Chapter Text
Antes del amanecer, la mansión Babyls ya se encuentra en movimiento. En los pasillos y salones inferiores se oyen pasos y el murmullo constante de órdenes que circulan entre los trabajadores de la Familia.
Iruma, a pesar de estar rodeado de abundancia, tiene una urgencia por llenarse que no desaparece. Su cuerpo acepta todo lo que se le ofrece y Robin, a cargo de la cocina, prepara más comida de la necesaria.
En los niveles superiores todo es más tranquilo, con mucamas, mayordomos y asistentes que sirven a Sullivan, Clara, Asmodeus y a otros subordinados que viven en la mansión. En el pasillo, una asistente espera para atender al joven maestro. Sin embargo, no puede pasar sin el permiso de Opera, quien se encuentra a puertas cerradas en el interior de la espaciosa habitación de Iruma, a pocos pasos de su cama.
Iruma, debajo de las sábanas, lo siente a su lado y agradece en silencio. Con el tiempo, la presencia de Opera se ha vuelto una costumbre y una necesidad, no puede evitar sentirse inquieto cuando no lo tiene cerca. Piensa en ese cuerpo que se mueve para él, en esas manos que responden a la menor orden, en esa voz que no teme decir la verdad. Iruma se vuelve cada vez más adicto a él.
Aunque rara vez sienta el impulso de ejercer el poder que se le ha concedido desde pequeño, con Opera es diferente. Los deseos y ambiciones de Iruma dejan de ser para los demás y adquieren una forma más egoísta. Instintivamente, sus acciones comienzan a dirigirse hacia su guardaespaldas. Iruma se permite pequeños caprichos, provocaciones leves o juegos que no mide del todo.
Se mueve bajo las sábanas, inquieto. Entonces se destapa y se incorpora. Deja a la vista esa camisa roja que se desliza con facilidad sobre su cuerpo, amplia, claramente ajena.
Opera no tarda en notarlo—. Joven maestro. ¿Esa es una camisa mía?
Iruma alza la vista hacia él, todavía medio desordenado por el sueño—. Sí… ¿Me queda bien? —suena inocente, pero no lo es.
Opera no tiene escapatoria. Cuando quiere, Iruma sabe acomodar las palabras a su favor.
—Joven maestro… —Su tono es resignado—. Es demasiado grande para ti.
Iruma hace un puchero que no le dura nada. Su expresión cambia a otra más adulta, como si conociera ese mundo—. ¿Entonces? ¿Me la quitas?
Opera se acerca al borde de la cama. El chico lo mira desde abajo, arrodillado y con ojos de cachorro, sabe exactamente cómo se ve. Las manos descansan entre sus piernas desnudas y perfectas. La tela roja, que contrasta con la piel pálida y el cabello oscuro, cae lo suficiente como para sugerir más de lo que muestra.
Opera se inclina, bloquea la luz que entra por los ventanales a su espalda. La impaciencia recorre el cuerpo de Iruma. Espera una reacción, expectante por el contacto.
—¿Es una orden?
La pregunta lo descoloca, en su interior, empieza a dudar—...Es una orden.
Los dedos de Opera se dirigen al primer botón… pero se detienen. En lugar de desabrocharlo, toma el cuello de la prenda y tira apenas hacia arriba. Se acerca al rostro ajeno y a Iruma se le corta la respiración.
—Si no obedezco… ¿El castigo es peor?
¿Peor? La palabra golpea directo en el orgullo de Iruma, lo obliga a sostener una posición que tal vez no ha decidido del todo, pero que ahora no puede abandonar.
—Sí.
La respuesta suena más tensa de lo que ha pretendido. Hay algo en el interior de Iruma que no lo deja retroceder.
—Bien —concluye Opera, y suelta el botón.
El chico le toma la mano y la aparta—. Ya no quiero nada.
Opera lo examina en el silencio que se instala entre ellos, desconcertado—. ¿Desde cuándo eres tan caprichoso, joven maestro?
Él tarda en responder, la molestia le arde bajo la piel—. Ya lo sabes.
—Estás confundido, eso es todo.
Iruma parpadea, incrédulo—. ¿Confundido?
—Sí —Opera se ajusta los guantes y da un paso atrás—. Cuando algo se te resiste, lo deseas más. No deberías confundir eso con otra cosa.
