Actions

Work Header

Trátame suavemente

Summary:

Andrew Minyard, a lo largo de su infancia, vivió con una sola constante en su miserable vida, la cual lo mantuvo vivo hasta que un día simplemente dejó de hacerlo: encontrar a su alma gemela.

Pero, ¿Cómo afrontas lo que creías perdido?

Notes:

¡Hola! Espero disfrutes de tu lectura, tanto como lo disfrute escribiendo esto♡

También, espero haber podido captar la esencia de los personajes originales. Inclusive, releí la trilogía principal rápidamente para poder hacerlo lo mejor posible.

Por otro lado, cualquier opinión, crítica constructiva o sugerencia, es bienvenida♡

La segunda parte será publicada pronto, sin falta♡

Por último, por conveniencia de la trama, Palmetto será solo un pequeño pueblo y los Moriyama no existen en este fanfic.

Muchas gracias por detenerte a leer esta historia, ¡Nos leemos próximamente!

TW: Mención de abuso sexual infantil pasado. Mención de ataques de pánico. Mención de autolesiones. Eventual narración sexual consensuada semi-explícita. Y mucho pesimismo.

—Koy (・c_・`)♡

Chapter 1: Primera parte

Chapter Text

Andrew Minyard, a lo largo de su infancia, vivió con una sola constante en su miserable vida, la cual lo mantuvo vivo hasta que un día simplemente dejó de hacerlo: encontrar a su alma gemela.

En algún punto, se descubrió la existencia de “las almas gemelas”: almas que fueron divididas y que están destinadas a complementarse al momento de encontrarse. Este acontecimiento se evidencia mediante un pequeño tatuaje de corazón detrás de la oreja derecha, el cual el 80% de la población global actual posee al momento de nacer. También se tiene registro de que, para ese entonces y hasta que ambas partes destinadas se encuentren, el corazón permanece y permanecerá de un color gris translúcido, aparentando ser no más que una simple mancha imperfecta en la piel.

¿La razón de este fenómeno? No está del todo resuelto aún, pese a los miles de estudios e investigaciones que se han realizado a lo largo de los años. Aun así, pese a la escasa información acerca de su origen, hasta el momento se tiene registro de otros aspectos importantes, como la manera de saber con certeza la identidad de tu alma gemela. La única manera efectiva de lograrlo es que ambas personas se besen; solo entonces el pequeño corazón se tornará de un bonito color carmesí, como si cobrara vida y por primera vez se le diera el permiso de latir. A aquello se le conoce como “el beso del alma”, algo con lo cual la industria comercial no tardó mucho en lucrar. De ahí nacen muchos otros términos más, como por ejemplo, “el beso de amor verdadero” que han vendido mediante películas y series de princesas y príncipes azules.

Andrew tenía cinco años cuando escuchó acerca de las almas gemelas por primera vez, y entonces se pasó horas contemplando ese pequeño corazón. Solo que había algo que no lograba entender: ¿Porqué su corazón no estaba detrás de su oreja? En su lugar, se encontraba en el centro de su muñeca derecha.

En aquel entonces, lo primero que Andrew pensó fue que había un problema consigo, porque sería de extrañar que algo en la vida de Andrew no estuviera jodido. Por lo tanto, intentó averiguar más acerca de ello, pero siempre recibía miradas extrañadas en lugar de respuestas útiles.

A los siete años, Andrew fue acogido por una familia. A partir de ahí, su vida solo se fue cada vez más a la mierda.

Tacto indeseado, dientes desagradables rompiendo piel y cordura, inocencia e ingenuidad mancillada de forma irreparable por manos inhumanas. Lágrimas qué gritaban lo que otros ignoraban. Andrew sentía que su vida colgaba de un fino hilo, el cual se sostenía únicamente de aquella fijación que desarrolló por estudiar a las almas gemelas. Horas leyendo bajo las sábanas luego de irritar su piel con la esponja de ducha, intentando ignorar el ardor y dolor en su cuerpo. De esa forma descubrió que eran tan pocos los casos de aquellos que no tienen un alma gemela en la actualidad, como los de aquellos que no tienen su corazón donde debería ser usualmente.

