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Hilo Dorado

Summary:

La vida de Alina Wick nunca ha sido complicada.

Diferente, tal vez, pero lo suficientemente clara como para no cuestionarla. Ha aprendido a moverse con cuidado, a pasar desapercibida, a no llamar la atención más de lo necesario. No por costumbre, sino por necesidad.

Porque hay nombres que no deberían pronunciarse.
Y herencias que, en las manos equivocadas, dejan de ser historia para convertirse en poder.

Existen personas —y organizaciones— que, si supieran de su existencia, no dudarían en buscarla. Para utilizarla. Para controlarla. O simplemente para destruirla por lo que representa.

Por eso, solo unos pocos saben quién es.
Y aún menos… de quién es hija.

Hasta que deja de ser suficiente.

Un viaje a Italia y un encargo aparentemente sencillo la llevan a un lugar donde esas reglas dejan de importar. Donde ocultarse ya no es una opción.

Y cuando finalmente lo conoce, todo cambia.

No se siente como un accidente.

Se siente como reconocimiento.

Porque hay vínculos que no se crean.
No se eligen.
No se rompen.

Solo esperan.

Y cuando finalmente la alcanzan…
no hay forma de escapar.

Chapter 1: Capítulo 1. Nueva York

Chapter Text

La casa no pertenece a la ciudad.

Las calles de Forest Hills Gardens eran demasiado silenciosas para sentirse parte de Nueva York en su totalidad. El ruido seguía existiendo, por supuesto, pero llegaba amortiguado, filtrado entre árboles antiguos, muros de piedra y fachadas que parecían haber aprendido a resistir el paso del tiempo con una elegancia obstinada. Nada allí era moderno en el sentido estricto de la palabra. Ni siquiera el silencio.

Desde afuera, la casa encajaba perfectamente con el resto del barrio. Una construcción Tudor de dos pisos, con muros de piedra envejecida, detalles de madera oscura y ventanas altas y estrechas que reflejaban la luz opaca de finales de febrero. La entrada, ligeramente elevada y protegida por un pequeño pórtico, no invitaba a la curiosidad. El jardín delantero se mantenía impecable, podado con cuidado, sin llegar a un verso rígido.

      Casa alina frente

No llamaba mucho la atención. El cual esa era la intención.

Por dentro, la casa conservaba su estructura original, pero había sido remodelada lo suficiente para no sentirse atrapada en otra época. La madera oscura del piso absorbía el sonido de los pasos; las vigas expuestas cruzaban los techos altos, y la iluminación cálida suavizaba cada rincón sin volverlo del todo acogedor. La sala principal se organiza alrededor de una chimenea de piedra, rodeada de muebles antiguos pero cómodos, de líneas sobrias y telas en tonos neutros. Bajo ellos descansaba una alfombra oriental persa cuyos colores profundos contrastaban con los colores de la sala y le daban carácter al lugar.

Sala

Un pasillo conducía hacia el fondo de la casa, donde las paredes cambiaban sutilmente de tono. Varias habitaciones estaban pintadas de diferentes colores, apagados y elegantes, colores que son elegantes, pero a la vez acogedores, que no destacan una vista simple.

Al fondo, más allá de unas puertas de cristal con marcos de hierro negro, el jardín trasero quedaba oculto de la calle y del resto del mundo. Un patio de piedra, rodeado de vegetación y apenas iluminado por luces bajas, el cual fue diseñado para permanecer fuera de la vista de todos.

Patio trasero de Alina

Alina Wick se encontraba de pie frente a una de las ventanas del salón observando el atardecer. Contemplaba el jardín delantero con calma, mirando a las personas pasar a lo lejos, los niños jugando en la calle cuando no había tránsito, parejas abrazadas dándose calor en el clima frío que podía sentir a través de sus dedos que estaban tocando la ventana frente a ella. La luz caía entre las ramas desnudas y proyectaba sombras largas sobre los adoquines.

