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Hey tu…. ¿recuerdas cuando nos conocimos?
Aunque fue un encuentro casual, es un recuerdo que persiste en mis pensamientos incluso aunque pese a los años que han pasado.
Fue en un parque cuando te vi juguetear con tus amigas, una chica de cabello anaranjado y ojos azules, la otra niña poseía un cabello grisáceo y ojos ambarinos, tiempo después me di cuenta tiempo después que sus nombres son: Kousaka Honoka y Minami Kotori respectivamente.
Te veías feliz, sonriendo y saltando con la menguante lluvia. Particularmente, no me permitía salir a la intemperie con ese clima; pero ese día mi mamá se sintió intrépida y alegando que a los diez años no tenía amigas, me obligo a salir de la casa. Aunque lo que ella no sabía o previo, es que traje conmigo un libro que me ayudaría a cumplir con las horas reglamentarias para estar afuera y volver victoriosa a mi casa.
Fue el ruido de tu risa el que me hizo mirar a su posición. Me pareció curiosa, empalagosa y no escandalosa como la de la niña de anaranjada cabellera. De alguna manera, tranquilizante e hipnótica.
Estaban jugando a perseguirse, se veía divertido, incluso deje de prestar atención a mi fiel libro que me había acompañado la primera media hora.
Fue un poco extraño cuando note como Honoka te empujaba y decía algo que no alcanzaba a escuchar, Kotori se quedaba mirando y solo sonreía con alegría. Intentaste de muchas maneras ponerle freno a ese demonio de Tasmania y aun así ella tenía más fuerza en aquel entonces, te movió hacia mi posición y a unos pocos pasos de mí, ella se marchó dejándote a la deriva, como un corderito asustado.
Te mire curiosa, deje mi libro a un lado para intentar poner atención a lo que balbuceabas que a decir verdad, nunca supe que intentabas decir en aquel entonces.
— H—Hey tu —fue lo que alcance a escuchar después de que respiraras bien— ¿q-quieres jugar con nosotras? —preguntaste tímida, con la mirada baja, jugando con los la falda de tu vestido.
Era una escena… peculiar. Tuve curiosidad casi de inmediato. Saber que causaba tu timidez me tenía intrigada, sería una investigación interesante.
¿Jugar sería igual de interesante?
Me levanté de la sombra del árbol y al sacudir mi ropa asentí tenuemente. Tu sonreíste al notar mi acción, tomaste mi mano y me jalaste hacia donde estaban las demás.
Como novata en el ámbito de jugar con niños de mi edad, fue algo… vigorizante, no se asemejaba a la experiencia de sumergirme en un libro; pero sin duda sentí la necesidad de quedarme, compartir risas y sonrisas, experimentar de primera mano lo que es jugar con niñas de mi edad por primera vez.
El primer juego que jugamos era uno de “las traes”, aunque debo aceptarlo, no entendí bien por qué teníamos que hacer eso y porque Honoka hacia un baile movimiento de un lado hacia otro su trasero como un pequeño simio. A continuación saltamos entre los pocos charcos de lluvia que se habían formado, muy a mi pesar y mi detestable horror a mojarme las zapatillas, seguí aquel insano juego solo por el mero placer de ver tu sonrisa alegre, era un hechizo gratificante verla.
Recuerdo bien, aunque el nombre se me escapa de la lengua, un pequeño juego donde contábamos las nubes que iban pasando y encontrábamos formas en esta. Mi falta de imaginación me impidió ver algo relevante o divertido, pero en cambio, tú les viste formas a todas las nubes. Si era un conejo, o un monstruo, nunca lo supe bien; pero te veías tan contenta que un pequeño sentimiento de comodidad albergo mi pecho en aquel entonces.
Aun todavía me parece inexplicable el cómo o donde traía consigo Honoka un Kendama (2) o cuando me puse en medio de ustedes tres con los ojos cerrados y comenzaron a formar un círculo alrededor mío y a cantar una canción bastante terrorífica, solo tenía que adivinar quien estaba atrás y solo acerté cuando estabas tu. Creo que el juego de llama Kagome Kagome(3).
