. Pero ya no era un refugio, ni un hogar; era un lugar maldito, lleno de sombras y dolor. Aun así, Aerion se mantenía en constante comunicación con lady Jeyne, la mujer que fungía como castellana de sus dominios.
No era gran cosa comparado con otros bastiones, pero recibían rentas y contaban con sus propios arrendatarios, quienes trabajaban las tierras con esfuerzo y una renovada dicha que su señor, Duncan, les había otorgado cuando las altas rentas fueron reducidas y las fechas de pago se volvieron mucho más flexibles.
Duncan había mostrado una profunda satisfacción al hacer aquellas sugerencias, y Aerion había estado tan encandilado con su sonrisa como para negarse.
En aquellos momentos aún se sentía en las nubes por sus bendecidas nupcias, incapaz de rechazar nada que proviniera de su esposo.
Que estúpido había sido.
Volviendo a la realidad, Aerion sujetó el montón de cartas escritas por Maelor; eran un total de trece. Qué cosas tendría que decirle el niño a Duncan, Aerion no lo sabía; nada verdaderamente relevante podía ocurrirle a un niño de diez años.
Sin titubeos, arrojó las cartas al fuego. Las llamas crepitaron con fuerza, devorando una a una las palabras de un niño dirigidas al hombre que insistía en llamar padre.
— El seguirá escribiendo,— susurro Aerion— continua así, ninguna saldrá del palacio.
— Como usted ordene mi príncipe— respondió Eli.
Quizás Duncan le habia dado la oportunidad de un nuevo tipo de vida a la chica, pero era Aerion quien decidía si viviría para gozarla y ella lo sabia.
El príncipe se dio la vuelta, era hora de enviar sus nuevas ordenes a Jeyne; basta de prorrogas y que les vean la cara, si los estúpidos granjeros no podían pagar a tiempo, entonces no eran dignos de servir a esas tierras, ya era suficiente de que abusaran de la bondad del dragón.
— Quema las otras también.
Aerion avanzo a paso pesado hacia su escritorio, apenas tenia cinco lunas de embarazo pero su vientre parecía de siete, su fina y delgada figura una vez más volvía a deformarse bajo la herencia desmedida de su marido
« Los hombres grandes hacen bebé grandes» le había comentado una criada risueña la primera vez que la semilla de Duncan había mancillado el equilibrio de su cuerpo, Aerion le dio una bofetada por el atrevimiento, más tarde Duncan entro a sus aposentos con una expresión de decepción que casi le quito el apetito, casi.
—¿Todas?
Aerion ya sentado sopeso la respuesta. Miro de soslayo el pequeño caballo de madera que seguía en la misma esquina de la habitación, solo, acumulando polvo. Había sido un regalo de parte de Daeron, sin motivo de festejo, solo un regalo casual de un tío borracho al dulce sobrino que no toleraba mirar.
— No, solo las de Duncan a Maelor.
La cena era aburrida y silenciosa, únicamente tres personas en la mesa.
Podrían estar más alejados, comer sin estar obligados a mirarse, pero Maekar había ordenado las sillas cerca, por lo que el quedaba a la cabecera con su nieto favorito, Maelor, sentado a su derecha, y su problemático hijo omega a su izquierda. Vaelon, de catorce años, hijo de su hermano mayor, no estaba presente. Otra vez había resultado castigado y enviado a cenar solo en sus aposentos y Aemon se había excusado con un supuesto malestar estomacal, Aerion deseo haber dicho algo similar pero no quería que Maekar aprovechará eso para ponerlo en confinamiento preventivo, su padre miraba su vientre como si fuera a explotar en cualquier momento.
— Me dijeron que recibiste mensajería día de hoy. — soltó Maekar, siempre directo.
Aerion levanto la vista de su plato y la clavo en el mocoso soplón frente a el, de repente el pato en el plato de Maelor se había vuelto muy interesante para los ojos del niño.
— Si.— respondió a su padre en un murmullo— tu también, supongo.
— obviamente— soltó Maekar casi ofendido— llego desde las marcas, mensaje de un caballero, letra de un borracho. Daeron lo escribió, ¿Por qué tu esposo no las escribe el mismo?
Aerion ahogó una risa cruel y se mordió la lengua. Duncan, criado en Flea Bottom, hijo de sabrán los dioses qué puta, jamás aprendió a leer ni a escribir. Solo sabia escribir y leer su nombre, puesto que según su mentor Arlan, era lo único que un imbécil como el necesitaba saber.
Al principio, Aerion se había burlado de aquello. Sin embargo, pasaron las noches estudiando las letras antes de caer a entregarse al placer en su lecho.
