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Se detuvo por un instante, no porque quisiera, sino porque el eco de la voz de Lautaro reverberaba en los pasillos. El rubio, con el corazón latiendo desbocado en el pecho, aceleró el pasó, sus botas resonando contra el suelo de piedra fría. El patio se abría ante ellos como un vasto escenario de soledad.
—Manuel, por favor, espera un segundo —insistió, elevando la voz con una mezcla de desesperación y autoridad que no lograba disimular su temor. Pero Manuel, con su cabello negro revuelto por el viento que comenzaba a levantarse en el atardecer, lo ignoró.
Lautaro corrió los últimos metros, extendió la mano para tomarlo por el brazo. El contacto fue eléctrico, pero no de la pasión que alguna vez los había unido; era un roce cargado de rechazo. Manuel se apartó con brusquedad, como si el agarre lo quemara, girando sobre sus talones lo enfrentó. Sus ojos verdes, aquellos que en otros tiempos habían brillado con un amor profundo, ahora ardían con rabia.
—¿¡Qué!? ¿¡Qué más querés, Lautaro!? ¿¡Por qué no me dejas solo!? —gritó, su voz quebrándose al final, no por debilidad, sino por la acumulación de un sufrimiento que había estado reprimiendo desde el momento en que abrió esa puerta. El dolor se filtraba en cada sílaba, haciendo que sus manos temblaran ligeramente a los costados.
Lautaro sintió un nudo en la garganta, un peso invisible que le oprimía el pecho. Alrededor de ellos, el patio no estaba vacío; otros jinetes deambulaban, charlando en grupos dispersos pero lanzando miradas curiosas que sólo intensificaban la humillación de la escena.
—Las cosas no son como las pensas, Manuel. Déjame explicarte, volvamos adentro y hablemos en privado —suplicó, en voz baja mientras escaneaba el entorno con ojos ansiosos, deseando que el mundo se desvaneciera para dejarlos solos por un momento.
El pelinegro soltó una risa nasal y seca sonido que resonó como un eco hueco en el vacío que se había formado entre ellos. Negó con la cabeza.
—¿Hablar? Te equivocas, vos y yo no tenemos nada de qué hablar. Me dejaste todo muy claro cuando entré a tu habitación —replicó, su voz reduciéndose a un hilo fino al final. Sus labios se apretaron, conteniendo la catarata de emociones que amenazaba con salir.
El corazón de Lautaro latió con un dolor agudo, cada bombeo era como si se lo estuviera a punto de arrancar. Jamás había imaginado que la mañana tan tranquila con Manuel preparando planes de entrenar juntos, se transformaría en esta pesadilla.
Donde horas después, en la privacidad de su habitación, había cedido al pánico que lo consumía de a poco. Daniela apareció como ese refugio temporal, sabía que era de cagon aunque lo disfrazara de necesidad. Pero necesitaba una forma de aferrarse a lo familiar —al mundo de que debian gustarle las mujeres y qué el sexo fuera sin complicaciones emocionales— entonces se enterró en la cagada que el mismo provocó. Llevo a Daniela a su habitación, le quito la ropa y tuvieron sexo.
De tapon, de eso le habia servido a Lautaro tener sexo con esa rubia. Había sellado momentáneamente sus sentimientos por Manuel que crecían a una velocidad alarmante, estaba asustado. No quería sentir eso por el chico, porque dentro de él sus pensamientos eran tan profundos que estaba hasta dispuesto a arrancarse el corazón si el pelinegro se lo pedía.
Se arrepintió al instante en el que estaba abajo de la chica y esta lo cabalgaba, el desayuno comenzaba a subir por su garganta, la excitación desapareció como si se hubiera metido bajo una ducha fría. No quería esto, deseaba el cuerpo de Manuel encima suyo cubriéndolo, anhelaba ser él quien estuviera recibiendo las estocadas del pelinegro mientras este le jadeaba en el oído. Fue por eso que tomó por las caderas a la muchacha y la detuvo.
“—Basta por favor, no me siento bien —fue lo que dijo Lautaro sentándose”
Hasta ahí estaba todo bien, freno algo de lo que se arrepentía. Se daría millones enjuagadas luego de esto con tal de sacarse la fea sensación de hormigueo.
“—Lauti, estaba pensando que si mejor nos vamos juntos…—” era Manuel.