Cuando conoció a Cass, todo se volvió más insoportable, más doloroso, más tortuoso. Fue cuestión de tiempo para que perdiera la cabeza. El filo cortando lo que alguna vez fue la tierna carne de sus antebrazos; estirpe ensuciando azulejo y ennegreciendo tela. Pero, aun así, Andrew se aseguraba de mantener intacto ese trozo de piel con el pequeño corazón. A su vez, se quedaba observando esa pequeña mancha que apenas se asemeja a un lunar, sin atreverse a tocar dicho lugar ni con las yemas de sus dedos, por temor a ensuciar lo único que conservaba de sí mismo.

Entonces Aaron llegó a su vida y todo se torció de forma cruda y casi irónicamente cruel. Fue el día que recibió la carta de Aaron, cuando renunció a todo: no solo a la idea de una familia, sino también a aquella marca en su muñeca derecha. Con un solo corte limpio cortó por la mitad la última voluntad de aquel niño con una esperanza inocente: el pequeño corazón ennegreciendo por completo en señal de rechazo. Andrew sabía que aquello significaba una mancha morada en la marca de la otra persona, como un moretón crudo y violento.

A Andrew no le importó, no hasta que sintió el dolor asfixiante nacer desde el centro de su pecho y recorrer sus venas. Un dolor que en segundos devoró cada rincón de sí mismo, como si le consumiese la vida. Cayó abruptamente de rodillas en medio del cuarto oscuro, con su mano sosteniendo su pecho a la espera de contener su corazón frenético. La disnea confirmaba que estaba por perder la vida.

Aquel momento fue la primera vez que Andrew realmente se sintió al borde.

Luego de eso, todo fue una cadena de acontecimientos tras acontecimientos que, para Andrew, fue como si solo lo estuviera viendo a través de un espejo, en lugar de estar viviéndolo en carne propia. Cada tanto observaba aquel corazón con una cicatriz en su centro ennegrecido. El dolor fúnebre como si le hubiesen quitado una parte de sí mismo, permaneciendo consigo como una huella dactilar en una superficie que antes presumía ser inmaculada.

Andrew no cree en el arrepentimiento, pero si aquel no fuese el caso; está seguro que así se sentiría.

Han pasado años desde aquello y desde entonces se dice a sí mismo que no es la gran cosa, pese al vacío inminente que le revuelve el estómago al ver a través de la pantalla el corazón carmesí en el lateral derecho del cuello de Aaron cuando este se voltea.

—¿Entonces?

Andrew parpadea disimulando su aturdimiento con un semblante aburrido antes de continuar cortando verduras en la encimera de su cocina. Si Aaron noto el desliz, no lo comento.

—¿Entonces qué?

Aaron resopló fastidiado.

—¿Vendrás?

—¿Por qué querría ir a Palmetto? —pregunta frunciendo el ceño, a su vez que arroja las verduras a la olla hirviendo sin salir del plano de la cámara.

—No sé, quizás a ver a tu hermano —respondió Aaron con la misma sorna ácida. Andrew se niega a pensar que se parecen mucho más que solo en la apariencia.

—Te estoy viendo ahora.

—Sabes a lo que me refiero.

—Y ¿Para qué me quieres allá? ¿No te dan suficiente atención en casa? —pregunta sarcástico, volteando a la cámara con una ceja enarcada. A lo que Aaron solo lo observa a través de la pantalla, como a la espera de que él mismo lo descifre. Pero, francamente, Andrew se encuentra demasiado cansado como para desentrañar cualquier enigma, por más sencillo que sea viniendo de Aaron.

—¿Vendrás? —pregunta Aaron nuevamente, sin inmutarse por la pulla anterior. Con los años, va perdiendo el efecto, lamentablemente.

