Chapter Text
Aquello era un día más de la semana. Un juicio más en un martes cualquiera, con cierto murmullo bajo que forma parte de los procedimientos que no salen en los periódicos pero que, aun así, deciden la vida de alguien. La fiscalía estaba tranquila. No confiada, realmente Marta jamás permitía esa palabra; pero sí segura. El sumario era sólido, la declaración del testigo coherente, la reconstrucción encajaba sin fisuras. Doce años en la fuerza le habían enseñado a distinguir cuándo un caso se sostiene y cuándo depende de un hilo que cualquiera puede cortar. Este no dependía de ningún hilo.
La inspectora Marta De La Reina estaba sentada con la espalda recta entre la gente que presenciaba aquel juicio con las piernas ligeramente separadas y los dedos entrelazados sobre la rodilla. Era la menor de su familia, y esa posición la había acompañado siempre como una segunda piel. Dos hermanos mayores que nunca dudaron demasiado, que eligieron vidas más fáciles fuera de Madrid. Sus padres en Zaragoza, orgullosos, aunque no del todo convencidos de que aquella ciudad fuera lugar para una hija que había decidido enfrentarse al mundo con una placa en el bolsillo. Marta había aprendido pronto a no pedir permiso.
Y realmente no estaba dudando mientras escuchaba la intervención del fiscal con atención, cuando la puerta del fondo se abrió. Escuchó apenas el sonido de una bisagra bien engrasada y eso hizo que levantara la vista instintivamente.
Fina Valero entró en la sala como si no hubiera llegado tarde, y el juicio la hubiera estado esperando a ella. Traía un sobre manila bajo el brazo, cerrado con una pestaña doblada. Vestía de negro, como casi siempre. Pantalones ajustados que parecían diseñados específicamente para irritarla, porque realmente no era justo que a alguien le quedaran así unos malditos pantalones. No era justo que, en mitad de una vista judicial, el cerebro de Marta dedicara una fracción de segundo a pensar en eso. El pelo le caía justo por encima de los hombros, corto, fácil, demasiado fácil para alguien que conseguía parecer impecable sin intentarlo, y Marta odiaba un poco que incluso eso le quedara bien.
Fina no miró hacia ella al principio. Se inclinó sobre el banco de la defensa, susurró algo al oído del abogado principal y le entregó el sobre. Marta vio el gesto de los dedos, la manera en que Fina sostenía el papel con naturalidad, como si estuviera entregando una invitación y no una posible bomba procesal. Llevaban años cruzándose en pasillos, juzgados, despachos, declaraciones. Siempre en bandos opuestos. Siempre midiendo fuerzas. Marta detestaba muchas cosas de Fina, pero sobre todo detestaba la facilidad con la que conseguía lo que quería. Testigos que cambiaban de versión, informes que aparecían en el último minuto, contradicciones detectadas donde nadie más las veía. Fina era simplemente jodidamente observando y luego manejando a la gente.
El abogado defensor se puso en pie.
—Señoría, la defensa solicita incorporar nueva prueba documental al procedimiento.
Marta sintió el leve desplazamiento interno. Nada en su rostro cambió.
El juez frunció el ceño.
—¿Qué tipo de prueba?
—Un informe técnico de geolocalización del dispositivo móvil del acusado, elaborado por un perito independiente, que sitúa al señor Gálvez a treinta y cinco kilómetros del lugar de los hechos en el momento exacto del presunto robo.
El murmullo fue inmediato. El fiscal se levantó con rigidez de la silla.
—Eso no figura en el sumario.
—Porque se ha obtenido esta misma mañana, señoría. La defensa no está obligada a anticipar cada movimiento procesal si este es legítimo.
Marta giró apenas la cabeza hacia Fina. En ese momento, como si lo hubiera notado, Fina se dio la vuelta para salir de la sala y sus miradas se cruzaron.
La muy desgraciada le guiñó un ojo y le dedicó media sonrisa. Nada exagerado, solo lo justo.
