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Dulce chantaje

Summary:

Kimi creía que su obsesión por el infartante padre soltero del 3B, era un secreto absoluto. Se equivocaba. Atrapado por una cámara oculta mientras robaba su ropa interior, el joven alfa inexperto queda por completo a merced de los caprichos de su vecino. Franco no quiere una disculpa; quiere un juguete.

Notes:

Este shipp es uno de mis favoritos y hace rato quería sacar algo con ellos dos únicamente, así que por fin llegue a algo sólido para compartir espero que lo disfruten ❣️

Work Text:

El complejo de apartamentos de la avenida principal no tenía nada de extraordinario. Las paredes eran lo suficientemente delgadas como para escuchar el murmullo de los televisores vecinos, el ascensor sufría de constantes achaques mecánicos y el pasillo común siempre arrastraba una corriente de aire frío directo de la calle. Sin embargo, para Kimi Antonelli, aquel edificio gris se había convertido en el centro exacto de su universo desde hacía poco más de catorce meses. Específicamente, desde el día en que la puerta del apartamento 3B se abrió para recibir a su nuevo inquilino.

 

Kimi recordaba aquella tarde con una claridad casi fotográfica. A sus dieciocho años recién cumplidos, experimentó lo que muchos textos antiguos de biología describían como el instinto primordial del alfa: un vuelco absoluto en el pecho, una fijeza magnética que le impidió apartar la mirada. Franco Colapinto acababa de mudarse. No era difícil quedarse mirándolo dos veces; de hecho, lo complicado era sostenerle la mirada sin perder el hilo de los propios pensamientos.

 

Franco era, en cada sentido de la palabra, un omega de ensueño. Poseía unos ojos color avellana que parecían albergar una calidez dorada cuando la luz del pasillo los golpeaba de lado, y un cabello castaño, indomable y lleno de rizos perfectos, que caía con una gracia natural sobre su frente y su nuca. Pero lo que verdaderamente quitaba el aliento, y lo que se había convertido en el combustible principal de los sueños húmedos más intensos y recurrentes de Kimi, era su silueta. Franco tenía una figura envidiable, curvilínea y de transiciones suaves que desafiaba por completo las leyes de la naturaleza, especialmente considerando que apenas un año atrás había pasado por un embarazo.

 

Kimi, por su parte, ya portaba la estampa de un alfa en pleno desarrollo a sus diecinueve años actuales. No era un muchacho de musculatura exagerada o tosca, sino más bien poseedor de una contextura atlética, un cuerpo tonificado, ágil y en excelente forma física que delataba una fuerza natural. Tenía una presencia imponente que solía infundir respeto en la universidad o en la calle, pero toda esa altivez alfa se desmoronaba por completo, licuándose hasta convertirse en una sumisión casi cachorril, en cuanto Franco aparecía en su campo de visión.

 

Y Franco, con esa madurez felina que lo caracterizaba, lo sabía perfectamente.

 

Franco no era ciego ni inocente. Desde los primeros meses, notó la forma en que las pupilas de Kimi se dilataban al verlo, el tono de voz inusualmente suave que el joven alfa usaba solo con él y cómo su aroma se volvía denso y protector cuando coincidían en el vestíbulo. En lugar de espantarse o poner límites, Franco, con una sutileza magistral, decidió que ese enamoramiento ciego le venía de maravilla. Ser un omega padre soltero en la gran ciudad no era una tarea sencilla. Tenía a su cargo al pequeño Juan Manuel, un bebé de apenas un año que se robaba todas sus horas de sueño y a quien Franco había bautizado así en honor a su profunda admiración por el automovilismo y la leyenda de Fangio.

 

Con un bebé demandante y una casa que mantener, Franco aprendió a utilizar el crush de su joven vecino como una herramienta sumamente eficiente. Solo le bastaba dejar escapar un suspiro de cansancio fingido en el pasillo, o clavar esos ojos avellana en Kimi con una pizca de desamparo, para que el alfa se ofreciera de inmediato a resolverle la vida. Kimi había cargado pesadísimos paquetes de pañales, había subido las compras semanales del supermercado escalón por escalón cuando el ascensor fallaba, había reparado estantes flojos en la cocina y, de manera muy habitual, se encargaba de echarle un ojo al apartamento cuando Franco debía salir a hacer trámites urgentes sin el bebé. Kimi creía que estaba siendo el alfa protector y caballeroso de una película romántica; Franco simplemente disfrutaba de la mano de obra gratuita y devota.

 

Hasta que la curiosidad y la fijación de Kimi cruzaron una línea invisible.

 

Aquella tarde de martes, el calor del pasillo era denso. Kimi estaba a punto de salir cuando escuchó el traqueteo metálico del ascensor abriéndose en su piso. Al asomarse, vio la escena habitual, pero multiplicada por el caos. Franco venía cargando tres bolsas de tela repletas de mercadería, intentando equilibrar el peso mientras sostenía a Juan Manuel, que se movía inquieto en sus brazos, balbuceando con energía. El aroma de Franco, usualmente una mezcla frutal y limpia, venía teñido con una nota sutil de fatiga que encendió todos los resortes internos de Kimi.

 

—¡Franco! Espera, déjame ayudarte con eso. —dijo Kimi, saliendo al pasillo a grandes zancadas.

 

El omega se detuvo, apoyando momentáneamente una de las bolsas contra la pared. Una sonrisa suave y perfectamente calculada apareció en sus labios al ver la silueta del alfa aproximarse con tanta urgencia.

 

—Menos mal que apareces, Kimi. —respondió Franco, dejando escapar un suspiro largo y melodioso. —Siento que los brazos se me van a desprender del cuerpo y Juanma hoy decidió que no quería caminar ni un solo paso.

 

—No te preocupes, para eso estoy. —insistió el menor, extendiendo las manos para tomar las bolsas más voluminosas.

 

Al hacerlo, Kimi calculó mal el espacio o quizás, guiado por su propio instinto, permitió que sus dedos rozaran la piel de la muñeca de Franco. Fue un contacto breve, apenas un segundo de calidez, pero suficiente para enviar una descarga eléctrica por la columna de Kimi, haciendo que sus hormonas alfa dieran un vuelco. Franco no se apartó; al contrario, sostuvo la mirada dorada de sus ojos avellana fija en el rostro del chico, disfrutando del evidente nerviosismo que le causaba.

