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El aire era frío, casi podía saborear los copos de nieve en la corriente, iba hacia el sur a dirección contraria donde estaba su mirada fija en el interior del bosque.
A su espalda se alzaba lo que siempre había conocido, las mismas casas, las mismas caras, unidos en un valle alejado de cualquier carretera, de cualquier otra civilización, una fogata enorme y unos cantos que sabía eran altos pero escuchaba lejanos.
Si lo descubren, si alguien entraba a la casa y no estaba dormido en su cama, si alguien volteaba por casualidad y lo veía ahí parado con una mochila en la espalda y zapatos, lo van a castigar.
Le pondrían las manos en las piedras del fuego, lo azotarian hasta que su espalda sangrara a carne viva, lo pisaran contra el suelo que está planeando abandonar, escapar de su hogar.
No puede mirar atrás, no puede dar ni un solo paso ni siquiera para tomar impulso, sus ojos no se pueden desviar de la oscuridad tenebrosa de un bosque que amenaza con tragarlo vivo sin que nadie lo escuche gritar por ayuda.
Respira hondo, está esperando el momento adecuado, cuando sus pasos no sean escuchados para que nadie lo atrape, nunca fue muy atlético, fue elegido como ayudante del pastor por pura compasión antes de ser ahogado en el río. Con las piernas largas y torpes, con los huesos frágiles y un cuerpo que no ganaba músculo sin importar cuántas flexiones hizo bajo la lluvia. Lo atraparon con facilidad si es escuchado, lo arrastrarian del cabello de vuelta a la tierra que crece raíces alrededor de sus piernas hasta subir a su cadera.
Los tambores empiezan a sonar, no puede arrepentirse, no puede dudar, no puede fallar, baja en movimientos sutiles, intentando no captar la atención de nadie, siente la tierra y la hierba húmeda, tiene que hacer sus pasos firmes, largos. No se puede tropezar, no puede caer, no puede detenerse por aire, aunque sus pulmones ardan, aunque no sienta las piernas.
Cierra los ojos, allá afuera podría morir.
Pero si se queda, va a morir.
Traga saliva cuando los tambores empiezan a tomar rapidez y las voces de los hermanos mayores y los ancianos son más altas, sus brazos tiemblan, su piel se eriza.
Los fuegos artificiales empiezan.
El primer impulso es instintivo, es como si su cuerpo funcionara por cuenta propia, se golpea con algunas ramas pero ninguna se rompe afortunadamente, pisa charcos de agua, esquiva las cuerdas que sabe donde se encuentran, con más rapidez de la que esperaba siente que el aire no le entra al pecho.
Pero solamente lo hace correr más rápido, sabe que el camino más cercano está lejos de la comuna, sabe que si ve atrás no debió de avanzar más de dos kilómetros, que aún verá las luces.
Las explosiones son altas, las escucha como el latido de su corazón, sus muslos amenazan con dejarlo caer, su abdomen está tan apretado, sus manos arden por los cortes de las espinas de las ramas.
Siente su ropa empaparse por la nieve, su cuerpo tiembla de frío pero siente como si tuviera los músculos en llamas.
Se agacha, corre sin ir en línea recta, aunque sea rápido, aunque sea más fácil, lo tendrían más rápido, así que va por los terrenos complicados, por donde las rocas lo hacen tropezar y aún perdiendo el equilibrio no deja de correr, ni con sus piernas suplicando un descanso o la oscuridad de su cabeza que le empieza a nublar la vista, no puede detenerse.
Si alguien lo viera, no lo reconocerían, nunca había corrido tanto.
Aunque intenta ser silencioso ha empezado a respirar por la boca, siente como si se pegara su garganta, su pecho se contrae con violencia a cada paso que da, estira las manos hacia enfrente cuando los árboles empiezan a ser menos densos, puede ver el camino entre las ramas.
Son solo unos segundos más, la adrenalina le da un último impulso.
Las campanas empiezan a sonar, se han dado cuenta.
Pero suenan tan lejos cuando su cuerpo es escupido del bosque hacia el camino, rueda hasta el otro extremo por la inercia.
Sus uñas marcan el camino intentando detener su avance mientras se queja, está sin respiración, su visión es tan reducida, tiene tierra en la cara y rasguños en la cara mientras ve para atrás. No se ve nadie cerca pero las campanas suenan como fantasmas en el bosque, no sabe de donde vienen, es como si vinieran de todos lados, de su propio pecho.
Ponerse de pie no va a ser fácil, pero no puede quedarse ahí esperando que llegue uno de los hermanos y lo arrastre como las sombras en las historias que le contaban a los menores.
Está de rodillas, con sus muñecas aún en el suelo, vomita pura saliva, su cuerpo entero temblando, suplicando porque se rinda, ve lo que ha salido de su boca sin emoción, tiene que irse, tiene que esconderse, tiene que cubrirse para desmayarse o será encontrado.
No puede ser encontrado, no quiere morir.
Se levanta lentamente, con el suelo jalando de sus raíces rotas para atarlo a la tierra, se levanta como un moribundo viendo al suelo, apenado de sus dioses que lo ven con curiosidad desde los cielos, el débil ha logrado huir.
Cuando sus pies cargan con todo su cuerpo levanta la cara, sus ojos son inexpresivos, no siente su rostro y sabe que su cuerpo sigue moviendo buscando equilibrarse.
Sonríe con una sola comisura antes de darse la vuelta y empezar a caminar hacia un bosque que nunca había explorado, siguiendo a ciegas lo que su sentido se orientación le dice, tocando los árboles para no caerse, se mete a una madriguera grande cuando ya no puede más, su cabeza golpea el suelo al caer desmayado.
Pero su corazón late, como las campanas a la lejanía mientras gritan su nombre.
