Chapter Text
Me acerqué a la mesa prácticamente haciendo malabares. En la mano izquierda, mi charola de comida; en la derecha, un Boing de mango, mi celular y mis llaves, que tintineaban al chocar contra mi llavero de Nagi de Blue Lock. Estaba ansioso por volver a los entrenamientos después de mis largas vacaciones, no era queja. No es por presumir, pero me puse al corriente con el arco de Egghead en mis vacaciones, así que me sentía bastante realizado.
Llegué a la mesa donde mis demás compañeros del equipo rojiblanco ya estaban instalados. Divisé al Piojo, que estaba sentado en medio de todos con su habitual cara de no entender lo que se discutía en la mesa, pero con una energía que compensaba su falta de neuronas.
Estaba ansioso por conocer y convivir con grandes figuras del fútbol, pero sobretodo me sentía honrado por haber sido llamado para representar a mi país. Hoy al fin empezaban los entrenamientos con la playera del Tri.
—Hola, hermano, ¿qué comes? —pregunté, sentándome con cuidado de no tirar mi jugo.
El Piojo me miró, con un pistache a medio camino de la boca.
—Mmm, pistaches en salsa verde. Lo mejor de lo mejor, pura vitamina pa'l cerebro.
—Estoy seguro de que eres la única razón por la que preparan eso en la cafetería. —Dije haciendo una mueca de disgusto.
Antes de que pudiera analizar si los pistaches en salsa verde tenían algún beneficio nutricional real, una voz que sonaba como si estuviera saliendo de un anuncio de una marca de ropa cara se coló en mi espacio personal. Ya, pues este para mi era lo que Sasuke Uchiha era para Naruto, mi mayor rival.
No tenía idea de porque pero nunca habíamos congeniado bien, desde el primer momento en que nos asignaron como compañeros de cuarto en el Club de Chivas supe que no nos llevaríamos nada bien, su voz era como un chirrido, insoportable.
—Ew, ¿qué es eso? parece comida de perro, so gross.
Ah, y si, era nuestro Santi, con la excepción de que este se llamaba Brian, estoy seguro que sus padres no le pusieron Santi porque el 90% de los hijos de sus amigos ya se llamaban así. Tenía unos grandes ojos hazel, fascinantes, que brillaban más que su orgullo, eso es bastante déjenme aclarar. Se sentó al otro lado del Piojo como si estuviera esperando a que alguien desinfectara la mesa con cloro industrial.
—¿Qué comerás tú hoy, güero? —le dijo el piojo, dándole un trago a mi Boing, antes de que pudiera reclamar—. ¿Rib-eye? ¿O te trajeron tu ensalada de aire orgánico?
Brian soltó una risita aguda, mirándolo como si el Piojo fuera un espécimen extraño en un museo.
—Actually, hoy pedí un bowl de quinoa con salmón wild-caught que me mandó mi personal chef.
El Piojo soltó una carcajada que sonó a motor viejo intentando arrancar.
—¿Qué dijo? ¿Que tiene hambre? ¡Pues que coma, no que hable!
Era de conocimiento público en el Club Rojiblanco que no podíamos compartir ningún espacio fuera del juego. Habíamos sido compañeros de habitación por un corto tiempo, cuando Brian era el recién llegado al club. Ya hacía un año desde aquella pelea que tuvo como consecuencia que a ambos nos asignaran a otros compañeros de habitación.
De nuevo volvimos al punto inicial, los organizadores nos habían asignado como compañeros de habitación para este mundial, el público y al parecer todos los ajenos a nuestra Liga creían que éramos buenos amigos, así que en sus cabezas, la idea de que fuéramos compañeros de habitación, era increíble. Ahora que ambos estábamos en la Selección Mexicana no podíamos protestar incluso si quisiéramos, esto era por nuestro país.
Compartir habitación con este descerebrado era un sacrificio incluso mayor que el que hizo Juan Escutia en 1846, si me lo preguntan.
Ganó la patria.
—¿Tan difícil era decir que no querías el número?
—No me preguntaron.
—Pero lo aceptaste.
El origen de aquella rivalidad podía resumirse en esa conversación.
Brian había llegado como el fichaje estrella de la temporada y, apenas una semana después, ya llevaba mi número en la espalda. El número que había usado desde los 15 años. El que soñé con defender cuando llegara al primer equipo.
Nunca me consultaron. Nunca me dieron una explicación.
Simplemente un día entré al vestidor y vi mi casillero vacío.
Después llegaron otras cosas. Entradas innecesarias durante los entrenamientos. Comentarios que siempre parecían tener doble intención. Discusiones por cualquier estupidez.
Y nosotros, siendo incapaces de ignorarnos.
Casi todas nuestras discusiones terminaban igual: empujones, golpes y un regaño monumental por parte del entrenador.
Lo sorprendente no era que nos separaran de habitación. Lo sorprendente era que hubieran tardado tanto en hacerlo.
