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Entre la lealtad y los cojines de terciopelo

Summary:

Ver a los hermanos Arseni pelear por el control del sofá como si todavía fueran unos niños transporta a Mok al día en que llegó a la mansión. Una mirada al pasado que demuestra que, aunque ahora vistan de traje y manejen un imperio, la disputa por su atención nunca ha terminado realmente.

Notes:

Hola

Estoy aún en la resaca de amor de Peach and Me 🥰🥰🥰🥰🥰. No puedo con todo lo que aconteció en el primer capítulo. Ame ver a cada pareja ir tomando su camino en la historia.

Pero si ame algo sobre todo eso, fue la dinámica de lo chicos Arseni jajaja no puedo, los amo demasiado.

Así que tenía que escribir este pequeño drabble, espero les guste y ahora sí, me voy de regreso a mis historias en progreso.

Chao.

Son bienvenidos los comentarios y los kudos.

Gracias por leer. ♥️💙

Work Text:

20260711-190542

 

Ver a dos hombres adultos, vestidos con trajes hechos a medida y capaces de cerrar tratos con los capos mas poderosos con una sola mirada, rodar por el pequeño sofá de dos plazas de la sala principal como un par de cachorros torpes era, cuanto menos, un espectáculo digno de contemplar.

 

—¡Ya basta, P'Kian! Yo llegué primero, este lado tiene mejor ángulo hacia la televisión —se quejó Rome, intentando empujar a su hermano mayor con el hombro sin perder su propia posición.

 

—Claro que no. Yo me senté antes de que fueras al refrigerador por esa ridícula caja de jugo —replicó Kian, afianzando las rodillas en el cojín y usando todo su peso para ganarle terreno—. Además, eres el menor, respeta la jerarquía del sofá.

 

Mok observaba la escena desde su posición habitual cerca de la entrada del salón, con los brazos cruzados sobre el pecho y una ceja ligeramente alzada. Una pequeña y casi imperceptible sonrisa curvó sus labios. Verlos pelear por el espacio más cómodo del salón, ignorando por completa la madurez que se suponía que poseían, activó un recurso en su memoria. De pronto, el peso de los años se desvaneció y Mok se encontró recordando la mismísima tarde en que sus caminos se cruzaron por primera vez.

 

En aquel entonces, la mansión Arseni le parecía un laberinto gigante y aterrador. Mok era solo un niño callado, con las manos metidas en los bolsillos de un pantalón que le quedaba un poco grande, parado en el centro de ese mismo salón mientras dos pares de ojos curiosos lo examinaban de arriba abajo.

 

—Mamá lo trajo para que me hiciera compañía a mí, P'Kian —dijo un Rome al que le faltaban los dientes de enfrente, dejando ver una adorable ventana mientras señalaba a Mok con entusiasmo.

 

—No, Mok está aquí para entrenar conmigo y ser mi futura mano derecha —respondió Kian, ensayando desde su corta edad esa postura firme y autoritaria que ahora dominaba a la perfección.

 

—¡No es justo! ¡Él va a ser mi compañero de juegos! —había protestado el pequeño Rome, cruzándose de brazos y plantándose frente a Mok con la barbilla en alto—. Ya decidimos que seremos un equipo para ganarte a ti en las escondidas.

 

Mok recordó la calidez que lo inundó en ese instante. Llegar a un lugar desconocido como un niño huérfano era una experiencia abrumadora, pero los hermanos Arseni, lejos de ignorarlo o tratarlo como un extraño, se habían enfrascado en una discusión caótica por ver quién se quedaba con su atención. Rome lo jalaba de la manga izquierda prometiéndole mostrarle sus juguetes, mientras Kian observaba todo con una madurez impostada, repitiendo que Mok tenía deberes importantes que cumplir a su lado.

 

Al final, el destino había complacido a ambos. Mok creció para convertirse, tal como Kian predijo, en su mano derecha más leal y en un pilar inquebrantable para los negocios de la familia. Pero también se había convertido en el protector y amante silencioso de Rome y en el cómplice que equilibraba las dinámicas de ambos hermanos.

 

—¡Mok, dile que se mueva! —el grito de Rome lo trajo bruscamente de vuelta al presente.

 

Kian ahora tenía a Rome sujeto en una llave de cabeza bastante floja, mientras Rome intentaba alcanzar un cojín para asfixiar a su hermano. Ambos miraban a Mok con los mismos ojos suplicantes que usaban cuando eran niños y querían que interviniera en sus disputas.

Mok dio un paso al frente, ajustándose el saco del traje. Su rostro recuperó la seriedad profesional de siempre, pero sus ojos seguían brillando con ese afecto fraternal que solo ellos lograban evocar.

 

—Jóvenes amos —dijo Mok, con voz clara y calmada—. Si continúa destruyendo la tapicería del sofá, tendré que informarle a su madre. Y todos sabemos quién tendrá que ir a elegir el nuevo diseño con ella el próximo fin de semana.

 

El efecto fue inmediato. Como si los hubieran salpicado con agua fría, Kian y Rome se congelaron. Se miraron el uno al otro, luego miraron a Mok, y finalmente se separaron con una rapidez asombrosa, alisándose las camisas y sentándose uno al lado del otro con una postura impecable, dejando un espacio perfecto en el medio.

 

—No pasa nada, Mok. Solo estábamos... comprobando la resistencia del material —declaró Kian con total seriedad, recuperando su postura de líder.

 

—Sí, un control de calidad de rutina —secundó Rome, sonriendo con todos sus dientes, aunque la ventana de su infancia ya había desaparecido hacía mucho tiempo.

 

Mok ascendió una sola vez, complacido, y regresó a su puesto. Los hermanos Arseni pudieron haber crecido, tener responsabilidades enormes y cargar con el peso de su apellido, pero mientras seguían peleando por tonterías y buscando su aprobación con la mirada, Mok sabía que el niño que alguna vez llegó a esa casa siempre tendría un hogar al cual proteger.