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Vivir en un palacio con privilegios era una bendición que recaía en pocos afortunados. Los diferentes métodos para conseguir este hito colocaban a las personas en puestos variados, pero el origen a menudo era el mismo.
Sergio fue uno de estos afortunados. Siendo el hijo menor de su familia fue libre de muchas presiones que hostigaban a sus hermanos mayores y le concedió una libertad que otros solo tenían permitido soñar.
Sergio nunca se había preocupado por obtener el conocimiento de su padre dentro de la corte del rey, ese no era su papel como hijo menor, mucho menos como omega. Paola y Antonio eran los aprendices de su padre mientras él fue delegado a formar parte del harén del príncipe Lewis.
Su madre solía decirle que su belleza resaltó desde que era un joven muchacho, que gracias a ello, junto a su bella risa y su animada personalidad, fue que el rey lo asignó a ser un concubino de su hijo. Sumado a la afinidad de su cercanía con Antonio. Así que fue entrenado de la mano de la encargada del harén del príncipe para saber cómo complacerlo, cómo ser un buen omega para él.
Pero, Lewis vio en Sergio un confidente más que un compañero de cama. Crecieron juntos dado a que sus padres compartían una estrecha amistad. Con Antonio simplemente no se había dado esa confianza que Lewis encontró con Sergio. Por lo que, cuando este fue nombrado como su concubino, Lewis no tuvo más opción que aceptar.
Sergio podía ganar un estatus si le mostraba preferencia por sobre las demás concubinas y concubinos de su harén. Si lo rechazaba o lo echaba, su reputación sería arruinada y, con ella, sus probabilidades de aspirar a un matrimonio ventajoso con algún lord. Nadie querría a un omega que el príncipe mismo rechazó.
Por lo que Lewis llamaba a Sergio a sus aposentos todas las noches en una fachada para fingir un amorío que despertaba la envidia del resto de los omegas en el harén y elevaba el puesto de Sergio.
Para el resto del palacio; los dos compartían noches fundidos en los brazos del otro.
Para ellos, la noche se les escaparía de las manos entre asuntos y chismes de la corte.
Las noches en Pandher eran frescas gracias al mar que los rodeaba y les llevaba viento. La estructura del palacio permitía la entrada de este aire con arcos abiertos que cubrían la mayor parte de la pared, cortinas ligeras de lino ondeaban todo el día y noche a los costados de ellos.
—Mi padre dice que la negociación con los Verstappen cada vez va mejor. —Sergio estiró la mano para tomar un pedazo de fruta picada de la bandeja que reposaba en la mesa. Sus ojos buscaron a Lewis por la habitación, lo encontró en su escritorio de caoba redactando una carta—. Le ha sorprendido que sea el príncipe quien se ha estado encargando del asunto.
—El príncipe ya está en edad de asumir el trono, el rey en especial está ansioso por ello. —Lewis acercó la vela que iluminaba su área. Alzó la mirada para ver a Sergio menear la cabeza en respuesta a sus palabras—. Fue difícil pasarlo por alto en su última visita. Sus ojos lo delataban cuando miraba a su hijo.
—¿Cómo es él? —Sergio preguntó pasando su mirada hacia la lejanía. El mar era oscuro, se perdía con la misma oscuridad de la noche. Únicamente se podía distinguir por la luz de la luna que brillaba sobre el manto azul.
La brisa era suave en contra de su piel. Relajaba el aire de la recámara al esparcir y atenuar el aroma estresado de Lewis. La carta que estaba escribiendo lo había puesto en ese estado, y Sergio se preguntaba por qué.
—¿El príncipe heredero? —Lewis dejó su pluma en el reposa plumas con un suspiro aliviado. Había terminado con la misiva que se enviaría en la mañana. Mientras esperaba que la tinta se secara, pensó en una manera de describir al príncipe del reino Leonem—. Los ojos son de su padre, sin duda.
Sergio hizo memoria, trató de recuperar una imagen del rey Jos, en especial, de sus ojos. Los recordaba azules claros.
