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Language:
Español
Stats:
Published:
2015-08-01
Updated:
2015-08-01
Words:
6,844
Chapters:
2/?
Kudos:
2
Hits:
106

Trucker

Summary:

Después de pasar un día botado a la mitad de la nada, en la Luisiana rural, alguien se detiene frente al autoestopista que espera. Jared, de entre todas las cosas, no se esperaba a alguien como él. Y mucho menos, lo que sucedería a partir del momento en que sus dedos rozaron la manija de la puerta.

Notes:

"La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero."

 

Hermann Hesse

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: A la orilla de la carretera

Chapter Text

La serie de hechos desafortunados había comenzado la tarde de ayer, cuando decidió entrar al pequeño establecimiento a su espalda. Quizás él mismo tuvo la culpa, quizás no.

Nunca sabría si la idea de la estafa había estado siempre ahí, bien escondida en la mente del chico, debajo de ese rubio cabello puntiagudo, o si se había desarrollado en el lapso –quizás demasiado largo- que le había tomado elegir entre las mentas y las chocolatinas. Le resultaba gracioso hasta cierto punto que hubiese optado por las primeras y no por el chocolate, con el que habría tenido algo que mordisquear para no comenzar el día con el estómago vacío.

Jared se hallaba sentado en el pavimento, con la espalda pegada a la pared, justo como había estado toda la noche. Y aunque el muro era perfectamente plano, podía jurar que se le enterraba entre las vértebras y causaba esos horribles calambres que le obligaron a levantarse. Jamás había tenido que dormir en el piso desnudo; a la intemperie, además; por lo que su cuerpo, consciente de ese hecho, le reclamó con fuerza. Tuvo que dar un par de pasos tambaleándose antes de volver a sentir las piernas unidas a la cadera. Colocó ambas manos sobre su espalda baja y se estiró hacia atrás, soltando un quejido largo.

Maldito. Hijueputa.

Ayer se había desahogado cuando quiso. Maldijo e ideó mil maneras de llevar a cabo una muerte tortuosa. Se jaló tanto el cabello que creía que era un milagro que no estuviese calvo. Tomó las estúpidas mentas y las arrojó al piso, saltó sobre ellas y siguió caminando un tramo más antes de detenerse y volver a gritar. Estaba tan furioso que ya no hallaba qué hacer consigo mismo, y se dio cuenta demasiado tarde de que todo ese tiempo había estado enterrando las uñas en sus palmas, dejando pequeñas lunas rojas debajo de las líneas de su mano. Una vez se le hubo bajado el coraje lo suficiente como para no blasfemar cada medio minuto, regresó sobre sus pasos y recogió su guitarra acústica del suelo. El personal de la estación de gas sólo lo había observado un tanto curioso, pero nadie se había atrevido a reírse de su peculiar actitud. Después de todo, no era difícil adivinar qué había pasado después de que Jared hubiese lanzado amenazas a los cuatro vientos.

Aún no podía creer que su ex compañero de secundaria hubiese tenido tan poca vergüenza como para arrancar el auto mientras él hacía las compras. Iría a California sólo para encontrar a ese imbécil y golpearlo hasta dejarle inconsciente. Y después lo dejaría abandonado en una jodida gasolinera de una carretera vacía, justo como le había hecho a él. Le dejó sin nada más que su amada guitarra y los cincuenta dólares que había encontrado en los diferentes bolsillos de su pantalón. Todo había quedado en el auto. Su preciosa guitarra eléctrica, amplificadores, sintetizador… ¡demonios! Hasta su ropa. Volvió a recargarse en la pared, echando la cabeza hacia atrás en un suspiro de resignación. La locura había pasado. No se había esfumado completamente, pero al menos ocupaba una pequeña parte de su cerebro ahora y le dejaba pensar con más claridad. Tenía que dejar eso de lado un momento y preocuparse por salir de ahí y, de alguna manera, llegar hasta Los Ángeles. Era su sueño, la más loca fantasía por la que había apostado todo y aquella que no estaba dispuesto a dejar ir por complicada que la situación se tornara. Simplemente no quería ser otro de muchos que regresaban de nuevo a casa, sin haber salido siquiera de Luisiana.

Alzó la vista y vio el sol surgiendo como una enorme yema amarilla entre las pesadas nubes grises, como si le estuviese presumiendo el poder salir de una cama. Fue cerrando los ojos conforme los rayos se desemperezaban y refulgían con toda su fuerza hasta que sólo vio un halo amarillo detrás de sus pestañas. Después, usó la mitad de una de las dos botellas de agua que tenía –hasta había comprado una para el tipo, caray- y se enjuagó la cara y la boca. Carraspeó un tanto y escupió en una esquina, lejos de donde había estado sentado. Aún sentía la tierra entre los dientes y debajo de la lengua, el sudor seco en su ropa y la espalda maltratada, todo ello agregándose al agujero que amenazaba con devorar su estómago. Salió del enorme cuadro de concreto que era la estación y comenzó a andar en el pasto, dejando que sus converse negros se llenaran de polvo y del rocío que aún impregnaba el color verde bajo sus pies.