 

—Eres un sol, de verdad. No sé qué haría sin mi vecino favorito. —comentó Franco con un tono ligeramente cantarín, mientras acomodaba al bebé en su cadera y buscaba las llaves en su bolsillo. —Vamos adentro, no quiero que el pasillo se llene de olor a comida congelada.

 

Kimi lo siguió de inmediato, cargando el peso de las bolsas como si no fueran más que plumas. El apartamento 3B lo recibió con ese aroma tan particular que lo volvía loco: la fragancia dulce del nido de Franco, mezclada con la colonia suave del bebé y el aroma intrínseco del omega. Era un territorio sagrado para él. Un lugar que conocía bien gracias a los favores domésticos, pero que esa tarde se sentía extrañamente silencioso.

 

Franco cerró la puerta a sus espaldas con un golpe seco de la cerradura, un sonido que resonó con una firmeza inusual en el pequeño recibidor. El omega dejó a Juan Manuel en su corralito de la sala, donde el niño se entretuvo de inmediato con un juguete de plástico, y luego se giró hacia Kimi, que permanecía de pie junto a la barra de la cocina, esperando instrucciones como un soldado disciplinado.

 

—Deja las bolsas ahí, Kimi. Ya las guardaré yo más tarde. —dijo Franco. Su voz ya no sonaba cansada; había adquirido un matiz pausado, casi denso, que hizo que Kimi enderezara la espalda por instinto.

 

—Está bien. ¿Necesitas que revise algo más? ¿La tubería de la otra vez, o quizás mover algún mueble? —preguntó el alfa, esbozando una sonrisa amable, ansioso por prolongar su estadía en el apartamento.

 

Franco caminó lentamente hacia él. No había prisa en sus pasos, y la timidez o el agradecimiento superficial de hace unos minutos habían desaparecido por completo de su rostro. En su lugar, una expresión de absoluta superioridad y control se dibujó en sus facciones.

 

—No, la tubería está perfecta. —respondió Franco, deteniéndose a escasos centímetros de Kimi, obligando al alfa a bajar la vista para sostenerle el contacto visual. —Pero quédate un momento. No te vayas todavía... Tengo algo en mi habitación que necesito que veas.

 

—¿A tu habitación? —alcanzó a decir Kimi, sintiendo cómo la garganta se le secaba de golpe.

 

Su corazón dio un vuelco violento contra sus costillas. Durante un año entero, entrar a ese dormitorio había sido un privilegio reservado para ocasiones muy específicas: cuando tuvo que ajustar los tornillos del respaldo de la cama o cuando Franco le pidió que subiera una enorme alfombra que había comprado en una feria. Pero esta vez era diferente. No había herramientas de por medio, ni bolsas que cargar. La invitación tenía un eco distinto, denso y cargado de una electricidad que Kimi, con sus hormonas de alfa de diecinueve años a flor de piel, interpretó de inmediato como una señal. Una maravillosa, increíble y largamente esperada señal.

 

—Sí, a mi habitación. —repitió Franco, girándose sobre sus talones. No esperó a ver si el muchacho lo seguía; daba por sentado que el alfa iría tras él como un perro faldero. —Ven, no muerdo. Al menos, no todavía.

 

Kimi tragó saliva, tratando de aplacar el sutil temblor de sus manos, y caminó detrás de él por el pasillo corto que conectaba la sala con los dormitorios. A medida que se adentraba, el aroma de Franco se volvía más concentrado, despojándose del rastro del aire libre y de los productos de limpieza para revelar su nota más pura: un perfume dulce, magnético, que a Kimi siempre le recordaba a la fruta madura bajo el sol de la tarde. Era un aroma que lo envolvía, que entorpecía sus sentidos y lo hacía querer arrodillarse allí mismo.

 

Al cruzar el umbral del dormitorio, Kimi notó que todo estaba impecable. La cama matrimonial estaba tendida con sábanas grises, y la luz de la tarde entraba de sesgo por la ventana, iluminando el rincón donde se encontraba el cesto de la ropa sucia de mimbre oscuro. Al ver ese cesto, un chispazo de nerviosismo, sutil pero punzante, le recorrió la nuca. Un vago recuerdo de culpabilidad intentó emerger, pero la figura de Franco, plantada en medio de la habitación, borró cualquier pensamiento racional.

 

Franco caminó hacia la mesa de noche, tomó su tableta digital y la encendió. La pantalla iluminó sus ojos avellana, dándoles un brillo felino, calculador. Luego, se sentó lentamente en el borde de la colchón, cruzando una pierna sobre la otra con una parsimonia exasperante. Su silueta envidiable, realzada por el ajuste de sus vaqueros, quedó perfectamente expuesta ante la mirada glotona de Kimi.

 

—Acércate, Kimi. —ordenó Franco, dando un suave golpecito en el espacio vacío a su lado. —No te quedes ahí parado como si fueras un extraño.

 

El alfa avanzó, con las piernas un poco rígidas. Toda la confianza física que le otorgaba su cuerpo tonificado y en buena forma parecía inútil en este espacio cerrado. Se sentó a una distancia prudente, con la espalda recta y las palmas apoyadas en sus rodillas, sintiéndose de pronto demasiado grande, demasiado expuesto.

 

—¿Qué... qué querías mostrarme? —preguntó Kimi, intentando mantener la voz firme, aunque el tono grave de su naturaleza alfa flaqueó un poco debido a la tensión.

 

Franco no respondió de inmediato. Deslizó un dedo por la pantalla de la tableta, buscando un archivo específico. En sus labios se dibujaba una sonrisa diminuta, casi imperceptible, que a Kimi le pareció extrañamente fascinante y, por primera vez, un poco intimidante.

 

—¿Te acuerdas del jueves de la semana pasada? —preguntó Franco, sin levantar la vista del dispositivo. —Te dejé la copia de mis llaves porque tenía que llevar a Juanma al pediatra por un control y me daba miedo que el cartero dejara unos papeles importantes tirados en el pasillo. Te pedí que, si escuchabas algo, entraras a echar un vistazo.