—Tiene la desgracia de parecerse a su padre —Lewis se rió y negó con la cabeza—, para su mala fortuna, y la nuestra, no se limitó a lo físico.
—Que Su Majestad no te escuche hablar así de otro rey. —Sergio advirtió en broma. Había tenido la oportunidad de haber sido testigo de un par de reprimendas del rey Anthony hacia su hijo y daba fe de sus severidad.
—Mi padre comparte mi opinión —Lewis alzó los hombros e hizo un ademán para desestimar el consejo de Sergio—, por supuesto, como dices, un rey no debe hablar de otro rey —Lewis sonrió y se reclinó en su asiento—, y yo no soy un rey.
—Pero lo serás. —Sergio esperaba el día de la coronación de Lewis con ansias. El reino estaría en buenas manos, lo cual le traía tranquilidad—. Como único descendiente de Su Majestad, el trono será tuyo.
Lewis apreció la sonrisa ligera en los labios de Sergio al decirle su futuro. Su inevitable futuro, del cual no podría escapar por mucho que lo intentara. Sergio tenía altas esperanzas en él, Sergio y todo el reino.
Él amaba Pandher, le encantaba salir del palacio para infiltrarse en el mercado del pueblo y ver lo que los ciudadanos tenían preparado para ese día. La mayoría de ocasiones regresaba al palacio con artefactos que alguien le había vendido. Lewis lo regañaba a menudo por dejarse estafar con precios escandalosos por nimiedades que no siempre funcionaban.
Pese a que sabía que Sergio los compraba para desarmarlos y luego crear otra cosa diferente, Lewis seguía insistiendo que lo mejor sería comprar piezas y materiales nuevos en lugar de reciclar.
El reposa plumas que usaba en esos momentos había sido obra de Sergio. Pulido y tallado por él mismo. Al admirar el objeto, no pudo evitar pensar en el creador, sentado en el lugar que había reclamado como suyo desde la primera vez que entró a los aposentos del príncipe.
Sergio era un omega digno, diferente a los que había conocido antes. Claro que lo veía con ojos distintos dado a que prácticamente lo vio crecer junto a él, aun así, Lewis recordaba el día en que pisó el harén con la cabeza en alto y sin dejarse intimidar por las miradas curtidas en recelo de los demás concubinos.
Repasó las palabras de Sergio sobre su futura ascensión.
—Cuando ascienda, mi madre habrá comenzado una búsqueda para una reina mucho antes de que yo asuma el trono. —Sergio alzó una ceja y movió la cabeza en dirección hacia Lewis. El príncipe lo miraba con ojos tentativos, estaba dudando en hablar.
—Seguro encontrarás una mujer adecuada en el harén. —Pese a que Sergio no creía digna a ninguna de las arpías de allá afuera, entendía la importancia de una reina para Lewis—. Pierde cuidado, cuando llegue el momento, te ayudaré a escoger a una mujer. Hay algunas rescatables.
—El matrimonio del rey y la reina es la base del reino, lo sabes, Checo. —Lewis se levantó. Sergio lo siguió con la mirada, lo vio caminar hacia uno de los cuadros que colgaba en su habitación y mantener sus ojos allá, como si hubiera una respuesta escondida en las pinceladas del artista—. Una armoniosa unión significa prosperidad para el reino, para el pueblo.
Sergio se acomodó en su lugar.
—Eso me queda claro, la devoción de Su Majestad hacia la reina es el pilar de nuestro reino. —De haber sido un matrimonio problemático, podrían haber más herederos de otras mujeres, y entonces Lewis correría peligro.
Cuando los problemas en el hogar se hacían grandes, llegaban hacia el exterior y manchaban todo. Por ello era que el reino no podía permitirse problemas en el matrimonio de sus reyes. Necesitaban la estabilidad de ambos para que las decisiones que tomaran fueran las mejores para los intereses del reino.