Aerion siempre fue cuidadoso de ser él quien recibiera los mensajes y pergaminos cuando había otros presentes, dejando implícito que su esposo era tan superior al típico Lord, y confiaba todo a su cónyuge.
Con el tiempo, Duncan aprendió a leer y escribir. No tan bien como un lord de alta cuna, pero de forma aceptable. Aun así, su letra seguía siendo torpe y poco agraciada, de modo que, cuando llegaba la hora de escribir a un lord o a su suegro, el rey, Aerion se sentaba con una paciencia extraña en él, escuchaba con atención el mensaje simple y pobre que su marido deseaba enviar y lo transformaba en las palabras de un gran Lord.
Aerion tomo la copa frente a el y la llevo a sus labios aun con la mirada fija en su padre.
Si Maekar podía reconocer la letra de Daeron— lo cual era una sorpresa— había grandes posibilidades de que también supiera distinguir la de su único hijo omega.
El príncipe sonrió con petulancia, reconociendo el brillo de complicidad en los ojos de su padre. El rey esperaba un comentario burlón de su hijo hacia su propio marido, algo cruel que pudiera comentar en voz alta para que ambos compartieran una conversación llena de veneno y burla, esa era la única forma en la que ambos conectaban; a costa de la dignidad de otros.
Aerion estuvo a punto, pero el peso en su vientre le recordó su deber.
— Mi esposo esta muy ocupado luchando batallas en tu nombre, padre. Lo menos que puede hacer el inútil de Daeron es servirle de escriba. ¿O acaso crees que tu hijo el borracho es el que marcha al frente durante las batallas?
La expresión burlesca desapareció del rostro de Maekar en un instante, reemplazada por la severa que había ocupado su rostro casi roda su vida.
—Si fuera mas considerado se caería del caballo y se rompería el cuello —murmuro entre dientes; como si no hubiera sido el quien encargo su hijo a Duncan.—seria el menor servicio que podría prestarle a esta familia.
Aerion sonrió.
—Brindo por eso— tomo su copa otra vez y la choco con la de su padre, que seguía inmóvil frente al rey. Maekar lo miro con desprecio habitual.
Ma tarde, la niñera de Maelor se lo había llevado a dormir y solo quedaban el y su padre. La tarta intacta, el vino a medio servir. El crepitar del fuego era el único sonido real en la estancia; los criados, alineados contra las paredes, parecen estatuas talladas en sal, respirando apenas.
Aerion no levanta la vista cuando habla.
—Quiero irme a Rocadragón —dijo, clavando el tenedor en la masa blanda—. Quiero dar a luz ahí.
Maekar lo observo largo rato antes de soltar un suspiro pesado, cargado de fastidio más que de sorpresa.
—¿Por qué?
«Porque quiero arrojarme a Monte Dragón y que la lava no deje rastro de mí en esta tierra.»
Aerion se encogió de hombros. Aplasto la tarta con movimientos lentos, metódicos, como si castigara algo vivo.
—Me gusta el clima frío.
El rey soltó una exhalación nasal, casi hastiada.
—A ti jamás te ha gustado nada. Cuando estás allá te quejas del frío; cuando estás aquí en Desembarco, del calor. Eres un manojo de quejas. Es tu estado habitual. Si te envió tendré que traerte de regreso en un mes.
—No me quejaré —respondió Aerion, sin convicción—. Lo prometo.
Maekar niega con la cabeza.
—No. Tu marido te dejó aquí, y te va a encontrar aquí —declara con firmeza—. Suficientemente malo es que no tenga ni una noticia tuya y que tuviera que enterarse de tu preñez por Daeron. No es que me importe —añade, seco—, pero lo necesito centrado en la batalla, no temiendo que unos piratas atraquen en Rocadragón y te roben.
El fuego chisporrotea más fuerte en ese instante, como si se burlara. Aerion no respondió. Solo siguió aplastando el postre hasta convertirlo en una masa irreconocible.
—Entonces envía a Maelor al Valle de Arryn, al Norte o a Antigua. A cualquier lugar lejos de mi.
Maekar miro a su hijo en silencio dubitativo, y Aerion sintió que se derretía en su asiento hasta volver a ser ese niño que prefería huir al bosque real antes que compartir los alimentos con su padre.
—Ninguno de los dos se ira a ningún lado, este es su lugar y aquí permanecerán, juntos.— el rey se puso de pie y avanzo hacia la puerta, que era abierta por un sirviente— debes dejar de atormentarte por el pasado, perdiste un hijo, si, pero aun tienes otro y uno mas en camino.
El plato se estrello contra la pared, la cerámica hecha pedazos salió disparada a todas direcciones, pero Maekar no titubeo, acostumbrado a los arrebatos de su hijo.