Marta respondió con una sonrisa impecable, de comisura tensa y mandíbula firme. Fina se rio por lo bajo antes de desaparecer tras la puerta y Marta escuchó como la fiscalía pidió un receso para examinar la prueba y el juez lo concedía.
Cuando Marta salió al pasillo, ya sabía que el caso se había complicado. No porque creyera en la inocencia del acusado, sabía que ese hombre merecía estar entre rejas. Lo sabía con la misma convicción con la que sabía que el sistema exigía pruebas, no intuiciones. Y alguien acababa de introducir una grieta.
Marta giró la vista y Fina estaba aún allí, apoyada contra la pared con el móvil en la mano, revisando algo con absoluta calma.
La rubia caminó hacia ella con zancadas largas.
—Joder, cómo te encanta el protagonismo, Valero.
Fina levantó la vista despacio, cruzándose de brazos.
—¿A mí? Te acabo de ver hace quince minutos hablando con la prensa, Marta.
Marta dio un paso más. Quedaron demasiado cerca. No lo suficiente como para que pareciera deliberado, pero sí lo suficiente como para que ninguna pudiera ignorarlo.
—Sabes perfectamente que ese hombre merece ir a la cárcel.
Fina sostuvo su mirada sin parpadear.
—Según la Constitución española, sigue teniendo derecho a una defensa.
—Claro—Replicó Marta—Una defensa basada en las artimañas que usas para conseguir información.
Fina se rio de forma breve.
—Al menos yo consigo la información—Y añadió con tranquilidad—Simplemente consigo lo que quiero.
Marta chasqueó la lengua.
—Eso me quedó bastante claro, créeme.
Hubo un segundo de silencio.
—¿Sí? —Preguntó Fina, inclinando apenas la cabeza.
—Ni siquiera debería estar dirigiéndote la palabra. Eres insoportable.
Fina dio medio paso hacia ella. Ahora sí estaban demasiado cerca. Marta podía notar el calor que desprendía su cuerpo, la sombra de su perfume, algo ligero, que no era dulce pero tampoco cítrico, y que le resultaba irritantemente familiar.
—Y sin embargo aquí estás. Bastante cerca. Tan cerca que puedo oler ese perfume frutal que tanto te gusta usar.
Acercó la nariz unos centímetros, pero no llegó a tocarla.
—Acércate un poco más y te arresto—Le dijo Marta con voz baja.
Su corazón latía más rápido de lo que estaba dispuesta a admitir. No entendía por qué esa mujer conseguía alterarla de esa manera. O sí lo entendía, pero se negaba a aceptar nada.
—¿Bajo qué cargos? —Preguntó Fina con una sonrisa ladeada—¿Por hacerte sonrojar?
Marta bufó.
—Por ser jodidamente insoportable.
Fina la observó un segundo más. Y Marta se dio cuenta de que en su mirada no había desafío en sí, sino algo más peligroso… había curiosidad.
—No te sonrojabas antes—Murmuró la morena para picarla.
Marta sostuvo el contacto visual, sin pestañear.
—Cállate, anda.
Se miraron unos segundos más en silencio, como si ambas supieran que había una conversación que no estaban teniendo. Una que no tenía nada que ver con juicios ni geolocalizaciones.
—Diles que revisen todo lo que quieran ese informe—Le dijo finalmente Fina, recuperando el tono profesional—Está limpio.
—Siempre lo están, ¿verdad? —Respondió Marta.
—No siempre—Replicó Fina con una leve sombra en la expresión—Solo cuando sé que lo están.
Se apartó entonces, rompiendo la cercanía, y empezó a caminar por el pasillo.
Marta la siguió con la mirada, y no porque quisiera sino porque no podía evitarlo. Sabía que la prueba podía cambiar el curso del juicio. Sabía que, si el peritaje era sólido, el acusado podría quedar en libertad. Y sabía que, en algún punto, Fina estaría en el centro de todo.
La odiaba por eso.
La odiaba por la facilidad con la que desestabilizaba su trabajo. Por la manera en que cuestionaba el sistema desde dentro sin ensuciarse las manos. Por cómo parecía moverse siempre un paso por delante.
