Chapter Text
En el campo las espinas
1: Brotes
Al principio, fue algo pequeño.
La viajera había venido a Natlan cuando un barco de Nord Krai había llegado, y luego, como siempre sucedía con ella cerca, habían pasado cosas. Con una robot extraña que encontraron en el terreno de la tribu Plumaflora. Ahau, encerrado en una caja, estaba tan molesto como siempre, sin ganas de compartir información, y Kinich no consideró que eso fuera extraño… hasta que volvieron a casa.
-¿Vas a salir de ahí?- le preguntó al brazalete.
-¡Cállate, sirviente!- le respondió Ahau, y la luz del dispositivo pareció atenuarse.
-Olvidaste mencionar varias cosas, eh.
No hubo respuesta.
De todos modos, a veces al dragón pixelado le daba una rabieta, y se le pasaba en unas horas. Mañana todo volvería a la normalidad.
Todo no volvió a la normalidad.
-Las desapariciones reportadas por Ifa y Chasca siguen aumentando. Muy listos. Descartando esta zona, que no tiene saurios, y esta otra, que tenía una caravana hasta hace poco… - Kinich colocó dos pinchos en el mapa de Natlan, extendido sobre la mesa de la cocina -El lugar más lógico sería el Santuario Atávico. Si son sensatos, no entraron a las ruinas subterráneas. Si no, pasará a ser una misión de rescate, sea de los contrabandistas o de cadáveres.
-No importa el precio- suspiró la mujer, una comerciante de Fontaine que parecía agotada sólo de estar de pie -Lo importante es que el idiota de mi prometido vuelva, entero o en pedazos, vivo o muerto, y que sus compinches paguen por todo esto- se tapó la cara con una mano -Y luego, reportar todo para que no queden dudas de quién fue la idea.
-Usted no tiene por qué preocuparse. Es evidente que es inocente y que la trajeron aquí con engaños.
-Ah, soy tonta, eso pasa. Pero no tanto como él creía. Así que pon precio y apenas puedas, empieza. Estaré en la posada de la tribu de los árboles… Ah, no recuerdo el nombre.
-Sé cuál es. El precio será…
La mujer escuchó, pagó la suma acordada sin decir una palabra y volvió a suspirar. Se despidió y salió de la casa del cazador de saurios, y se alejó con dos miembros de los Retoños Arbóreos. Kinich sabía que eran aventureros, de confianza, y que una de ellas tenía una gran curiosidad por todo lo que venía de Fontaine. El sol estaba, poco a poco, haciendo más pequeñas las sombras, y pronto sería hora del almuerzo. Kinich guardó el mora, miró por última vez el mapa, y fue a prepararse para la misión.
-Ahau, tenemos trabajo que hacer.
Silencio.
La sensación de flogisto materializándose a su lado le indicó que la figura pixelada había hecho acto de presencia. Le echó una mirada: estaba tan callado que había comenzado a sospechar que había gato encerrado. En una caja. Por mentirle a la cara a la Arconte Pyro.
-Saldremos después del almuerzo.
Silencio.
-Iremos al Santuario Atávico y, de regreso, pasaremos por los Vástagos del Eco.
-¿Para qué?
El tono era raro, pero al menos sonaba como Ahau.
-Porque tengo otra misión por allí, y tengo que hablar con Xilonen.
-Bueno, entonces vamos.
La voz sonaba mucho más animada, como si le hubieran dicho que habría jugo de frutas dulces en su menú. Kinich tomó nota, y decidió continuar sus observaciones. Fue a por su almuerzo. Iba a ser un largo viaje, de varios días, y quería salir con una buena comida en el estómago.
-Sería más rápido si pudieras ir volando.
Silencio.
-De seguro tu imponente figura aterrorizaría a esos contrabandistas y se rendirían enseguida.
