Work Text:
— ¿Cuál es tu época favorita del año?
Hace frío. Sus manos están congeladas a pesar de los guantes caros en los que decidió invertir. Se sienten entumidas y quebradizas.
Las lleva a sus labios en un intento de brindarles calor con su aliento, que se dibuja en el aire.
— Cualquiera menos esta.
No le gusta la sensación de su cuerpo temblando incontrolablemente.
Observa con recelo cómo la chica tras el mostrador no tiembla. Está cubierta con una bufanda suave y calentita, y un gorro que cubre toda su cabeza. Debió comprar una bufanda y no esos guantes caros. El otro año lo hará.
— ¡Oh! Pero si Navidad es increíble —la muchacha se ríe para sí misma mientras empaca su pedido con gran lentitud.
Mueve los pies inquieto, intentando que no se congelen.
Le gustaría que, en lugar de tener esta conversación, ella se limitara a entregarle su pedido y dejarlo ir.
— ¿Qué tiene de bueno—
— ¡Los regalos! —sonríe—. Y estar en familia, claro. Aunque la mía está lejos y tendré que trabajar hasta tarde.
Su mirada curiosa vuelve hacia él mientras sella el paquete y lo agita.
— ¿Alguien con quien estar?
La chica le entrega su pedido. No necesita abrirlo, el inconfundible aroma de las galletas recién horneadas es suficiente para saber que todo está en orden.
— No… creo que no.
La sonrisa de la muchacha se apaga por un instante. Frunce la nariz y se mueve en su sitio.
— Entonces estamos en el mismo bote — resuelve decir.
Se encoge de hombros. Realmente no le importa.
Saca el cambio exacto de su bolsillo. Ha sido el mismo durante poco más de setenta años; una política del dueño después de la época de escasez en la Primera Guerra Mundial, y que ahora es tradición.
La joven duda en tomarlo unos segundos, hasta que sacude la cabeza con vigor y rechaza su mano con el dinero.
— Es un regalo —vuelve a sonreír—. Feliz Navidad.
Él se fuerza a sonreír.
— Feliz Navidad para ti también.
No hay nada bueno en la Navidad. Ni nada especial, es un día como cualquier otro.
Le hubiese gustado que, con el tiempo, la celebración se hubiera perdido como muchas otras en la historia. Creyó que desaparecería, pero luego el cristianismo simplemente la reinventó y finalmente el capitalismo hizo de ella un evento popular para las compras impulsivas.
Como sus guantes endemoniadamente caros. Maldita Navidad.
Camina durante un largo rato. Podría tomar un taxi para llegar más rápido, pero con el paso de los años se ha convertido en tradición hacer el camino hasta allí.
Ahora es más ameno que antes, ya no hay nieve que le llegue hasta las rodillas en cada paso y, en lugar de tierra, hay grava donde pisar. Está bien. Le gustan esos cambios.
Lo que no le gusta es la forma en que todo se ha ido perdiendo. Los bosques, los ríos, los animales. Extraña la sensación de caminar perdido entre árboles, escuchando el sonido de la naturaleza en lugar de bocinas y gritos.
Sacrificaría la Navidad por cada una de esas cosas. Al diablo con su celebración pagana. Él quería su bosque.
Su caminata se detiene al entrar en un claro. También lo hace su corazón.
Quería su lago.
El lago Avalon, hacía años, había dejado de ser lo que fue. Con el paso del tiempo se había secado hasta que finalmente solo quedó una gran parcela de tierra donde ahora muchos niños juegan y parejas hacen picnics románticos.
Sin embargo, en plena víspera de Navidad, no hay nadie allí. En todos sus años viniendo en estas fechas (tantísimos, a decir verdad) solo está él, observando la hierba cubierta de escarcha blanca.
Busca un banco donde sentarse y abre su paquete de galletas, deleitándose cuando el sabor familiar llega a su paladar.
El viento ruge con fuerza. Se encoge sobre sí mismo.
— Ya no me acuerdo de tu rostro —susurra al viento helado.
Esta es otra tradición, enumerar una cosa que ha perdido con el paso del tiempo. Al principio era gracioso. Decía cosas como: no me acuerdo cómo iba tu estúpida armadura , y se reía, convencido de que Arturo regresaría pronto para no dejarlo olvidarlo.
Jamás lo hizo.
Posa las manos sobre su cabeza y frota su cabello hasta despeinarlo por completo.
Pensó en escribir un diario con todos sus recuerdos, pero la idea llegó cuando ya había olvidado su voz y muchas cosas más. Entonces decidió dejarlo. No valía la pena.
— Tu cabello es rubio y tus ojos azules.
Aún así, siempre repite en voz alta cosas que no desea olvidar.
Su pecho duele.
Se da cuenta que esa información es inútil ahora que no recuerda su rostro.
Mira el reloj en su muñeca. Falta un minuto para las doce.
A lo lejos se escucha el alboroto. El bullicio de la gente, los fuegos artificiales comenzando a sonar y, como si se burlaran de él, la cuenta regresiva.
5… 4… 3… 2… 1…
Cierra sus ojos y vuelve a abrirlos.
No hay nadie allí. Está solo.
— Feliz Navidad, Arturo.
Sus labios están entumidos al decirlo, eso hace que la acción no se sienta del todo suya.
Se queda allí un rato.
Las galletas se enfrían.
El lago no aparece.
Y sus manos tienen frío.
Regresa por el mismo camino. No se sorprende al ver a la misma chica allí. Esta vez ella sonríe al verlo acercarse y un mechón se escapa de su gorro.
Es rubio.
— En realidad, prefiero Halloween. Me gusta el tema de los brujos y los disfraces.
Eso la hace reír.