Alina en la sala

Había tranquilidad.

Lo era, en apariencia.

Pero no del todo.

La casa había sido elegida por una razón. La distancia no era capricho. El silencio no era casualidad. Y la forma en que cada espacio limitaba la vista —hacia dentro y hacia fuera— tampoco lo era.

Se apartó de la ventana sin prisa y cruzó la sala.

El vestido negro que llevaba se ajustaba a su cuerpo con una elegancia discreta, marcando su figura sin resultar llamativa. El tejido oscuro —una mezcla fina de lana y cachemira de Alaïa— caía suavemente debajo de sus rodillas y contrastaba con la palidez delicada de su piel.

Sobre los hombros descansaba un abrigo largo color carbón de Max Mara, de líneas estructuradas y diseño minimalista, impecable sin parecer rígido.

Sus tacones louboutin negros de suela roja resonaban suavemente contra la madera mientras caminaba, y el movimiento hacía que las ondas rojizas de su cabello descendieran por su espalda como cobre oscuro bajo la luz cálida del atardecer.

Empujó la puerta del estudio y se detuvo apenas cruzó el umbral.

Sobre el escritorio de madera oscura se encontró perfectamente centrada una caja pequeña y negra sobre la superficie pulida.

No se acercó enseguida. La observar primero, inmóvil, evaluando no tanto el objeto como el hecho de su presencia. Había muy pocas personas capaces de entrar en esa casa sin dejar rastro. Menos aún que se atrevieran a hacerlo. Su padre había contratado y supervisado personalmente a las personas que habían instalado el sistema de seguridad de su casa.  

Cuando finalmente avanzó hasta el escritorio y levantó la tapa, no mostro sorpresa en su expresión.

Sobre una almohadilla de terciopelo se encontró una moneda de oro.

Cerró la caja con un movimiento lento y exhaló por la nariz.

—Winston —murmuró, aunque no había nadie ahí para oírla. Agarro la caja y se dirige hacia la puerta de madera.

Salió del estudio y se dirigió hacia el recibidor donde tomo sus llaves y salió poco después. La puerta se cerró a su espalda con un sonido firme. Desde la entrada no se veía el patio trasero. La disposición de la propiedad se encargaba de eso. Nadie podía mirar hacia dentro. Nadie lo hacía.

Camino hacia la entrada principal y observe un automóvil negro esperado junto a la acera.

Alina no lo había solicitado, pero no se sorprendió al verlo esperándola enfrente de su casa.

El conductor salió de inmediato, iba vestido con un traje de vestir negro, camisa blanca y zapatos negros pulidos donde no se reflejaba ni una pisca de polvo. Se acercó hacia el e inmediatamente le abrió la puerta sin formular ni una sola pregunta.

Ella subió al vehículo y espero a que él le cerrara la puerta y se subiera al lado del piloto.

—Upper East Side —dijo mientras miraba a su izquierda, contemplando su casa una última vez antes de que el automóvil arrancara.

El trayecto fue tranquilo, las calles de Forest Hills quedaron atrás y fueron reemplazadas poco a poco por avenidas más activas, escaparates iluminados y el ritmo ininterrumpido de una ciudad que nunca terminaba de descansar. Nueva York retomó su forma habitual a medida que la tarde se inclinaba hacia la noche.

Su teléfono vibró una sola vez.

Alina no lo miró de inmediato. Solo cuando el automóvil se detuvo en un semáforo sacó el aparato del bolso y observó la pantalla.

Winston.

El mensaje mostró nada más que una hora.

21:00.

Guardó el teléfono y volvió la vista hacia la ventana. Las luces se encendían una tras otra, viendo como la ciudad iba cobrando vida al ritmo de las luces.

No era la primera vez que Winston la llamaba así. Pero algo en esta ocasión no terminó de encajar del todo. Sentía como si algo estuviera en suspenso esperando el momento correcto para mostrarse. Eso hacia sentir nervioso, en alerta.

