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Valarr
Estábamos cada vez más cerca de Desembarco del Rey; después de semanas de viaje desde Rocadragón, finalmente, podía apreciar a la distancia el distintivo color de la Fortaleza Roja. Habíamos emprendido la travesía gracias a una petición del rey Daeron II, mi abuelo, esto con el fin de que mi padre tomara su lugar como mano del rey y estar presentes en el torneo que se llevaría a cabo en honor a Aerion, por su décimo séptimo onomástico.
Aerion, vanidoso y cruel como nadie más podía serlo.
Su solo nombre envió un escalofrío por todo mi cuerpo; incluso los mechones de cabello en mi nuca se adherían a mi piel a causa del sudor; aquel frío me erizó entero. Quizás mi corcel, negro como la noche, presintió mi cambio de humor repentino y a eso se debió el relinche que lanzó y que provocó que los dos caballeros de la guardia real que montaban a unos pasos frente a mí giraran la cabeza a verme y verificar que no hubiera ocurrido nada.
—¿Está todo en orden, alteza?
—Perfectamente. —Asentí sin mostrar alguna emoción y seguí mi camino, procurando no alterar más al animal que me llevaba en su lomo.
De algo estaba seguro: apenas terminaran las justas, volvería a Rocadragón cuanto antes o, de lo contrario, me vería atrapado en telarañas de mentiras y engaños que solo la corte puede tejer. Sumado a eso, tampoco tenía un especial entusiasmo por pasar tiempo junto a mis primos, sobretodo en lo que a Aerion se refería.
No veía a Aerion desde hacía años. Y el último recuerdo que tengo de él no es el más preciado para mí; si bien siempre ha sido del conocimiento de todos que aquel par de ojos violetas albergan maldad pura y una diversión retorcida, a mi más corta edad no imaginé que yo mismo sería víctima de la absurda locura de Aerion.
El príncipe que se cree un dragón bajo la piel de un humano.
Han pasado cinco años desde que visité Desembarco del Rey y conviví con mis primos, y si la memoria no me falla, los rumores de la bien conocida impiedad de Aerion no habían hecho más que ir en aumento con el pasar del tiempo. Cuando se presentó como omega a sus décimo y dos onomásticos, todos creyeron que su naturaleza violenta se apaciguaría y un carácter dócil y tierno tomaría lugar. Fue una lástima que eso permaneciera como un mero deseo de parte de la corte y quienes rodeaban al príncipe. Aerion se la pasó cometiendo travesuras, que distaban mucho de ser inocentes, a Daeron y Aemon; más de una vez intentó hacer lo mismo con Matarys y conmigo, pero supongo que su temor a enfurecer al heredero al trono e incluso al propio rey era mayor que su intrepidez. Su insensatez no era tan grande de la forma en que la mayoría pensaba y eso yo lo sabía mejor que nadie.
En aquel tiempo yo contaba con catorce años, era escudero y acompañaba a mi padre a todas partes; fue así como nos quedamos una larga temporada en la fortaleza roja. Por mi parte evitaba a toda costa a Aerion a sabiendas de su mal comportamiento y prefería pasar las horas entrenando o leyendo algún libro en la biblioteca junto a Aemon, el único cuerdo de mis primos. Sin embargo, cada noche durante la cena se repetía la misma rutina; mi tío Maekar reprimiendo a Aerion en la mesa por alguna travesura suya que se le había salido de las manos, comúnmente, involucraba sirvientes, guardias, a sus propios hermanos y alguno que otro pobre animal que terminaba muerto por culpa de la locura enfermiza de mi primo. No siempre lograba ocultar mi disgusto, me resultaba difícil creer cómo es que alguien de un aspecto tan etéreo y con la sangre de dragón corriendo por sus venas era capaz de albergar esa crueldad cruda y espesa como el veneno. Porque eso era lo que Aerion era para mí, un veneno que orilla a todos a perecer bajo sus ojos púrpuras.
Y empero, no negaba que envidiaba sus hilos plateados con reflejos dorados que caían con gracia sobre sus hombros, los ojos violeta eléctrico que te paralizaban con una sola mirada y la galante confianza con la que se paseaba por los pasillos del castillo. Incluso siendo un omega, él había conseguido hacerse el centro de atención de la corte, con ese aroma a rosas rojas que atraía miradas por donde anduviera. En ese entonces yo no me había presentado como alfa y era ignorante de lo que los aromas provocaban en la gente, por lo que observaba a quienes ya gozaban de su revelación de género en plenitud y analizaba sus conductas alrededor del género opuesto. Me fue curioso descubrir que Daeron, a pesar de ser un alfa, no sucumbía a los encantos de su hermano, aunque en realidad mi primo no parecía interesado en algo más que no fueran sus pensamientos y su constante melancolía. Aemon y Matarys, al igual que yo, no se habían presentado, y Aegon era un niño.
