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Nadie como tú

Summary:

¿Es posible la coexistencia entre humanos y simurianos?

Maru cree que sí. Tanto, que está dispuesto a intimar con un humano para demostrar que ambas especies pueden entenderse.

Pero cada paso lo aleja de su tribu y sus creencias. Y esa parte de sí mismo que siempre negó terminará expuesta... convirtiéndose, contra todo pronóstico, en la fuente de su mayor placer.

Notes:

Al leer los caps del scanlation, llamo a cross kurosu por mayor comodidad.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: La peor pregunta

Chapter Text

—¿Cómo dices?

Tsurugi se quedó mirando a Maru como si este acabara de mutar frente a sus ojos. El ruido de la cafetería se desvaneció, tragado por un silencio súbito y pesado. A Maru se le encendieron las mejillas; la reacción de su compañero le hizo temer que, sin querer, hubiera dicho algo ofensivo para los humanos.

Maru, aferrado a la supuesta inocencia de su petición, repitió la pregunta suavizando el tono: —¿Podemos tener sexo?

Tsurugi se hurgó el oído con el meñique, como si buscara un fallo en su audición. Parpadeó despacio, rascándose el mentón mientras escaneaba a su compañero con los ojos entrecerrados. Finalmente, se propinó un pellizco en la mejilla. El dolor fue instantáneo.

—No es un sueño... —masculló, frotándose la piel roja.

—¿Un sueño? —Maru ladeó la cabeza con genuina curiosidad—. ¿Qué clase de sueño?

Tsurugi se puso en pie bruscamente, dejando su bebida a medias. Ignoró la pregunta y caminó directo al mostrador para pagar. Necesitaba aire. Maru tardó un segundo en reaccionar, pero se levantó de un salto y lo siguió fuera del local con pasos pesados, fulminándolo con la mirada.

—¡Oye! —exclamó ya en la calle, plantándose frente a él—. ¿Por qué me ignoras? ¿No vas a responderme?

Aquella frialdad hirió a Maru, que se sintió despreciado de repente.

—Porque me tengo que ir a casa —soltó Tsurugi, cortante.

—¿Ah, sí? —Maru tragó saliva.

Maru se creyó la excusa, sintiéndose súbitamente culpable por importunarlo. Tsurugi, viendo que el engaño había funcionado, intentó aprovechar el impulso para escapar.

—Sí. Tengo... cosas que hacer —añadió, improvisando.

Maru se encogió de hombros y asintió, visiblemente desilusionado. Tsurugi se dio la vuelta, decidido a no mirar atrás; el alivio era tan grande que una sonrisa involuntaria empezaba a asomar en su rostro. Pero la voz de Maru, a sus espaldas, lo congeló en el sitio.

—¿Y cuándo... podríamos tener sexo?

Había una esperanza tan pura en ese tono sosegado que Tsurugi sintió que el mundo se le venía encima. «Oh no, no voy a poder escapar», se lamentó internamente. Se obligó a girarse y caminó de vuelta hacia Maru. Su mirada, ahora sombría y severa, hizo que el alienígena retrocediera un paso, preguntándose si no habría cometido otro error fatal.

Había esperanza en su tono, suave, casi tímida.

—¿Por qué rayos me pides tener sexo contigo? —lo confrontó sin vacilar. Ponerse firme era su única forma de aplacar los nervios que le subían por la garganta. Su voz sonó tan siniestra como un abismo.

Maru empezó a temblar, asaltado por el arrepentimiento. Sin embargo, decidió que la claridad era su mejor defensa.

—Pues... —tragó saliva—. Porque tú y yo nos conocemos y somos amigos, ¿no? —aventuró, forzando una sonrisa alegre.

El aura desafiante de Tsurugi ensombreció su propio rostro. Maru empezó a sudar, pero se mantuvo firme, aunque su sonrisa empezó a ladearse de forma precaria.

—Sí... amigos —repitió Maru—. Y yo no sé cómo es el sexo entre humanos. Además... —el calor en sus mejillas le entorpeció la voz— he leído que los varones humanos no pueden embarazar a otros varones.

«Un segundo. ¿Qué?»