Y la odiaba, sobre todo, porque una parte de ella sabía que aquella tensión no era solo profesional. Se limitó a observarla marcharse y a repetir mentalmente que aquello no significaba nada. Que era solo otro juicio, otro caso, otra prueba de última hora.
Que Fina Valero era solo una adversaria.
Nada más.
Y sin embargo, cuando volvió a entrar en la sala, el pulso todavía le latía en la garganta.
Fina Valero no tenía horarios fijos ni rutina establecida, y esa era una de las cosas que más le gustaban de su trabajo. Mientras la mayoría de la gente empezaba el día mirando correos o entrando en una oficina, ella lo empezaba caminando por calles donde nadie sabía quién era realmente y donde cada conversación podía convertirse en una pista. Esa mañana había cambiado los tacones por botas bajas y el blazer por una chaqueta ligera que no llamara demasiado la atención. Su trabajo consistía en observar sin ser observada, en hacer preguntas que parecieran casuales y en dejar que la gente llenara los silencios creyendo que hablaba porque quería, cuando en realidad lo hacía porque ella sabía exactamente cuándo sonreír y cuándo quedarse callada.
El bar al que entró no tenía nada especial. Justamente por eso era perfecto. Un lugar donde nadie miraba demasiado a nadie y donde el camarero llevaba años escuchando historias que no le pertenecían. Fina pidió un trago, dejó el móvil boca abajo sobre la barra y esperó. No tenía prisa. Nunca la tenía cuando sabía que alguien acabaría apareciendo. A los pocos minutos, un hombre de unos cuarenta años se sentó a su lado. No se miraron al principio, era parte del juego.
—No suelo hablar en sitios públicos—Murmuró él mirando fijamente al frente.
—Entonces no hables—Respondió Fina con calma—Solo dime si estoy perdiendo el tiempo.
El hombre la miró por fin medio dubitativo. Ella sostuvo la mirada con tranquilidad, sin empujar, sin exigir. Esa era la clave, hacer que la otra persona sintiera que tenía el control.
—Ese pobre chico—Le dijo él finalmente—No estaba donde dicen.
Fina arqueó apenas una ceja.
—Eso ya lo sé.
—Otra gente ha venido a investigar ¿sabes?—Titubeó.
—La policía.
—No, no la policía. Gente chunga, gente que no es bienvenida aquí. Está metido en cosas peores que un robo, créeme.
—Eso no me interesa. Estoy investigando lo relacionado con ese robo.
—¿No te interesa que se junte con mafiosos?
—Me interesa hacer mi trabajo, señor—El bar tender dejó un vaso con whisky solo y Fina lo bebió de un sorbo, arrugando un poco la cara.
Era whisky del barato.
—Muy bien, estaba conmigo. Estábamos… en compañía de unas señoritas. Por favor, si mi mujer se entera de esto…
—¿Estaría dispuesto a testificar para salvar a su amigo?
—¿Quién ha dicho que somos amigos?
—¿Va a buscar compañías de señoritas con cualquiera?
—Escucha, cariño…
—Serafina.
—¿Qué?
—Mi nombre es Serafina, no cariño.
—Tú no entiendes nada…
—Entiendo perfectamente que están culpando a alguien de un crimen que probablemente no cometió y usted puede ayudarle.
—Pero mi esposa…—Dijo negando con la cabeza.
Fina se acercó para hablarle mirándolo directo a los ojos.
—Su esposa no tiene por qué enterarse de lo que se diga en el juicio. Quedará todo bajo secreto de sumario. Se lo prometo.
—¿De verdad?
Fina sostuvo la mirada del hombre sin pestañear. Había aprendido hacía tiempo que la gente no buscaba promesas, buscaba permiso para convencerse a sí misma. Él necesitaba creer que no estaba traicionando nada importante, que podía salir limpio de aquella conversación y seguir con su vida exactamente igual que antes. Ella no iba a mentirle, nunca lo hacía, pero tampoco tenía intención de explicarle todos los matices legales que podían aparecer por el camino.
—De verdad—Respondió con calma—Si declara bajo las condiciones adecuadas, su nombre puede mantenerse fuera del foco. Nadie tiene por qué saber dónde estuvo esa noche, ni con quién.