Lo siguiente en la lista de juegos fue algo sencillo para decidir quién se quedaría con los mejores dulces que había traído Honoka: Jakenpon (4) e irónicamente, le toco comerse los dulces rellenos de Anko (5) aunque después Kotori le dio los suyos.
o—o—o
El juego duro hasta que la menguante lluvia comenzó a sentirse más pesada. Kotori y Honoka sacaron de no ser donde dos pares de paraguas. Ellas compartirían una y la otra seria para mí y para ti. Sentí algo de confusión cuando sonrieron de forma cómplice al pasarnos el paraguas, fue algo, peculiar.
— ¿Segura que quieres compartir? —preguntaste un poco preocupada de que mi seriedad fuera por la incomodidad.
— La verdad me da igual —me encogí de los hombros y sacudí mi mano en despedida a las niñas que ya iban de camino a su casa— ¿y tú?
— Honoka me dijo que es lo que hacen las amigas, así que, si —un poco tímida al principio, pero una pequeña sonrisa ilumino tu rostro.
Con cuidado colocaste el paraguas sobre mí, te mire con intriga. Amigas… pero que palabra tan dulce con rastros ácidos es.
— En ese caso… —di un pequeño paso hacia adelante, poniendo mi hombro por enfrente del tuyo, intenté pegarme lo más que pude— es mejor estar así, no quiero que te mojes.
Tus ojos se abrieron tanto que por un momento pensé que se saldrían de su órbita, jadeaste en sorpresa y tus mejillas comenzaron a ponerse de un suave color rosita.
— E—Entiendo… —con un carraspeo pusiste tu brazo sobre mis hombros para acomodarme mejor— he visto que mis padres hacen esto cuando usan un paragua junto ¿t—te molesta?
Parpé de un poco antes de contestar, aun desconocía por qué tuve un pequeño episodio de ansiedad, me sentí alerta sin ningún estimulante… fue, extraño; pero agradable.
— No… —repuse y di un pequeño paso hacia adelante, haciendo a su vez que ese sentimiento fuera enterrado— ¿vives muy lejos?
Sonriendo un poco más, parecías relajada, explicaste donde quedaba tu casa. A decir verdad, estaba a una distancia enorme de la mía y no es que fuera especialmente seguro caminar sola con esa lluvia y mucho menos con esa edad.
Así que, en agradecimiento a esa amabilidad y valentía en hablarme, ofrecí algo que en toda mi vida pensé escuchar salir de mis labios.
— ¿Quieres ir a mi casa? —pregunte como si fuera algo típico y común— cuando pase la lluvia le diré a mi papá que te lleve a tu casa.
Aunque hable con normalidad, ese sentimiento que intente reprimir en mi comenzó a alzarse, a manifestarse en mis manos que comenzaron a jugar entre ellas y cuando no tuvieron suficiente de aquello, se divirtieron con mi cabello al enrollarlo entre sí.
No estaba del todo segura; pero casi podía asegurar que un tenue sonrojo se asomó por mis mejillas cuando más palpitaba mi pequeño corazón.
Al mirarte, tus ojos se iluminaron como si hubieran ganado la lotería, era un placer tremendo verlos. Dos piedras preciosas que egoístamente guardaría sin pena alguna en una caja solo para mí.
Acénsate contenta de mis palabras y tirando de mi comenzamos a caminar a un ritmo no muy agradable al principio, aunque después de unos minutos logre adaptarme a él.
Caminamos a la par, algo había en la singularidad de la lluvia que rosaba tus hombros, la risa que cantaban tus labios, el batir de las pestañas; todo se mezcló en una agradable sensación que en aquel entonces no comprendí, no entendí y no le di importancia.
Al principio pensé, que eso podría seguir el resto de nuestras vidas; sin embargo, no todo sale como una quiere ¿verdad?