 

—Sí, claro que me acuerdo. —respondió Kimi de inmediato, asintiendo con energía. —Entré un par de veces. Estaba todo tranquilo, revisé las ventanas de la cocina y... y que la puerta trasera estuviera bien cerrada. Quería asegurarme de que estuvieran seguros.

 

—Lo sé. Eres un vecino extremadamente protector, Kimi. Un alfa muy... atento. —el tono de Franco se arrastró, cargado de un sarcasmo fino que hizo que a Kimi se le erizaran los vellos de los brazos. —El problema es que las ventanas no fueron lo único que revisaste ese día.

 

Franco giró la tableta, apoyándola sobre su regazo, y orientó la pantalla directamente hacia el rostro de Kimi.

 

Al alfa le dio la impresión de que el aire de la habitación se congelaba de golpe. En la pantalla se reproducía un video en alta definición, tomado desde un ángulo elevado y oculto, justo encima del armario principal. La toma apuntaba directamente hacia la cama y el cesto de la ropa sucia. La fecha y la hora en la esquina superior coincidían exactamente con el jueves pasado, a las cuatro de la tarde.

 

En el video, la puerta de la habitación se abría. Aparecía el propio Kimi, mirando hacia los lados con evidente nerviosismo. Pero en la grabación no se veía a un alfa inspeccionando el lugar en busca de intrusos. Se veía a un muchacho consumido por una fijación enfermiza. La cámara de seguridad registró con absoluta claridad cómo Kimi se dirigía directo al cesto de mimbre, cómo levantaba la tapa con manos temblorosas y cómo rebuscaba en el interior hasta extraer una prenda específica: unas bragas de Franco que aún conservaban el aroma corporal del omega.

 

Kimi sintió que la sangre le abandonaba el rostro, dejándolo completamente pálido, para luego regresar en una oleada de calor violento que le tiñó las mejillas y las orejas de un rojo encendido. Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras se veía a sí mismo en la pantalla, arrodillado en la alfombra de Franco, hundiendo el rostro con desesperación en la prenda ajena, respirando con fuerza, y con la otra mano metida dentro de sus pantalones, masturbándose con una urgencia salvaje, con el rostro desfigurado por el placer y la obsesión, murmurando el nombre de su vecino una y otra vez.

 

El silencio en la habitación real de pronto se volvió ensordecedor, roto únicamente por el suave jadeo digital que salía de los altavoces de la tableta. Kimi estaba petrificado, incapaz de apartar los ojos de su propia desgracia, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. Su secreto más oscuro, la muestra más cruda y vergonzosa de su devoción secreta, estaba expuesta ante los mismos ojos avellana que lo volvían loco.

 

Franco apagó la pantalla con un chasquido seco. El reflejo negro de la tableta devolvió la imagen de un Kimi completamente destruido por el pánico y la vergüenza, temblando sutilmente en el borde de la cama.

 

—Y bien... —pronunció Franco. Su voz ya no tenía rastro de la calidez vecinal; era un susurro bajo, denso, impregnado de una autoridad absoluta que cayó sobre los hombros del alfa como una losa de cemento. —¿Tienes algo que decir en tu defensa, Kimi? ¿O vas a decirme que estabas buscando ruidos dentro de mi ropa interior?

 

Kimi intentó articular una palabra, cualquier cosa que pudiera salvarlo del abismo, pero la garganta se le cerró por completo. El pánico le oprimía el pecho con tanta fuerza que casi podía escuchar los latidos erráticos de su propio corazón retumbando en sus oídos. Se imaginó lo peor: Franco echándolo a gritos, prohibiéndole volver a acercarse al apartamento, llamando a la policía o, peor aún, mirándolo con absoluto asco por el resto de sus días. Toda la altivez y la fuerza de su naturaleza alfa se habían evaporado, dejándolo completamente indefenso ante el omega.

 

—Yo... Franco, de verdad, lo siento... —consiguió balbucear Kimi, con la voz rota y los ojos fijos en la alfombra, incapaz de sostenerle la mirada. —No quería... No sé qué me pasó, te lo juro. Por favor, no...

 

—¿Por favor, no qué, Kimi? —interrumpió Franco.

 

Su tono no era de ira, ni de asco. Era una voz baja, arrastrada, que goteaba una tremenda seguridad. Franco dejó la tableta sobre la mesa de noche con un golpe seco y se levantó de la cama. Kimi encogió los hombros por instinto, esperando el golpe o el grito de expulsión, pero lo que sintió a continuación lo descolocó por completo.

 

Franco liberó sus feromonas.

 

No era el aroma suave y reconfortante que el omega solía desprender para calmar a Juan Manuel, ni la fragancia sutil que usaba en el pasillo. Era una oleada densa, pura, un perfume frutal tan concentrado y cargado de una intención dominantemente sexual que golpeó los sentidos de Kimi como un puñetazo. Era el aroma de un omega que sabía exactamente el poder que tenía sobre el alfa y que estaba reclamando el control total del espacio.

 

Franco caminó lentamente hasta quedar justo frente a las rodillas de Kimi. El chico, atrapado por la fragancia y el pánico, levantó la vista con timidez.

 

—Pensé que eras un alfa bueno, Kimi. Un vecino servicial, un chico educado que solo quería ser caballeroso. —dijo Franco, inclinándose ligeramente hacia él. Sus ojos avellana brillaban con una malicia oscura, casi felina. Se pasó los dedos por sus rizos castaños, echándolos hacia atrás. —Pero resultaste ser un cachorrito bastante sucio. Un obsesionado que se cuela en mi habitación a oler mi ropa sucia mientras gime mi nombre.

 

Franco estiró una mano y, con una firmeza implacable, atrapó la barbilla de Kimi, obligándolo a clavar los ojos en los suyos. El agarre no era doloroso, pero la carga psicológica de sumisión era abrumadora.

 

—Mírame cuando te hablo. —ordenó Franco en un susurro cargado de autoridad.

 

Kimi tragó saliva, completamente hipnotizado. De cerca, la belleza de Franco era devastadora. El alfa respiraba bocanadas cortas, llenando sus pulmones con el aroma del omega, sintiendo cómo una tensión completamente diferente empezaba a acumularse en su entrepierna. Estaba aterrado, sí, pero también más caliente de lo que jamás había estado en toda su vida. Su cuerpo estaba completamente rígido, incapaz de reaccionar ante las órdenes directas de Franco.