Andrew se toma un momento para pensar en todas las leyes referentes a la fraternidad que le dicten el derecho de poder apuñalar a su gemelo. Renee le diría que el fratricidio no es su estilo, después de todo.

—Lo hablaré con Issa —responde Andrew aparentando indiferencia. No es un sí, pero tampoco es un no.

Aaron abre un poco más los ojos en sorpresa, como si realmente no hubiera esperado llegar tan lejos.

—Sí, okey, está bien.

Luego de eso, cortan su llamada semanal sin mucho más. Después de recorrer un camino intrincado y complejo, y de muchas idas al psicólogo en conjunto durante su época universitaria, finalmente tienen lo que se podría llamar una relación de “hermanos convencional” —aunque Betsy le diga que no existe tal cosa como lo convencional o normal—. Actualmente, se llaman semanalmente para platicar de cualquier trivialidad o para simplemente hacer cualquier otra actividad juntos; y aun así sus llamadas nunca han durado más de una o dos horas.

Andrew suspira resignado mientras sigue elaborando el caldo de pollo en automático.

—¿Iremos dónde el tío Aaron?

Andrew voltea en dirección a la adolescente que ingresa a la sala desde el pasillo con ropa morada deportiva y su largo cabello castaño rojizo atado en una coleta alta.

Issabella es una chica de catorce años que Andrew adoptó hace años luego de haberla conocido en los tribunales de justicia. El progenitor fue acusado entonces por motivos de negligencia infantil, propagación y almacenamiento de pornografica infantil, y por abuso intrafamiliar. La progenitora fue encontrada muerta por causa de sobredosis poco antes del juicio. Para ese entonces, Issabella tenía solo cuatro años y Andrew sencillamente no pudo permitir que la llevarán ante el sistema de acogida, simplemente no pudo.

Issa pasó a ser Issabella Minyard oficialmente a sus cinco años. Andrew aún recuerda todo lo que tuvo que hacer para obtener el permiso de adopción; inclusive, Renee tuvo que hacerse pasar por su pareja de convivencia para poder lograrlo. A partir de ahí, Andrew hizo todo a su alcance para poder darle lo mejor, desde sus tratamientos psicológicos y médicos necesarios hasta la mejor comodidad y seguridad en su hogar. Andrew no niega lo duro que fue, pero, aun así, hasta el día de hoy sigue sin encontrar una parte de sí mismo que esté arrepentida de la decisión que tomó entonces.

—¿Quieres ir? —pregunta Andrew en lugar de responder, centrando su atención en Issa en busca de cualquier señal de disconformidad.

—Claro, por qué no —responde Issa con un encogimiento de hombros, sentándose en el taburete frente a Andrew—. Ya hasta estaba empezando a extrañar al tío Kevin.

Andrew bufó irritado ante la expectativa de tener que pasar un fin de semana o más con Kevin rondando cerca suyo. El hombre con la edad se está volviendo cada vez menos soportable para la paciencia de Andrew.

Issa ríe burlesca, a lo que Andrew en respuesta le tira gotas de agua directamente de la fuente donde está lavando una lechuga.

—¿Dónde nos quedaremos? —pregunta Issa con un entusiasmo poco disimulado, luego de haber calmado su risa.

—Aún no lo sé —responde Andrew con sinceridad, bajando la llama de la olla antes de secarse las manos con un trapo de cocina.

—¿Podemos quedarnos donde Bee? —pregunta Issa, más en forma de una inocente súplica que de una pregunta, pestañeando de la manera que hace cuando quiere conseguir algo y sabe que lo hará.

Andrew entorna los ojos con sospecha. Issa y Bee se llevan tan bien como una abuela con su nieta favorita, pero, aun así, Andrew sabe que esa no es la verdadera la razón por la que Issa quiere quedarse allá, sino, más bien, que se trata del pequeño bastardo, hijo de los vecinos de Bee, Dylan, el alma gemela de Issabella.