La galería estaba casi vacía cuando llegó. El espacio había sido diseñado para que las personas se enfocaran en lo que era importante. Iluminación perfecta, conversaciones en voz baja, piezas colocadas con precisión.

Alina avanzó entre las salas sin prisa, observando más de lo que aparentaba. No buscaba atención. Nunca lo hacía. Se detenía donde quería, en obras que llegaban a capturar su atención, no solo por su belleza, o por diseños innovadores, si no por la historia que se quería contar a través de sus trazos, sus colores.

Una pieza en particular captó su atención. No por la obra en sí. Por su origen.

Europa del Este. Finales del siglo XIX.

Alina permaneció unos segundos frente a la placa, leyendo la descripción bajo la pintura mientras observaba los trazos oscuros y elegantes del óleo. No era exactamente curiosidad lo que sentía. Era algo más cercano al reconocimiento. Algo heredado. Familiar de una manera incómoda.

—Tiene ojo para lo valioso —dijo una voz masculina a su derecha.

Alina no respondió de inmediato. Mantuvo la mirada en la pieza un segundo más antes de volverse hacia el hombre que se había acercado.

Lo primero que notó fue la forma en que vestía.

No había extravagancia evidente en él. El traje negro medianoche que llevaba parecía demasiado perfecto para haber sido comprado en una tienda de catálogo. El saco cruzado marcaba sus hombros con precisión, cayendo limpiamente sobre un chaleco gris carbón de textura fina que contrastaba sutilmente con el resto del conjunto. La tela absorbía la luz de la galería en lugar de reflejarla, elegante de una manera silenciosa.

La camisa blanca tenía un cuello francés impecablemente estructurado y puños dobles asegurados con gemelos plateados discretos. Todo en él parecía hecho a medida. Costoso de una manera silenciosa.

Muy probablemente provenía de una familia adinerada, dinero viejo.

La corbata negra de seda mostraba un patrón apenas perceptible bajo la iluminación cálida de la galería, y el reloj que asomaba bajo el puño de la camisa —un Patek Philippe de esfera oscura— probablemente costaba más que algunos apartamentos de Manhattan.

Pero no era el único reloj que llevaba consigo.

Sujetada al chaleco descansaba una fina cadena plateada que desaparecía dentro de uno de los bolsillos interiores. Un reloj de bolsillo antiguo.

Eso llamó más su atención que el resto.

La plata estaba ligeramente desgastada en ciertos bordes, como si hubiera pasado por demasiados años y demasiadas manos para pertenecer a alguien de su edad. Y, aún así, él lo llevaba con absoluta naturalidad.

Cuando finalmente levantó la vista hacia su rostro, entendió por qué algunas personas resultaban peligrosas incluso cuando sonreían.

Rostro fino. Mandíbula definida. Cabello oscuro cuidadosamente acomodado hacia atrás, aunque lo suficiente despeinado como para parecer natural. Sus ojos grises la observaban con demasiada atención, evaluándola detrás de una sonrisa elegante que no alcanzaba del todo su mirada.

Vicente

No parecía alguien acostumbrado a escuchar negativas.

Y, por alguna razón, eso le hizo querer mantener la distancia.

—O para lo que otros pasan por alto —respondió finalmente, mirándolo a los ojos.

La sonrisa de él se volvió más prominente, calculadora.

—Eso es más raro —comentó mientras desviaba la mirada hacia la pintura frente a ellos.

Sus ojos volvieron hacia ella segundos después.

Analizándola.

Alina lo notó de inmediato. Y decidí hacer exactamente lo mismo.

El hombre dio un paso hacia ella. No lo suficiente como para invadir su espacio, solo lo suficiente como para probar hasta dónde podía acercarse.

—No la había visto antes.

Alina mantuvo su mirada sin modificar la expresión.

—No suelo permanecerá mucho tiempo en los mismos lugares.

Eso pareció divertirlo.

La observará un momento más antes de extenderle la mano.