Ocho años después
Con el recuento de los años, a algunos les hace gracia y a otros simplemente los trata con indiferencia. Las estaciones cambiaron así como el ambiente de la ciudad que antes callada por las noches se volvió ajetreada incluso en el taciturno horario.
Se me hizo impensable estar sin ti un solo día de mi vida desde aquella tarde lluviosa donde jugamos en mi casa, sin ánimos de distanciarnos.
Honoka y Kotori se volvieron personas de las cuales se volvieron cercanas, amigas en todo el espléndido sentido de la palabra; pero tú, oh, tú eres un asunto diferente.
Se volvió de prioridad alta saber el más mínimo de tu detalle, ver tu sonrisa, escucharte reír, incluso tocar tu mano era una sensación que no podía faltar.
Te volviste una jovencita tan hermosa, tan linda, agradable y agraciada. La personificación de la perfección en mi diccionario. Aunque mi pena me mantuviera tímida, sabía que desde que comencé a soñarte, estaba jodida, me habías atrapado sin siquiera intentarlo.
¿Qué iba a hacer este pobre corazón? Decirte lo que deseaba me parecía la razón más pecaminosa para que me dejaras de hablar, incluso para ir directamente a la cárcel por causarte molestia alguna.
Siempre te jactaste de ser una chica de modales y educación intachable. Si querías algo, solamente tenías que acudir con la siempre confiable “Sonoda—senpai” y tu vida estaría resuelta. ¿Cómo actuarias si una persona como yo te dijera sus sentimientos? Aunque pensándolo bien… lo más probable es que me despacharas con ternura, como lo hacías con las demás…
Como odiaba esa parte de ti. Siempre siendo tan amable con las demás arpías que solo se aprovechaban de ti. Muchas veces tuve que meterme en medio de esas mujeres aprovechadas para que te dejaran en paz, para que dejaran de abusar de ti, de tu inocencia. Aunque intentaste pararme, nunca lo hice, siempre te protegí.
— Sera otro de esos días —musite viendo la lluvia caer desde la entrada de la escuela.
El canal meteorológico había pronosticado lluvia leve el resto de la semana, cosa que fue verdad; pero ese día en especio parecía un tanto más fuerte, no al punto de causar inundaciones o tifones, si no que se volvía incomodo caminar y el viento podía levantar las faldas de algunas señoritas. Sería el edén para los pervertidos.
Como una costumbre, te esperaba después de tu practica de Kyūdō. Siempre en el mismo lugar, en la entrada de la escuela donde las demás personas me veían y se preguntaban en ocasiones que hacía ahí. Honoka y Kotori en veces esperaban conmigo y nos íbamos a comer algo, aunque en esos días lluviosos, mejor se fueron temprano antes de que la lluvia empeorase y pese a tu petición, decidí esperarte para que llegáramos juntas a mi casa y después te llevaríamos a la tuya.
Pasaba por mi cabeza practicar un poco con el piano mientras me acompañabas con el tarareo de tu melodiosa voz. Era una costumbre que adquirimos después de que te enteraras que se tocar dicho instrumento. Aunque al principio tenía miedo, nervios de que no fuera lo suficientemente buena, para ti fue como si hubieras descubierto algo tan magnifico que era simplemente difícil de describir.
Aún recuerdo que hubo un tiempo en el que quise renunciar a todo eso de la música, una pasión oculta para mis padres, hasta que tú me convenciste de hacer de la música mi ferviente pasatiempo mientras decidía cual sería mi futuro. Tomaste mi mano y sonriendo me dijiste que me apoyarías en el camino que tuviera que tomar.
Ah, la evocación de tantas memorias sagradas me pone incluso más sentimental.
— Hey tu —aquella voz suave me hizo salir de mis cavilaciones, al girarme te vi sonriendo, jugueteando con el paraguas— ¿Qué haces aquí? —preguntaste con dulzura.
Dicha mirada y voz me hicieron soltar un pequeño jadeo que se repuso al carraspear con rapidez. Eso sin contar que esas dos palabras se volvieron algo así como nuestro código secreto.