La llegada a las habitaciones fue otro choque de realidades. Mientras los demás del equipo soltaban las maletas, yo estaba en un rincón, con el teléfono en alto buscando desesperadamente una rayita de señal. Mis ojos apenas parpadeaban; necesitaba que el Wi-Fi estabilizara la carga del nuevo capítulo de One Piece en Crunchyroll, pero la conexión era un desastre.
—¡No puede ser! —murmuré, golpeando suavemente el teléfono contra la palma de mi mano—. Si no carga ahora, me voy a spoilear todo en Twitter.
—No mames, eres un caso perdido. —Dijo el piojo.
Mientras yo vivía mi propia tragedia digital, Brian estaba haciendo un berrinche digno de una película. Caminaba de un lado a otro de la habitación, mirando las paredes como si estuvieran infestadas.
—O sea, ¿es broma, verdad? —decía Brian, pasando un dedo por el borde de la cama—. El espacio está súper limited, la ventilación es súper poor, esto no está nada on par con lo que esperaba. Aparte tendré que compartir habitación con este otaku.
Hablaba como idiota, una palabra más en inglés y le rompo la mandibula.
El Piojo, que estaba tirado en una de las camas, soltó una carcajada mientras se rascaba la panza.
—¡Ya bájale, güero! ¿Qué esperabas? ¿Un castillo con mayordomos? Es una concentración de futbol, no un hotel cinco estrellas en Dubai, ponte trucha.
Raúl Rangel, que había estado observando todo con mucha calma mientras desempacaba sus cosas, se acercó a la ventana para checar la vista y luego miró a Brian.
—La verdad es que está bastante bien, no le busques tres pies al gato —dijo Raúl, tranquilo—. Ah, y recuerden no pelear mucho frente a los demás. Estas tonterías marcan a nuestra rojiblanca.
Brian se detuvo en seco, miró a Raúl y asintió con una mezcla de fastidio.
—Pues ve acostumbrándote —soltó el Piojo mirándome con una sonrisa socarrona—. Aquí se comparte todo, hasta el aire. Mucha suerte, no peleen demasiado.
El Piojo se acercó a Brian y lo rodeo con su brazo derecho por la nuca mientras lo despeinaba.
—¡No, no, no! ¡Mi pelo, me acabas de arruinar el look! —gritó Brian, intentando soltarse del agarre mientras sus ojos verdes echaban chispas.
—Una palabra más en inglés y morirás. —Amenacé.
Me reía al ver como Brian estaba rojo de la furia, agitando los brazos.
[...]
Cuando regresamos a la habitación después de cenar, pensé que el resto de la noche transcurriría en paz. Fue un error pensar eso cuando tenía a Brian Idiota Gutiérrez compartiendo habitación conmigo.
—Hace frío.
Levanté la vista de mi teléfono.
—¿Y?
¿Es enserio? ¿Este idiota se atrevió a interrumpir mi momento sagrado viendo Naruto?
—Que hace frío. —Repitió como si yo fuese estúpido o tuviese un retraso mental.
—Ya te oí. —Gruñí—. El Señor inteligencia acaba de descubrir como funciona el aire acondicionado, ¡que sorpresa!
Brian soltó un suspiro exasperado, tomó el control y le subió un par de grados.
Yo esperé a que se sentara en su cama para volver a bajarlos.
—¿Qué haces?
—Arreglarlo.
—Lo acabas de mover.
—Porque tú lo moviste primero.
—Porque me estaba congelando.
—Ponte una sudadera.
—No voy a dormir con sudadera.
—Pues yo no voy a dormir sudando.
Durante los siguientes cinco minutos el control remoto cambió más de dueño que el balón en un partido amistoso.
Al final terminamos dejando una temperatura que no convencía a ninguno de los dos.
Lo que, supuse, era lo más cercano a un compromiso que podíamos alcanzar.
Me encerré en el baño para lavarme los dientes.
Mientras me observaba en el espejo, llegué a la misma conclusión a la que siempre llegaba.
Lo odiaba.
Lo odiaba porque me había quitado mi número.
Lo odiaba porque siempre parecía tener algo que decir.
Lo odiaba porque era insoportablemente competitivo.
Y lo odiaba porque, de todas las personas del mundo, era con él con quien me habían obligado a compartir habitación.
Volví a salir.
Brian ya estaba acostado.
Apagamos la luz.
Cinco segundos después, volvió a encenderse.
—¿Qué haces? —pregunté.
—No encuentro mi cargador.
Apagué la luz otra vez.
Se volvió a encender.
—Brian.
—Ya casi.
La apagué.
La encendió.
La apagué.
La encendió.
La apagué.
La encendió.
—Te juro que si vuelves a...
Click.
La habitación quedó completamente oscura.
Los dos nos quedamos en silencio.
—¿Acabas de fundir el foco? —preguntó Brian.
—¿Yo?
—Tú eras el que estaba jugando con el interruptor.
—¡Tú también!
—Pero tú empezaste.
—¡Tú lo encendiste primero!
—Porque buscaba mi cargador.
—Pues ahora búscalo en la oscuridad.