—Vincent.

Nada más. No había intención alguna de decirle su nombre completo. Alina observará su mano un instante antes de estrecharla. Su piel estaba fría.

—Alina —respondió ella.

Vincent arqueó apenas una ceja.

—¿Solo Alina?

Ella mantuvo su mirada con calma, sin suavizar la expresión.

—No te acostumbres a compartir demasiado con desconocidos.

Por primera vez desde que se había acercado, algo en la expresión de Vincent cambió ligeramente. Como si acabara de encontrarse con una respuesta que no esperaba.

Ella no intentaba impresionarlo.

Tampoco parecía muy impresionada por él.

—Tal vez no todavía —respondió suavemente.

El comentario no sonó como coqueteo.

Sonó como evaluación.

Y eso le agradó todavía menos.

El silencio entre ambos no resultó incómodo. Tenso solista. Como si cada uno estaría intentando decidir qué hacer con el otro.

Vincent inclinó ligeramente la cabeza.

—Disfrute la velada, Alina.

Ella sostuvo su mirada un segundo más antes de apartarse.

—Usted también, Vincent.

Se alejó poco después, avanzando entre las salas con la misma calma controlada con la que había entrado a la galería. Sus tacones resonaban suavemente sobre el piso oscuro mientras las conversaciones a media voz continuaban alrededor de suyo.

Pero podía sentir como la mirada de Vincent seguía sobre ella, quemando la parte superior de su nuca, sin perderla de vista.

Como si intentara resolver algo que todavía no terminaba de entender.

Alina fingio no notarlo y siguió caminando por la sala, se detuvo frente a otra pieza, observándola apenas unos segundos sin llegar realmente a verla. Su atención permanecía atrás, atrapada en aquella conversación mucho más de lo que le agradaba admitir.

Había conocido hombres como él antes.

Hombres educados en ambientes donde el poder se heredaba junto con los apellidos y las fortunas familiares. Hombres acostumbrados a controlar conversaciones, espacios… personas.

Pero con Vincent era distinto. Parecía ser más contenido. Frío. Calculadora.

Y había algo en él que no terminaba de encajar del todo.

Algo cuidadosamente oculto bajo ese traje impecable, la sonrisa elegante y esa calma casi irritante con la que parecía observar el mundo.

Eso era lo que realmente la incomodaba.

Daba la impresión de ser alguien acostumbrado a controlar incluso los detalles más pequeños.

Finalmente, apartó la vista de la pintura y continuó avanzando por la galería. Esta vez sin detenerse demasiado tiempo en ningún lugar.

La sensación persistía.

Leve.

Constante.

Como si algo acabara de empezar sin que ella hubiera notado exactamente cuándo.

Cuando salió al exterior, la noche ya se había asentado completamente sobre la ciudad.

El aire frío golpeó suavemente su rostro mientras descendía los escalones de la galería. El automóvil seguía esperando junto a la cera, oscuro e impecable bajo las luces de Manhattan.

El conductor abrió la puerta apenas el vio acercarse.

—Al Continental —indicó Alina mientras tomaba asiento.

El hombre se acercó en silencio y cerró la puerta tras ella.

Mientras el automóvil avanzaba entre las avenidas iluminadas, Alina volvió la vista hacia la ventana.

Y, por primera vez desde que había llegado a la galería…

la sensación de estar siendo observada no desapareció del todo.

Cuando el automóvil se detuvo frente al Continental, la ciudad parecía distinta.

Más silencioso.

Las luces doradas del hotel se reflejan sobre el pavimento húmedo mientras el edificio se alzaba imponente entre el resto de Manhattan, elegante de una manera casi intimidante. Nada en su fachada revelaba lo que realmente significaba para quienes sabían mirar.

Para la mayoría de las personas, era solo un hotel de lujo.

Para otros…

era territorio neutral.

El conductor descendió primero y abrió la puerta trasera del automóvil.

—Señorita Wick.

