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—Si el multiplicador se divide por la suma del resto, obtenemos el…
La profesora Blanco comenzó la clase de ese día, pero a Lautaro no le importaba en lo más mínimo.
¿Por qué empezar una lección nueva cuando faltaban solo dos días para que terminara el curso? Parecía que la mujer estaba decidida a torturarlos hasta el último segundo.
Se preguntó qué pasaría si se levantaba y simplemente se iba. Tenía dieciocho años; técnicamente ya no estaba obligado a quedarse. Sin embargo, le había prometido a su padre que se portaría bien. El hombre tenía planeado regalarle algo especial por la graduación y le había advertido que, si se metía en problemas, se quedaba sin él.
Lautaro suspiró y echó un vistazo alrededor del aula. Casi todos tomaban apuntes o jugaban con el celular en ángulos que la profesora no podía ver desde el frente. Él estaba en el último banco, y el asiento de al lado permanecía vacío. Perfecto.
Cuando el aburrimiento lo dominaba en clase, le gustaba fantasear con cosas sucias; de esa manera el tiempo parecía avanzar más rápido. Sus ojos se desviaron hacia la ventana que daba al patio del colegio exclusivo para mujeres y donceles.
El sol brillaba con fuerza. Se imaginó acostado en el pasto, completamente desnudo, dejando que los rayos le calentaran justo esa parte del cuerpo que se suponía debía mantener oculta.
Sintió cómo se le endurecieron los pezones al pensar en la brisa fresca rozándolos, justo antes de que él apareciera de pie sobre su cuerpo.
Cerró los ojos. En su mente, el otro lo observaba un instante antes de arrodillarse a su lado y acercar la boca a uno de sus pezones. ¿Lo lamería primero con suavidad o lo chuparía directamente, con hambre?
—Lautaro.
Abrió los ojos de golpe. La profesora Blanco estaba parada a su lado, con una mezcla de enojo y sorpresa en el rostro. Bajó la mirada hacia el regazo de él y entonces Lautaro se dio cuenta: sin percatarse, había deslizado la mano entre sus piernas mientras fantaseaba.
Con la mayor rapidez y disimulo que pudo, retiró la mano y se enderezó en el asiento, pero ya era tarde. La profesora se agachó lo suficiente para que nadie más escuchara.
—¿Qué te dije respecto a eso? —siseó, con un tono cargado de asco y vergüenza—. Se supone que nunca tenés que hacer eso.
—Perdón —murmuró Lautaro en voz muy baja.
Ella se irguió de golpe y negó con la cabeza.
—Levántate. Vamos a la dirección.
—Pero —intentó protestar el rubio. No sirvió de nada. La profesora ya estaba inclinándose para recoger la mochila del piso. Lautaro sintió que el estómago se le contraía. Puta madre, pensó. No podía permitirse un problema. No ahora.
—Vamos, o va a ser peor —dijo la profesora Blanco en voz baja pero firme.
Lautaro miró alrededor del aula mientras caminaban hacia la puerta. Solo unos pocos compañeros levantaron la vista curiosos, el resto aprovechó la distracción de la profesora para seguir con sus celulares nadie parecía haber escuchado lo que le había dicho en el banco, y por suerte, creía que tampoco lo habían visto con la mano entre las piernas mientras fantaseaba.
—Profesora Blanco, por favor —intentó convencerla de nuevo cuando ya estaban en el pasillo,
—Lautaro, ya me hice la distraída muchas veces —respondió, mirándolo como si fuera una puta—. Puede que ahora tengas dieciocho años y estés a punto de graduarte, y tal vez no pueda hacer nada para impedirlo porque sos un estudiante sobresaliente, pero no voy a soportar tal —Se detuvo al no encontrar palabras que describan la repulsión que sentía—. Se supone que las chicas y los donceles decentes no hacen eso.
Lautaro intentó replicar. Quería decirle que era algo natural, que su padre le había explicado alguna vez que todo el mundo lo hacía. Pero sabía que era inútil. El no era precisamente el favorito de la profesora Blanco. No era la primera vez que lo llevaba a dirección pero esperaba que fuera la última.