—Sabes de mi nulo interés por alguna de las omegas del harén —dijo en un susurro. Lewis había compartido cama y momentos con otras personas, mas nunca había experimentado la sensación de desearlos para toda la vida.
No podía mirarles con los ojos con los que su padre miraba a su madre.
Esta falta de experiencia, ese vacío que ningún cuerpo desnudo o momento íntimo podía llenar, y ese desinterés por la idea de formar una vida al lado de alguien lo frustraba de sobremanera. Porque sabía que en algún momento tendría que hacerlo. Estaría obligado a formar una familia con alguien, a formar un lazo.
—También hay hombres. —Ofreció Sergio. Sentía la preocupación de Lewis, la olía en el aire cuando el tema salía a relucir enfrente suyo. El príncipe le había confesado mucho tiempo atrás que nunca había sentido lo que su padre decía que sintió cuando conoció a su madre.
Enamorarse. Lewis jamás se había enamorado y, para ese punto, creía que nunca lo haría. Entonces, para una persona que tenía escrito en su destino que debía tomar a un consorte, la idea de nunca poder sentir nada por alguien era aterradora.
—Soy plenamente consciente de que, a lo largo de la historia, no todos los matrimonios entre monarcas han sido por amor. —El príncipe miró por encima de su hombro. Sergio no dijo nada, dejó que el alfa continuara—. Si estoy condenado a no lograr sentir amor por nadie, al menos me gustaría que mi futuro omega logre darme la sensación de confianza y seguridad.
Sergio continuó sin decir nada, no deseaba interrumpir los pensamientos de Lewis. Se dio cuenta de que él necesitaba desahogarse y él se lo permitiría cuando fuese necesario.
—Sé que sería un acto egoísta pedirte esto, Checo —lo vio apretar los puños para de alguna manera canalizar su frustración que lo carcomía desde adentro—, pero estoy desesperado y no veo otra solución.
—Quieres que me case contigo —Sergio lo dedujo con la primera frase.
Lewis sabía que Sergio tampoco buscaba un matrimonio por el momento, inclusive le había agradecido el no obligarlo a cumplir con sus obligaciones como concubino, por lo que, pedirle que se case meramente por no tener que hacerlo con alguien más sería un acto egoísta de su parte.
Lewis sabía cómo sonaba su propuesta. Pero, era la que le hacía el mayor sentido. Sergio y él tenían un entendimiento que Lewis no tenía con nadie más, conocía sus secretos y pecados, lo había acompañado durante años como confidente y, sobre todo, la idea del matrimonio no le parecía del todo desagradable si lo imaginaba compartiéndolo con Sergio.
—Nada tendría por qué cambiar, podemos seguir con este trato que tenemos. —Sergio se rió, pero no con burla. Se rió de la misma manera en la que lo hacía cuando Lewis decía una tontería.
—Tendríamos que darle herederos al reino, eres consciente de ello, ¿verdad? —Lewis boqueó al tratar de encontrar una respuesta.
—Dioses... —se pasó una mano por todo el rostro mientras gruñía. ¿Cómo había olvidado la única razón por lo que en primer lugar tendría que casarse?
—Aun así —Sergio tomó la palabra de nuevo, cruzó sus piernas y suspiró. Lewis lo miró entre sus dedos, Sergio tamborileó sus dedos sobre la mesa—, me parece buena idea.
—¿Hablas en serio? —No fue su intención sonar tan ilusionado, pero Lewis no pudo evitarlo.
—La idea de compartir lecho contigo no me asquea del todo —Lewis rodó los ojos por la risita de Sergio—, y viendo tus similitudes en conducta con Su Majestad, tengo la confianza de que serías un buen esposo y padre.
—Mi lealtad absoluta sería para nuestra familia y nuestro matrimonio, lo prometo. No te faltaré el respeto nunca, no encontrarás en mí más que a un alfa honorable. —En pocas palabras, una vez Sergio y él se casaran, Lewis no vería a ninguna otra concubina o concubino. No habrían más herederos que no fueran de Sergio.