Y aun así, sabiendo que contigo no había problema en mostrarme como soy, me puse nerviosa, tímida y de un paso hacia al lado me alejé de ti. Como un pequeño animalito atrapado en la diversión de tu mirada.
— No es que te estuviera esperando ¿sí? —desvié un poco la mirada y fruncí un poco el ceño. De nuevo esa actitud denominada “Tsundere” me atacaba— yo solo… solo estaba esperando a que la lluvia pasara para irme ¿sí?
Normalmente me mantenía calmada, estratégica; pero tu lograbas sacar en mí una personalidad desconocida, una delicadamente únicamente para deleitarte. Una persona diferente se asomaba cuando la fiereza y agudeza se ocultaban de mí misma. Me sentía aprisionada por esos bellos ojos, dudaba de mí misma incluso en los temas en los que mi dominio era mayor.
Una situación un tanto peculiar.
— Entiendo —contestaste riendo un poco, acostumbrada a aquellos actos— aprovechando esa situación ¿Qué tal si compartimos? —moviste con cierta elegancia el paraguas transparente y con un movimiento grácil lo abriste al extender tu mano en la lluvia que caía detrás de la puerta abierta de la escuela.
Dicho movimiento me hipnotizo, me dejo como una polilla embaucada en tu luz.
Trague saliva en un intento de que mi seca garganta se hidratara, aunque no fue muy fructífero— Me… me parece bien.
No contestaste y te limitaste a asentir. Al dar un paso hacia adelante, me invitaste a tomar mi respectivo lugar con tu mano extendida.
La tome al sonreír, se sentía lindo tener un lugar así. Parecíamos una pareja de recién casadas como lo dijiste alguna vez.
—Tal y como lo hacen tus padres ¿no? —comente en un intento de tener el dominio que tanto me gustaba.
—Uh –pensaste un poco y tu sonrisa se hizo un poco más grande— temo que mis padres ya no lo hacen, aunque –tu agarre se hizo firme, acercándome más— pero no podría no hacer esto contigo.
—A—Ah, sí... —mi cara se volvió roja, tanto como mi cabello. Desvié la mirada y solo escuché tu sonora risa.
¿Cuándo te habías vuelto tan osada? Estar tanto tiempo con Kotori sí que te hacia daño.
Aunque tampoco no es como que odie escucharte reír. Es una melodía de la que jamás me cansaría e incluso, escribiría una canción de ser posible.
Eleve la mirada y observe como la lluvia caía bajo el paraguas transparente, la mirarte de nuevo, sonreí tenuemente.
Cuando era niña, la lluvia nunca me agrado, el aroma que dejaba detrás de ella sí; pero no el escandaloso desorden detrás. La sensación de estar llena de agua sucia de lluvia jamás me gusto, era horrible y eso no cambiaría; aunque los días de lluvia no eran tan malos desde que te conocí, desde comencé a compartir tu paraguas.
Como decía mi mamá: “No es el lugar, si no la compañía lo que lo hace especial”. No podía estar más de acuerdo.
Podría estar así el resto de mi vida sin problemas.
o—o—o
— Hey tu —musite al tocar tu mejilla pálida, sin su característico calor— ¿Cómo amanecimos hoy? —con cuidado tome asiento en la silla al lado de tu cama de hospital, viéndote con añoro.
No recibí respuesta, estabas dormida como una princesa en su lecho en espera a que el príncipe te despertara con un dulce beso de amor verdadero.
Debió ser un día difícil, después de todo, entre las náuseas, los vómitos, los dolores de cabeza ¿Qué quedaba más que dormir?
— Mejoraras, lo es —mentí apretando el agarre de tu mano y la mía.
Aunque no supe si la mentira era para mi o para ti.
Joder ¿Qué rayos había pasado? Mas bien ¿Por qué tenía que suceder? Hace unas semanas habíamos compartido un paraguas entre un jugueteo inocente que siempre hacíamos y días después me llamo tu padre para decirme que serias internada por un severo caso de anemia.