—¡No perdí a mi hijo! —escupió. El niño en su vientre se inquietó ante el movimiento brusco, pero lo ignoró—. ¡No lo puse en un lugar y luego olvidé dónde! ¡Lo mataron, lo asesinaron, y lo sabes! ¡Lo mataron!
El rey se fue, no sin antes declarar;
— Creí que tu segundo matrimonio te aplacaría, pero sigues tan demente como siempre has sido. Sigue colmando mi paciencia, mocoso, y ni tu caballero esposo podrá salvarte de unirte a las Hermanas Silenciosas.
Fue en la comodidad de su cama cuando Aerion se atrevió a abrir la caja él mismo. Ahora solo quedaba un montón de cartas, veinticinco en total. Duncan envió la primera apenas diez días después de partir a la campaña; había sido la única cuyo sello Aerion se había dignado a abrir.
La hizo girar entre sus dedos durante un largo rato antes de decidirse a abrirla.
«Te amo» así comenzaba, sin palabras de por medio, sin saludo formal, era letra tosca, indudablemente fea, indudablemente suya.
«Pienso en ti todos los días» continuaba «Quiero volver a verte sonreír, sonreír de verdad.»
«Somos una familia» Aerion apretó el papel entre sus dedos «Los tres.»
El mensaje se hizo pedacitos entre sus dedos, Aerion soltó un gruñido ahogado, las lagrimas de ira resbalaban por sus mejillas. Sin pensarlo hizo trizas cada una de las demás cartas sin abrir.
¿¡Cómo se atrevía a hacer esto!? Mencionar a ese pequeño bastardo como parte de ellos, pronunciar su nombre con la naturalidad de quien habla de sangre legítima. Después de todo lo que les había hecho, de todo lo que él y su padre antes que él le habían hecho a Aerion.
Maldito.
Maldito mil veces Duncan.
Maldito Maekar.
Maldito Valarr.
Todos aquellos que alguna vez se sintieron con la autoridad suficiente para darle órdenes, para dirigir su vida. Muy agradecidos debían estar todos con Maegor con tetas, porque si Aerion hubiera tenido un dragón, uno solo, ya habría reducido el mundo en cenizas, sin mirar atrás, sin remordimiento alguno.
La ira lo llenó con violencia, lo tomó entero. Un fuego brutal recorrió su cuerpo frágil, insuflándole una fuerza que no le pertenecía. El ardor le vibraba en las venas, le zumbaba en los oídos. Arrancó tapices de las paredes, desgarró telas bordadas con historia y mentiras; lanzó libros contra el suelo, contra las paredes, escuchando con una satisfacción enferma el crujido de los lomos al romperse. Todo se vio atrapado en aquel torbellino de rabia ciega, sin control, sin pensamiento.
Su garganta ardía como si hubiera tragado brasas. Las manos le temblaban, cubiertas de sangre, sin que recordara en qué momento había roto una copa. El dolor llegaba tarde, apagado por la furia. Terminó arrodillado en el suelo, respirando con dificultad, rodeado de ruinas: madera astillada, telas rasgadas, páginas sueltas.
Le costaba trabajo respirar. El aire parecía demasiado pesado, demasiado denso para entrar en sus pulmones. Y, en el fondo, no tenía demasiados deseos de que lo hiciera.
Entonces unas manos suaves lo envolvieron.
Lo tomaron con cuidado, con una delicadeza que contrastaba cruelmente con el caos que lo rodeaba, y sin esfuerzo lo alejaron de los vidrios. Aún sentado en el piso, fue envuelto en un abrazo cálido, firme, real. Aerion, exhausto, sin fuerzas para resistir, se dejó manipular como un chiquillo roto, apoyando el peso de su cuerpo en aquel contacto.
Un último sollozo le desgarró el pecho cuando las manos que lo sostenían colocaron con delicadeza el pequeño caballero de madera entre ellos. El juguete conservaba aún las marcas de dedos infantiles. Los dedos de Aerion se cerraron alrededor de él con desesperación, presionándolo contra su pecho, impregnando la suave madera con sangre caliente.
—¿Por qué?… ¿Por qué…? —repitió una y otra vez, con la voz quebrada, contra la garganta de Eli.
La joven no respondió. Solo lo meció con suavidad, despacio, como si temiera que un movimiento brusco pudiera hacerlo pedazos. Como se mece a un bebé que llora sin consuelo, como si el mundo pudiera recomponerse con ese gesto mínimo.
Tan absorto en su dolor, el príncipe de Refugio Estival no notó el asentimiento silencioso que el rey Maekar le dedicó a la joven sirvienta antes de darse la vuelta y alejarse por los pasillos.