Su siguiente objetivo ahora era, con toda claridad, no repetir su penosa búsqueda de transporte del día anterior. El sentido común le decía que el sitio en donde se hallaba no formaba parte de una de las rutas principales, sino de un reducido camino rural, probablemente un brazo de alguno otro no mucho más grande. Incluso si fuese temporada baja, habrían pasado más que los diez pobres autos de ayer. Tendría que caminar si quería salir de esa estación, y aunque hacerlo no le aseguraba el hecho de que algún auto le llevaría, al menos le animaba moverse y dejar de esperar a que vinieran tiempos mejores. Las oportunidades no solían llegar, se buscaban.

Esperó unas dos horas, calculando, hasta que el encargado llegó caminando –quizás vivía lo suficientemente cerca- y abrió la tienda de nuevo. Jared se paseó por los alrededores un rato más, tratando de no lucir tan desesperado como en realidad se encontraba y cruzando por segunda vez, en menos de veinticuatro horas, la puerta del establecimiento. El leve tintineo del colgante de la puerta y las opacas baldosas crema le hicieron sentir como en una vieja serie de TV, de esas que solía ver en el antiguo televisor de los abuelos después de ajustar la antena al menos unas cuatro veces. Caminó entre los únicos tres pasillos, recolectando artículos que consideró necesarios dentro de su presupuesto, como barritas de cereales, galletas, bebidas energéticas, y un pequeño tubo de pasta de dientes con un igualmente diminuto cepillo dental. Se tomó la libertad de llevar repelente y así evitar el martirio de casi morir devorado por esos salvajes insectos hematófagos. Aún tenía la pantorrilla adolorida, y estaba seguro de que incluso dormido había continuado rascando el parche, porque justo en ese momento sentía cómo el rojo y brillante pedazo de piel latía bajo los pantalones mientras él hacía lo posible por no hincarse y comenzar a rascar de nuevo. Haciendo maravillas con la pila de barras en una mano y los demás artículos en la otra, caminó hasta el mostrador, donde un hombre de edad media le esperaba sin verlo realmente.

–Buenos días.

–Buenos– Contestó su interlocutor, apenas mirándolo antes de depositar el diario que estaba leyendo en una silla a su costado y comenzar a presionar las teclas de la vieja caja registradora.

El ventilador en el techo no hacía demasiado por amortiguar el ligero bochorno de la mañana, pero creaba un ruido constante que evitaba que la falta de palabras entre ellos se tornara incómoda. Jared no lo notó, sin embargo, porque su mente estaba enfocada en un artículo más. Moría por un sándwich. Lo pensó por unos segundos y tomó dos del refrigerador de al lado, depositándolos en la repisa de madera junto con un par de billetes.

–Disculpe, ¿sabe usted dónde puedo conseguir transporte por aquí? – Jared preguntó una vez el señor comenzó a vaciar sus artículos en una bolsa marrón.

El hombre detuvo su tarea rutinaria, usando uno de sus dedos regordetes para regresar los anteojos que se habían resbalado de su sitio debido al sudor. Su vista se dirigió hacia la ventana, mirando a la nada, realmente, mientras cavilaba. Poco después retomó lo que estaba haciendo, y continuó hablando mientras le pasaba la bolsa sellada junto con un par de monedas.

–Lo siento, muchacho. Esta no es una ruta muy concurrida– Jared asintió, pensando con cierto sarcasmo que si no lo hubiese dicho jamás lo hubiese descubierto. El hombre parecía no comprender la gravedad del caso, porque inmediatamente volteó para ordenar una pila de latas a su espalda y pasar una tela húmeda sobre el aparador. Jared frunció la boca y juntó las cejas, en un gesto consternado. Mientras el hombre hacía esto, continuó hablando- Sin embargo, deberías ir al cruce con la 49. Es una de las rutas principales, así que allá no tendrás problemas.

–¿Me podría indicar qué dirección seguir? Por favor– el plan pintaba bien. Lo único en contra era que carecía de mapas y no tenía reverenda idea de dónde se encontraba con exactitud. Tomó su bolsa de papel de la mesa y siguió al mayor mientras este se dirigía hacia la puerta.

–Claro que sí.