El calor le sube al rostro—. No actúes como si supieras lo que siento.
—No lo hago —corrige Opera—. Te estoy diciendo que todavía no lo entiendes.
Iruma no soporta ese matiz que implica inmadurez. Se acomoda más derecho en el colchón. La camisa roja le cae grande sobre los hombros, con las clavículas visibles para el hombre que las ha dejado expuestas en contra de su voluntad. Iruma no tarda en llevar la mano a su pecho y arrugar la tela entre sus dedos, oculta su piel en un gesto rápido y vergonzoso.
—¿Siempre me has subestimado así?
—Sabes bien que no —responde de inmediato—. La comida te espera abajo, joven maestro.
—Opera —Lo llama y el guardaespaldas se detiene sin volverse—, no hagas pasar a nadie, ya tengo todo lo que necesito para cambiarme.
Sale de la habitación e Iruma permanece inmóvil hasta que junta la voluntad necesaria para cambiarse, vacío y automático, arrastrando el eco de la conversación. Antes de cerrar el armario sostiene la prenda ajena entre los dedos, pensativo. Acerca la tela hacia la nariz y cierra los ojos. Respira profundamente. La vergüenza y la frustración le arden en el pecho y se mezclan con la ligera excitación que le otorga el olor de Opera.
Es inevitable, Iruma sabe que volverá a intentarlo.
En el desayuno, Clara y Asmodeus se pelean por quién ocupará el lugar al lado del joven jefe el día de hoy. Opera los toma desde atrás e intenta sacarlos del medio, pero Iruma lo detiene levantando la mano.
—Clara, Azz-Azz, siéntense —Ahora palmea el tapizado de ambas sillas, con él en el medio—. Hoy nuestras agendas no coinciden.
Habla tranquilo, ignorando a Opera. El guardaespaldas frunce el ceño, y en silencio prueba cada plato y bebida. Al terminar se sienta frente al joven maestro, sube los zapatos a la mesa, cruza las piernas, los brazos y se relaja contra el respaldo de la silla. Parece que va a dormir mientras espera a que Iruma termine de comer.
Asmodeus se queja—. Oye, los zapatos.
Opera abre apenas un ojo—. Alégrate de que hoy el joven maestro está enojado conmigo y estás en mi lugar.
Va a responderle pero Clara lo interrumpe—. ¿Enojado? ¿Iruma-chi? ¿Entonces quieres que Opera te mire?
Iruma contiene la respiración y luego esboza una ligera sonrisa, apenado—. Por supuesto que no.
Clara sonríe con picardía mientras lo mira—. Iruma-chi, eres un mentiroso.
Iruma desvía la vista hacia su plato y toma un bocado. Clara ríe satisfecha por haber acertado y continúa hablando de los planes que tiene para la tarde.
Asmodeus escucha a medias. No entiende por qué el joven maestro parece tan pendiente de ignorar a Opera, tal vez discutieron de verdad.
Opera vuelve a prestar atención a la mesa—. Joven maestro —Iruma se queda inmovil. El guardaespaldas continúa—: Tienes arroz en la cara.
El muchacho se toca el rostro—. ¿Dónde?
—Aquí —Opera se incorpora y se señala su propia mejilla.
Iruma se limpia de inmediato y vuelve a concentrarse en el desayuno. Clara suelta una risita porque Opera sí lo ha estado mirando, tal como él quería. Asmodeus, por su parte, observa el intercambio en silencio, quizá no han discutido tanto después de todo.
Con el correr de las horas, Iruma se obliga a concentrarse y la molestia se diluye. Solo al caer la noche y en el auto que los lleva a su último destino es cuando se concede un pequeño desliz. Con los ojos cerrados, apoya la cabeza en el hombro de su guardaespaldas. Se acurruca apenas y disfruta de la cercanía, una parte suya es consciente de que no puede vivir sin el calor ni el aroma de Opera. Iruma lo considera una recompensa por haber trabajado duro durante todo el día. Por un instante, se abandona a la sensación de tener a Opera solo para él.
Su ensimismamiento se interrumpe con el leve sonido de la cámara del celular y ese imperceptible tarareo satisfecho. Opera sonríe al ver la foto que le acaba de tomar. Iruma se avergüenza, se pregunta si sabrá que finge estar dormido como una excusa para acercarse.