Issa tiene su pequeño corazón detrás de su oreja de un color rosado pastel, color que en cuanto a la marca del alma se refiere; significa que su alma gemela no es romántica, sino más bien amistosa, y para descubrir esto, ambos individuos deben rozarse únicamente. Andrew conoce a Dylan, es un muchacho desgarbado bastante tímido e introvertido, y no le ha dado ninguna razón real a Andrew para odiarlo precisamente, pero la desconfianza es la primera reacción de Andrew ante cualquiera.

—Hablaré con Bee —responde Andrew, aun a sabiendas que no se negara precisamente.

Issa hace un gesto triunfante antes de saltar del taburete con entusiasmo, desde ya sacando su celular de su bolsillo, seguramente para escribirle a Bee o al pequeño demonio.

—Después de bañarte, pone la mesa —ordena Andrew.

—¡Sí, papá!

Andrew resopla cansado ante la simple idea de volver al dichoso pueblo donde vivió durante gran parte de su época universitaria y un poco más, porque, como dicen las malas lenguas: “pueblo chico, infierno grande”. Por lo tanto, sabe perfectamente que a su llegada no serán indiferentes muchos de sus conocidos. La simple idea ya lo tiene agotado.

 

[...]

 

El ruido del motor se atenúa al momento de Andrew detener el auto frente a una casa de fachada amarilla de dos pisos. En el porche se puede apreciar a una mujer bajita y redonda que los espera con una sonrisa paciente y sus manos entrelazadas en su regazo. Issa es la primera en bajar del auto de manera apresurada.

—¡Bee! —exclama Issa entusiasmada, corriendo en dirección a Bee, quien la recibe con los brazos abiertos.

—Hola Issa —responde Bee, tras ser rodeada por la adolescente en un abrazo feroz—. Te extrañé mucho —expresa correspondiendo el abrazo, mientras Issa reposa su mejilla en su coronilla al ser más alta.

Andrew siente como su pecho acuna aquella sensación ya familiar de calidez. Bee lo acogió en su casa una vez salió del reformatorio, tanto a él como a Aaron, mientras ambos ingresaban a la universidad de Palmetto. Andrew pasó incontables veranos sentado en ese porche, fumando un cigarrillo mientras se quedaba a observar la inmensidad del firmamento. Si tuviera que sentir nostalgia por algún lugar que le recuerde a su infancia, sería esa casa, pese a no haber vivido una infancia feliz en ese lugar como presumía haber sido en tal caso.

Luego de un instante, Andrew se baja del auto, guardando sus manos en los bolsillos de su pantalón, mientras camina con parsimonia en dirección a donde ambas mujeres entablan una amena conversación. Hace casi un año que no visitaban a Bee a causa de la temporada escolar de Issa y del trabajo extenuante de Andrew en el bufete de abogados de Carolina del Sur, la última vez fue en las vacaciones de Issa, donde Andrew pasó mucho más tiempo en la computadora y celular a causa del trabajo.

—¿Vinieron en auto? —pregunta Bee curiosa.

—Sí, fue como nuestros viajes por carretera —responde Issa con una sonrisa.

—Ya veo —dice Bee con aire distraído, mientras peina los cabellos rebeldes de la adolescente con una mano a la par que Issa solo se dedica a hablarle de los lugares donde se detuvieron de camino.

Andrew nunca se interesó en conocer a alguien lo suficiente como para formar una relación. Un amor de pareja le parecía lo suficientemente aburrido como para considerarlo algo estúpido sin importancia, aun pese a que lo anhelaba realmente hace un tiempo a raíz de la idea de esa persona hecha para él. Pero luego solo pasó a ser eso; una idea, una ilusión, un sueño imposible. Aun así, en algún punto, conoció lo que era sentirse apreciado en las miradas comprensivas de Bee, en sus tazas de chocolate caliente y en su atención sin pretensiones. También conoció lo que era sentir aprecio al momento de oír a Issa decir su primera palabra a sus cinco años mientras lo miraba con grandes ojos color miel.