Y mientras Aerion se pavoneaba por el castillo llenando los pasillos con su aroma a rosas rojas, yo solo pensaba en las espinas de aquella flor. No cabía duda de que incluso su olor era una inminente advertencia del peligro que significaba Aerion.
Un solo toque y la sangre desbordaría, ¿a quién se debe culpar? si bien la rosa es la que posee las punzantes espinas en su verde y largo tallo, solo es su mecanismo de defensa frente a las adversidades. Mientras que el malherido a sabiendas del riesgo aún así eligió sucumbir a sus deseos indebidos.
Cuando partimos de vuelta a Rocadragón, me llevé un último regalo de mi primo y ahora que volvía a Desembarco del Rey, el recuerdo me abochornó.
Había perdido a Matarys y debíamos partir rumbo a Rocadragón, pero en el último momento mi hermano menor se las arregló para esconderse y esperar a que yo lo hallara. Era indispensable que nos alejáramos de nuestros primos cuanto antes, pues Matarys parecía estar adoptando el comportamiento de ellos. Recorrí las habitaciones una por una; encontré a Daeron durmiendo y sacudiéndose con violencia al no poder despertar de sus sueños, lo había ignorado y continuado mi búsqueda; Aemon estaba junto al maestre, quien le enseñaba un remedio para la fiebre; Aegon jugaba con su gato, indiferente a todo lo demás; Rhae y Daella eran peinadas con preciosos tocados; Papá y el tío Maekar estaban discutiendo un asunto de importancia con el rey. Eso significaba que Matarys debía estar en compañía de Aerion, la última persona que quería cerca de mi hermano.
Gruñí con molestia y me deslicé por un pasillo que conducía al patio de armas, abriendo los ojos y agudizando el oído en caso de que aquellos dos estuvieran por ahí.
Y mis sospechas no estaban lejos de ser parcialmente correctas.
—Valarr. —Una voz aterciopelada me llamó al final del pasillo y pronto su sombra se fue acortando hasta que Aerion estuvo de pie frente a mí.
—¿Y Matarys? Pensé que estaba contigo —interrogué de inmediato.
—Como puedes ver, aquí no está.
Se encogió de hombros y sus pasos se aproximaban cada vez más; de haberme presentado, su aroma me hubiera golpeado igual que un puñetazo directo a la nariz. Sin embargo, su fragancia no ejercía efecto en mí, salvo su presencia martirizante.
Aerion caminaba a mi alrededor como un gato que acecha a su presa. Y yo parecía ser su víctima predilecta en la soledad de este pasillo.
—Nunca has besado a una mujer. —No era una pregunta, sino una afirmación.
—¿Qué? —fruncí el entrecejo, confundido.
—Le dijiste a Daeron que no has besado ni mucho menos tocado a una mujer. —Obvió con un gesto de la mano.
Y aquella información solo la había compartido con su hermano mayor la tarde anterior en la biblioteca. Era imposible que Aerion supiera de ello, a menos que…
—¿Nos estabas espiando? —El enojo comenzaba a nacer en mi estómago.
Una sonrisita divertida se dibujó en su rostro. El color de sus ojos acariciaba aquella felicidad.
—No quería hacerlo, pero ustedes hablan muy fuerte y yo estaba aburrido.
—Escuchar conversaciones ajenas es de mala educación; tienes suerte de que me retire hoy o de lo contrario te acusaría con tu padre.
Pero ni siquiera mi amenaza lo asustó. Me empujó contra la pared y se situó a unos escasos centímetros de mi propio rostro; sentía su respiración combinarse con la mía y sus ojos me arrastraban a una indulgencia de un crimen no cometido. Y él lo notó, notó lo que su cercanía provocaba en mí y sonrió mostrando su blanca dentadura. Era un demente en su totalidad.
—Yo tampoco he dado un beso a nadie. —Murmuró por lo bajo, triste.
—¿Y por qué me estás diciendo esto?
—Porque ahora quiero conocer el sabor del dragón.