La frase le cayó a Tsurugi como un rayo en mitad del pecho.

—Ya veo... —respondió, sintiendo que el alma se le escapaba por la boca.

—Tengo mucha curiosidad por saber cómo lo practican ustedes.

Tsurugi le estampó la mano en la boca para sellar aquella vergonzosa exhibición pública.

—Vale, para. No vuelvas a decir esa palabra, por favor.

Apartó la mano confiando en que el mensaje había quedado claro. Maru lo observó extrañado; el mal humor de su amigo había desaparecido, sustituido por un rojo intenso que le cubría hasta las orejas.

—¿Entonces sí vas a tener sexo conmigo? —preguntó Maru, iluminado por una confianza ciega. Dio un salto de alegría.

—Oye, yo no he dicho eso —corrigió Tsurugi al borde del colapso—. ¡Y te dije que NO pronunciaras esa palabra!

El ánimo de Maru se desinfló como un globo pinchado.

—¿Por qué no? —increpó—. Leí que los humanos tenían sexo ocasional para divertirse, sin fines reproductivos. No me lo inventé.

Tsurugi se quedó rígido. Rezó mentalmente para desaparecer, para teletransportarse, para que el suelo se lo tragara.

Antes de que Maru volviera a hablar, le cubrió la boca otra vez y lo arrastró hasta un callejón apartado.

—Oye, oye... pensé que ibas a arrancarme la cara —protestó Maru, masajeándose la mejilla.

Tsurugi miró a ambos lados de la calle, asegurándose de que nadie estuviera cerca. Cuando comprobó que estaban solos, se giró hacia él con expresión severa.

—¿Qué demonios estás leyendo?

Maru se encogió ligeramente, intimidado. Al ver su expresión confundida, Tsurugi suspiró y se pellizcó el puente de la nariz, obligándose a bajar el tono.

—Da igual... escucha. No es que eso que has leído sea mentira —admitió—. Pero para los humanos el sexo no es algo que se haga así, sin más.

Le resultaba surrealista estar explicando aquello a un alienígena.

Maru frunció el ceño, pensativo. —¿Tiene algo que ver con que los niños de este mundo no pueden tener relaciones?

Tsurugi vio la luz al final del túnel. Una vía de escape perfecta.

—¡Exactamente! —asintió con énfasis—. Soy menor de edad. Y tú dijiste que, en años humanos, tenías diecinueve, ¿no? —recalcó con una chispa de triunfo.

«De la que me he librado». Pero el silencio de Maru no era de arrepentimiento, sino de análisis.

—Kit... los chicos japoneses pueden consentir relaciones a partir de los dieciséis, ¿no? —puntualizó Maru con una precisión letal.

Un rayo atravesó el pecho de Tsurugi al ver los ojos suplicantes del alienígena. Era una mirada diseñada para fabricar culpabilidad. Tsurugi carraspeó, intentando suavizar su voz, que salió tensa y quebradiza.

—Bueno, sí... —«¿Qué mierda de respuesta es esa? ¿Es lo mejor que puedo decir?».

Los ojos de Maru brillaron con una energía renovada. —Pues no hay problema entonces.

«Joder, no, espera, hay muchísimos problemas». Tsurugi sentía las ideas dándole vueltas como un torbellino. Maru le agarró la manga del uniforme y, con una expresión perdida de felicidad, preguntó:

—¿Y dónde vamos a tener sex...?

Tsurugi volvió a sellarle los labios.

—No quiero volver a oír esa palabra salir de ti. Me pone nervioso.

Maru se apartó con un gesto molesto y lo miró frunciendo el ceño. —¿Por qué es tan molesto?

—Ya te dije... —las mejillas de Tsurugi se tiñeron de un carmín intenso—. No es una palabra que deba decirse a la ligera. Y me pone nervioso que un alien lo diga.

Maru guardó silencio, suponiendo que se trataba de alguna costumbre humana compleja o un rito sagrado sobre la concepción. Mientras tanto, Tsurugi maldecía su destino. ¿A dónde lo llevaría esto? ¿De verdad iba a hacerlo con él? Ni siquiera había tenido su primera experiencia con una mujer de su especie, y ahora estaba frente a un simuriano macho.