A su paso, el dependiente saludó a un par de jóvenes con overoles de color grisáceo, sentados frente a las dispensadoras de gasolina mientras jugaban a las cartas. Jared echó entonces el cambio que había recibido en su bolsillo derecho y metió la mano en la bolsa. Sacó un sándwich al que le dio un gran mordisco después de rasgar el empaque con vergonzosa desesperación. En otras circunstancias habría desechado el jamón, pero ahora no tenía tiempo ni ganas de. Se detuvieron justo donde comenzaba el maltratado camino de asfalto. Jared tragaba con rapidez, casi olvidando masticar, y aunque sabía que si continuaba así le dolería el estómago, no se detuvo y continuó con el segundo emparedado en tiempo record.

–Tienes que seguir la carretera unas… dos horas a pie en esa dirección– dijo señalando con una mano mientras apoyaba la otra en la cadera– De ahí encontrarás una bifurcación. Tomas el camino de la izquierda y luego a la derecha. En total harías unas ocho horas, aproximadamente.

Jared abrió bastante los ojos, apretando la bolsa de papel con el codo, con las mejillas llenas de pan y lechuga y la guitarra colgando precariamente del hombro. Ocho jodidas horas. Se preguntó entonces si no sería mejor idea quedarse acá y rogar porque algún granjero dejara de mirarlo con desconfianza y fuera lo suficientemente piadoso como para llevarlo en su camioneta, al menos hasta el cruce que le mencionaban. De todas formas, ¿cuál era la probabilidad de que llegado el momento de estar parado en dicho cruce, hubiese alguna diferencia?

Su interlocutor le miró, como esperando que el joven le respondiera. Quizás no le había tratado de la manera más amable ni atenta, y el pronóstico no resultaba tan alentador, pero un poco de apoyo le sentaba muy bien y no pudo hacer más que ofrecerle una muy leve sonrisa. Le dio las gracias, con un apretón de manos, y se despidió. Porque si todo iba viento en popa, no le volvería a ver. Echó un vistazo rápido a esa estación, aquella en la que se había perdido –o más bien, en la que le habían dejado- y a partir de la cual tendría que volverse a encontrar. Una vez solo de nuevo, abrió la funda de su guitarra y usó el poco espacio libre para acomodar las barritas, se la colgó al hombro y sacudió sus manos en los pantalones. Levantó la bolsa con las botellas de agua, colocándola debajo de su brazo y dio el primer paso, enfilándose a la parte más dura y transformativa de su viaje.

 


 

 

Habían pasado varios minutos desde que desistió en seguir observando el horizonte, porque éste no cambiaba por mucho que siguiese caminando. Siempre desechó la idea de poseer un reloj con el pretexto de que así se sentía una persona más libre, sin la presión del tiempo a sus espaldas, pero justo en ese momento consideró que en ciertas situaciones era verdaderamente útil. Así al menos no estaría al borde de la psicosis, porque creía haber andado todo el día. Aún le restaban las horas que debería estar parado a la orilla del camino, donde probablemente nadie le haría caso y tendría que dormir debajo de alguno de los árboles que se asomaban de vez en cuando, o al abrigo de la cerca de uno de los tantos sembradíos del lugar. Su condición física era muy buena, pero había dejado de trotar después de los primeros kilómetros y ahora casi arrastraba los pies, tropezando con los agujeros que salpicaban el asfalto continuamente. El cabello, que le llegaba hasta las cejas y el cuello, se le adhería a la piel con la misma tenacidad con la que lo hacían sus ropas a su piel.

Antes de llegar a la primera desviación había pasado por una pequeña escuela rural, donde los padres de los niños le miraban con recelo antes de tomar a sus pequeños de la mano y retirarse lo más rápido posible. Jared no podía culparlos. Llevaba menos de un día perdido y  su ropa se hallaba cubierta de tierra por haber dormido en el piso, añadiéndole a sus rotos pantalones cargo un aspecto descuidado y sucio, eso sin contar la cara de pocas pulgas que cargaba y lo mal que debía de oler ya.

Siguió surcando los baches, entre las enormes casas dispersas, los árboles y la humedad del ambiente que se le adhería a la frente y resbalaba, haciendo que le escocieran los ojos. Ni siquiera se preocupó en detenerse cuando las agujetas de uno de sus tenis se soltaron y los delgados hilos blancos comenzaron a ser pisoteados. Pasó por un par de granjas y un terreno en construcción, sin levantar el rostro por un buen rato. No tenía mucho sentido seguir el mismo patrón de hileras con retoños de árboles frutales perfectamente dispuestas a cada lado de la carretera. Quizás si hubiese tenido aún energías, si no le doliera tanto la espalda, habría considerado sacar por un rato su guitarra, para no escuchar sólo el crujido de las piedrecillas bajo la suela de sus zapatos y el ocasional ruido de las aves.

Al fin, se encontró con el siguiente cruce. Giró hacia la derecha -se había empeñado tanto en recordar las direcciones durante toda su trayectoria- luchando contra la desilusión cuando volvió a ver más follaje al fondo.