Que ciega fui y que inteligente de tu parte aprovecharte de mí devoción a ti. Nunca me fije que el color de tu piel cambio, que tu vivaz sonrisa se disminuía cuando estábamos solas, el solo toque de tus manos se volvía más frio que un tempano. De poder hacerlo, te encarcelaría en una jaula donde nadie más te lastimara, ni siquiera una maldita enfermedad del infierno. Te conservaría siendo etérea, perfecta para mí y así mismo, seria completamente tuya.
Tras muchos análisis, estudios y visitas de diferentes médicos, se te diagnostico Leucemia mieloide aguda. En un resumen burdo y bastante simple: un cáncer de la medula ósea y de la sangre que afecta principalmente a los glóbulos blancos mieloides, caracterizada por la proliferación descontrolada de células mieloides inmaduras como blastos en la medula ósea(1). ¿La cura? Incomodas quimioterapias que podrían o no funcionar o un jodido trasplante de medula ósea, en donde sería más difícil encontrar un donador que una aguja en un pajar.
Tus padres se hicieron pruebas para ver la compatibilidad; pero solo tu padre fue compatible, aunque por desgracia el señor al tener una enfermedad cardiaca no lo hace un candidato viable.
Solo quedaba rezar, buscar y esperar. Dicha situación era tan molesta, la duda me carcomía, no sabía qué hacer con la impotencia en mi cuerpo. Solo me intentaba mostrar amigable ante ti, te sonreía, compartía contigo las noches que no podías dormir (beneficios de ser la hija de los doctores del hospital). Sostuve tu delicado cabello entre tus vómitos y rasuré ese mismo cabello que me recordaba al mar cuando estuviste dispuesta a dejarlo ir cuando el primer mechón se cayó tras la quimioterapia.
Daría mi vida entera solo por verte sonreír de verdad, solo una vez, solo una maldita vez que esa sonrisa fuera de felicidad. No la blasfemia que emulabas cuando estaban las demás, no la sonrisa carente de emoción, si no una llena de vigor, la sonrisa de la que tanto me enamore.
Siempre fuiste una mujer fuerte, alguien de admirar. Las personas que te amaron estuvieron ahí para ti. Honoka y Kotori no distaron de esa característica, cuando no podía estar contigo, ellas dos estaban al pie de la montaña, aunque a la sombra, ellas lloraban después de estar contigo. Yo no era la excepción, quería ser fuerte para ti; pero incluso en un momento me derrumbe frente a ti. Te abrace de manera frenética con el riesgo de lastimarte, tu pecho se volvió mi lecho, nada me importo en aquel entonces, deseaba, anhelaba que un poco de tu esencia se quedara impregnada en mí. En ese entonces, de tu parte sentí tus lagrimas correr por mi frente, jadeabas buscando aire, intento encontrar la fuerza para hablar.
Esa noche, ninguna de las dos hablo, solo el compás inquieto de nuestros corazones fue el protagonista.
Mi padre, quien tenía tu caso, decía que mejorarías, incluso mi madre que estaba en el departamento de cardiología estuvo al pendiente de que esas palabras se cumplieran. Estabas las mejores manos, no había manera que algo saliera mal ¿verdad?
¿Verdad?
o—o—o—o
Meses después, te despediste de nosotros sin previo aviso. Un paro cardiaco te arranco de este mundo, te aparto de mí, me dejaste… sola.
Recuerdo ese día como el origen de mi desdén. Me levante espectacularmente optimista, tuviste un tratamiento bueno, respondiste bien y todo parecía ir bien… a los segundos de despertarme, mi madre apareció en la puerta de mi alcoba, su cara delataba que algo pasaba, que algo te había pasado. Con una voz cortada me informo de tu situación, no hubo posibilidad de éxito. A cierta hora de la madrugada, tuviste tu primer infarto, te sacaron de él; después vino el segundo y el mismo resultado se presentó… el problema fue el tercero. De una manera bastante irónica y cruel, la tercera fue la vencida.