—¿De qué estás hablando, Aerion?
No obtuve respuesta; en su lugar, me tomó por los hombros y se puso de puntillas para eclipsar sus labios contra los míos. Me quedé paralizado, con los brazos firmes a los costados de mi cuerpo y las manos cosquilleándome sin saber qué hacer con ellas; cerré los ojos y me mantuve quieto, sin apartarlo. El corazón me martillaba en el pecho. Solo era un roce, un mínimo toque de labios, y sentía mis emociones correr como un río desbordado. Aerion pareció tomar aquello como una invitación, pues apresó mi labio inferior y comenzó a besarme torpemente. Entreabrí la boca para dejarle hacerlo a su antojo, aunque yo permanecía sorprendido, sobrepasado por la sensación de su lengua delineando la forma de mi boca y su aliento fusionándose con el mío.
¿Podría un beso compararse a la adrenalina que origina elevarse en los cielos sobre el lomo de un dragón y estar rodeado de nubes, todo mientras el estómago se contrae en un vacío profundo y el vértigo te arropa? Quizá solo era mi inexperiencia.
Los dragones estaban extintos y Aerion era mi primo. Nada tenía sentido.
Aerion rompió el beso. Deseé que al abrir los ojos todo hubiera sido una pesadilla, pero al hacerlo, él seguía ahí, con la diferencia de que sus labios estaban abultados y rosados. La belleza del dragón no podía igualarse, y frente a mí, estaba en su plenitud. Los colores vívidos y la presencia enigmática de los Targaryen en carne viva.
—Tengo que irme… —dije con voz ahogada.
—Buen viaje, primo.
Su estúpida sonrisa pretenciosa y orgullosa se pintó en sus labios, los mismos labios dulces y carnosos que yo acababa de probar.
No respondí. Salí prácticamente corriendo de ahí, anhelando un poco de aire fresco, una corriente de viento que arrastrara consigo la sensación de aquel beso. Un beso que no debió haber ocurrido.
Mi primer beso me lo había robado Aerion, mi primo. La persona que más repelía me había besado y yo no lo aparté. Ese pequeño omega cruel me había jugado una broma y yo, como un tonto, había caído directo en su trampa.
Llegué a las puertas del castillo donde nuestra escolta real ya estaba ahí e incluso Matarys, ya montado en su corcel. Caminé hacia mi hermano con toda la normalidad que podía fingir.
—Te estaba buscando.
—¿En serio? Vine a los establos exactamente como me pediste y ordené que prepararan nuestros caballos.
—Perfecto.
Sentía su mirada perspicaz en mí e intenté mirar en otras direcciones, pero mi hermano seguía observándome.
—¿Por qué estás rojo como un tomate?
Y posiblemente mis mejillas se encendieron todavía más.
—Debe ser el sol.
Todo era culpa de Aerion, siempre lo era.
Pero muchas cosas habían cambiado desde entonces, y entre esas tantas estaba el evidente hecho de que ahora éramos dos hombres adultos con responsabilidades hacia el reino. Sobre todo yo, que se me había dado un ultimátum para elegir esposa o, de lo contrario, la elegirían por mí. Ser el segundo en la línea de sucesión traía una enorme carga consigo y, a los ojos de los demás, era urgente que encontrara a alguien con quien compartir la carga, además de mi obligación de asegurar un heredero a la corona. Pareciera que todos han pensado con anticipación en mi compromiso y me han propuesto diferentes opciones de enlaces que serían convenientes para la casa Targaryen, y
aún así, ninguna de esas omegas logra cautivarme como se esperaría que lo hicieran. Ninguna de ellas era merecedora de hacerse llamar mi reina consorte en un futuro.
Para el final de la tarde, cuando el sol se apagaba por el horizonte, los cascos de los caballos tocaron los suelos de la capital. Y poco más tarde, entrada la noche, me hallaba desmontando mi caballo junto a Matarys y mi padre. Por supuesto que el heredero del rey recibió vítores y aplausos, y, mientras papá era el centro de atención, me deslicé por las dos grandes puertas del castillo, listo para pedir un baño y posteriormente descansar de ese largo e intenso viaje.
El rey no salió a recibirnos, por lo que nos presentaríamos ante él durante la cena. Durante el tiempo que restaba hasta que la oscuridad terminara por pintar el cielo estaba dispuesto a desaparecer de la vista de todos. Quería estar solo.