 

—¿Qué se supone que deba hacer con un alfa que me roba de esta manera, eh? —continuó Franco, deslizando la otra mano libre por el cuello de Kimi, bajando lentamente por su clavícula y acariciando el pecho firme del muchacho a través de la camiseta. —Podría llamar a los dueños del complejo. Podría hacer que te echen. Podría mostrarle este video a tus amigos de la universidad... ¿Te gustaría eso, Kimi?

 

—No... por favor, Franco, haré lo que quieras. —suplicó el alfa, con los ojos empañados por la desesperación y el deseo, completamente doblegado por la presencia del omega. —Lo que quieras, pero no hagas eso.

 

Una sonrisa lenta, de absoluta satisfacción, se dibujó en los labios de Franco. Era la confirmación de que tenía al joven alfa exactamente donde quería, no solo como el chico de los mandados, sino bajo su control absoluto en un terreno mucho más íntimo.

 

Franco soltó la barbilla de Kimi, pero no se alejó. En lugar de eso, se dio la vuelta, caminó hacia la puerta del dormitorio y pasó el cerrojo con un clic metálico que sonó definitivo en el silencio de la habitación. Luego, regresó hacia la cama, desabrochando lentamente el primer botón de su camisa, dejando a la vista el inicio de su envidiable silueta.

 

—Me gusta esa respuesta, Kimi. "Lo que yo quiera". —repitió Franco, deteniéndose de nuevo entre las piernas abiertas del italiano, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás para mirarlo. —Ya que te gusta tanto mi ropa interior, y ya que pasaste tanto tiempo imaginando cómo sería estar en esta cama... hoy vas a aprender lo que pasa cuando juegas con un omega que no puedes controlar. Vas a hacer exactamente todo lo que yo te diga, y vas a ganarte mi perdón de la única manera que me interesa. ¿Entendido?

 

—Entendido. —alcanzó a murmurar Kimi, con la voz apenas superior a un susurro. Su sumisión era absoluta.

 

Franco sonrió, una mueca felina que denotaba cuánto disfrutaba cada segundo de su triunfo. Dio un paso más, acortando la distancia hasta que sus muslos rozaron las rodillas de Kimi. El aroma del omega se volvió aún más espeso, casi asfixiante, dictando las reglas en el aire de la habitación.

 

—Al suelo, Kimi. —ordenó Franco con suavidad, pero con una firmeza indiscutible, señalando la alfombra gris a los pies de la cama. —Vamos. Abajo.

 

El alfa no lo dudó ni un segundo. Su cuerpo, entrenado por el instinto de complacer al omega que lo obsesionaba, reaccionó antes de que su mente pudiera procesarlo. Se deslizó del borde del colchón y apoyó las rodillas en la alfombra, quedando justo frente a Franco. Desde esa posición, la diferencia de altura y de poder se volvía ridículamente evidente. Kimi tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello, un gesto de vulnerabilidad total para un alfa.

 

Franco bajó la vista hacia él, deleitándose con la imagen. Deslizó sus dedos entre los rizos castaños de su propio cabello y luego bajó una mano para acariciar la mejilla ardiente de Kimi. El contraste entre la piel sutilmente fresca del Oñomega y el calor febril que emanaba del alfa era casi magnético.

 

—Mírate... —susurró Franco, con un matiz de burla afectuosa en la voz. —Tan grande, tan tonificado, un Alfa que podría imponerse ante cualquiera en el edificio, y aquí estás. De rodillas en mi cuarto, temblando por un par de prendas sucias.

 

Kimi cerró los ojos un instante, avergonzado pero completamente encendido. Las manos le temblaban sobre sus propios muslos. Podía oler el nido de Franco, el rastro dulce de su piel y la cercanía de esa silueta envidiable que tantas noches había recreado en su mente.

 

—Por favor, Franco... —suplicó Kimi, con la respiración entrecortada. —Haz lo que quieras conmigo, pero no me mires así.

 

—Te miraré como se me dé la gana, cachorrito. —replicó Franco, inclinándose hacia adelante. Su camisa desabrochada se abrió un poco más, revelando la calidez de su pecho. —Quítate la camiseta. Quiero ver qué tan en forma estás realmente, o si solo eres pura fachada para impresionar a tu vecino.

 

Kimi obedeció de inmediato. Con movimientos torpes por los nervios, se llevó las manos al dobladillo de la prenda y se la quitó de un solo tirón, dejándola caer en el suelo. Su torso tonificado y atlético quedó expuesto bajo la luz dorada de la tarde que se filtraba por la ventana. Franco recorrió con la mirada cada línea de sus hombros y su abdomen, asintiendo con sutil aprobación.

 

—No está mal. —comentó el omega, extendiendo una mano para delinear con la yema de sus dedos la línea de la clavícula de Kimi, descendiendo lentamente por su pecho. El alfa soltó un jadeo bajo ante el contacto. —Tienes un buen cuerpo, Kimi. Sería un desperdicio no usarlo para lo que realmente me sirve.

 

Franco se sentó nuevamente en el borde de la cama, quedando a la altura perfecta del rostro del menor. Separó un poco las piernas y, con un movimiento lento, tomó las manos de Kimi y las colocó firmemente sobre sus propios muslos, obligándolo a sentir la calidez de su cuerpo a través de la tela de los vaqueros.

 

—Ya que pasaste un año entero ayudándome con las tareas de la casa, hoy vas a tener una tarea mucho más importante. —dijo Franco, inclinándose hasta que sus labios casi rozaron la oreja de Kimi, enviando un escalofrío violento por la espina dorsal del alfa. —Vas a complacerme, Kimi. Vas a usar esa boca y esas manos exactamente donde yo te diga, y vas a rezar para que me guste lo suficiente como para borrar ese video. ¿Entendiste la lección?

 

Kimi asintió con desesperación, sintiendo que el deseo lo consumía por completo, totalmente entregado al juego de poder del omega.

 

—Sí, Franco... lo que tú digas. Lo que quieras. —respondió, apretando suavemente los muslos del mayor, listo para perderse por completo en la voluntad de su vecino.