El auto se detiene en el puerto comercial e Iruma se levanta con lentitud. No importa lo difícil que sea alejarse de esa calidez, debe mantener cierta mesura. La expresión somnolienta desaparece antes de que la puerta se abra.
Al bajar del auto la brisa marítima y el frío los golpea de inmediato. No hay escoltas ni un despliegue de personal, solo el rumor constante del mar y el chirrido metálico de las grúas que desplazan contenedores bajo las luces artificiales. A causa del viento el sombrero de Iruma se levanta, pero Opera es más rápido y lo sostiene sobre su cabeza. Se queda con la mano allí un segundo más, viendo al joven maestro.
—Leiji y Urara notaron movimientos raros, pero aquí solo basta tu presencia. No debes hacer nada.
Iruma no llega a disfrutar del toque, absorto en su deber—. No quiero limitarme a observar, se lo prometí al abuelo.
Camina primero y los dos se sumergen en la profundidad de la noche. Aunque el lugar es un laberinto, Iruma avanza con la seguridad justa. Opera lo sigue de cerca, atento a sus movimientos. Los sonidos de las embarcaciones acompañan cada paso y, en un acuerdo tácito, su presencia pasa inadvertida para los trabajadores de la zona.
Finalmente, un contenedor los espera abierto como una boca de acero en penumbras. Después de la inspección, el traslado al depósito aún sigue pendiente. Dos hombres aguardan junto a él; uno hace una reverencia inmediata, mientras que el otro, encargado de coordinar la descarga y el soborno aduanero, sostiene un cigarrillo apagado entre los dedos y lo gira una y otra vez, distraído.
—Jefe —saluda con un pequeño movimiento de cabeza y evalúa la sorpresiva llegada del muchacho y su guardaespaldas. Aunque ha pensado en informar el incidente cuando la descarga terminara, le hubiera gustado ahorrarse este encuentro—. Hubo una inspección inesperada, pero la mercancía pasó. No hubo inconvenientes.
Iruma no responde y camina despacio hacia el contenedor. El olor a sal y combustible se mezcla con el de la humedad. Dentro, las cajas están intactas, ordenadas y alineadas.
—¿Quién pidió la inspección? —pregunta con suavidad. La cadencia que ha practicado con Kalego provoca que cada palabra suene firme sin ser agresiva.
El hombre duda un instante—. Nuestro contacto en aduana. Intenté que la carga pasara como siempre pero… no podía arriesgarme, dijeron que necesitaban verificar documentación adicional antes de cerrar el ingreso.
—¿Y les dio acceso a los manifiestos de carga?
La pregunta deja una tensión incómoda. El hombre traga saliva antes de asentir. Opera permanece detrás de Iruma, en silencio absoluto.
Iruma camina hacia él. En sus ojos ya no hay rastro del muchacho somnoliento de hace unos minutos—. Está muy nervioso… —inclina la cabeza, con una suave sonrisa en sus labios—. Parece que no fue alguien de la organización el que “verificó” nuestra mercancía.
El proveedor no reacciona, casi sin poder creer lo que oye—. Con todo respeto, jefe… creo que está exagerando —Los puños de Opera se tensan al escucharlo—. Si hubiera un problema real, habrían retenido el contenedor.
Iruma no eleva la voz—. ¿Así que le parece poca cosa que hayan copiado nuestra información?
Opera se mueve antes de que el hombre se justifique. El golpe es seco y fuerte. Y a pesar del movimiento nocturno del lugar, el sonido de la carne rebota entre los contenedores y deja un eco metálico alrededor. El proveedor cae sobre el asfalto húmedo, desorientado.
—Has comprometido la operación y todavía te atreves a corregir al joven maestro.
El hombre balbucea un rato y Opera detiene el segundo golpe cuando Iruma alza la mano. El gesto es mínimo, pero suficiente. El muchacho se acerca al proveedor, ahora arrodillado sobre la suciedad del puerto. Iruma se inclina a su altura en un movimiento limpio y elegante.
—¿Qué haré con usted? —pregunta, aunque no espera respuesta—. Quédese esperando aquí, será trasladado a la sede. No me obligue a perder más tiempo.
