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Elizabeth no se molestó en abrir los ojos cuando se despertó, limitándose a envolverse perezosamente con las mantas que la cubrían. La luz que entraba a través de la ventana apenas cubierta por el visillo y un intenso dolor de cabeza se encargó de recordarle la gran fiesta que habían celebrado en la oficina la noche antes.
Cinco años atrás, cuando apenas acababa de llegar a Nueva York desde su Kentucky natal para dedicarse a su gran pasión, el periodismo, preparando un artículo sobre el deplorable estado y trato a los enfermos del Hospital Metropolitano, había contactado con Jessica, una paciente cuya hija había desaparecido. Incapaz de dejar el asunto atrás, al volver para tratar más con ella del asunto descubrió que había muerto de manera repentina. Finalmente, lo que parecía un triste caso de desaparición infantil, acabó siendo una gran trama de trata de personas.
Durante una investigación que estuvo a punto de costarles todo tanto a ella como a su compañero Edmund Davis, lograron sacar a la luz la implicación del en ese momento popular concejal y candidato a la reeleción Steven Harris. Tras un juicio público que finalmente falló a su favor, creyeron que todo había terminado pero… el oportuno suicidio del político les hizo intuir que había algo mucho más oscuro que todavía no había sido desenterrado.
Con la fiscalía investigando la desaparición de todas esas niñas a manos de Steven Harris, Elizabeth y Edmund se centraron en ir tirando del hilo suelto en el “suicidio” del político: el arma supuestamente empleada para dar fin a su propia vida no era la que aparecía a su nombre. Pero mientras que el departamento legal de Nueva York, obligado a atenerse a las formas legales de obtener información, no pudo ir más allá de la implicación del político con el caso de los secuestros, los reporteros descubrieron que Steven Harris había creado una organización llamada “Fundación de Caridad del Tigre”, que en realidad resultó ser un grupo creado para la evasión de impuestos y blanqueo de capitales para sus miembros, formado por políticos y empresarios que no dudaron en hacer uso de toda su artillería contra ellos para evitar que pudiese salir algún otro trapo sucio a la luz. Pero dentro de esa oscura fundación se escondía algo peor: un subgrupo llamado “Tammany Hall”. Estos, además de llevar a cabo las actividades delictivas de carácter económico, eran los verdaderos cerebros en la trata de personas y quienes estaban detrás del asesinato de Steven Harris. En ella, además de algunos influyentes políticos, se encontraban también los líderes de la familia Juliano, la más poderosa de las mafias italianas de la ciudad.
La investigación se tornó extremadamente peligrosa. Elizabeth era muy consciente que si bien ella era quien dirigía la investigación, de no haber sido por la posición económica y social de Edmund, conocido playboy millonario, que le facilitaba unos recursos y contactos de los que ella carecía, posiblemente habría acabado muerta en algún callejón o alguna cosa peor. Y no es que a él le hubiese resultado fácil: hubo muchos que le dieron la espalda o que incluso trataron de hundirle a base de calumnias. Pero pese a todo ninguno de los dos había abandonado en su empeño por descubrir la verdad y tras muchos meses de investigación, situaciones de peligro, amenazas de muerte, un par de “oportunos” accidentes y mucha perseverancia, finalmente lo consiguieron: las pruebas que demostraban la implicación de los miembros de “Tammany Hall” en el asesinato de Steven Harris y de haber continuado con la trata de personas.
Gracias a su investigación y su colaboración con la fiscalía, todos los responsables habían sido procesados y condenados según su grado de participación. Los Juliano, los responsables más directos de los crímenes, no fueron una excepción. Tanto Davis como ella estaban convencidos de que acabarían teniendo que irse de Nueva York si no querían acabar con unos zapatos de cemento en el fondo del río o formando parte de los cimientos de algún edificio en construcción, pero en cuanto los mafiosos cayeron en desgracia y perdieron su posición de liderazgo con respecto al resto de las Familias, los “accidentes” y las amenazas desaparecieron. Y no solo eso, sino que todos aquellos ricos y poderosos que se alejaron de Davis, volvieron a ofrecerle oportunamente su apoyo. Elizabeth se había mostrado partidaria de decirles claramente por dónde se podían meter su renovada amistad pero Edmund, más acostumbrado a esos niveles de falsedad e hipocresía, le recordó que había que tener amigos hasta en el infierno y fingió ser tan amistoso con ellos como ellos se mostraban con él.
Para los periodistas, haber sacado la verdad a la luz y haber podido ofrecer paz a las familia de las víctimas era suficiente recompensa… pero cuando les notificaron que habían sido premiados con el premio Pulitzer por Servicio Público por su trabajo, apenas fueron capaces de creérselo. Aún no se habían cumplido 20 años desde la creación de los premios, pero ya era considerado todo un honor recibirlo.
A la ceremonia habían acudido aquellos que habían estado a su lado desde que el Gotham Times era considerado un simple periódico de tercera y apenas contaba con una plantilla reducida al mínimo imprescindible. Actualmente estaba entre los más vendidos y el galardón no había hecho sino aumentar aún más su prestigio y todos los días recibían numerosas solicitudes de gente deseando formar parte de ese noticiero que destacaba entre todos por su honestidad y su rigurosidad periodística a la hora de informar a sus lectores.
Tras la ceremonia Davis, como premiado y propietario del periódico, había organizado su propia fiesta en la oficina y no había escatimado en gastos, más ahora que la ley seca había terminado hacía varios años y podían hacerlo de modo legal.
Elizabeth se giró torpemente sobre el colchón, con un ligero gruñido de incomodidad y apartando un par de mechones rubios que se le habían pegado en los labios. No recordaba cuando había sido la última vez que había bebido tanto. Nunca había sido especialmente aficionada, pues la prohibición empezó cuando ella solo contaba con 14 años y aunque sí había probado el alcohol (¿qué adolescente de granja no se había embriagado con los licores caseros secretos de sus familiares y vecinos?) nunca le había resultado algo llamativo. Pero la noche anterior, entre el buen ánimo, el ambiente y la calidad de las bebidas, que le resultaron especialmente deliciosas, se había dejado llevar más de la cuenta.
Un escalofrío le hizo recordar que aún estaban en abril, que las mañanas eran frescas y su casera no era muy partidaria de gastar dinero en encender la calefacción salvo casos muy extremos, por lo que intentó enroscarse aún más en las mantas. Sin embargo, al tirar de estas notó resistencia.
Extrañada y adormilada, miró a su lado a ver qué podría haber que estuviese enganchando la ropa de cama. Era una gran periodista, pero una pésima ama de casa y no sería la primera vez que se acababa acostando con una caja llena de diferentes documentos, una maleta o cualquier otra cosa sobre la cama.
A su lado, profundamente dormido, se encontraba su compañero Edmund, agarrando con firmeza el otro extremo de la manta.