Maru lo miró a los ojos, y su semblante se tornó inusualmente serio. Apretó sus manos, bajando la mirada al suelo, incómodo.

—Yo, tampoco es que quiera... —admitió con voz apocada.

—¡¿Qué?! —Los ojos de Tsurugi se abrieron como platos—. ¿Entonces por qué rayos me lo pides?

—Busca... porque necesito saberlo. Forma parte de mi misión —adujo Maru.

Su mano apretó con más fuerza la tela del uniforme de Tsurugi. El silencio se instaló en el callejón, cargando el aire de una incertidumbre densa. Tsurugi comprendió entonces que la motivación de Maru era solo una fachada para ocultar su propio nerviosismo.

—No lo entiendo, ¿por qué no me habló mi superior de algo así? ¿O es que no quieren condicionar mi respuesta?

—Lo he mantenido en secreto —respondió Maru, como si fuera lo más natural del mundo.

—¿Eh?

—Quieren que pruebe y aprenda todo lo relacionado con la reproducción humana. Tanto a nivel sociológico como físico.

—¿And no puedes quedarte solo en la teoría?

—Quieren saber si hay compatibilidad sexual entre las especies o si son capaces de reproducirse. Tenemos que entender estas costumbres para poder comprendernos mejor.

Un brillo de inusual interés vibró en sus ojos verdes.

—No sé qué tiene que ver eso con mantenerlo en secreto. Y si quieres saber si somos compatibles, te estás equivocando al pedírmelo a mí. Soy un hombre, y tú también. Y aunque nunca me lo he preguntado, no quiero saber si los hombres de vuestra raza son como caballitos de mar.

Maru estrechó los ojos, procesando la información sin llegar a entenderla.

—Mira, lo mejor es que acudas a una mujer... —Tsurugi se dispuso a marcharse, pero se detuvo para añadir una advertencia—: ¡Pero no a mi hermana, ¿vale?!

—¡Espera! No te vayas.

—Qué pesado —volteó Tsurugi con crudeza.

—Si los humanos se enterasen del plan, querrían intermediar y darme las opciones que a ellos les parecieran.

Tsurugi frunció el ceño. Maru no iba desencaminado. Seguramente convertirían el asunto en un proceso burocrático, lleno de protocolos y "voluntarios" elegidos a conveniencia.

—No quiero que me impongan nada, aunque esté obedeciendo órdenes... quiero poder escoger. Y tú eres el humano que mejor conozco aparte de Yuka.

Tsurugi se quedó en shock. Si estuviera en su lugar, probablemente sentiría lo mismo. Aun así, la idea seguía pareciendo una locura.

—Maldición... —murmuró, pasándose una mano por el cabello.

No quería que su primera experiencia fuera con un alien varón. Ni siquiera estaba seguro de querer tener una primera experiencia en absoluto. Pero vio el brillo titilante en los ojos de Maru, asolados por la incertidumbre.

—Tsurugi... —pronunció su nombre con un tono casi suplicante.

Las manos de Maru apretaban tan fuerte que sus nudillos se habían vuelto blancos. Tsurugi se molió el labio, tragándose el orgullo y el miedo, y posó su mano sobre la de Maru. El contacto sobresaltó al simuriano, que levantó la vista para encontrarse con el rostro tenso de su amigo.

—Vale... —cedió Tsurugi.

La sonrisa de Maru se ensanchó de inmediato, iluminando el callejón.

—No, no me pongas esa cara —lo riñó Tsurugi, con una vena hinchándosele en la sien—. O voy a pensar que es un truco para gastarme una broma.

—¿Una broma? —Maru se llevó la mano a la boca, como si acabara de ser sorprendido—. ¿Te refieres a soltar una mentira pequeña para reírse del desconocimiento de otros?

Tsurugi sintió que una idea tomaba forma en su mente. Ya tenía un plan para sobrevivir a esto.

—Centrémonos —dijo con una calma nueva—. Ya sé a dónde vamos a ir.

—¿Sí? —Los nervios sacudieron a Maru—. ¿A dónde vamos, Tsurugi?

El moreno lo miró con una sonrisa taimada y críptica.

—Vamos a un Onsen.