Sintió el movimiento de sus manos, pixeladas, sobre su pecho, pero nada más. Ahau se había agarrado a su torso, debajo del arnés, cuando Kinich sacó el gancho para comenzar su balanceo. Cada tanto lo sentía moverse, agarrando el cierre de su cuello, como si dudase. No iba a echarle una ojeada ahora. Apuntó con el gancho, salvó otro precipicio, y aterrizó con suavidad del otro lado. El plan era hacer una base más cerca del Cerro Tepeacac, para poder ir enseguida a los Vástagos del Eco y reportar lo sucedido, y de paso ir al taller de Xilonen. La noche estaba por caer, y el cielo estaba despejado: podría llegar antes que cayera la oscuridad, con esa luna rota y las estrellas que brillaban frente a ella.
Kinich apuntó otra vez.
Pasó al lado del Santuario Atávico por tierra, a paso suave pero rápido. Notó la ausencia de dos nidos de saurios, y vio que uno tenía huevos destrozados. Entrecerró los ojos. Era un desperdicio cruel, innecesario y estúpido. Tomó nota de todas las pistas y ubicó un rastro que iba hacia las ruinas: una huella sobre barro que apenas empezaba a secarse, con suela de diseño de Fontaine, una punta de flecha rota cerca de uno de los nidos, una fogata disimulada debajo de una piedra plana, huellas de tres vehículos de cuatro ruedas con tracción a sangre, una de ellas mucho más pesada que las otras.
Siguió de largo y, al amparo de las sombras cada vez más largas, montó su campamento en una elevación, al lado de la única ruta terrestre que salía del Santuario atávico.
Cuando cayó la noche, Kinich estaba dentro de su carpa, comiendo una cena fría y dejando que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad. Ahau mordisqueaba unas bayas dulces. Kinich agregó sus descubrimientos a lo que sospechaba: no se irían por agua, las corrientes de ese sitio eran traicioneras en esa época del año, y si eran contrabandistas de los que habían rondado por ahí por varios meses, entonces lo sabrían. No iban a arriesgarse a perder su botín. Esperó a la medianoche, preparando su espada pesada, repasando el plano del Santuario Atávico y sus alrededores.
Los puestos de vigía irían primero.
Dos, quizás tres. Bastaría con dejarlos fuera de combate, atarlos y amordazarlos. Luego, iría a por los guardias del botín, que solía ser sólo uno porque solían tener las carretas juntas y a la vista, y entonces podría usar una de esas bombas dendro que hacían el sueño mucho, mucho más pesado. Si todo salía bien, tendría a todos los contrabandistas dormidos y no habría derramamiento de sangre. Si todo salía mal…
-Ahau.
-Qué.
-De ser posible, que queden todos vivos.
-¿Y si no es posible?
-Que se arrepientan de traicionar a Natlan.
Era un trabajo fácil, se dijo Kalan.
Era otro de esos tipos de Fontaine, que creían que eran tan superiores por tener centros de investigación científica. Ja. El primero de esos que había visto casi se había ahogado, intentando nadar con crías de Koholasaurio, pensando que la bendición de la arconte Hydro valía en todas partes, porque el señor era de Fontaine y tenía una visión. ¿De dónde sacaban esas ideas tan estúpidas? Lo habían rescatado del agua y lo habían devuelto a su campamento, lleno de tipos irritados porque Natlan no era como su muy superior nación Hydro.
El último, uno que era algo menos tonto, quería llevarse saurios de mascota.
Así que iban a por crías de saurio, y si la madre o el padre se ponían pesados, pues había carne de saurio de cena. Monana era muy buena en eso. El verla trabajar con el cuchillo era un placer, agarraba un saurio recién cazado y en unos cuantos cortes separaba piel, plumas o escamas de la carne, luego cortaba en partes, dejaba a un lado lo que se podía vender, en otro lo que se podía comer, y en un tercer montón todo lo que había que enterrar. Era ahí cuando Kalan encendía el fuego y ponía la olla con verduras a hervir, y cuando ella venía con los trozos de carne y sus especias, hacía magia. Ponía a asar la carne que no iban a comer esa noche, y tenían para el resto del viaje. Monana manejaba las armas de corte con una maestría de temer. Hasta el tipo ese de Fontaine decía que le recordaba a una famosa chef, Escafe, o algo así, de su país.
Esa cena había estado deliciosa.