Hubo unos segundos de silencio.
—Lo encontré.
—Te odio.
—Buenas noches para ti también.
[...]
A las cinco de la mañana sonó una alarma.
A las cinco con cinco sonó otra.
A las cinco con diez, otra más.
A las cinco con quince, otra.
Abrí los ojos cuando algo impactó contra mi almohada.
Era una de las almohadas de Brian.
—¿Qué demonios?
—Apaga tus alarmas.
—Ya me voy a levantar.
—Llevas diciendo eso veinte minutos.
—Necesito varias para despertar.
—Necesitas ayuda profesional.
Volví a cerrar los ojos.
A las cinco con veinte sonó otra alarma.
Y otra.
Y otra.
Finalmente, escuché pasos acercándose.
Mi celular desapareció de la mesa de noche.
Abrí un ojo.
Brian lo sostenía en la mano.
—Devuélvemelo.
—No.
—Brian.
—No.
—Brian.
—No.
—Es mi celular.
—Y son mis ganas de dormir.
Lo observé durante varios segundos.
—¿Qué propones entonces?
—Yo me despierto antes que tú todos los días.
—¿Y?
—Yo te levanto.
—¿Gratis?
—No.
Eso debió alertarme.
—¿Qué quieres?
Brian señaló mi tablet.
—Dejas de desvelarte viendo caricaturas japonesas.
—No son caricaturas.
—Lo son.
—No lo son.
—Lo son.
—No lo son.
—Hormiga, anoche te dormiste viendo a un tipo con cabello azul peleando contra un dragón espacial.
—Eso no reduce su valor artístico.
Brian se quedó callado un segundo.
—Caricaturas japonesas.
Lo odiaba.
Pero, considerando que la alternativa era escuchar ocho alarmas cada mañana, terminé extendiéndole la mano.
—Trato.
Brian la estrechó.
—Trato.
[...]
Unos días después de nuestro partido contra Corea, toda la selección cenaba reunida en uno de los salones del hotel.
Las mesas estaban acomodadas en una larga fila. De este lado nos habíamos sentado varios de los que jugábamos en el Club Rojiblanco. Entre ellos estaban caras que conocía desde hacía años, y frente a nosotros algunas que eran nuevas, la conversación había terminado girando alrededor de lo mismo de siempre: fútbol, tácticas y quién había cometido más errores durante el entrenamiento de esa mañana.
—Nos van a venir a visitar unos chicos mañana —comentó Gil de repente.
La conversación continuó durante unos segundos. Nadie pareció prestarle demasiada atención.
—¿Qué chicos? —preguntó Memo Ochoa.
Sentado a su lado, Gil levantó la vista. Memo Ochoa que siempre estaba pendiente de él. Supongo que era inevitable. Gil era el más joven de toda la selección y Memo Ochoa el mayor, así que la dinámica entre ellos era parecida a la de un padre y su hijo adolescente.
—Un grupo que canta y baila o algo así —explicó Gil—. Van a convivir con nosotros y vamos a firmar unas playeras.
—¿Qué son? ¿One Direction o qué? —bromeó el Piojo.
Gil levantó la vista de inmediato.
—No. ¿Qué es One Direction?
El silencio fue sepulcral.
Varios de los que estábamos en ese lado de la mesa dejamos de hablar al mismo tiempo.
Brian y yo tuvimos reacciones parecidas. Casi nos atragantamos con la comida mientras buscábamos desesperadamente nuestros vasos de agua.
—¿Qué dijiste? —pregunté.
—Que no son One Direction —respondió Gil, confundido—. No sé qué es eso.
—¿No conoces a One Direction? —preguntó el Piojo.
—No. —Dijo como si fuera algo obvio.
—¿Cómo que no?
—No sé quiénes son.
Las miradas de horror comenzaron a aparecer alrededor de la mesa.
—Tengo entendido que va a venir un grupo que se llama Santos Bravos —continuó Gil—. Es algo así como el K-pop, creo. A mi hermana le gusta el K-pop.
El Piojo lo observó como si acabara de confesar un crimen.
—¿Cuántos años tienes como para no conocer a One Direction?
—Diecisiete.
—Eso no explica nada.
—¿Nunca has escuchado una canción de ellos? —pregunté.
Gil frunció el ceño.
—¿De quiénes?
Las expresiones de incredulidad fueron inmediatas.
—No puede ser.
—Está mintiendo.
—Dime que estás bromeando.
Gil empezó a mirar alrededor de la mesa como si todos hubiéramos perdido la cabeza.
Y es que era verdad. Solo tenía diecisiete años, pero no conocía a One Direction. Incluso yo, que jamás fui fan, sabía quiénes eran. Fueron un fenómeno mundial.
—Harry Styles. —Solté.
—¿Quién?
—No puede ser.
—¿Zayn?
—Tampoco.
—¿Louis?
—¿Es un futbolista?
—Algo así. —Escuche del otro lado de la mesa.
—¡POR EL AMOR DE DIOS, GIL! —Añadió Mateo.
