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Akaza se removió con lentitud, sintiendo el peso de su vientre abultado, un peso que hace meses, le habría parecido una debilidad insultante, pero que ahora protegía con una ferocidad instintiva.
El nido conservaba la esencia intacta de Kyojuro.
Era un aroma embriagador como al sol de mediodía y esa calidez que mantenía a Akaza aferrado a la cordura.
La habitación estaba sumida en una penumbra meticulosamente diseñada.
No se filtraba ni un solo rayo de sol.
Había pesadas cortinas de tela gruesa y oscura que el Pilar de la Llama había clavado en los marcos de las ventanas bloqueaban cualquier amenaza letal del exterior.
Sin embargo, el lugar estaba lejos de ser un calabozo o una prisión.
Para evitar que Akaza se sintiera ahogado por la oscuridad, Kyojuro había distribuido faroles de papel y lámparas de aceite de llama baja por toda la casa.
Esas luces cálidas bañaban la madera del suelo y las paredes con un resplandor ámbar constante, imitando el calor y la presencia luminosa del mismísimo alfa.
La rutina de un día sin Kyojuro era un desafío de resistencia y soledad.
Lo primero, y lo más difícil, era alimentarse. En la pequeña mesita junto al nido, descansaba un frasco con una tapa.
Dentro, la ración de la propia sangre fresca de Kyojuro estaba perfectamente preparada y lista para beber.
Akaza desenroscó la tapa con manos temblorosas. Sus instintos demoníacos le exigían sustento, pero su biología gestante, confusa y caprichosa, se rebelaba al instante muchas veces.
Se llevó el borde a los labios y tomó un sorbo minúsculo.
El sabor metálico apenas paso por su garganta cuando una ola de náuseas lo obligó a detenerse.
Respirando entrecortadamente, volvió a tapar el frasco.
Cada gota era una victoria, pero el esfuerzo lo dejaba exhausto.
Necesitaba distraerse, alejar la mente del nudo en su estómago. Akaza sintió la necesidad de salir de la habitación para no volverse loco.
Se incorporó lentamente, sosteniendo la base de su abultado vientre con una mano, y caminó arrastrando un poco los pies sobre el tatami hasta llegar a la pequeña sala de estar.
Allí lo esperaba su guardián y única compañía. Kaname, el cuervo Kasugai de Kyojuro, agitó las alas con entusiasmo al verlo aparecer.
El ave, poseedora de una inteligencia inusual y un corazón casi tan grande como el de su amo, tenía tareas muy estrictas dictadas por el Pilar.
Su labor principal era ser el centinela absoluto de la finca.
Cada mañana debía vigilar el perímetro, asegurándose de que no hubiera intrusos, cazadores o presencias sospechosas merodeando, teniendo la orden de interceptar y despistar a cualquiera para evitar que entraran a la casa.
Además, era el seguro de vida de Akaza, si los malestares del embarazo se volvían insoportables o críticos, Kaname debía volar a máxima velocidad para informar a su amo y traerlo de regreso de inmediato.
Entre esos deberes de vida o muerte, el cuervo también servía como su mensajero secreto, entregando las pequeñas cartas que Akaza y Kyojuro se escribían desesperadamente cuando el deber los mantenía separados.
Solo cuando el perímetro estaba seguro y el omega se encontraba estable, Kaname pasaba a su misión secundaria.
Mantener a Akaza distraído, feliz y a salvo de sus propios pensamientos oscuros.
—¡Caw! ¡El bello durmiente se levanta! ¡Caw! —graznó Kaname, dando pequeños saltitos sobre la mesa baja después de haber terminado su patrulla matutina.
Akaza no pudo evitar que una pequeña sonrisa asomara en sus labios pálidos.
Se dejó caer con cuidado sobre los cojines y tomó una pequeña pelota de hilo que Kyojuro había traído para entretener al cuervo.
—No grites tanto, Kaname. Me duele la cabeza —murmuró Akaza, aunque su tono carecía de verdadera molestia. Lanzó la pelotita rodando por la mesa.
Kaname corrió tras ella, atrapándola con el pico y lanzándola de vuelta hacia las manos del demonio con un movimiento cómico que hizo reír a Akaza.
Pasaron un buen rato así, inventando juegos simples.
A veces Akaza escondía una moneda bajo uno de los tres cuencos de madera y el cuervo debía adivinar dónde estaba, graznando triunfante cuando acertaba y exigiendo caricias en su plumaje negro azabache, las cuales Akaza proporcionaba con una suavidad que el antiguo demonio jamás creyó poseer.
Otras veces jugaban juegos de mazos de cartas, aunque Akaza era bastante bueno con esos juegos, ni siquiera Kyojuro lograba derrotarlo la mitad de veces.
También disfrutaban de jugar juegos de mesa como Go o el Shogi.
—¿Crees que tarde mucho hoy, Kaname? —preguntó Akaza, deteniendo el juego por un momento, con la mirada perdida en la puerta corrediza.
—¡Tiene una misión al norte! ¡Pero el amo vuela rápido a su nido! ¡Caw! ¡Kyojuro siempre vuelve! —respondió el cuervo, frotando su cabeza contra los nudillos de Akaza para reconfortarlo.