 

Franco soltó una risita baja, un sonido aterciopelado que vibró directamente contra el pecho de Kimi. Disfrutaba enormemente ver al alfa tan desarmado, con los hombros firmes pero tensos, y esos ojos dorados fijos en él con una mezcla de pánico reverencial y un deseo que amenazaba con desbordarse.

 

Con una lentitud exasperante, Franco comenzó a desabrochar el resto de los botones de su camisa. Kimi no se atrevía a parpadear. A medida que la tela se abría, la luz del atardecer bañaba la piel pálida del omega, delineando la delicada estructura de sus costillas y la curva suave de su cintura. Su silueta era perfecta, un testimonio de gracia que hacía que el pulso de Kimi se acelerara hasta el punto del delirio. Cuando la camisa resbaló por los hombros de Franco y cayó sobre la cama, el aroma a feromonas se volvió casi sólido en el espacio que los separaba.

 

—Primero. —dictó Franco, enredando una de sus manos en los rizos castaños de Kimi, tirando de ellos con la fuerza justa para obligarlo a inclinar la cabeza hacia arriba. —Vas a quitarme los zapatos. Despacio. No tengo ninguna prisa, Kimi. Hoy tu tiempo me pertenece por completo.

 

Kimi asintió con torpeza, bajando las manos hacia los tobillos del mayor. Sus dedos, habitualmente ágiles, temblaban sutilmente mientras desataba los cordones de las zapatillas de Franco. Cada movimiento era ejecutado con una delicadeza extrema, como si temiera romper al omega, aunque la realidad dictaba que era él quien estaba completamente roto y a merced del otro. Cuando terminó, dejó el calzado a un lado de la alfombra y volvió a mirar a Franco, esperando la siguiente orden con la respiración entrecortada.

 

Franco estiró una pierna, apoyando la planta del pie descalzo directamente en el centro del pecho desnudo y tonificado de Kimi. El alfa contuvo el aliento. El sutil calor de la piel de Franco contra su esternón se sintió como una marca de fuego.

 

—Me gusta cómo me miras. —confesó Franco, arqueando una ceja con aire de suficiencia. —Es la misma mirada del video, solo que ahora no tienes que esconderte detrás de mi ropa sucia. Me tienes aquí. Pero para tener mi perdón, vas a tener que esforzarte mucho más que en tus fantasías de adolescente.

 

Franco presionó ligeramente el pie contra el pecho del muchacho, obligándolo a inclinarse un poco hacia atrás, disfrutando de la tensión en el abdomen firme de Kimi mientras este luchaba por mantener el equilibrio sin apartarse.

 

—Ahora. —continuó el argentino, deslizando su pie hacia arriba, acariciando la línea del cuello de Kimi hasta detenerse bajo su barbilla, obligándolo a mantener la cabeza en alto. —Vas a quedate ahí. —dictó Franco, presionando suavemente el pie contra el esternón de Kimi para frenar su intento de subir al colchón. —Te quiero abajo. De rodillas, justo donde estás.

 

Kimi obedeció al instante, volviendo a acomodar las rodillas sobre la alfombra gris. Quedó encajonado exactamente entre los muslos de Franco, sintiendo el calor irradiar de las piernas del omega, que lo flanqueaban como una deliciosa trampa. El alfa tragó saliva, manteniendo los brazos a los lados, con el torso desnudo brillando bajo la luz crepuscular.

 

Franco retiró el pie lentamente, rozando el abdomen marcado del menor antes de apoyar los talones en el suelo. Se inclinó un poco hacia adelante, entornando esos ojos avellana que volvían loco a Kimi.

 

—Ahora, vas a terminar lo que empezaste. —ordenó Franco, con un susurro que arrastraba una autoridad implacable. —Desnúdame, Kimi. Por completo. Quiero ver qué tan hábil eres con las manos cuando tienes al omega real en frente y no a un pedazo de tela.

 

Las manos de Kimi temblaban de forma casi imperceptible cuando alcanzaron el botón del pantalón de Franco. La cercanía era abrumadora. Podía escuchar la respiración pausada del mayor y sentir el roce sutil de sus rizos castaños cada vez que Franco se movía apenas un milímetro. Con un cuidado extremo, Kimi deslizó la cremallera, el sonido metálico resonando como un eco sordo en el silencio de la habitación. Bajó los vaqueros y la ropa interior juntos, deslizando la tela por las piernas torneadas de Franco hasta que el omega simplemente sacó los pies, desaciéndose de la última barrera.

 

Cuando Franco quedó completamente desnudo, tal como lo trajeron al mundo, Kimi se quedó sin aliento. La silueta envidiable del argentino estaba expuesta ante él en toda su gloria: la delicadeza de su cintura, la suavidad de su piel y la perfección de sus formas.

 

Pero Franco no le dio tiempo para contemplarlo de forma pasiva. Apoyando las manos hacia atrás en el colchón, Franco se reclinó y abrió las piernas de par en par, en una postura descarada y obscena que exponía su intimidad sin ningún tipo de reserva directo hacia el rostro del alfa.

 

En ese milisegundo, el mundo de Kimi se redujo a cenizas. Las sensaciones lo asaltaron con una violencia demoledora. El aroma de Franco, potenciado por la desnudez total, se transformó en una marea asfixiante de feromonas puras y densas; una mezcla frutal super concentrada que golpeó el instinto de Kimi como un camión de frente. Sentía una presión ardiente detrás de los ojos, la boca completamente seca y un zumbido ensordecedor en los oídos provocado por el ritmo frenético de su propio corazón, que latía con tanta fuerza que parecía resentirse contra sus costillas. El contraste psicológico lo estaba volviendo loco: era un alfa, genéticamente programado para dominar, pero la sumisión que Franco le extraía mediante el chantaje y la pura sensualidad lo hacía sentir ridículamente pequeño y, al mismo tiempo, jodidamente encendido. Su propia anatomía reaccionaba con una urgencia salvaje, tensando cada músculo de su cuerpo, mientras una ola de calor febril le recorría la espina dorsal. Estaba al borde del abismo, aterrorizado por el video, pero consumido por la realización de su fantasía más prohibida.

 

Franco bajó la vista hacia él, notando el temblor en los hombros del muchacho y cómo sus ojos dorados estaban completamente dilatados, fijos en la humedad que ya empezaba a brillar entre sus muslos.