Alina salió sin apresurarse, acomodándose el abrigo oscuro sobre los hombros mientras observaba brevemente la entrada principal.

Todo seguía igual.

Los porteros impecables.
La iluminación cálida.
El murmullo contenido del vestíbulo.

Y, aún así, algo en el ambiente se sentía distinta aquella noche.

Cruzó las puertas giratorias y el calor del interior la envolvió inmediatamente.

El salón del Continental mantenía esa mezcla extraña entre sofisticación clásica y peligro silencioso. Mármol oscuro. Lámparas antiguas. Madera pulida. Conversaciones en voz baja entre personas demasiado bien vestidas para ser completamente normales.

Algunas miradas se levantaron hacia ella apenas entró.

Breves.

Discretos.

Conscientes.

Alina siguió caminando como si no las hubiera notado.

—Señorita Wick.

La voz tranquila de Charon la recibió antes de que llegara al escritorio principal.

Él permanecía impecable como siempre, vestido con un traje negro perfectamente ajustado y guantes oscuros que jamás parecían arrugarse. Había algo casi imposible en la compostura de Charon. Como si el estrés simplemente no existiera dentro de él.

Alina permitió que una pequeña parte de la tensión abandonara sus hombros.

—Charon.

Él inclinó ligeramente la cabeza a modo de saludo.

—Es bueno verla nuevamente.

—Lo mismo digo.

Y era verdad.

Charon siempre había tenido esa presencia extrañamente estable dentro de un mundo donde casi nada lo era.

—Él la espera —añadió con tranquilidad.

Por supuesto.

Winston nunca hacía invitaciones innecesarias.

Alina sostuvo la caja negra un poco más firme entre sus dedos antes de asentir.

—Gracias.

Charon observó brevemente la caja, aunque no hizo preguntas.

Nunca las hacía.

—El ascensor ya está listo para usted.

Ella le dedicó una última mirada antes de dirigirse hacia el fondo del vestíbulo. El ascensor privado se abrió apenas se acercó, como si hubiera estado esperándola desde antes de llegar.

Cuando las puertas se cerraron tras ella, el silencio se volvió inmediato.

Alina apoyó la cabeza ligeramente contra la pared del ascensor mientras ascendía.

La conversación con Vincent seguía rondándole la mente más de lo que debería.

Eso la irritaba.

No por interés.

Por instinto.

Algo en él no terminaba de encajar.

Y normalmente confiaba en ese tipo de sensaciones.

Las puertas se abrieron segundos después.

El pasillo del nivel superior permanecía tan impecable como el resto del hotel. Obras antiguas decoraban las paredes entre lámparas de luz tenue y sillones de cuero oscuro cuidadosamente distribuidos a lo largo del corredor.

Todo allí transmitía riqueza.

Pero no ostentación.

Poder.

Alina avanzó directamente hacia la oficina de Winston sin detenerse. Cuando llegó frente a las puertas dobles de madera oscura, no llamó.

Simplemente entró.

Y lo primero que notó fue justamente eso.

Nada había cambiado.

Winston tampoco.

Permanecía junto a la ventana con un traje negro de Tom Ford perfectamente confeccionado que parecía formar parte natural de él. La tela inglesa caía impecable sobre su figura, acompañada por un chaleco gris oscuro y una corbata borgoña cuidadosamente anudada bajo el cuello rígido de la camisa blanca.

Todo en Winston transmitía elegancia británica antigua.

Desde los zapatos Oxford de John Lobb perfectamente lustrados hasta el reloj plateado Jaeger-LeCoultre que descansaba discretamente bajo el puño de la camisa.

No parecía un hombre que necesitara levantar la voz para imponer autoridad.

Nunca lo había necesitado.

 

La iluminación tenue suavizaba parcialmente sus facciones, aunque no lograba ocultar del todo el cansancio elegante que parecía haberse instalado permanentemente en él con los años.

O quizá con las décadas.