El proveedor asiente con fuerza, mientras que el otro hombre que está junto al contenedor se acerca y se arrodilla a su lado para ver su estado.
Iruma se incorpora y limpia con dos dedos una mancha invisible en su saco blanco—. Y rece para que esto solo haya sido una inspección.
Opera lo observa de reojo, con la sensación del golpe palpitando en los nudillos. En un movimiento algo brusco, se ajusta los guantes y los ciñe mejor entre sus dedos, intenta contenerse.
Cuando caminan de regreso al auto, el ruido del mar y de las embarcaciones vuelve a imponerse.
—¿Ya sabías que estaban exponiendo la ruta? —pregunta Iruma sin mirarlo.
—Era una de las hipótesis de Leiji.
—Pero no dijiste nada.
Opera abre la puerta del vehículo para él—. Quería saber cuál sería tu conclusión.
El muchacho frunce el ceño—. ¿Y si algo salía mal?
—No habría sido un problema —dice Opera—. Me gusta ver qué haces cuando las cosas se salen de control.
Iruma se detiene a un paso de la puerta. Percibe la promesa de un desafío en el pecho y la sensación le gusta un poco.
—Entonces no apartes la mirada.
Lo ha dicho tan inconscientemente que siente la necesidad de corregirse de inmediato, con el corazón acelerado ante sus propias palabras.
—¡Ah! —continúa—. Quiero decir, ¿y si me ves hacerlo mal? No soy perfecto, ¿sabes?
Se queja de mentira, trata de borrar el rastro de lo que ha dicho.
Una leve sonrisa aparece en los labios de Opera; conoce las pequeñas mentiras de Iruma—. Si de verdad tuvieras problemas… te susurraría al oído lo que necesites, joven maestro.
Al escuchar la suavidad en esas palabras, Iruma siente el calor subirle al rostro pese al frío aire del puerto. Aprieta los labios. Se acomoda el saco del traje para desviar la atención y mantiene la vista fija en el interior del auto.
No importa cuánto intente ser digno de su posición, es suficiente con un comentario de Opera para desestabilizarlo.
—No era necesario decirlo así —murmura al final. Y entra al auto antes de que Opera pueda verlo.
Después de la partida del joven jefe, una figura emerge desde las sombras del muelle. Para él es fácil moverse en el extenso puerto, podría estar privado de la vista y aún así sabría orientarse a la perfección. Sus pasos son más apresurados que de costumbre entre las enormes pilas de cargamentos que lo rodean, no puede contener la excitación en su pequeño cuerpo. Valac Urara es así, un enamorado de lo que hace, demasiado ansioso por ayudar y sentir esa emoción única que lo recorre al enfrentarse a conflictos en carne propia, en donde todo puede torcerse en cualquier momento y se exige un poco más de él.
Lleva una carpeta ajustada contra el pecho, protegida del viento, y aunque intenta no sonreír mientras se aferra a ella, sus ojos desbordan un brillo inigualable. Cuando llega, no le presta atención a los proveedores, su mirada se posa primero en el contenedor todavía abierto, moviéndose de un lado a otro demasiado rápido como para saber si está estudiando la situación o si está absorbiendo todo lo que ve. Sus ojos… dan miedo cuando se ponen así.
—El jefe llegó antes de lo previsto —habla para sí mismo, la emoción en su voz es palpable—. ¿Será que vino gracias a mis reportes?
El hombre, todavía tirado en el suelo, se sobresalta al notar la presencia del chico. No hay nada en su aspecto que justifique su reacción, es demasiado joven, pulcro, casi angelical, y aun así algo en él le resulta profundamente perturbador. No entiende cómo un adolescente rebosante de alegría puede provocar una incomodidad así. Intenta incorporarse, pero la mirada de Urara se posa sobre él y parece que lo detiene en seco.
—El jefe dijo que se quedara aquí —Luego su atención se dirige al segundo hombre a su lado—. Y lo mismo para usted.
Ambos obedecen y Urara vuelve su atención al contenedor. Se acerca a las cajas y observa los sellos de seguridad.
—No tocaron nada —murmura. Abre la carpeta con cuidado y revisa una serie de anotaciones, horarios y nombres que están escritos de una manera que solo Leviathan Leiji y él entienden. Ellos comparten el mismo mundo, e incluso así, hay información que uno tiene y el otro no.