 

—Acercate, Kimi. —ordenó Franco, con una voz que era puro veneno y miel. —Mirá cómo me ponés. Esto es lo que estabas buscando en mi cesto de ropa, ¿no? Pero aquí está fresco. Es mi lubricante natural, mi coño real... y es todo tuyo si sabés cómo pedírmelo.

 

Kimi avanzó unos centímetros de rodillas, gateando el corto espacio que lo separaba de la entrega total. El aroma a sumisión y deseo emanaba de su propia piel, mezclándose con el ambiente.

 

—Adelante, pruebame. —susurró Franco, inclinando la cabeza hacia un lado, disfrutando del control absoluto. —Quiero que uses esa boca. Sé que no tienes idea de lo que hacés, que eres un inexperto que solo sabe jugar solo en su cama... Así que hoy vas a aprender conmigo. Practícame el mejor sexo oral de tu vida, Kimi. Y más vale que te esfuerces, porque de eso depende que ese video no lo vea nadie más.

 

Kimi no esperó una segunda advertencia. Alentado por la orden directa y el hambre acumulada durante catorce meses de silenciosa obsesión, se inclinó hacia adelante, acortando la distancia final hasta que su rostro quedó sumergido entre las piernas abiertas del omega, dispuesto a perderse por completo en el sabor y la voluntad de Franco.

 

El primer roce de la lengua de Kimi contra la vagina de Franco fue tímido, casi temeroso, una respuesta automática ante el abismo de su propia inexperiencia. El alfa jamás había estado tan cerca de un omega en su vida, y el sabor real —infinitamente más complejo, espeso y almizclado que cualquier rastro evaporado en el cesto de mimbre— le dio un vuelco violento a su cerebro. Un gemido sordo, rasposo, escapó de la garganta de Kimi, pero fue sofocado de inmediato cuando Franco hundió los dedos con fuerza en sus rizos castaños, obligándolo a estampar el rostro por completo contra su coño húmedo.

 

—Ah... así, cachorrito. —susurró Franco, echando la cabeza hacia atrás en el colchón. Sus ojos avellana se entrecerraron, inundados por un brillo lascivo. —Pero no muerdas. Eres un bruto, Kimi. Más suave. Usá la punta de la lengua, lamé todo el camino.

 

Kimi obedeció con una urgencia ciega, completamente desbordado por las sensaciones que lo asaltaban en oleadas destructivas. El aroma de Franco a esa distancia ya no era un perfume; era un aire denso, caliente y frutal que se le colaba por la nariz y la boca, llenando sus pulmones hasta intoxicarlo. La textura del lubricante natural del omega era increíblemente resbaladiza, un calor líquido que contrastaba con el aire fresco de la habitación que daba en la espalda desnuda del alfa. Kimi sentía que se ahogaba en el placer ajeno, con los oídos tapados por el zumbido de su propia sangre y el pulso retumbándole en las sienes. Su cuerpo temblaba por el esfuerzo de mantenerse inmóvil en la alfombra, con los músculos del abdomen y los hombros contraídos al límite, conteniendo el instinto primitivo de abalanzarse sobre la cama para reclamar lo que tenía enfrente. Estaba psicológicamente quebrado, expuesto en su punto más vulnerable, adorando al omega que lo chantajeaba con una devoción que rozaba la locura.

 

—Eso es... mmm... —Franco soltó un suspiro largo, su vientre plano contrayéndose de forma espasmódica.

 

La falta de práctica de Kimi era evidente; sus movimientos eran demasiado ansiosos, un tanto torpes y desesperados, pero la entrega absoluta con la que hundía la boca, buscando complacer cada milímetro de Franco, resultó ser un estímulo devastador para el mayor. Franco apretó sutilmente los muslos, aprisionando la cabeza de Kimi entre sus piernas desnudas, marcando el compás del vaivén.

 

—No pares. Ahora usá las manos. Ábreme más, Kimi. Quiero que mires bien lo que me estás haciendo. —ordenó Franco, con la voz quebrándose ligeramente por el placer real que empezaba a filtrarse en su tono dominante.

 

Kimi despegó los labios un segundo, dejando un hilo de saliva y lubricante suspendido en el aire. Levantó la vista, con los ojos dorados de alfa completamente nublados, desenfocados por la sumisión. Con los dedos temblando por la adrenalina, apoyó sus palmas grandes en la base de los muslos de Franco y presionó hacia atrás, abriendo aún más esa postura obscena y descarada. Ver el coño del omega completamente expuesta, brillando bajo la luz del atardecer y destilando ese elixir que lo volvía loco, terminó por destruir la poca cordura que le quedaba.

 

Volvió a sumergir el rostro con un hambre salvaje, lamiendo con golpes largos y decididos, aprendiendo a base de puro instinto cómo hacer reaccionar al cuerpo de Franco. Cada vez que el omega soltaba un gemido agudo o arqueaba la espalda contra las sábanas grises, Kimi sentía una descarga eléctrica en su propia entrepierna, una mezcla dolorosa y exquisita de frustración física y triunfo psicológico. Sabía que no tenía permitido tocarse, que su único propósito en esa habitación era ser el instrumento del placer de Franco, y esa misma restricción hacía que el sexo oral que practicaba fuera el más intenso, sucio y devoto que Franco hubiese recibido jamás.

 

La habitación se convirtió en un microcosmos de calor sofocante y feromonas entrelazadas, donde el siseo de la respiración de Kimi y los gemidos intermitentes de Franco borraban cualquier rastro del mundo exterior. Kimi ya no pensaba; se había transformado en un canal puro de estimulación, guiado por los espasmos del cuerpo del argentino y el agarre implacable de los dedos en su cabello castaño. La textura del lubricante natural de Franco, espesa y ardiente, impregnaba los labios y la lengua de Kimi, un sabor prohibido que se le fijaba en el paladar como una marca indeleble de pertenencia y sumisión.

 

—Más profundo, Kimi... —exigió Franco, arqueando la espalda con una violencia sutil, clavando los talones en el colchón mientras empujaba el rostro del menor con una firmeza que no admitía réplica. —No me dejes a medias. Usá toda la boca, carajo. Demuestrame de lo que eres capaz cuando no estás escondiendote.