El hombre dudó. Miró el vaso vacío, luego a la puerta del bar, como si esperara que alguien apareciera para sacarlo de aquella situación. Fina lo observó sin presionarlo, dejando que el silencio hiciera su trabajo. Era curioso cómo la mayoría de las personas se sentían obligadas a llenarlo.
—No quiero problemas—Murmuró finalmente.
—Entonces haga lo correcto—Le dijo ella de forma suave, casi amable—Si ese chico estaba con usted, alguien está mintiendo. Y ya sabe cómo acaban las cosas cuando nadie habla.
Él suspiró, pasándose una mano por la cara.
—No sé ni por qué estoy contando esto.
Fina sonrió apenas.
—Porque sabe que no soy policía.
Eso pareció relajarlo un poco. Asintió lentamente.
—Vale… sí. Estaba conmigo. Llegó tarde, sobre las diez y media. Se quedó un par de horas. Luego se fue. No sé a dónde.
Fina sacó el móvil, anotando sin que pareciera un interrogatorio.
—¿Puede demostrarlo? ¿Recibos, mensajes, algo?
—Pagó en efectivo.
Claro, pensó. Demasiado fácil.
—¿Alguien más os vio?
El hombre dudó otra vez.
—La chica que estaba con él… quizá. Pero no sé cómo encontrarla.
—Eso déjemelo a mí.
Volvió a mirarla, todavía inseguro.
—¿De verdad cree que no hice mal en venir?
Fina ladeó la cabeza, observándolo un instante.
—Creo que acaba de evitar que alguien cargue con algo que no le corresponde.
No añadió que eso no significaba que el chico fuera inocente de todo. Solo de ese robo. Y, para ella, eso era suficiente. La verdad no tenía por qué ser absoluta para merecer ser defendida.
El hombre asintió despacio, como si necesitara convencerse una última vez.
—No quiero salir en la tele.
Fina soltó una risa breve.
—Créame, yo tampoco.
Se levantó, dejando un billete sobre la barra para pagar el whisky horrible que había tenido que tragar. El camarero le dedicó una mirada curiosa mientras se ponía la chaqueta. Fina le devolvió una sonrisa fácil, de esas que abrían puertas sin necesidad de pedir permiso, y salió a la calle.
El aire era más fresco fuera. Sacó el móvil mientras caminaba, revisando mentalmente la conversación. Tenía lo que necesitaba, un testigo, una coartada parcial, un hilo del que tirar. No era perfecto, pero rara vez lo era. Su trabajo consistía en encontrar grietas.
Mientras avanzaba por la acera, no pudo evitar pensar en cómo habría reaccionado Marta si hubiera estado allí. Probablemente habría presionado más, habría exigido nombres, fechas exactas, una declaración formal en ese mismo momento. Marta creía en las estructuras, en el procedimiento. Fina creía en la gente, en sus contradicciones, en el punto exacto donde el miedo y la culpa se mezclaban lo suficiente como para hacerlos hablar.
Sonrió sola.
Le gustaba imaginar la cara de Marta cuando descubriera que había conseguido aquello sin levantar la voz ni enseñar una placa. Le gustaba todavía más imaginar cómo apretaría la mandíbula, esa pequeña señal que siempre delataba que algo le molestaba más de la cuenta.
El móvil vibró con un mensaje corto de uno de los abogados.
Sosa (despacho)
Sosa: ¿Cómo ha ido?
Fina: Tenemos testigo.
Guardó el teléfono y siguió caminando, dejando que la ciudad la envolviera. Había algo adictivo en esos momentos después de conseguir información. Una mezcla adictiva de satisfacción y adrenalina. El juego acababa de empezar.
E, inevitablemente, su cabeza volvió a Marta.
A la manera en que la había mirado en el pasillo del juzgado. A esa amenaza medio seria de arrestarla. A la tensión que se había instalado entre ellas desde el primer día en que se habían conocido hacía más de dos años, cuando Fina había comenzado a trabajar para la firma de abogados.