Tal como hizo su padre. Sería otro dolor de cabeza para el consejo, pero sería uno familiar.
Sergio observó los ojos de Lewis mientras le hacía esa promesa. Al solo ser capaz de ver la profunda sinceridad en ellos, suspiró.
—Entonces, acepto.
Lewis sonrió en emoción. Su mayor angustia se había solucionado finalmente.
—Además, podría acostumbrarme a la vida de Shael'Tharan. —Sergio se imaginaba que era más ostentosa que la de un concubino favorecido—. Y mi padre también saldría beneficiado en la corte, ¿no es así? Paola tendría mejores prospectos para un matrimonio. Mi madre sería una lady, ¿no?
—Y Toño podría aspirar a un mejor puesto.
—Sí, pero Toño me da igual. —Ambos se rieron.
Lewis tomó el asiento enfrente de Sergio en la mesa. Lo miró directamente a los ojos.
—Muchas gracias, Sergio. —El que Lewis no lo llamase por su apodo le dijo al omega la seriedad y sinceridad de sus palabras—. Sé que es un gran sacrificio para ti, y en verdad agradezco que estés dispuesto a hacerlo por mí.
—No me perdonaría verte en un matrimonio infeliz sabiendo que pude haber hecho algo para evitarlo. —Sus palabras eran igual de sinceras—. Y quiero ver mi retrato colgado en el salón principal para que Toño lo vea cada vez que pase por allí.
Lewis negó con diversión. En definitiva había hecho una buena elección.
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Los planes no siempre salían como uno esperaba. Sergio y Lewis lo aprendieron en la tarde en que acordaron informarles a sus familias de la decisión que se había tomado.
—Su Majestad, el príncipe está afuera, solicita verlo. —El rey Anthony abandonó el pergamino que estaba leyendo. Lo entregó a uno de los sirvientes que rápidamente se acercó al notar la intención del rey.
—Hazlo pasar. —El hombre que había anunciado la llegada de su hijo no se movió, entonces el rey entendió que necesitaba decirle algo más—. ¿Qué sucede?
—Está aquí con el omega Pérez.
—¿Sergio? —Pese a que ya sabía la respuesta, Anthony preguntó con interés.
—Así es, Su Majestad.
Anthony meditó la situación. ¿Por qué su hijo llevaría a Sergio ante él? Seguramente se trataría de algo que los concerniera a ambos.
—Busquen al Lord Pérez. —Un par de guardias se movilizaron para cumplir con la petición, luego, el rey volvió su atención hacia el beta parado que esperaba por una orden—. Déjalos entrar a los dos.
Las puertas se abrieron con un leve chirrido por lo pesadas que eran, de ellas Lewis entró primero y detrás de él caminaba Sergio, siguiéndolo con pasos confiados mas respetuosos. Anthony había notado que Sergio obtuvo confianza al convertirse en el favorito de Lewis en el harén. Era de esperarse, tener el respaldo del príncipe de la corona daba seguridad.
Sin embargo, lo que le agradaba de Sergio era que se había mantenido humilde a pesar de tener los beneficios de ser un concubino favorecido. Nunca lo había escuchado hablar con altanería o irrespeto hacia otras personas con rangos menores a él. Aparte de los malos comentarios de las personas envidiosas del harén, el resto de personas que lo conocían solo tenían cosas buenas que decir de él.
—Maranthil. —Ambos saludaron al mismo tiempo. Anthony los comandó a levantarse con un ademán de su mano.
Lewis fue el primero en sonreírle.
—Thavien —se acercó un par de pasos hacia la escalera que subía al trono, se detuvo, giró su cuerpo ligeramente hacia Sergio y le hizo una señal. El otro joven hombre se unió a Lewis, siempre unos respetuosos pasos detrás del príncipe—, he venido con una petición.
Anthony alzó una ceja. No tenía un buen presentimiento.