 

El alfa soltó un gruñido ahogado contra la piel húmeda de Franco, sintiendo cómo el estómago se le contraía en un nudo de pura necesidad. El esfuerzo físico empezaba a pasarle factura a su cuerpo; las rodillas le ardían por la fricción constante contra la alfombra gris, los músculos de la espalda y los hombros estaban rígidos, hinchados por la tensión de contener el brutal impulso de su naturaleza alfa, que le exigía desgarrar los pantalones que aún llevaba puestos y reclamar al omega de forma salvaje. Pero el chantaje psicológico, la humillación exquisita de saberse grabado y expuesto, actuaba como un freno de mano absoluto en su cerebro. Estaba atrapado en el rol de sirviente, y esa misma restricción hacía que cada lamida fuera más desesperada, más intensa.

 

Franco se mecía con lentitud sobre el rostro de Kimi, completamente entregado al ritmo que él mismo imponía. Su silueta temblaba bajo los reflejos dorados y purpúreos del atardecer que moría tras la ventana. Con los ojos avellana entornados, fijos en el techo mientras el placer lo desbordaba, Franco estiró una mano hacia el pecho desnudo del alfa, arañando la piel firme y tonificada con las uñas, dejando marcas rosadas que subían hasta su cuello.

 

—Eres una delicia cuando obedecés... —gimió Franco, su voz perdiendo parte de la rigidez dominante para volverse un arrullo lascivo, espeso por la cercanía del clímax. —Mmm... ahí, justo ahí. Vamos, Kimi. Más rápido. No pares.

 

Alentado por el cambio en la voz del omega, Kimi aumentó la velocidad de sus movimientos. Utilizó los dedos para estirar la piel de los muslos de Franco, abriéndolo de par en par en esa postura obscena que desafiaba cualquier noción de pudor. Su lengua recorría el centro del placer de Franco con golpes largos, ascendentes, absorbiendo cada gota de la humedad que el cuerpo del mayor generaba en respuesta a su devoción. El aroma frutal y concentrado de Franco se volvió tan denso que Kimi podía sentirlo físicamente en la garganta, embriagándolo, anulando cualquier vestigio de lógica. Solo existía el cuerpo de Franco, el sabor de su lubricante y la imperiosa necesidad de llevarlo al límite.

 

Franco empezó a jadear de forma errática, con las manos apretando los rizos de Kimi con una fuerza casi dolorosa, enterrando el rostro del alfa entre sus piernas. Sus muslos temblaban sin control, sacudidos por descargas eléctricas que nacían desde la base de su columna. El omega ya no contenía los sonidos; sus gemidos llenaban las cuatro paredes del dormitorio, agudos, rotos, una confesión cruda de que el alfa inexperto lo estaba destrozando a base de puro instinto y desesperación.

 

—Me voy... me voy a venir, Kimi... —advirtió Franco en un susurro ahogado, apretando los dientes mientras su vientre plano se ponía completamente rígido. —No te quites... tragátelo todo. Quiero que sientas todo lo que me hacés.

 

Kimi redobló el esfuerzo, succionando con fuerza, ignorando el dolor en la mandíbula y el calor insoportable que le recorría las venas. Sintió la primera pulsación del cuerpo de Franco, un espasmo violento que desató una nueva oleada de lubricante caliente y semen espeso directamente en su boca. Franco se arqueó por completo, despegando las caderas del colchón en un orgasmo devastador que lo dejó sin aire, temblando de pies a cabeza mientras su aroma a omega estallaba en la habitación, marcando el ambiente con una nota dulce y sofocante de pura satisfacción. El alfa se tragó cada gota de su placer, manteniendo la boca fija en su lugar hasta que el último temblor de Franco disminuyó, completamente doblegado por la intensidad del momento.

 

El estallido del orgasmo de Franco en la boca de Kimi fue el detonante definitivo. Para un alfa de diecinueve años, cuya única experiencia se reducía a fantasías solitarias y a una fijación absoluta que rozaba la locura, el torrente de sensaciones fue simplemente demasiado. El sabor denso del omega, el calor asfixiante de sus muslos aprisionándole la cabeza y la brutal sobrecarga de feromonas frutales destruyeron el último dique de su resistencia.

 

Sin haber rozado sus pantalones, sin que una sola mano tocara su pene, Kimi sintió un espasmo violento que le recorrió la espina dorsal. Su propio cuerpo, rígido y tonificado, se contrajo en una sacudida involuntaria. Una oleada de calor masivo e incontrolable brotó de su vientre, manchando la tela de su ropa interior y de sus vaqueros en una descarga dolorosa, caliente y desesperada. Kimi soltó un gemido que quedó ahogado por completo contra la piel de Franco, hundiéndose en la alfombra mientras los espasmos de su propia liberación lo dejaban completamente tembloroso, vacío y arruinado por el placer.

 

Cuando los temblores disminuyeron, el alfa levantó la cabeza de forma lenta,  con los labios brillando y los ojos dorados empañados en una neblina de sumisión y deseo insaciable. Buscando instintivamente el calor del cuerpo que lo acababa de arrastrar al cielo, Kimi se incorporó con torpeza y subió a la cama. Gateó sobre las sábanas grises, arrastrando su torso atlético hasta quedar a pocos centímetros de Franco, estirando los brazos con la desesperada necesidad de envolver la cintura del omega, de pegarse a él y marcarlo con su propio aroma.

 

Pero justo cuando los dedos de Kimi rozaron la piel de la cadera de Franco, un sonido nítido y estridente cortó la densa atmósfera del dormitorio.

 

Desde la sala, el llanto agudo y exigente del pequeño Juan Manuel rompió el hechizo. El bebé se había despertado de su siesta en el corralito, reclamando la atención de su padre.

 

Ese llanto fue la señal matemática que Franco estaba esperando. En un parpadeo, la lascivia y el abandono desaparecieron de sus ojos avellana, siendo reemplazados de inmediato por esa mirada fría, analítica y perfectamente calculadora. Con un movimiento fluido, Franco apoyó una mano en el pecho desnudo de Kimi, frenando en seco el avance del alfa en la cama.