Fue en otro juzgado, otro caso, otro pasillo demasiado estrecho donde todo el mundo fingía no escuchar conversaciones ajenas. Fina había llegado con una seguridad fresca de alguien que todavía no conoce las reglas no escritas del lugar y Marta estaba allí, apoyada contra la pared revisando un expediente con una concentración casi agresiva que la había impresionado.
Recordaba perfectamente la primera mirada que le dedicó, fue rápida, evaluadora, como si estuviera clasificándola en una categoría peligrosa sin haber cruzado aún una palabra. Ella, por supuesto, le había sonreído. No por provocarla (al menos todavía no) sino porque era su forma de ser natural al entrar en cualquier lugar.
Marta no sonrió de vuelta, por supuesto.
La primera conversación fue breve y seca, casi accidental. Fina había hecho una pregunta inocente sobre un testigo y Marta respondió como si estuviera corrigiendo a alguien que había llegado tarde a clase, sin paciencia y sin intención de suavizar nada. A Fina le divirtió de inmediato esa rigidez, esa manera de tomarse el trabajo como si cada palabra pudiera cambiar el equilibrio del mundo. Desde entonces empezó una especie de danza que ninguna de las dos admitía: encuentros en salas de espera, cruces de miradas durante declaraciones, comentarios afilados que siempre parecían quedarse a medio camino entre lo profesional y algo más difícil de definir. Marta se tensaba cada vez que Fina aparecía, y Fina, sin poder evitarlo, empezó a disfrutar descubriendo cuánto podía acercarse antes de que la inspectora levantara sus muros otra vez.
Soltó una pequeña risa al recordarlo. Marta De La Reina era tan fácil de provocar que casi resultaba injusto. Bastaba una frase, una sonrisa, acercarse un poco más de lo necesario. Y Marta reaccionaba siempre, aunque intentara ocultarlo detrás de esa fachada profesional.
Le gustaba hacerla rabiar. No solo porque fuera divertido, que lo era, sino porque en esos momentos Marta parecía más humana. Menos inspectora impecable y más mujer de carne y hueso, con emociones que no sabía muy bien dónde poner. Esa rubia era un desafío que no podía resolver con encanto fácil. No se dejaba llevar, no caía a sus encantos, no le seguía el juego. Y eso hacía que Fina quisiera acercarse un poco más cada vez.
Bueno, una vez sí que le había seguido el juego… pero eso era otra historia.
La cosa era que, quizá era precisamente la forma en que Marta la miraba, como si intentara descifrarla y al mismo tiempo mantener distancia. Como si supiera que acercarse demasiado podía ser peligroso lo que la hacía querer estar siempre cerca de ella.
Fina volvió a ponerse las gafas y echó a andar otra vez.
El caso avanzaba, el juicio se complicaba y todo iba según lo previsto.
Y sin embargo, mientras cruzaba la calle, pensó que lo más impredecible de su día no había sido el testigo ni el whisky barato. Había sido esa sonrisa forzada en el pasillo. Porque Marta De La Reina pensaba que ella era un problema, pero para Fina Marta era una tentación.
La comisaría tenía una cosa siempre y eso era movimiento constante con teléfonos que sonaban, teclados, pasos rápidos por los pasillos y conversaciones cruzadas que se apagaban cuando alguien importante pasaba cerca. Marta llevaba años allí y conocía cada sonido lo suficiente como para distinguir cuándo algo era normal y cuándo algo estaba a punto de torcerse.
Entró sin prisa, con el abrigo todavía puesto, saludando apenas con un gesto de cabeza. No necesitaba levantar la voz ni hacerse notar; la gente la veía llegar y simplemente ajustaba el volumen. Era algo que nunca había buscado pero que había aprendido a aceptar. Doce años en la policía y cinco como inspectora hacían eso. La respetaban porque trabajaba más que nadie, porque no improvisaba cuando no era necesario y porque, cuando hablaba, normalmente tenía razón.
—Buenos días, jefa—Le dijo Miguel desde su mesa sin apartar la vista del ordenador.
—No soy tu jefa—Respondió ella automáticamente, dejando el bolso sobre la silla.