—¿De qué se trata? —Por alguna extraña razón, quería que Antonio llegara lo más pronto posible. Presentía que necesitaría su presencia.
—Has hablado de tu retiro del trono por un par de meses —Lewis inició y Anthony asintió, eran más que nada pistas para que su hijo se hiciera a la idea de su futura ascensión al trono—, y sabes que una de mis mayores prioridades cuando asuma el trono será encontrar una reina adecuada.
Dioses, Anthony en realidad necesitaba a Antonio allí mismo en ese instante. El rey se comenzó a inquietar.
—Sergio y yo hemos llegado a un acuerdo —Anthony quiso negar con su cabeza. Rogó en su mente que no fuera lo que estaba pensando, pero, su miedo se vio comprobado como verdadero cuando Sergio y Lewis se sonrieron—, pensamos que lo mejor para ambas partes sería casarnos. Sergio será mi esposo, de esa manera, tendré un consorte que me acompañe incluso antes de mi ascensión.
Las puertas fueron tocadas en ese momento, Anthony quiso suspirar de alivio. No tenía duda de que se trataba de Antonio que ya había llegado. El guardia en la puerta entreabrió esta misma para informarle al rey.
—Lord Pérez, Su Majestad. —Sergio frunció el ceño y se volteó para ver hacia la puerta. ¿Por qué su padre estaba allí? Se suponía que lo llamarían después de obtener la aprobación del rey.
—Deja que entre —ordenó. Fue turno de Lewis para juntar las cejas en confusión mientras miraba a su padre.
Antonio entró a la sala, su rostro demostraba su ligera consternación por haber sido llamado por el rey, y esta solo creció más al ver a su hijo parado enfrente de él.
—¿Sergio? —susurró.
Antes de que Sergio pudiera responderle a su padre, el rey habló.
—Hijo, quiero que repitas lo que me acabas de decir enfrente del Lord. —El príncipe no comprendía qué estaba sucediendo. No alejó la mirada de su padre en espera de que este le dijera lo que sucedía, sin embargo, Anthony se negaba a verlo.
—Quiero casarme con Sergio —repitió, ahora con algo de duda por la situación extraña que acontecía.
Vio al Lord Pérez perder el color en su rostro y mirar con alarma hacia el rey, quien también lucía nervioso. Quizá su sentir se había liberado por completo ahora que tenía alguien que lo compartía.
—Su Majestad. —El tono de Antonio sonó como un permiso. El rey pareció entenderle, ya que asintió y de inmediato el lord se acercó hasta él. Se inclinó para hablar en privado, los dos susurraron por unos segundos en los cuales Sergio y Lewis se miraron confundidos.
Parecieron llegar a un entendimiento, Antonio se irguió y se paró al lado del rey. Sergio vio el lamento en los ojos de su padre y temió lo peor.
—Me temo que eso no será posible, hijo. —Los dos jóvenes hombres estuvieron perplejos por la negativa. Confiaron en que obtendrían la aprobación para su matrimonio que no pensaron en qué harían si eran rechazados.
—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Lewis casi a la defensiva—. Tú lo asignaste como mi concubino, ¿por qué ahora te niegas a que me una a él?
Anthony miró a Antonio, le pidió perdón con sus ojos por la manera en que había resultado todo.
Pero, tampoco sus planes resultaron como quisieron.
—Porque Sergio será enviado al reino Leonem como concubino del príncipe Max.
Lewis y Sergio jadearon en total asombro.
—¿Thavien? —masculló Sergio y miró a su padre con confusión. Algo dentro suyo se inquietó.
Era ese omega que se había sentido seguro durante toda su privilegiada vida en el palacio porque tenía a su familia y a Lewis para protegerlo, y que ahora caía en una incertidumbre por no saber lo que pasaría con él en un reino lejano y desconocido.
Antonio dejó ir aire y rogó por fortaleza. Solo los cielos sabían lo mucho que le dolía darle esta noticia a su adorado hijo menor.