Dejaste este mundo en una fría cama del hospital, sin nadie a tu lado a quien ver en tu último aliento, nadie más te vio sonreír.
¿Por qué tuve que irme a dormir? ¿Por qué no pude estar contigo?
Eran las preguntas que siempre me hacía y ninguna tenía una solución decente o al menos no grosera. Fue mi estúpida necesidad humana y mi obediencia hacia ti que te complació al irme por tu petición. Te obedecí porque por primera vez en mucho tiempo me sonreíste, incluso hablaste con tus padres con la mayor naturalidad del mundo, Honoka y Kotori estaban extasiadas y hasta hacían planes de lo que haríamos después de que te dieran de alta.
Lo sabias ¿verdad? Sabias que te irías, que nos estarías vigilando desde el cielo. Siempre fuiste audaz y una persona inteligente; pero eso era sobrepasar la raya de la lógica. ¿Quién puede predecir incluso su propia muerte?
Hablar del funeral... fue tan horrible como se espera. Llanto, ira, depresión, cada uno cruzaba sus propias etapas de duelo. Por el shock, no llore ni cuanto estuviste enterrada, me mantuve relativamente estable hasta que llegue a mi casa, me encerré en mi cuarto y con mi celular en mano llame al tuyo que previamente había acaparado de tu habitación.
Uno, dos, al tercer timbre escuche tu voz por medio del buzón de voz. Algo simple como: “Hablas al número de Sonoda Umi, por el momento no me encuentro disponible, llama después”. Fueron más que suficiente para que el nudo en mi garganta fuera expulsado como un grito ahogado por mis almohadas. Jadee, patéale, aspire el aroma de mi desesperación, todo era un ciclo asqueroso de tristeza. Aquella seria la única manera en la que escucharía tu voz siendo autentica, sería el recuerdo que quería preservar de ti.
No importa que tanto grite, que tanto patéale o maldiga, nunca volverías, tu espíritu no retornaría el cuerpo recién enterrado, tampoco podría volver al pasado para cambiar las cosas.
Tu no estarías más para mí, no sostendría tu mano ni viceversa. Añoraría tu risa, tu voz, todo de ti; pero ¿qué más podía hacer? solo quedaba llorar, manifestar aunque sea un poco de la humanidad que habías formado para que esta misma se acabara y volviera al estado primigenio del que era residente. Existir solo por sobrevivir, sin aspiraciones, sin nada más.
Después de cinco años
Nunca más la vida volvió a tener sentido sin ti, sin tu sonrisa.
“Otro día más, intentando vivir”: eran las palabras que me decía cada mañana antes de comenzar mi jornada.
Me aleje de la música, el piano que tanto amaba no tenía sentido sin tu presencia. Hice lo que mis padres siempre quisieron: ser doctora. Solo tenía que sonreírles cuando me lo pedían, una sonrisa sin espíritu, sin ímpetu era lo que gobernaba en mi día a día.
Después de aquel suceso, me aleje de todo lo que me podía recordar a ti. Me fui del país por un tiempo para estudiar y ejercer mi nueva profesión. No mentiré, el intento de Honoka y Kotori de seguir en contacto pese a las circunstancias era adorable y admirable; pero no lo suficiente para que volvieran a hacer las cosas como eran.
¿Como podrían? Mi única razón, la única persona que le daba sentido a mi vida eras tu ¿porque seguiría a otras dos personas que en ese momento no me inspiraban la misma confianza? Aunque, de cierta manera, siempre me recriminaste que era muy estricta con ellas... puede ser que les diera una oportunidad solo por eso.
—Mierda... —masculle al ver el terrible clima que existía en ese momento.
Ese día, decidí regresar a la ciudad después de años de haberla dejado atrás. Todo gracias a la insistencia de esas dos que deseaban hablar conmigo desde hace años. Tampoco es que las ignorara por completo, solamente limitaba mis palabras cuando hablábamos por mensaje o enviaba audios. Casi parecía un ente que habían invocado para una sola aparición.