–Esto realmente apesta– Dijo a la nada y bajó la cabeza, avanzando hasta uno de los lados del camino. Se dejó caer para sentarse por un rato en el pasto seco y sacar una de las botellas. Dio un sorbito al agua, que adquirió la misma temperatura del ambiente, e hizo a un lado una mueca de desagrado.

Tendría que levantarse pronto si quería llegar en un horario razonable. Una vez que anocheciera, sería una locura tratar de detener a los autos sin ser arrollado. Cruzó las piernas y tomó entre las manos el converse que se había desatado, observando la agujeta descosida y casi negra. Se preguntaba si los zapatos le durarían el resto del viaje, porque, para empezar, antes de éste ya estaban bastante desgastados. Tenía la sensación de que cada roca era un futuro agujero en la suela. La mayoría de la gente ya habría tirado al basurero un par de gastados tenis negros de tela de siete años de antigüedad, pero Jared era el tipo de persona sentimental que no podía desprenderse tan fácilmente de sus fieles compañeros. Tenían tantas historias y caminos que contar, y después de este viaje -si es que lograba concluir con éxito- por supuesto que los conservaría consigo. Lo mismo sucedía con su guitarra, que recibió cuando apenas era un niño y que se mantenía íntegra, exceptuando los rayones en la parte trasera de la caja. A los ocho había dibujado un pequeño cohete junto a las cuerdas, con unos redondos ojos y una línea por boca que había acabado dándole un aspecto serio y aburrido, pero a Jared le seguía gustando. Tanto que no se preocupó por quitarlo o usar algo del dinero que ganó trabajando durante su adolescencia en una flamante guitarra acústica nueva. Prefirió gastar sus ingresos en otros experimentos con instrumentos eléctricos. Esa línea de pensamiento le llevó a recordar que dichos objetos se hallaban en el maletero de un auto camino a California.

–Aahh…– Gruñó, levantando la cabeza a un azul pálido, demasiado brillante, demasiado puro. Jodidamente alentador para cualquiera excepto para sus cansados pies.

Abrió la funda de lona negra y sacó un par de barritas que mordisqueó con desgana, bajando el sabor de moras artificial con un tercio de la botella de agua. Guardó las envolturas en sus bolsillos y colocó una de las manos detrás de su espalda a modo de palanca. Se impulsó con el dolor surgiendo nuevamente de las articulaciones antes de levantar sus escasas pertenencias y continuar.

Mientras se movía de nuevo, comenzó a tararear una canción. Un tanto burda, indefinida, improvisada. Completamente nueva. Toda suya. Sonrió un poco, pensando en lo irónico que era encontrar inspiración en situaciones como ésta. En su mente, llevaba el ritmo del ruidito sordo de sus pasos y una guitarra un tanto melancólica. Se aseguraría de perderse más seguido con un puñado de barritas por allí, se dijo. Soltó un resoplido ante lo negro de su humor mientras negaba con la cabeza.

Cuando pasó la siguiente curva -ya había perdido la cuenta de cuantas llevaba, en sí- la sonrisa regresó a su rostro. A unos cientos de metros, el gris suave del asfalto de la ruta 49 contrastaba con el gris oscuro del camino en el que se hallaba. Parpadeó varias veces, su cerebro insistía en que todo eso podría ser alguna clase de espejismo debido al horrible calor de la región. Pero el sonido distante de los autos pasando a toda velocidad le hizo apretar el paso, usando el último dote de fuerzas para trotar hacia la intersección de ambas carreteras.

Al llegar, casi sin aliento, hizo lo que había venido haciendo durante todo el camino. Alzó la mano y levantó el pulgar. El viento de los primeros dos autos le revolvió el cabello y le hizo cerrar los ojos. El aire estaba caliente, pero al menos le secaba el sudor del rostro. No mucho después, cuando se hallaba sentado justo a la orilla, con la mano aún en alto, logró conseguir lo que tanto había esperado, y al mismo tiempo, lo que no se esperaba. Tenía la idea de que, si alguien se detenía por él, sería algún grupo de chicos como él, un artista viajero o una madura pareja liberal en una furgoneta. La enorme máquina de dieciocho ruedas rugió mientras se detenía unos cuantos metros después de su sitio en el piso, esperándole, con el zumbido tenue del motor como recordatorio de que seguía allí. Jared reaccionó algo tarde. Si pudiese haber visto su propia cara, habría observado un par de ojos azules realmente sorprendidos que se distinguían aún debajo de su mugriento cabello. Se tropezó al dar los primeros pasos, casi tirando su guitarra en el proceso, pero reanudó la marcha lo mejor que pudo hasta que su mano tomó la perilla de metal de la puerta.

La movió hacia abajo, escuchando un clic antes de que la puerta se abriera y revelara a quien sería su siguiente guía de viaje.