—¿Hace cuánto decidieron esto? —Anthony tenía una sola pregunta que hacer antes. Lewis seguía aturdido por la idea de Sergio dejando el palacio para siempre, aun así, respondió en voz baja.
—La semana pasada...
Antonio y Anthony apretaron los ojos, maldijeron la mala suerte.
—Terminamos la negociación con los Verstappen hace unos días —informó Antonio con la voz temblando—, de habérnoslo dicho antes, nos hubiéramos negado a la petición del reino Leonem.
—El rey Jos quería a un concubino como intercambio. —El rey continuó. Y era normal, a menudo los reyes se enviaban concubinas los unos a los otros a modo de alimentar buenas relaciones—. Mientras estuvo aquí en su última visita escuchó sobre Sergio, así que pidió que fuera él quien le fuera enviado.
—¿Y tú aceptaste, padre? —Sergio miró con ojos tristes a su padre.
¿Cómo pudo hacerle eso? Él, que amaba estar con su familia y amaba al reino, ¿cómo pudo aceptar enviarlo lejos de todo lo que amaba? Su labio tembló en una amenaza por romper a llorar.
—No seas tan duro con tu padre, Sergio —dijo Anthony con cautela—, fue una condición del rey Jos.
Allí, Sergio se contuvo. Lewis también lo comprendió. El reino Leonem cada vez se volvía más fuerte, hacía poco que concretaron una alianza con una poderosa familia que resultó en beneficios fructíferos para el reino. Si el reino Pandher tenía problemas con el reino de Jos, por la posición que tenían en ese momento, su nación no podría soportar las catástrofes de una guerra contra ellos.
Por lo que, difícilmente podrían haberse negado a algo tan simple como entregar a un concubino. Porque al final del día eso era lo que Sergio era; un concubino.
—Está en los mejores intereses del reino, hijo. —La voz de Antonio delataba la agonía de su corazón por tener que entregar a su pequeño hijo omega—. No debemos escuchar a los rumores, el príncipe Max es un buen hombre.
—Sabes lo que dicen de esa familia, padre —Lewis murmuró desganado—, ostentan el león como símbolo por una razón.
—Son feroces en la guerra, no con su gente. —Ni el mismo rey se creía del todo sus palabras. Había visto la manera en que Jos Verstappen crió a su hijo y no tenía nada bueno que destacar de ello.
Lewis bufó con sorna al saberlo.
—Por favor, padre. El hombre no le mostró piedad ni lealtad a su propia esposa e hijos, ¿no tuvo hijos fuera del matrimonio? Eso es una demostración de los valores que rigen esa familia.
—Basta, Lewis —lo reprendió su padre, llamaba al decoro y el protocolo adecuado para un príncipe—, esos asuntos no nos conciernen.
—Estás enviando a Sergio a ese lugar lleno de salvajes, ¡claro que nos concierne! ¡Sergio es uno de nosotros, nació bajo el manto de este reino y es nuestro deber protegerlo! ¡Es hijo de la pantera tanto como nosotros! —Mientras Lewis lo defendía ante el rey, Sergio miró a su padre.
Antonio le suplicó a su hijo comprensión por la situación. Si hubiera habido otra opción, Sergio sabía que su padre la hubiese tomado. Incluso con este resultado, él sabía que su padre había luchado por detenerlo. No lo logró, sin embargo.
Sergio conocía las responsabilidades y obligaciones de sus hermanos mayores ante el reino, y, sobre todo, ante su familia. Ante su padre que se debía al reino.
Antonio sería su sucesor en su puesto en la corte, Paola sería tesorera como su madre.
Y él, seguiría siendo un concubino. Que fue el papel que se le impuso. Sergio estaba plenamente consciente de sus propias responsabilidades y deberes como tal. El hecho de que Lewis no demandaba nada de él como omega no significaba que dejaba de ser uno.
Sergio disfrutó su vida de privilegios; sin la presión de ser el sucesor de su padre, como Toño. Sin el estrés de dejar el nombre de las mujeres de la familia en alto, como Paola y su madre. Y sin tener que cumplir con sus obligaciones como concubino.