Cuando escuchó la puerta abrirse, giró apenas la cabeza hacia ella.

Y sonrió cálidamente hacia ella.

No era la sonrisa pública que utilizaba con huéspedes importantes ni con miembros de la Mesa Alta. Era una sonrisa que reservaba únicamente a las personas mas cercanas a él. A quienes consideraba parte de su círculo íntimo.

—Alina.

Su voz mantuvo esa calma británica impecable de siempre mientras se apartaba de la ventana y caminaba hacia ella.

Alina apenas tuvo tiempo de dejar la caja negra sobre una mesa lateral antes de que Winston la envolviera en un abrazo breve pero genuino. Sus brazos rodearon sus hombros con una familiaridad tranquila, protectora.

—Winston —respondió ella suavemente, devolviendo su abrazo.

Él besó su frente antes de apartarse.

El gesto habría parecido extraño viniendo de cualquier otra persona. En Winston, solo se sentía natural.

Familiar.

Alina aspiró apenas el aroma limpio de su colonia antes de separarse por completo. Cedro. Té negro. Algo antiguo.

La misma fragancia de siempre.

—Te ves cansada —comentó Winston mientras regresaba detrás del escritorio.

—Y tú te ves igual de manipulador que siempre.

Eso provocó una pequeña sonrisa en él.

—Entonces ambos estamos en excelente forma.

Alina dejó escapar un suspiro suave antes de tomar asiento frente al escritorio. Winston hizo lo mismo del otro lado mientras acomodaba con precisión una taza sobre el platillo de porcelana.

Earl Grey.

Por supuesto.

El vapor ascendió lentamente entre ambos cuando él deslizó la taza hacia ella.

—Gracias.

Winston inclinó apenas la cabeza antes de servir su propia taza.

Por unos segundos ninguno habló.

La oficina permanecía silenciosa, elegante y cuidadosamente ordenada. Libreros de madera oscura cubrían parte de las paredes, interrumpidos únicamente por esculturas antiguas y botellas de whisky absurdamente costosas. La iluminación cálida suavizaba el ambiente lo suficiente como para hacerlo sentir privado… aunque nunca del todo seguro.

Nada dentro del Continental lo era realmente.

Alina tomó un pequeño sorbo del té antes de levantar la mirada hacia Winston.

—Bien. ¿Qué es tan importante como para enviarme monedas misteriosas?

Winston sostuvo su mirada unos segundos antes de responder.

—Hay un evento en Italia al que quiero que asistas.

Directo.

Eso llamó inmediatamente su atención.

—¿Por qué yo?

Winston dejó la taza sobre el escritorio con un movimiento tranquilo.

—Porque eres la indicada para este trabajo.

Alina arqueó apenas una ceja.

—No es suficiente.

La mirada de Winston permaneció fija en ella. Serena. Calculadora.

Como si estuviera evaluando cuánto debía decirle.

Finalmente, suspiró.

—Habrá piezas que podrían interesarte.

Eso sí logró provocar una reacción real en ella.

Pequeña.

Pero suficiente.

—¿Qué clase de piezas?

—Antigüedades privadas. Colecciones familiares. Objetos que rara vez salen a la luz pública.

Alina apoyó lentamente la taza sobre el escritorio.

—¿Esto tiene algo que ver con mi madre?

El silencio que siguió fue inmediato.

Demasiado largo.

Winston no apartó la mirada, pero algo en su expresión cambió apenas. Tan sutil que otra persona probablemente no lo habría notado. Pero ella sí. Siempre lo hacía.

Él exhaló lentamente antes de apoyarse hacia atrás en la silla.

—Es probable.

No era una respuesta real.

Pero tampoco era mentira.

Alina desvió la mirada hacia la caja negra que descansaba junto a ella sobre el escritorio. Sus dedos rozaron la tapa cerrada apenas un instante.

—¿Qué quieres exactamente que haga?

—Observar —respondió Winston con calma—. Nada más.