—Ya, pero suena mejor.
Mieguel era joven, demasiado entusiasta a veces, pero tenía buen instinto. A su lado, Carmen revisaba unas fotografías impresas con bastante concentración. Carmen llevaba menos años en la unidad que Marta, pero entre ellas existía una especie de entendimiento silencioso, una confianza profesional que la tranquilizaba.
—¿Qué tenemos? —Preguntó Marta mientras encendía el ordenador.
—Nada grave—Respondió Carmen con su peculiar acento andaluz—Un par de denuncias pendientes y el fiscal ha pedido actualización del caso Gálvez.
Marta asintió, abriendo el correo. El juicio de la mañana seguía rondándole la cabeza. La prueba de última hora, la sonrisa de Fina, el modo en que había dicho “simplemente consigo lo que quiero”. Chasqueó la lengua para sí misma, como si pudiera apartar el recuerdo.
—¿Todo bien? —Preguntó entonces Carmen sin levantar demasiado la mirada.
Marta la miró un segundo.
—Perfecto.
No era mentira, solo era información incompleta.
Se sentó, repasando informes mientras el murmullo de la comisaría seguía alrededor. Le gustaba ese momento del día, cuando todo parecía bajo control. Cuando los casos eran papeles y no personas. Cuando podía concentrarse sin pensar demasiado.
—Oye—Le dijo Miguel de repente—¿Es verdad que casi se cae el juicio esta mañana?
Marta levantó la vista lentamente.
—No se ha caído nada ¿valer? Solo se complicó.
—Dicen que la defensa sacó algo de la nada.
—La defensa hace su trabajo—Respondió ella seca.
Miguel levantó las manos en señal de rendición.
—Vale, vale.
Carmen sonrió apenas.
—¿Fue Fina Valero otra vez?
Marta notó la pregunta antes de procesarla y se reclinó ligeramente en la silla.
—Sí—Respondió con un suspiro cansado.
—Es buena la jodía ¿eh?
—Meh.
Carmen le dio una mirada significativa a Miguel y los dos apretaron los labios para no reírse.
—Esa mujer te persigue, jefa—Murmuró el chico.
—Creo que disfruta hacerme la vida miserable.
—Claro—Dijo Carmen con una calma sospechosa.
Marta entrecerró los ojos, reconociendo ese tono demasiado neutral que siempre precedía a algún comentario que no le iba a gustar. Apoyó los codos sobre la mesa y dejó caer el bolígrafo, observándolos a los dos como si estuviera evaluando hasta dónde iban a llegar.
—A ver, vosotros dos, empleados del mes—Dijo finalmente—¿Qué os hace tanta gracia?
Miguel fue el primero en rendirse y soltó una risita.
—Nada, nada. Solo que… bueno, siempre que aparece Valero tú cambias un poco la cara.
—¿Qué cara? —Preguntó Marta seca.
—Esa cara—Intervino Carmen con calma—La de “voy a mantener la compostura porque soy una profesional”, pero por dentro estás pensando en cómo desmontarle todo lo que acaba de hacer.
Marta bufó.
—Eso se llama trabajar, deberíais probarlo un día.
—No—Respondió Carmen, girándose un poco en la silla—Eso se llama tomártelo personal.
Marta se recostó más en la silla, cruzándose de brazos.
—No me lo tomo personal. Me molesta que alguien aparezca en mitad de un juicio con una prueba de última hora que nos revienta semanas de trabajo. Fin de la historia—Sentenció levantando una mano.
—Ya—Dijo Dani—Pero podrías decir “la defensa” o “los abogados”. Siempre dices “Fina Valero”.
Marta abrió la boca para responder y se quedó un segundo en silencio. No le gustaba que tuvieran razón en cosas que ella no había pensado conscientemente.
—Porque es ella la que lo consigue—Respondió al final, encogiéndose de hombros—No es precisamente discreta.
Carmen sonrió apenas, como si estuviera observando algo interesante.
—Eso sí es verdad.
—Y porque es insoportable—Añadió Marta.
Miguel soltó una risa.