Pero no había que dormirse en los laureles, se dijo, porque aún no habían terminado el trabajo, y si quería demostrarle a Monana que él era buen candidato para ella, debía terminar este encargo. Miró a su alrededor: nada a kilómetros a la redonda. A lo lejos, su colega se había ido al otro lado de una piedra para vaciar la vejiga. Todavía no volvía. A veces se le daba por moverse a otro sitio para vigilar los alrededores. Bajó la vista, a las ruinas del Santuario Atávico: apenas se notaba un resplandor donde quedaban los restos de la fogata. Monana estaba afilando su lanza, y el brillo del filo parecía un código que Kalan interpretaba como una invitación. A ver qué puedes hacer. A ver si estás a la altura de una habilidosa con todo lo que corta y pincha.
Se inclinó un poco hacia delante, y algo le golpeó la nuca.
Todo se volvió negro.
Dejó al segundo guardia atado a un árbol, amordazado y bien sujeto. Kinich observó el campamento. No habían tenido demasiado cuidado: tres carretas, una con un cargamento que era demasiado irregular para ser jaulas con saurios, un guardia que parecía estar por dormirse y caminaba rodeando los vehículos para no caer, el hombre de Fontaine y una Vástago del Eco afilando su lanza frente al fuego. Había otras dos mujeres, de la Comunidad de la Feracidad, durmiendo en una carpa algo alejada del fuego.
-Ahau.
-Qué.
-A que no puedes hacer algo con sigilo.
-A que sí.
Su estado de ánimo era raro, pero manejable, y se desplazaron hasta quedar tras las carretas con el contrabando. Cuando el caminante con sueño pasó cerca de ellos, un golpe en la nuca lo dejó fuera de combate. Atado y amordazado, lo dejaron dentro de unas ruinas cercanas, lejos de la vista, y Ahau se desplazó hacia la carpa, con un frasco en las manitos pixeladas. En silencio. Kinich lo observó ir hacia la carpa de las durmientes, abrir la tapa, y dejar que el aroma llegase hasta ellas. Era casi imperceptible, pero sus efectos se hacían notar enseguida. El subir y bajar de sus pechos se hizo más lento, y el pequeño dragón se alejó, con su frasco a medio llenar en las manos, subiendo por el aire, hasta quedar sobre la fogata. Treinta metros por encima.
Soltó el frasco.
-¡¿Qué?!- el hombre de Fontaine se sobresaltó al ver que algo caía en el fuego, avivando las llamas, y explotando en lo que parecía ser tela pesada ardiendo.
-¡Arriba, nos atacan!- dijo la guerrera, empuñando su lanza, con un tono de voz que decayó un poco al final, como si le faltase algo de energía.
La tenía donde la quería.
Miraban hacia arriba, hacia la fogata, hacia los alrededores, hacia la carpa donde sus dos compinches dormían y no iban a despertarse sino en unas horas. En un segundo de distracción, sintió que algo caía hacia ella y atacó con la lanza.
Era un nabo.
Le siguieron papas, tomates, cebollas y repollos, y su lanza parecía más su cuchillo después de cocinar que un arma. Apretó los dientes. De un sacudón se sacó de encima las verduras, y entonces algo pesado le cayó encima. Todo se volvió negro.
La de la lanza cayó.
Algo grande la aplastó contra el suelo, con cabellos largos y un colmillo gigante en las manos. Ojos brillantes, de dos colores. Sintiendo miedo, miedo de verdad, miedo de que iba a morir en esas tierras bárbaras y sin ley, donde ni siquiera sabían las normas de Fontaine, donde los animales eran salvajes y ni siquiera tenían ropa y cabellos bien peinados, la moda era tribal en el peor de los sentidos, y la comida apenas podía llamarse así. La de la lanza se quedó quieta, y el sopor que empezaba a sentir no amainó el torrente de adrenalina que sentía.
No podía correr.
Esa cosa, ese monstruo, había acabado con todos los cazadores que lo acompañaban, y él no era rival para nadie en esas tierras salvajes, a menos que…
Sacó una pistola.