—Lo sé. Solo... se siente demasiado silencioso sin él. A veces odio lo ruidoso que es, pero ahora lo extraño. Es un idiota temerario, pero....es mi idiota. —Akaza suspiró, sintiendo el vacío en su estómago transformarse en un dolor sordo—. Supongo que debería intentar comer lo que dejó.
Kaname voló hasta la cocina donde descansaban unos platos ya preparados, picoteando el borde para animarlo.
Antes de irse, Kyojuro había cocinado con extrema dedicación.
El Alfa esperaba que la comida humana fuera más fácil de digerir para el inestable sistema de su amado.
Akaza tomó la nota que estaba cerca de la comida y la leyó con calma.
¡Buenos días!
Noté que ayer tu estómago aceptó muy bien el tofu, así que te dejé una porción fresca y lista para ti. Tengo que encargarme de una misión rápida en el sector norte, ¡pero te prometo que regresaré a tu lado antes de que te des cuenta, mi amada Luna!
Tómate tu tiempo y recuerda comer despacio, no hay ninguna prisa. Los amo.
Con todo mi amor, tu amado Kyojuro ~
Akaza sonrió y se sirvió un poco en un cuenco pequeño.
El calor del alimento se sentía bien en sus manos frías, y el esfuerzo que Kyojuro había puesto en cocinarlo le estrujó el corazón.
Tomó los palillos con manos temblorosas y llevó el primer bocado a su boca. Masticó despacio.
Luego continuo con algunos otros bocados. Pero la tregua duró apenas unos minutos.
Su biología demoníaca, en plena guerra con su estado de gestación, se rebeló violentamente.
Un asco profundo y abrumador le subió por la garganta. Akaza soltó los palillos y empujó el cuenco lejos de sí, cubriéndose la boca mientras respiraba entrecortadamente para reprimir las náuseas.
Pero Akaza no pudo soportarlo más y termino vomitando lo que Kyojuro con tanto amor le había preparado.
El fracaso lo golpeó más fuerte que cualquier espada. Se sentía patético, débil e inútil.
¿Cómo iba a nutrir a su cachorro si su propio cuerpo rechazaba tanto la sangre como la comida de su alfa?
Un nudo doloroso se formó en su garganta. Llevó una mano temblorosa a sus ojos, cubriendo su rostro mientras las lágrimas de frustración y culpa amenazaban con desbordarse.
—No puedo... ni siquiera puedo hacer esto bien... —sollozó en un susurro ahogado.
Kaname voló de inmediato hacia él.
El cuervo aterrizó suavemente en el regazo del omega y comenzó a frotar su suave cabeza cubierta de plumas contra el pecho y el vientre de Akaza, emitiendo un arrullo bajo y vibrante, muy distinto a sus habituales graznidos estridentes.
—¡Akaza es fuerte! ¡Caw! ¡El cachorro está bien! ¡Eres un buen omega! —le consolaba Kaname, empujando suavemente el brazo de Akaza con el pico hasta que este bajó la mano y acarició las plumas del ave, encontrando un pequeño consuelo en la lealtad del animal.
El débil Omega tuvo que limpiar su desastre, aguantando las ganas de volver a llorar por no poder retener la comida preparada de su Alfa.
Derrotado y con la energía completamente drenada, Akaza se puso de pie con dificultad.
Acarició la cabeza de Kaname una vez mas y caminó a paso lento de regreso a su habitación, bañado por las tenues luces de los faroles.
Al llegar, se dejó caer de rodillas junto a un pequeño cajon de madera.
Lo abrió y, con manos reverentes, sacó un diminuto gorrito de algodón blanco que Kyojuro había comprado.
La tela era increíblemente suave. Akaza volvió a arrastrarse hacia el centro de su nido, acurrucándose entre las gruesas mantas.
Apretó la pequeña prenda contra su pecho y apoyó la otra mano sobre su vientre, trazando círculos lentos.
En medio de su angustia por no poder alimentarse, se permitió imaginar.
¿Tendría el cachorro el cabello indomable y las llamas en los ojos como su padre? ¿O heredaría las marcas de su piel?
El amor que sentía por esa vida que crecía en su interior era tan inmenso que casi dolía.
Al no poder recibir nutrientes, su cuerpo recurrió a su último mecanismo de defensa para mantener a salvo al bebé.
Dormir.
El sueño profundo era su única forma de preservar energía. Akaza sintió cómo los párpados le pesaban como plomo.
Giró levemente el rostro hacia la pared, donde el reloj de de madera que marcaba el paso del tiempo con un ritmo hipnótico.
Tic, tac. Tic, tac
Ansiaba con toda su alma escuchar el sonido de la puerta abriéndose anunciando el regreso de su alfa.
Abrazando el gorrito de su hijo, envuelto en el aroma a sol, y bajo la cálida luz de los faroles, Akaza
cerró los ojos dejándose hundir en un sueño profundo y reparador, esperando pacientemente a que Kyojuro volviera a casa para volver a sentirse completo.
