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Demolition Lovers

Summary:

Por la localidad había empezado a rondar la leyenda de "La Parca de Monroeville", una entidad que toma la vida de sus víctimas con una violencia abrumadora. Lo que muchos no sabían, era que esa leyenda era verdadera.

Giyuu Tomioka toma las almas de mil hombres malvados, con la esperanza de reencontrarse con su amada una vez que se manche las manos con la sangre suficiente.

 

(Inspirado en la canción "Demolition Lovers" de My Chemical Romance, así como en el resto de su discografía)

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Give Em Hell, Kid / Cemetery Drive

Chapter Text

❛This night walks

the dead, in a

solitary style and

crash the

cemetery gates❜.

 

— † —

La oficina hedía a sangre y vísceras. 

La costosa silla elegante tras el escritorio de madera barnizada se había teñido de rojo junto a las hojas de papel que cayeron una por una tras el forcejeo. No había mayor desorden, pues el enfrentamiento no fue demasiado duro. Desde el inicio, siempre hubo un ganador. Aquél que se lleva todo y, a la vez, se lleva nada: La victoria. ¿El premio? Un alma marchita.

Por el pueblo, había empezado a escucharse una leyenda urbana: "La Parca de Monroeville". Se habla de una serie de asesinatos sin explicación, que eran, por supuesto, obra de una misma persona, porque el escenario que dejaba siempre era el mismo: La víctima, casi irreconocible, el lugar inmerso en un estallido de sangre, las costillas expuestas, y los órganos esparcidos por la escena. Aún no se había identificado al autor de estos crímenes. Se había empezado a hablar de la "reencarnación de Jack el Destripador", pero las personas de la localidad, pese a sentir miedo de ser los siguientes, no dejaban de hacer bromas acerca de la situación. 

Hoy, el escenario era el mismo. Seía percibido una violencia excesiva, casi personal.

Con el equipo adecuado, un hombre se dispone a revisar la escena. No halla por dónde empezar. Pese a que su trabajo ahí es limpiar el desastre y llevarse algunas "cosas de valor", no encuentra algo que pueda tocar que no parezca que va a deshacerse en sus manos.

—Es terrible...—observa el forense, algo acostumbrado a esa agresividad, pero aún sin poder digerirla del todo— ¿Te hizo algo este hombre como para que lo dejaras así?

No estaba solo. En el rincón más oscuro del cuarto, se encontró al perpetrador, observando cada movimiento del médico, como si quisiera asegurarse de que hiciera bien su trabajo. Él no responde. La verdad, era que ya no tenía una respuesta clara.

El forense sigue con su trabajo. Logra limpiar algunas cosas, deshacerse de otras, pero hay manchas que simplemente no se pueden borrar, al igual que cosas que no son tan sencillas de agarrar.

—Algún día tendrás que aprender a matar sin convertirlos en sopa. —vuelve a hablar, mientras toca lo que queda del cadáver con su mano con guante.

—No me gusta dejar el trabajo a medias. —responde el asesino, buscando algo en el bolsillo de su chaqueta. Lo encuentra, toma el objeto y lo lanza al forense, quien lo ataca con eficacia.

La oficina estaba oscura, pero era tan constante esa situación entre ambos que ya el médico sabía lo que había entre sus manos: Billetes. Una paca enorme de dinero.

Plata sucia. La única forma en la que personas como ellos podían ganarse la vida.

El doctor guarda su ganancia, sin detenerse a analizarla demasiado. La sombra figura frente a él lo nota de inmediato. 

—¿No contarás con el dinero, Shinazugawa?

—Siempre eres justo con tu pago. Sé que está completo—Pese a saber el tipo de persona que tenía al frente, no parecía temerle. Al contrario, confiaba en él, más de lo que debería—. No podré hacer mucho más aquí. Lo que hiciste hoy se me escapa de las manos.

—Entonces vete a casa—él le da la espalda, con indiferencia—. Es probable que te llame al amanecer.

La relación de ambos era así. Uno mataba, el otro limpiaba. No había una amistad de por medio, ni intención de establecerla.