El sonido de pasos firmes lo interrumpe, Leiji aparece vestido con el uniforme de la marina que se ajusta impecable a su figura. Lo utiliza como una herramienta que le permite moverse con facilidad.
—Te adelantaste —Leiji se detiene a su lado, la postura perfecta—. Tan emocionado como siempre.
Urara cierra la carpeta sin apuro—. Es que el jefe se presentó.
—Era cuestión de tiempo —empieza a caminar alrededor de los proveedores—. Él es más directo que nosotros.
—El jefe es increíble —Urara sigue a Leiji de cerca, imita sus pasos—. Y no tendríamos a este señor en condiciones para interrogar. Comandante, me gustaría-
Leiji se detiene de golpe, Urara choca contra su espalda y se desestabiliza—. Parece que lo quieres mucho.
Urara sonríe radiante, se olvida por completo de terminar la frase—. ¡Así es! Al igual que mi hermana, adoro al jefe.
La oscuridad atraviesa el semblante de Leiji, aunque no dice nada. Luego se agacha y se acerca al proveedor. En ese momento dos subalternos de Babyls llegan para la custodia y el transporte a la Sede, pero se quedan al margen al ver la situación.
—Mírame —El hombre lo hace y Leiji sostiene el contacto visual—. Todavía no sabemos si cometiste un error o si vendiste información. Y si fue un error, podrás demostrarlo.
Urara se apresura en sacar varias hojas de la carpeta y las extiende hacia él para darle las indicaciones necesarias—: Va a reconstruir la cronología exacta de la inspección. Y quiero todo lo que tenga sobre el contacto de aduana que la solicitó.
Cuando terminan, los subalternos de Babyls se llevan hasta el auto a los dos hombres. Leiji y Urara vuelven a quedar solos y caminan fuera del laberinto de cargamentos para alejarse de las miradas ajenas. Se detienen frente al mar. Sin el encierro ni el movimiento constante de maquinaria, el aire se siente menos pesado, renovado. A esa hora de la noche, la vista de las luces de la ciudad extendidas sobre la inmensidad del océano posee una belleza excepcional.
El chico exhala y Leiji lo mira, con el rostro serio como de costumbre—. Parece que te sigue divirtiendo el trabajo.
Las mejillas de Urara se tiñen de rojo—. ¡Estoy aprendiendo! Aunque ya sabe, si ese hombre hubiera reaccionado mal… —lleva el cuerpo hacia adelante antes de volver a su lugar, trata de contener la emoción—, habría sido más interesante. Cuando las cosas se salen un poco de control es cuando se siente mejor.
—Urara.
El muchacho se queda quieto frente a él. Su rostro adquiere una belleza única iluminado por las luces nocturnas, pero Leiji no sabe si es eso o si es la excitación que lo atraviesa al imaginarse en un escenario más arriesgado.
—¿Qué diría tu hermana si te escuchara? Debo mantenerte fuera de peligro, al menos tanto como sea posible.
—Pero comandante —Los ojos se le ponen brillosos, tal vez quiera llorar—. Me gusta sentirme útil para usted.
Esa expresión es… Leiji suspira—. No pongas excusas, ya sé que lo haces para tu propio disfrute.
En la mente de Urara, ambas cosas tienen el mismo peso. Ha estudiado con fervor durante más de un año desde que Iruma lo ha salvado, y trabajar para Babyls en la logística y la seguridad marítima es lo menos que puede hacer para demostrar su gratitud. Con todos los reparos y consideraciones, rara vez se presenta una oportunidad como esta, en la que puede estar en contacto directo con posibles amenazas.
—…Pero comandante —repite, más bajo esta vez, la palabra llega distinta cuando la dice con ese tono agridulce—. No son excusas, si no lo hago bien, usted dejaría de necesitarme.
El viento levanta apenas su cabello y Urara no se mueve, se queda ahí, frente a él, con una mezcla de entrega y entusiasmo que nunca logra esconder del todo. Sus dedos se aferran a la carpeta que hasta ahora es lo único que lo mantiene quieto, aunque su cuerpo entero parece querer avanzar hacia Leiji.
—No necesito que te pongas en riesgo para eso —La rigidez en su semblante flaquea, es débil cuando se trata del joven Valac—. Ya eres útil, así que deberías aprender a contenerte.