Sin embargo, la presencia de alguien en las escaleras me lo impidió. Su aroma me golpeó al igual que el filo de una espada hundiéndose en la carne; sentía su aroma en todas partes y, al mismo tiempo, no era suficiente; era la más exquisita fragancia que había jamás hallado y mis extremidades se sentían débiles, como si mi cuerpo no fuera más que una marioneta a la cual manejan a través de unos hilos.
Rosas rojas, dulces y seductoras, elegantes y peligrosas. De pétalos suaves y delicados como la seda, pero con gruesas espinas punzantes.
Aunque la peor parte era que ese maravilloso aroma le pertenecía a la persona que más detestaba.
—Primo. —Su cuerpo estaba deliberadamente a mitad de los escalones, con su espalda recargada en la pared.
—Aerion. —Pronuncié su nombre entre dientes.
Mirándolo ahora, no quedaba rastro del pequeño omega que robó mi primer beso. Mi primo creció bien, demasiado bien. Su cabello plateado contrastaba con los ojos violetas y mejillas rosadas; si bien yo era más alto que él, Aerion, pese a su baja estatura, seguía siendo tan intimidante como lo recordaba. Su jubón de seda negra con dragones bordados en la tela estaba desabotonado de los primeros botones, dejando al descubierto su delgado y lechoso cuello, y mis ojos viajaron al hueco donde una marca de reclamo debía yacer; sin embargo, la piel se mantenía limpia.
Y su aroma, ese perfume natural, me estaba ahogando. Porque, al igual que todo lo que constituía Aerion, era veneno puro, tan tóxico que me corroe desde adentro.
—¿No vas a felicitarme, Valarr? —Volcó su completa atención a mí, rompiendo la distancia hasta que lo tuve un escalón arriba del que yo estaba de pie—. Viajaste desde Rocadragón para participar en el torneo hecho en mi honor y ni siquiera te dignas a felicitarme por el día de mi nombre.
Se tocó el pecho actuando ofendido, cuando bajo esa máscara de inocencia sólo había egoísmo y orgullo.
Lo único que deseaba era deshacerme de él y ahorrarme problemas.
—Felicidades, primo. Pelearé con valentía en las justas por ti.
Una respuesta corta y consistente; se daba por entendida mi amabilidad y afecto por él como sangre de mi sangre. Era más que suficiente.
Pareció complacido con la respuesta, pues sonrió ladinamente y acto seguido me evaluó con la mirada de pies a cabeza.
—Eres un alfa. —Dijo con esa voz aterciopelada que me ponía alerta—. La última vez que te vi eras un cachorro, pero ahora eres un alfa y segundo en la sucesión del trono. El príncipe joven te llaman.
—Tú también has cambiado, Aerion.
—Soy el omega más hermoso del reino. —Afirmó, confiado de sus palabras. —Cualquiera moriría por conseguir mi mano en matrimonio.
—Pero te casarás con Daeron, ¿no es así? — inquirí.
Su rostro se contrajo en disgusto y el suave aroma a rosas se tornó amargo.
—Sí… eso dice papá.
Su sonrisa flaqueó y en sus ojos se encendió esa llama de la que siempre he huido por miedo a arder en ese fuego abrasador.
—Daeron no me merece —aseguró—, pero la sangre Targaryen debe mantenerse pura y Daeron es el único alfa en la familia, además de ti, claro. Soy un dragón y solo alguien con sangre de dragón puede tenerme.
—Eso hace a Daeron tu única opción.
—Supongo que sí.
Agitó sus pestañas con el innato coqueteo del que había oído tanto; incluso estando a una gran distancia de él, a mis oídos llegaban toda clase de susurros sobre la belleza y encanto natural del omega. Los rumores sobre Aerion atravesaban todo el reino, desde Desembarco del rey hasta Invernalia y Rocadragón.
Hablar de matrimonios y enlaces me agotó más que todo el viaje en sí.
—Te veré en la cena, primo. Necesito un baño y una siesta.
Se inclinó un poco y su aroma endulzado me envolvió, su aliento chocó contra la punta de mi nariz e instintivamente cerré los ojos a la espera de algo. Sus labios se posaron en mi mejilla, un beso en lo alto de mi pómulo.
—Bienvenido, Valarr. Es bueno tenerte aquí.
Descendió los peldaños restantes y desapareció de mi vista, únicamente dejando el rastro de su aroma pegado a la tela de mi capa. Y el fantasma de un beso en mi piel.