Eso hizo que una pequeña parte de ella se tensara inmediatamente.

Porque cuando Winston decía “solo observar”…

—Winston.

Nunca era tan simple.

Alina volvió a levantar la mirada hacia él.

—¿Quién estará ahí?

Winston tomó su taza nuevamente antes de responder.

—Personas importantes.

Ella dejó escapar una risa breve y seca.

—Eso no significa nada viniendo de ti.

Una ligera sonrisa apareció en el rostro de Winston.

—Precisamente por eso deberías preocuparte.

El comentario no sonó como amenaza.

Sonó peor.

Como una advertencia.

El silencio volvió a instalarse entre ambos durante unos segundos.

Finalmente, Alina tomó la caja negra entre sus manos y se puso de pie.

No dijo que sí.

Pero tampoco dijo que no.

Y Winston lo sabía perfectamente.

—Tu vuelo sale pasado mañana por la noche —comentó él mientras ella rodeaba el escritorio.

Alina se detuvo apenas.

—Asumes demasiadas cosas.

—Rara vez me equivoco contigo.

Ella negó suavemente con la cabeza antes de dirigirse hacia la puerta.

—Eso es discutible.

La voz de Winston volvió a detenerla antes de que pudiera salir.

—Alina.

Ella giró apenas el rostro hacia él.

Por primera vez desde que había entrado a la oficina, Winston parecía completamente serio.

Más de lo habitual.

—Ten cuidado en Italia.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Pero había algo detrás de ella.

Algo que Winston no estaba diciendo.

Alina lo observó unos segundos más antes de asentir ligeramente.

—Siempre lo hago.

Y luego salió de la oficina dejando el silencio detrás de ella.

Cuando salió de la oficina, el silencio del pasillo volvió a envolverla inmediatamente.

Las puertas dobles se cerraron detrás de ella con un sonido suave, amortiguado por la alfombra oscura que recorría todo el corredor. Las lámparas antiguas proyectaban una luz cálida sobre las paredes revestidas de madera y las esculturas colocadas cuidadosamente entre los espacios vacíos.

Alina caminó sin prisa hacia el ascensor, sosteniendo la caja negra contra su costado mientras las palabras de Winston continuaban rondándole la cabeza.

Ten cuidado en Italia.

Eso era lo que realmente la inquietaba.

No la invitación.

No el viaje.

Winston no advertía cosas innecesariamente.

Y jamás utilizaba ese tono a menos que considerara algo una amenaza real.

Las puertas del ascensor se abrieron apenas se acercó. Entró sola y observó su reflejo en el metal pulido mientras descendía lentamente hacia el vestíbulo principal.

Por un momento, la conversación con Vincent volvió a cruzar su mente.

Sus ojos grises.

El reloj de bolsillo.

La forma en que la había observado, como si intentara descubrir algo que todavía no entendía.

Alina dejó escapar un pequeño suspiro.

No le gustaba sentirse analizada.

Y esa noche demasiadas personas parecían hacerlo.

Cuando las puertas se abrieron nuevamente, el murmullo contenido del Continental regresó de inmediato.

El salón seguía lleno de movimiento elegante y perfectamente organizado. Personas vestidas con trajes oscuros y vestidos impecables conversaban en pequeños grupos mientras los empleados del hotel cruzaban el lugar con precisión silenciosa.

Todo parecía normal.

Demasiado normal.

—¿Todo bien?

La voz surgió a su izquierda antes de que alcanzara la salida.

Alina giró levemente el rostro.

Nikolai se encontraba recargado contra una de las columnas de mármol, observándola con esa expresión tranquila que rara vez lograba engañarla.

Era alto —probablemente alrededor de un metro noventa— y tenía esa clase de tez que no necesitaba exagerar para resultar intimidante. Delgado en apariencia, pero claramente fuerte bajo el traje gris oscuro que llevaba parcialmente desabotonado. Sus hombros anchos tensaban ligeramente la tela, y la postura relajada con la que permanecía apoyada contra la columna no lograba ocultar la facilidad peligrosa con la que parecía moverse.