Pero, ahora tenían que acabar.
Sergio cerró los ojos. Hizo una reverencia ante el rey, quien detuvo su discusión con su príncipe al verlo.
—Este súbdito acepta su decisión, Su Majestad —Sergio trató de ignorar el nudo que se formó en su garganta, con esto, estaba aceptando dejar atrás a su familia y su reino—, será mi honor el servirle al reino como mi labor de concubino dicta.
—¡Sergio! —Lewis no podía creer lo que sus oídos escuchaban.
—¿Cuándo debo partir? —Rezó por tener unos días con su familia. Para poder grabar en su memoria la imagen de su hermana riendo junto a su madre, a su hermano Antonio escuchando atentamente las lecciones de su padre.
A su madre y a su padre mirándose con amor.
También deseaba tener la oportunidad de ir una última vez al pueblo, visitar los lugares que guardaban sus mejores recuerdos.
Y, sobre todo, quería tener su última cena con Lewis. Tener su última plática sobre sus días y los planes que los dos tenían para el futuro.
—Justo acababa de leer la carta del rey Jos —explicó Anthony. Sabía que Sergio entendería el predicamento, era un muchacho inteligente.
En otras circunstancias, habría estado regocijado de crear una unión entre él y su hijo. Por algo lo había asignado como su concubino.
Pero nunca nada pasó. Los meses pasaron y nunca hubo noticia de un embarazo. Anthony sabía todos los secretos de su palacio, por lo tanto sabía del acuerdo que Lewis y Sergio tomaron. Los dejó ser ya que no traía consecuencias.
Sin embargo, si tan solo hubiera resultado como quería, no estarían en esta situación. Si Sergio hubiese dado a luz a un hijo del príncipe, sería intocable. Ni el rey Jos ni nadie se lo podría llevar.
Las cosas no siempre salían como se planeaban.
—Las negociaciones se cerrarán pronto. —Había leído gran parte de la carta y tenía una respuesta para Sergio—. A más tardar, tendrás que partir en una semana.
—¡¿Una semana?! —jadeó asombrado Lewis. Sergio cerró los ojos con resignación. Era tiempo suficiente, su sufrimiento no sería prolongado. Entre más tiempo tardara, menor sería su disposición de irse.
—El príncipe Max vendrá a buscarte. —Anthony sonrió compasivo—. Para demostrar el agradecimiento. Y sospecho que tiene la intención de enviarte cartas para presentarse.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Lewis. Con el solo hecho de pensar en que el príncipe Max estaría en su palacio dentro de una semana se llenó de furia. Hablaría con él.
Si se llevaba a Sergio, no sería sin una amenaza de su parte. No le permitiría que lo maltratara.
—El rey Jos lo explicó en su carta —respondió Anthony. Era por ello que estaba tranquilo con el trato—, su hijo considera que Sergio no debería sentirse como un dote de intercambio, pese a las circunstancias.
—Hipócri...
—Es considerado de su parte. —Sergio interrumpió a Lewis, quien seguramente despotricaría en contra del príncipe—. Tomar en cuenta los sentimientos de un simple concubino.
El rostro de Antonio se desfiguró con dolor por las palabras de su hijo. Que él mismo se redujera a su papel como concubino le dolió en el alma.
—Es por ello que confío en las buenas intenciones del príncipe. —El rey mantenía su optimismo para tratar de enmendar la situación—. No te enviaría a un lugar donde supiera que serías infeliz y descuidado, Sergio. Por el aprecio que le tengo a tu padre y por el agradecimiento que tengo por ser una persona importante para mi hijo.
Sergio sonrió con melancolía por las palabras reconfortantes. Su corazón en ese momento no tenía consuelo porque sabía que sería arrancado de todo lo que conoció y amó desde que era niño, sin embargo, apreció las palabras del rey.
En una semana, su vida como la conocía cambiaría para siempre.