Sin embargo, Sanemi no pasa por alto cómo su compañero está peor que de costumbre.

—Vas a verla otra vez, ¿no, Tomioka?

El aludido no responde. 

Eso ya es respuesta suficiente. 

El azabache siente cómo un paño le es lanzado encima. Lo toma y se voltea, observando a Sanemi.

—Si vas a irte, al menos límpiate. Mira cómo estás—hoy estaba empapado en sangre. El albino siempre estaba alerta sobre la apariencia del contrario. Últimamente, más que de costumbre. Su mente parecía estar en lugares distintos, y no se preocupaba en ocultar cualquier prueba.

Sanemi no podía darse el lujo de dejar que él le muestre al mundo el terror que esconde. Si Giyuu cae, él sería el siguiente.

No podía permitir que "La Parca de Monroeville" se convirtiera en algo más grande que una leyenda urbana.

— † —

Giyuu conduce solo por la ciudad. Las avenidas yacen vacías por la madrugada fría. La ciudad está llena de luces, y aunque los semáforos marquen en rojo, no se preocupa mucho por respetarlos. No hay nadie más en la calle. 

Una leve llovizna empezó a golpear el parabrisas. No parecía un mal escenario si lo acompañaba con la música antigua de Liza Minnelli sonando en la radio.

El auto se detiene. Había llegado a su destino. El lugar donde su amada le esperaba. 

Camina sobre las baldosas inestables de la entrada, dobla una esquina, y llega junto a ella. Le traía un ramo de flores, aunque ella no era precisamente fanática de ese detalle, pero a Tomioka le gustaba sorprenderla, aún si ya le había llevado flores durante el día.

—Perdón por tardar. Estuve más tiempo ocupado. —conversa él, calmado. Sentándose frente a ella. Le coloca las flores en frente, esperando a que le gusten.

Imaginaba que estaría enojada con él por llegar a las tantas de la madrugada. Se limitaba a formar esa imagen de sus labios tensos en su cabeza, pues una lápida difícilmente podría imitar su belleza.

La tumba de Shinobu Kochou está impecable. Era lógico, puesto que la había limpiado en la mañana, así como el día anterior, y el anterior a ese...

Frente a ella, Giyuu se debilitaba por completo. La temida "Parca de Monroeville" desaparecía, y se abría paso un corazón que apenas latía, que ya no sentía fuerzas para bombear sangre suficiente para mantenerlo de pie.

—Volví a perder la cuenta de cuántos van ya...—recarga su brazo en sus piernas, escondiendo la mirada—, creo que son quinientos noventa y seis... o tal vez ya pasé los seiscientos... no lo sé. Pero estoy seguro de que sea cual sea la cantidad, ya los maté a todos.

Sopla un viento frío. Las flores que dejaron en la mañana, que aún se mantenían algo fresco, soltaron unos cuantos pétalos. 

— ¿Qué tan humano es cargar con esa cantidad de sangre en mis manos? —se cuestiona él, esperando a que ella lo escuche— Nunca dejo de preguntarme si aprobarías todo lo que he hecho, pero a la vez... si dejo de hacerlo, entonces habrías muerto por nada.

Se hacían más frecuentes las preguntas en su cabeza, los cuestionamientos hacia sus propias acciones. Eso se había vuelto tanto una rutina como una tortura. Sentía que se perdía más y más siempre que esos interrogantes le golpeaban la cabeza.

—Te extraño—susurra, sin pensar—. Te extraño tanto.

De repente, siente cómo un aura pesada lo arropa con acecho, cual vampiro cazando sangre fresca. Un aliento, tibio y repugnante, le susurra en la oreja.

Aún te quedan almas por tomar... Hay una no muy lejos de aquí. 

Giyuu frunce el ceño, ensombreciendo la mirada, levantándose. 

La Parca de Monroeville había encontrado un nuevo objetivo, a quien juzgaría, para determinar si su vida valía o no lo suficiente para seguir respirando en este mundo podrido.