 

—Hasta acá llegamos, Kimi. —dijo Franco. Su voz, aunque todavía arrastraba un hilo de ronquera por el orgasmo, ya había recuperado toda la firmeza dominante.

 

El omega se deslizó fuera del colchón con una parsimonia exasperante, totalmente inmune a la frustración que emanaba del alfa. Con una actitud completamente tranquila, como si no acabara de tener una sesión de sometimiento sexual absoluto en su habitación, Franco caminó hacia el armario. Tomó unos boxers limpios y se los puso con movimientos pausados, para luego recoger su camisa del suelo, sacudirla un poco y deslizarla sobre sus hombros, cubriendo de nuevo esa silueta envidiable que Kimi no dejaba de devorar con los ojos.

 

Kimi se quedó estático en medio de la cama, con el torso desnudo subiendo y bajando por la respiración agitada, sintiendo la molesta e intensa humedad dentro de sus pantalones y la dolorosa ausencia del omega. Se sentía como un despojo, un satélite orbitando alrededor de la calma imperturbable de Franco.

 

Franco terminó de abotonarse la camisa a la mitad y se giró hacia la cama, cruzándose de brazos mientras el llanto de Juan Manuel continuaba de fondo en la sala. Miró al joven alfa de arriba abajo, deteniéndose deliberadamente en el desastre de su entrepierna, y una sonrisa diminuta y cruel se dibujó en sus labios.

 

—Tengo que ir a atender a Juanma. —comentó Franco, dando un paso hacia la puerta del dormitorio. —Pero antes de que te vayas a limpiar... quiero que me escuches bien.

 

Kimi enderezó la espalda por instinto, tragando saliva, con el pánico del video regresando en una oleada helada que le congeló el rastro de calor que aún le quedaba.

 

—Te portaste muy bien, Kimi. De verdad. —continuó Franco, entornando los ojos con una suavidad falsa que ponía los pelos de punta. —Fuiste un cachorrito muy obediente y resultó que esa boca sirve para algo más que para pedir disculpas. Pero... no te confíes. Todavía estoy bastante indeciso sobre qué hacer con el video de la cámara.

 

Kimi abrió los ojos con desesperación, sintiendo que el suelo volvía a desaparecer bajo sus pies.

 

—Franco, por favor... pensé que con esto...

 

—¿Pensaste que una sola tarde iba a borrar el hecho de que te metiste a mi cuarto a robarme? —interrumpió el omega con un tono falsamente herido, aunque sus ojos brillaban con pura diversión. —No, Kimi. Sos un alfa fuerte, joven, y tenés mucho que ofrecer para ganarte mi silencio absoluto. Todavía hay muchas cosas que vas a tener que hacer por mí en este apartamento si querés asegurarte de que nadie vea lo que hacés con mi ropa sucia.

 

Franco caminó hacia la puerta, quitó el cerrojo con un clic metálico y se giró una última vez antes de salir al pasillo a buscar a su hijo.

 

—Limpiate, ponte la remera y vuelve a tu casa. Mañana cuando vuelva del supermercado te avisaré si necesito que subas las bolsas... o algo más. Chau, vecino.

 

La puerta del dormitorio se cerró con un chasquido suave, y los pasos de Franco se alejaron por el pasillo, seguidos casi de inmediato por el tono tierno y arrullador con el que empezó a calmar el llanto del pequeño Juan Manuel en la sala.

 

Kimi se quedó completamente inmóvil en medio de la cama matrimonial, flotando en el silencio repentino de la habitación. Tenía el torso desnudo cubierto por una fina capa de sudor que empezaba a enfriarse con la brisa del atardecer, y las piernas pesadas debido a la incómoda pero abrumadora humedad que empapaba sus pantalones. Cualquiera en su posición, bajo la amenaza de un video que podría arruinar su reputación y su vida universitaria, sentiría el peso del terror o la humillación.

 

Pero Kimi no era cualquiera. Kimi estaba jodidamente enfermo de amor.

 

A medida que el eco de las palabras de Franco se asentaba en su cerebro, el pánico helado que lo había paralizado al principio comenzó a mutar, transformándose en una corriente de euforia salvaje que le encendió el pecho. Una sonrisa lenta, torpe y casi desfigurada por la fascinación empezó a dibujarse en sus labios.

 

«No me va a echar. No me odia», pensó, y el corazón le dio un vuelco idéntico al de un niño en Navidad.

 

La amenaza del video, que se suponía era su sentencia de muerte, se había convertido mágicamente en su boleto de entrada al paraíso. Franco no iba a llamar a los dueños del edificio, no iba a alejarse de él, ni iba a mirarlo con asco. Al contrario: había establecido un lazo, una deuda eterna que obligaba a Kimi a volver a ese apartamento una y otra vez. Franco lo quería cerca. Franco quería seguir usando su fuerza, su tiempo, su cuerpo y, sobre todo, esa devoción ciega que el alfa inexperto apenas estaba aprendiendo a canalizar.

 

Kimi se pasó los dedos por los labios, saboreando el rastro persistente del lubricante natural del omega que aún quedaba en su boca. El aroma frutal y espeso de Franco seguía flotando en el aire, impregnado en sus rizos castaños y en su propia piel desnuda. La idea de que ese encuentro no había sido un castigo único, sino el inicio de una rutina secreta y perversa, lo llenó de un entusiasmo indomable. Estaba dispuesto a cargar mil bolsas del supermercado, a arreglar cada cañería rota del edificio entero y a arrodillarse en esa alfombra gris todos los días de su vida si ese era el precio para que Franco lo siguiera dominando de esa manera.

 

Se incorporó lentamente, estirando sus músculos tensos, sintiéndose más vivo, más alfa y, paradójicamente, más sumiso que nunca. Recogió su camiseta del suelo, aspirando el aroma de la habitación una última vez antes de ponérsela. Mientras se acomodaba la ropa y se preparaba para regresar a su propio apartamento a limpiarse, la promesa de Franco seguía resonando en sus oídos como una melodía perfecta: «Mañana cuando vuelva del supermercado te aviso si necesito que subas las bolsas... o algo más».

 

Kimi miró la puerta cerrada por la que el omega había salido, con los ojos dorados brillando en la penumbra del cuarto. Mañana no podía llegar lo suficientemente rápido.