El pelinegro abrió la puerta y sus ojos verdes recorrieron la escena frente a él con lentitud, Lautaro sobre su cama desnudo con una chica completamente desnuda encima suyo. Con la pija metida aun adentro y sus manos tocando la cadera de esta.
Quiso llamarlo, gritarle. Pero su voz no profirió ni una palabra, estaba paralizado. Apartó a la chica de encima suyo y comenzó a colocarse con rapidez la ropa mientras veía como Manuel solo sonreía falsamente para largarse dando un portazo.
Y así estaban las cosas en el presente, el arrepentimiento lo consumía.
—Perdón, perdóname —murmuró, su voz entrecortada—. Es que estaba... estoy confundido. Sabes que esto entre nosotros estaba escalando tan rápido, sin frenos. No se…sentía que me ahogaba, que necesitaba aclarar mi mente. No quería herirte, créeme.
El pelinegro levantó la vista hacia el cielo por un momento, como buscando en las nubes una respuesta, mientras colocaba las manos en sus caderas en un intento de mantener firme. Al bajar la mirada, se mordió el labio inferior, un gesto que Lautaro conocía bien: era su forma de contener las lágrimas. Pero esta vez, los ojos verdes se humedecieron inevitablemente.
Entonces, Manuel se acercó y Lautaro sintió un terror profundo, un miedo visceral a que esa mirada, antes llena de ternura, ahora solo reflejara un dolor irreparable. Le aterraba la posibilidad de haber destruido para siempre lo único que había dado sentido a su existencia en este internado.
—Lo habría entendido —dijo con una sonrisa floja, carente de calidez—. Créeme, Lautaro, si me lo hubieras dicho como ahora: “Manuel, estoy confundido con lo que siento y con la rapidez de nuestra relación, dame un respiro”... lo habría respetado. Me habría roto por dentro, sí, pero iba a pensar que eso era lo mejor para vos, lo que vos necesitabas. Te hubiera dado todo el tiempo que necesitabas, porque te amo. Pero eso... —señaló el interior del edificio, hacia la habitación donde todo se había desmoronado— no lo merecía. Yo jamás te hubiera hecho eso.
—Manu…
—¿Por qué? ¿Por qué yo siempre tengo que pagar los platos rotos? ¿¡Porqué todo con vos siempre tiene que doler!? Está bien si, soy un intenso, celoso, manipulador y egoísta. Pero nunca hubiera ido corriendo a los brazos de una persona cualquiera para revolcarme a espaldas de la persona que me ama. Por más confundido, ahogado y desorientado que esté sobre todo esto que nos está pasando.
—Para Manuel.
—Vos no estas confundido —afirmó con una sonrisa dolida— sabes muy bien lo que te pasa y lo que queres. Lo que tenes es miedo, terror a admitir que te pasan cosas fuertes conmigo, que no me miras solo cómo un amigo con el cual de vez en cuando cojes, sino como algo más profundo algo a lo que te da tanto pavor enfrentarte me ves como tu novio como una relación estable —las lágrimas finalmente cayeron— y yo te puedo amar con todo lo que soy y te puedo dar un millón de motivos para que no tengas más miedo a admitir que me amas. Pero si al final vos vas a tomar siempre esa opción de acostarte con otras personas. Yo me bajo, porque no puedo romperme por vos Lauti. No me lo merezco.—
Lautaro no pudo resistir el impulso de acercarse. Tomó las mejillas de Manuel entre sus manos, sintiendo la calidez húmeda de esas lágrimas, mientras sus propios ojos se empañaban, liberando un torrente que había estado conteniendo. El contacto era un bálsamo y una tortura al mismo tiempo.
—Perdóname, Manu. Por favor, perdóname —susurró con su voz quebrada, cada palabra era un ruego desesperado.
Sin embargo, Manuel apartó las manos con gentileza pero firmeza, negando con la cabeza una vez más. El gesto era definitivo.
—Déjame solo, Lautaro —fue lo único que dijo, tres palabras simples que atravesaron el pecho de Lautaro como una espada. Se quedó paralizado, observando cómo se alejaba, su figura menguando en la distancia.
¿Qué había hecho? Se preguntó a sí mismo, el arrepentimiento se convirtió en un vacío abrumador. Se dejó caer contra sus rodillas al suelo, mientras las lágrimas seguían fluyendo sin control.
Había perdido a Manuel