El clima, tal y como recordaba, era terrible con tanta agua. “Una ciudad que llora después de tu ida”: fue como la apode en esos ayeres.
Tuve que usar comprar un paraguas en una tienda de conveniencia y caminar con mi maleta en mano por las calles del antiguo barrio donde solíamos jugar.
En una esquina estaba el lugar donde me diste tu almuerzo pensando que no traía nada para comer. Unas cuadras más, la tienda donde comprábamos dulces que actualmente ya no existe más. De reojo logre ver incluso a los insectos a los que le temías y Honoka se empeñaba en cazar.
Ah, tantos recuerdos, como buenos y malos. Me pregunto ¿los muertos pueden recordar sus vidas mortales o solo se dedican a ser felices en el mas allá?
—Aquí esta –musite cuando en el otro lado de la esquina visualice aquel parque donde te conocí.
Los recuerdos cayeron en pequeños flashazos donde cada uno era más hermoso que él anterior. Una sensación de alegría con un poco de agobio se hizo presente en mi pecho; algo que hace años deje de experimentar.
Hipnotizada por los recuerdos de años mejores, cruce la calle sin si quiera fijarme si algo venia o no, solo supe que estuve ahí cuando el aroma de tierra mojada inundo mis fosas nasales.
La penumbra de mi estática cara poco a poco se fue alejando para mostrar una misericordiosa sonrisa que en pocos segundos fue acompañada con leves lagrimas que se mezclaron con las tenues chispas de agua que trajo el viento consigo. Era un sabor salado y agridulce, nostálgico en cierta manera.
—Hey tu ¿acaso no piensas seguir andando?
Quede congelada con el recuerdo de aquella voz, aunque a los pocos segundos gire mi cabeza a todas las direcciones buscando el origen de aquella voz, una que solo mi musa tenía.
¿Sería que me volví totalmente loca?
—Continúa caminando, te estaré esperando; pero que no sea pronto.
De verdad desee volverme loca, lograr escuchar tu voz después de años se sentía más una como una bendición que una maldición.
Un fuerte viento acompaño mi delirio y mi duda, llevándose consigo parte de la integridad de mi paraguas. Lo agarre con fuerza para que no se fuera; sin embargo este estaba empecinado en irse volando.
Solo un destello me hizo soltarlo, una imagen sin igual: dos niñas debajo de un paraguas, corriendo para no mojar sus ropas. Éramos nosotras en aquel primer encuentro.
Al seguirlas con la mirada, otro destello se hizo presente y.… te vi. Tan esplendorosa, tan hermosa y etérea, tal y como te mantenía en mis recuerdos.
Alce la mano en un intento de alcanzarte de una manera ilógica pues mis piernas ni siquiera se querían mover. Casi pude asegurar que me caería sobre ellas de la impresión.
Sonreíste y ladeaste levemente tu cabeza en una señal afable. No dijiste nada pese a que escuche tu voz con anterioridad.
Aprete mi puño al saber que no te podría alcanzar, al menos no por ahora.
¿Sería una señal? ¿me tendría que portar bien para verte? ¿porque tan esquiva?
—Supongo... que eso es todo –intente sonreír aunque parecía más una imitación cuando mi voz estaba quebrada— te prometo que te alcanzare ¿entendiste? Volveremos a tocar juntar.
Volviste a asentir y mi corazón dio un brinco cuando otra luz hizo aparición. Ahora ya no estabas más, solo quedaba el persistente aroma de tu perfume que incluso con la lluvia, era bastante persistente.
—Rayos... ahora quiero tocar el piano –admire mis manos, empapadas con el agua, temblando pero no sabía si era por el frio o la emoción.
Esa pasión recesiva volvió, incluso con gran intensidad. Un último intento para verte.
Procurare a esas dos, lo juro. Por mi vida que mi pasión por el piano no volverá a caer. Te encontrare y por fin estaremos juntas.
Y entonces, en el edén te diré: “Hey tú, tanto tiempo.”