Sin importar cuán rápido fuera ese monstruo, de seguro una bala iba a ser más veloz, y si sólo pudiera apuntar y disparar…
Algo golpeó su arma y la hizo volar hacia la oscuridad.
-¡M-monstruo!
Retrocedió hasta que su espalda chocó contra una pared.
-¡N-no te acerques!
Ese ser, enorme, poderoso, con poderes salvajes que no entendía, y con una mirada que sólo podía definirse como de depredador en medio de una caza, avanzó hacia él, apagando el fuego con un movimiento y dejándolo casi ciego, sin poder adaptar sus ojos a la repentina oscuridad. Sintió un movimiento rápido cerca de su cabeza y se tiró al otro lado, dándose de lleno con la cara en el piso de piedra, y perdiendo el conocimiento.
Al menos no hubo dolor, se dijo.
Estaba de regreso en Fontaine, en su casa, en su hermosa cama suave que tanto amaba. Era la noche anterior a su viaje a Natlan, y llevaría a la tonta de Nanette, su prometida,como carnada. Si algo salía mal, podía usarla como excusa. Si todo salía bien, quizás podría ir a por una mejor opción y decir que era un pobre hombre sumido en el dolor por la pérdida de su amor, y que sólo el noble y puro corazón de una doncella podría sanarlo, o algo así. Las mujeres eran muy tontas en eso del amor.
-Querido.
La voz de la tonta llegó hasta él. Era fea: no había tenido pretendientes y había tenido que ganarse su confianza poco a poco, pero ahora estaba en sus manos. Sólo tenía que llevarla a Natlan y…
-Querido.
Su voz sonaba fea, también. Como cuando una mujer se enoja y frunce el ceño, y ahí vienen los reproches tontos que ningún hombre que se precie de tal escucharía.
-Etaine.
El tono no era de sueño.
Abrió los ojos, y deseó haberse quedado dormido para siempre.
Estaba en un lugar a cielo abierto, pero rodeado de lo que parecían ser muros de piedra. Frente a él, el rostro de Nanette lo miraba, serio y con esa furia de una mujer que no va a caer en las mentiras del amor de un hombre. A su lado, un muchacho con el pelo negro, un bicho raro que parecía plano y hecho de pequeñas cajas, y una de esas mujeres brutas de la tribu de las piedras lo miraban. Volvió la vista al muchacho: tenía los ojos de dos colores.
Una bestia de la noche…
-¡A-asesino!- gritó, y la voz se le quebró pero siguió -¡Es un asesino!
-No se murió nadie, por ahora.
Nanette hablaba con voz dura. Inflexible. Etaine supo que lo habían descubierto, pero al menos podría…
-Los contrabandistas me dijeron todo. ¿Así que sacrificio?
-Están mintiendo, querida…
-Oh, ya vas a querer que estén mintiendo, pedazo de hijo de…
-Eres tan bueno como decían- le deslizó la parte restante del pago, con voz algo ronca pero calmada -Malipo Kinich.
-Así es. Gracias- dijo, al recibir el mora.
-Seis mercenarios, y el imbécil. Fuera de combate. No sé cómo lo hiciste, pero gracias. Ahora que quedó en claro las intenciones del idiota- un gemido y un sollozo se escuchó desde la carreta, mientras bajaban a Etaine hecho un ovillo -voy a poder cerrar esta etapa.
-Y abrir otra.
Kinich se sorprendió tanto que Ahau hablase, que lo miró, confundido. La figurita pixelada se metió en la mochila, mucho más vacía ahora, y se acomodó como un gato al sol, dejando apenas su cola desenrollada afuera.
-Buena idea. Cuando acabemos aquí, ¿puedo contarles a la gente de Fontaine sobre lo que hiciste? Así contratan gente de confianza.
-Se lo agradecería mucho, señorita. Y si me disculpa, debo seguir con algunas comisiones.
-Claro, claro. Espero te vaya bien- le sonrió, algo cansada, se dio al vuelta, y fue tras los sollozos.
-¿Ifa?
-¡Kinich, hola! Veo que lograste rescatar a las crías.