—Eso ha sonado muy convencido.
—Lo digo en serio.
—Claro—Repitió Carmen, otra vez con ese tono que parecía decir lo contrario.
Marta los miró a ambos con cansancio.
—¿Os habéis puesto de acuerdo para tocarme las narices hoy o qué?
—Solo estamos diciendo que hay química—Le dijo el chico antes de pensar demasiado.
Marta lo miró con una expresión que habría hecho retroceder a cualquiera con menos confianza.
—¿Perdón?
—Química profesional—Corrigió él rápidamente y Carmen tuvo que soltar una carcajada por la metida de pata de su compañero—Rivalidad. Ya sabes.
Marta negó con la cabeza, volviendo a su pantalla.
—No hay nada. Es buena en lo suyo, ya está.
—Y tú también—Dijo Carmen cuando pudo dejar de reírse—Por eso chocáis.
Marta dejó escapar el aire lentamente. Esa explicación le parecía más aceptable. Profesional. Ordenada. Nada que ver con las insinuaciones que Miguel parecía disfrutar demasiado.
Aunque el muy imbécil tuviera razón. Si tenían química, y ella lo sabía. Lo había comprobado de primera mano en aquella fatídica noche que nunca debió ocurrir.
“¿Estás borracha, Marta?”
“Aparentemente no más que tú”
“Me gustas más borracha”
“¿Te gusto?”
“¿No es obvio?”
Se movió de forma nerviosa en la silla.
—Exacto—Dijo finalmente con un carraspeo—Competencia profesional.
—Claro—Repitió Carmen una vez más, esta vez sin ocultar del todo la sonrisa.
Marta levantó la vista.
—Te juro que si sigues diciendo “claro” así te voy a poner a hacer todos los informes a ti.
—Solo observo—Respondió Carmen, levantando las manos—Igual que tú observas a Valero cada vez que aparece en un juicio.
Miguel ya no pudo contener la risa.
—Vale, eso ha sido bueno.
Marta cerró los ojos un segundo, apoyando la frente en la mano. No estaba enfadada. Más bien… incómoda. Porque había algo de verdad en lo que decían, y eso la irritaba más que cualquier broma.
—Escuchad—Dijo finalmente, volviendo a ponerse recta—Fina Valero es una investigadora privada que trabaja para la defensa. Hace su trabajo. Yo hago el mío. Fin.
—Fin—Repitió Miguel obediente, aunque la sonrisa seguía ahí.
Carmen asintió, como si le concediera la última palabra, pero Marta conocía esa expresión, no estaba convencida. Y lo peor era que, en el fondo, ella tampoco estaba completamente convencida de su propia explicación.
El teléfono sonó entonces, rompiendo la conversación antes de que pudiera desviarse otra vez. Carmen contestó, y Marta agradeció internamente el cambio de tema. Mientras escuchaba a su compañera hablar, volvió a mirar la pantalla, intentando concentrarse en el informe delante de ella.
Pero la imagen que le vino a la cabeza no fue un expediente ni un testigo.
Fue una media sonrisa ladeada en un pasillo.
Apretó la mandíbula.
Insoportable, pensó.
Y, aun así, no pudo evitar notar que una parte de ella ya estaba esperando el próximo enfrentamiento.
—Tenemos algo—Informó Carmen.
Marta ya estaba de pie.
—¿Qué tipo de algo?
—Mujer encontrada en Chamberí. Posible homicidio. Patrulla en el lugar pide inspección.
El aire cambió como siempre que se hablaba de un posible homicidio. La conversación se apagó y el ambiente se volvió más serio.
—Vamos—Le dijo Marta, cogiendo el abrigo.
Miguel se levantó de inmediato.
—¿Voy con vosotras?
Marta lo miró un segundo.
—Sí. Pero observas y escuchas. Nada más.
Salieron juntos hacia el coche y Marta pensó que a veces le encanta su trabajo. Servir a la ley le apasionaba. Lo que no le apasionaba era tener que enfrentarse al lado más oscuro y malvado del ser humano. Eso era algo que a veces, por las noches, no la dejaba dormir.