Cuando llegan al área administrativa. Pasan junto a la mesa vacía de la secretaría y la profesora se dirigió directamente a la puerta del director golpeando con fuerza
—Adelante —se oyó la voz del director Merlo desde adentro.
La profesora Blanco agarra la mochila de Lautaro y con un gesto teatral se deja caer en una de las sillas frente al escritorio. Lautaro se quedó de pie, incómodo, mientras el director los observaba a ambos con el ceño fruncido.
—¿En qué puedo ayudarla, profesora Blanco? —preguntó Merlo, apoyando los codos en el escritorio.
—Otra vez tengo un problema con el joven Lautaro —Hizo una pausa significativa y lo miró de reojo— controlandose.
—Es asqueroso. Y no pienso volver a tolerarlo.
El director Merlo giró la cabeza hacia Lautaro con una expresión ilegible.
—Lo entiendo —respondió mientras se levantaba de su escritorio—. Me voy a ocupar de él. No lo tendrá en su clase durante el resto del día.
La profesora Blanco suspiró aliviada y luego sonrió con una alegría casi infantil.
—Gracias por su comprensión, director Merlo. Como siempre, aprecio su discreción en estos asuntos tan delicados.
La forma en que lo miró era repugnante. Parecía una quinceañera enamorada que nunca había visto a un hombre de verdad. Aún así Lautaro no podía culparla, el director Merlo estaba buenísimo. La mayoría de las chicas y los chicos del colegio lo ignoraban, pero sabía que los profesores cuchicheaban sobre él.
La sonrisa de la profesora Blanco se desvaneció de golpe. Le lanzó a Lautaro una última mirada de despreció y salió de la dirección.
En cuanto la puerta se cerró tras ella, el único sonido que quedó fue el de los pasos del director Merlo cruzando la habitación para cerrarla con llave. Lautaro se relamió los labios e intentó no mirarlo mientras él volvía a su escritorio y tomaba asiento.
—¿Otra vez, Lautaro? —preguntó en voz baja.
El corazón de Lautaro empezó a latir más rápido.
—Perdón, yo.
—Estabas soñando despierto, ¿no? —Lo interrumpió con voz tranquila tan distinta al tono cargado de odio de la profesora Blanco. Lautaro solo asintió
—¿Y que hacías soñando despierto?
—Solo pensaba en cosas. —respondió el rubio mientras evitaba su mirada y jugaba con el borde de su pollera.
—¿No podías esperar hasta llegar a casa?
Cuando levantó la vista, vio que el director pasaba las puntas de los dedos por el borde del escritorio.
—No sé —Se encogió de hombros y bajó la mirada a sus pies.
—Solo faltan dos días, Lautaro. ¿De verdad querés terminar así tu año escolar?
La voz de Merlo era suave, casi gentil. Esa era una de las cosas que siempre le habían gustado de él, nunca lo juzgaba ni lo avergonzaba por sus “problemas”.
—Perdón. Sé que no tengo que meterme en quilombos, pero no me di cuenta de lo que hacía. Estaba aburrido y la escuela ya casi termina —Volvió a encogerse de hombros porque aunque le daba vergüenza, con él se sentía seguro diciendo estas cosas—. Y entonces me agarró, y no supe qué decir.
—¿Acabaste?
Lautaro levantó la cabeza de golpe. El director parecía tan tranquilo que por un segundo dudó si había escuchado bien.
—¿Qué? —preguntó, aunque sabía perfectamente lo que había dicho.
—No podés ir al próximo módulo si no te ocupaste del problema. —Los ojos del director recorrieron su cuerpo con lentitud y se detuvieron justo en la pollera, donde se quedaron un largo momento antes de repetir—. ¿Acabaste?
—No. —Negó con la cabeza.
—Bueno, entonces lo vas a hacer ahora. Para que puedas ir a tu próxima clase sin distracciones.
Lautaro se quedó congelado. ¿El director Merlo acababa de pedirle que se masturbara delante de él?
Su cara inexpresiva debió hacer la pregunta por sí sola, porque Merlo asintió y se reclinó en el asiento, cruzando las manos sobre el escritorio.
—No tengo todo el día, Lautaro. Empezá a tocarte.