Su cabello rubio platinado caía ligeramente desordenado sobre su frente, contrastando con los rasgos marcados de su rostro. Mandíbula definida. Nariz recta. Pómulos altos. Había algo severo en él cuando permanecía serio, aunque sus ojos grises-azulados suavizaban parcialmente esa impresión.

Niko

O tal vez la empeoraban.

Porque observaban demasiado.

A diferencia de Vincent, cuya atención se sentía calculada y elegante, la de Niko siempre había sido directa. Familiar. Protectora.

Y mucho más difícil de ignorar.

A diferencia de la mayoría de las personas dentro del continente, Niko jamás pareció completamente cómodo usando ropa formal. La corbata negra ligeramente aflojada y las mangas apenas arrugadas de la camisa blanca dejaban claro que probablemente llevaba horas intentando deshacerse del traje sin llegar realmente a hacerlo.

Y aún así seguía viéndose peligrosamente bien en él.

Alina sintió cómo una pequeña parte de la tensión abandonaba sus hombros al verlo.

— ¿Qué haces aquí? —preguntó mientras se acercaba hacia él.

—Charon me dijo que subiste con Winston hace casi una hora —respondió él encogiéndose ligeramente de hombros—. Empecé a preguntarme si debía preocuparme.

—Siempre deberías preocuparte.

Eso provocó una pequeña sonrisa en él.

—Eso hago.

Sus ojos descendieron entonces hacia la caja negra que ella sostenía.

Y la sonrisa desapareció apenas un poco.

—¿Qué pasó?

Alina dudó apenas un instante.

Lo suficiente para que Niko lo notara.

Él se enderezó atención lentamente, observándola con más.

—Alina.

Ella apartó la mirada unos segundos hacia el vestíbulo antes de responder.

—Winston quiere que vaya a Italia.

Eso hizo que el ceño de Niko se frunciera inmediatamente.

—¿Italia?

—Hay un evento.

—Eso nunca significa nada bueno.

-Perder.

El silencio cayó entre ambos durante unos segundos.

Niko la observaba demasiado fijamente ahora.

Evaluándola.

Exactamente igual que Vincent había hecho antes.

La diferencia era que con él no se sentía incómodo.

Solo… vista.

— ¿Qué más? —preguntó finalmente.

Alina apoyó ligeramente el peso sobre una pierna antes de responder.

—Dice que podría haber información sobre mi madre.

Eso cambió algo en la expresión de Niko, reflejando preocupación.

—¿Y le crees?

Ella dejó escapar una pequeña risa seca.

—No tanto como quisiera.

Niko avanza lentamente, como si esa fuera exactamente la respuesta que esperaba escuchar.

—Entonces no deberías ir sola.

Alina levantó la vista hacia él.

—Niko—

—No estoy preguntando.

El tono tranquilo con el que lo dijo hizo que ella arqueara apenas una ceja.

—¿Ahora das órdenes?

—Solo cuando tomas malas decisiones.

Eso consiguió que una pequeña sonrisa apareciera finalmente en ella.

Niko la observará unos segundos más antes de extender la mano hacia la caja.

—¿Puedo verla?

Alina dudó apenas un instante antes de entregársela.

Niko abrió la tapa lentamente.

La moneda dorada brilla bajo las luces cálidas del vestíbulo.

Y algo en su expresión cambió apenas al verla.

—Interesante —murmuró.

Alina lo observó inmediatamente.

—¿Qué?

Niko cerró la caja otra vez antes de devolvérsela.

—Nada.

Mentira.

Ella lo conocía demasiado bien para no notarlo.

Y él sabía perfectamente que ella lo había entendido.

Eso solo hizo que la sensación incómoda en su pecho regresara todavía más fuerte.

Como sí, poco a poco…

Todo estaría comenzando a conectarse alrededor de ella.