El veterinario, cansado pero sonriendo, lo saludó apenas lo vio acercarse. Estaba revisando a los saurios, y varios tenían vendas o estaban en nidos cerca. Un qucusaurio frotaba su cabeza contra el brazo de Ifa, quien levantó una mano y empezó a acariciarlo, despacio, con las manos expertas de alguien que sabía calmar seres asustados.
-A las crías, sí. Aunque llegué tarde para el resto.
-No puedes salvarlos a todos, Kinich- suspiró -Lo sabemos.
-¿Estás bien?
-Cansado, pero al menos ahora este asunto se solucionó- agarró al qucusaurio con cuidado, lo llevó a un nido, y volvió a buscar a otra cría de saurio.
-¿Has notado algo raro en ellos?
-¿Además de lo esperable por cautiverio? ¿O las otras cosas que había en las carretas?
Kinich asintió.
-Al principio, pensé que era uno de esos robots que patrullan las calles de la capital de Fontaine, pero luego noté que había partes que parecían no encajar. Como no es mi área, llamaron a Xilonen, y está revisando todo mientras hablamos. Reconocí algo de tecnología nacional, pero el resto… era como intentar armar un rompecabezas con piezas de tres lugares diferentes. O más. Un brazo era de Inazuma, eso lo sé.
-Ifa, tú también descansa.
-¿Oh?
-Ambos sabemos que un buen descanso es necesario.
-Y una buena comida, de ser posible en buena compañía- sonrió -Ororon dice eso seguido.
-¿Y ha encontrado la receta mejorada?
-Estamos en eso, aunque hay que probar muchas variantes.
La charla le alivió algo de la tensión residual que le había quedado de la misión, pero aún había algo que le molestaba. Se despidió de Ifa y fue hacia la forjanombres de los Vástagos del Eco, muy consciente del silencio de Ahau. Uno distinto. Como si estuviera expectante.
-No toques nada de su taller.
-No soy un niño para que me digas esas cosas, sirviente.
-O te pondré en tiempo fuera.
El dragón pixelado bufó, pero no dijo nada más.
El taller estaba cerrado.
Del otro lado de la puerta, Kinich podía ver luces parpadeando, acompañado de sonidos chisporroteantes, golpes de algo metálico, y una voz amortiguada que le era muy familiar. Afuera se veía la tercera de las carretas, con una lona apilada a un lado y ninguna de las cajas que había contenido hasta hacía muy poco. Con la mochila mucho más liviana pero conteniendo a un pixelado ser con muchas ganas de entrar, dio unos golpes a la puerta.
-¡Que no estoy para proyectos de última hora…!
-¿Xilonen?
El sonido se detuvo.
Se escucharon unos pasos, y la puerta se abrió, dejando ver a una forjanombres en toda su gloria. En una mano tenía una de sus herramientas, y al ver quién estaba en su puerta, se hizo a un lado, señalando el interior de su taller con la misma.
-Adentro, y me cuentas todo.
Sabiendo cuándo era mejor no protestar, dejó la mochila a un lado de la puerta, cerca de una pila de papeles con diagramas extraños, y se sentó a una mesita con dos tazas humeantes. Xilonen se sentó con él, y tomaron un poco de xocoatl. Después de una misión exitosa y llena de sigilo, se le aflojaron los músculos y casi toda su tensión. Estaba en un entorno familiar, con una persona en la que confiaba, tomando una bebida dulce, calentita y que le recargaba las energías.
-Kinich, ¿cómo estás?
-Ahora, mucho mejor, es delicioso.
-¿Y esos no te dieron problemas?
-No. ¿La conoces?
-Oh, es una de las que intentaron robarme materiales hace un mes y poco. Le dije que eso no se hacía y se fue, ofendida, como si yo la hubiera insultado. Guardé mis materiales bajo llave y solucioné el problema. Pero veo que tenía otra fuente de metales a mano.
-De varios sitios, por lo que vi.