Urara ladea la cabeza, curioso—. ¿Contenerme… para qué? —pregunta suave—. Es como usted dice, si al final siempre soy útil, puede usarme cuanto quiera.
Da un paso más cerca, lo suficiente para invadir el espacio personal del comandante. Sus ojos siguen brillando, tal vez ante la idea de que Leiji lo use a su antojo.
—Además, usted no me aparta —añade Urara, bajando la voz—. Solo dice que debería.
Leiji siente la cercanía y su mandíbula se tensa. No puede decir que le desagrada ese lado de Urara, siempre ansioso por más, siempre dispuesto a avanzar un paso extra incluso cuando no se le pide. Después de todo, es exactamente lo que necesita de un asistente personal.
Recuerda lo frágil que era hace un año, con el temblor en su cuerpo y los ojos llenos de miedo, la forma en la que evitaba la oscuridad y la falta de sueño y apetito. A Leiji le cuesta conciliar ambas versiones, le parece irreal que este muchacho sea el mismo de aquel momento. Se pregunta si para Urara estar cerca del peligro es un mecanismo de defensa o una forma de sentir que tiene el control. ¿Hasta qué niveles de riesgo y amenaza es capaz de soportar con tal de satisfacer esa necesidad en su corazón? Leiji no se anima a preguntar, teme que Urara recuerde cosas que no debería recordar, como las jaulas en las que estuvo, las sogas que han lastimado sus muñecas hasta marcarle la piel, el collar en su cuello mientras alguien tironea de él con brusquedad, tratado como un pequeño cachorro que se ha portado mal.
Ah… Las imágenes invaden su mente, es completamente hermoso, una visión exquisita.
Se le acelera el pulso, Leiji intenta reprimir lo que le provoca imaginarlo así. No tiene dudas de que si hubiera estado en la subasta no lo podría haber dejado ir tan fácilmente, habría peleado por él hasta el final.
Si Urara busca la adrenalina constante. ¿También será lo mismo con el dolor en sus muñecas, ser atado y dominado por otros? Leiji lo observa con atención, ese rostro sonrojado y precioso iluminado por las infinitas luces de la ciudad.
—Urara —El nombre le sale como una advertencia, más para sí mismo que para el muchacho.
—¡Pero! —Ahora levanta la voz y hace un puchero con los labios—. Si realmente quisiera mantenerme lejos, no me dejaría venir.
Aunque el puerto sigue vivo a su alrededor, ese espacio entre ellos mantiene un aire tenso que Urara no logra disipar ni con su entusiasmo. Leiji baja más la mirada sobre él, registra el detalle de la carpeta apretada contra el pecho, la tensión en sus manos, la respiración que no termina de calmarse después del trabajo de recién.
—Lo hago porque eres eficiente.
Urara sonríe—. ¿Lo ve? Entonces no hay nada más para discutir.
A Leiji le gusta demasiado que quiera aumentar sus experiencias y su valor. Ni siquiera tiene sentido molestarse por cómo Urara ha llevado la conversación hasta este punto. Leiji levanta el brazo y acaricia el cabello del chico con suavidad, mientras una sonrisa se dibuja en sus propios labios. Urara cierra un ojo por la caricia, con el rubor que no se termina de ir de su piel y una felicidad que contagia a Leiji.
—¿Qué voy a hacer contigo? Todo lo que quieres te lo has ganado.
No deshace el contacto, no quiere hacerlo tan rápido. Baja la mano hacia la mejilla de Urara para rozar las lágrimas que se le acumularon por el viento, o por las ganas de llorar que tuvo hace un momento. Pasa el dedo por allí y Urara recibe el toque con una sonrisa.
—Me avergüenza —Está feliz, no hay manera de ocultarlo—, pero no puedo esperar a nuestra próxima misión en campo, comandante.
Leiji no debería mirarlo tanto… Se aparta con lentitud e imagina, por un instante, a Urara inclinándose hacia la caricia, buscando un poco más de contacto como una pequeña mascota. Pero no sucede, ni tiene por qué hacerlo. Sin embargo, su corazón se ilusiona y se rompe al mismo tiempo.
—No te emociones demasiado.
Urara asiente rápido, sin dejar de sonreír—. Sí, señor.