-Oh, Kinich, no tienes ni idea. Ahí hay cosas de siete naciones, y son materiales de los buenos. No sé cómo los contrabandearon, porque no son de los que se exportan, pero parece que tenían planeado hacer alguna clase de arma nueva. Quizás con tecnología de Fontaine. Por lo que llegué a deducir, tenían planeado terminar el contrabando de crías de saurio y luego ir a la Comunidad de la Feracidad. Y, de allí, dirigirse a la Montaña Sagrada Ancestral.
-¿Cómo planeaban sobrevivir al volcán?
-El gran señor de Fontaine parecía tener un plan para eso, peor por supuesto que no iba a ir él primero ni solo. Ya lo has visto, Kinich. Si hay hilichurls en una zona, es que hay al menos una forma de entrar. De salir ya es otra cuestión.
A sus espaldas, un crujido de papel se dejó oír en el silencio entre los dos. Kinich tomó otro sorbo de su bebida. La saboreó antes de tragar, y miró a la forjanombres.
-¿Qué podrían hacer allí, además de robarse lo que no les correspondía?
-Siempre hay algún loco que dice que va a ir a una ciudad abandonada, regresarla a su antigua gloria, y convertirse en su nuevo soberano. Como si no hubiera cosas que hacer aquí arriba. Y siempre es alguien de Fontaine. No sé qué tienen en esa nación que parecen querer venir a tomar lo que no es suyo y decir que les corresponde porque lo van a conservar mejor que nadie- suspiró con cansancio y tomó más xocoatl. Destapó una caja de bombones y se comió uno, el cazador de saurios otro, y el papel crujiente siguió a sus espaldas -Lo único que sé es que el señor va a pasar un buen tiempo en un lugar donde va a poder reflexionar sobre sus malas acciones.
-¿Tendrá algo que ver con Ineffa?
-¿La robot de Nord-Krai? Lo dudo. Ella ya está de vuelta en su país, y hasta el momento no ha habido noticias, lo que quiere decir que no hay problemas de importancia. La viajera la acompaña, y si hay algún inconveniente, ella estará allí para ayudarles.
Silencio de papeles.
-Tengo que llevar el informe por lo de la misión, pero si quieres, lo escribo yo.
-Oh, por favor. Quiero seguir revisando esos planos de marionetas de Inazuma, aunque dudo que pueda hacerlos con el material que menciona. También hay algo sobre muñecas a cuerda de Fontaine, y ya que estuviste ahí hace un tiempo…
Terminaron los trámites al caer la noche.
Ahau, curiosamente callado, se había metido en su mochila y no había asomado ni la cola mientras llevaban los papeles donde detallaban todo lo sucedido. Habían terminado poco antes de la hora de la cena, así que Kinich decidió que iba a dormir en la tribu, y regresarían al amanecer. Sacó de su equipaje algunas provisiones, y puso una baya quenepa en un plato, cerca de su mochila.
-No la ensucies.
-No ensucio, sirviente.
Dos patitas pixeladas se asomaron de la mochila, luego una cabeza plana, y el resto del cuerpo se deslizó hasta salir a la habitación. Kinich lo miró: después de tanto tiempo juntos, era inevitable saber cómo era cada uno, y cuándo su comportamiento distaba de lo usual. Y también cómo era mejor acercarse al tema. Terminó su cena, dejó afuera d ella mochila algo para desayunar, y se sentó en la cama, sacándose los zapatos.
-Ha sido una misión interesante.
Ahau siguió masticando.
-Mañana pasaremos por el tablero por si hay alguna misión más corta que podamos hacer antes de regresar a casa.
-Ajá.
-Debí haberle pedido a Xilonen que revisase mi gancho. Tiene muchas cosas interesantes en su taller que podrían servir para mejorarlo.
-Oh sí…
Silencio.
-Ahau.
-¿Qué?
-¿Qué estabas buscando?
-Algo interesante- sonrió, terminando de comer la baya.
-¿Y lo encontraste?
-¿Qué te importa? Si tanto quieres saber sobre cosas interesantes, tírate al volcán Tollan- sonrió.
-Quizás lo haga.
-¿En serio?
-De todos modos, hay algo allí que debo de investigar.