Por lo mismo, Andrew sabe que lo que siente expandiéndose en su pecho no es algo malo, ni algo que deba empujar lejos, es algo que con el tiempo aprendió a conservar y apreciar, después de todo. Aun así, siente la presencia de ese vacío que le susurra con sátira al oído la pérdida de algo que jamás tuvo. Ridículo, si le preguntan a él.

—Andrew —susurra Betsy con suavidad frente a él. Andrew parpadeó aturdido, percatandose entonces que se perdió en sus pensamientos—. Issabella ya entró —responde a la pregunta tácita de Andrew, quién había volteado en todos las direcciones en busca de la adolescente.

Andrew asiente con suavidad en respuesta, antes de finalmente tomarse un momento para solo apreciar a la mujer frente a él; arrugas formándose en la comisura de sus ojos que siguen brillando con la misma familiaridad y conocimiento de cuando tenía él dieciocho años y creía que ya lo sabía todo, líneas de expresión más marcadas con los años y cabello que se va blanqueando parcialmente con el tiempo.

—¿Cómo has estado, Andrew? —pregunta Betsy con una suave sonrisa, sin hacer amago de acercarse a él.

Están cambiando, Andrew ya no es ese chico de dieciocho años que no encontraba pasión, ni ganas en absolutamente nada y Betsy ya no es esa mujer que intentaba derribar muros con palabras comprensibles y pasos tentativos, y aun así, Andrew vuelve a sentirse como ese chico perdido cada vez que está frente a esta mujer.

Andrew termina por acortar la distancia, rodeando con sus fornidos brazos a Betsy, quien entre sus brazos se siente igual de menuda que años atrás. Suelta un suspiro que no sabía que tenía atorado en la cúspide de su garganta, con la tensión de sus músculos y extremidades siendo liberada finalmente.

—Sí —responde sobre las hebras oscuras a la pregunta tácita, para finalmente ser rodeado por los brazos ajenos con suavidad.

Se toman un instante para solo estar en los brazos del otro y volverse a familiarizar con las sensaciones de estar realmente en casa luego de mucho, siendo el primer respiro que Andrew toma en mucho tiempo de todo aquello que perturba sus noches y se alberga en su cabeza sin remordimientos, con el único fin de recordarle una y otra vez su vida y sus errores, pese a los años.

Cuando finalmente se separan, Andrew aparenta no ver las lágrimas acumuladas en los ojos de Bee.

—¿Hasta cuándo se quedarán? —pregunta Bee, secándose con una mano las lágrimas en la comisura de sus ojos.

—Hasta después de navidad —responde Andrew, guiándolos a ambos dentro de la casa.

La navidad está casi a la vuelta de la esquina, una festividad a la cual Andrew no le guarda mucho entusiasmo. Por lo mismo, prefiere viajar con Issa a donde Bee y su familia, en lugar de pasar navidad solo ellos dos. Se niega a mancillar una festividad a Issa, cuando ella no tiene culpa de sus malas experiencias.

—Oh, muy bien —acepta complacida—, ¿Te parece si lo celebramos aquí e invitó a Abby y a David?

Andrew reprime la necesidad de blanquear los ojos, a sabiendas de que, si vienen Abby y Wymack, no solo serán ellos, sino también serán todos sus hijos adoptivos, pertenecientes a su antiguo equipo universitario. Aunque, a estas alturas, ya se ha resignado ante la idea de una familia numerosa, pese a no compartir sangre con casi ninguno de ellos —por no decir todos—.

—Sí —acepta Andrew, sacándose la chaqueta en el recibidor para colgarla en la percha y remangarse las mangas de su camisa, mostrando los brazaletes negros en sus antebrazos.

—¿Ya comieron algo?

—Issa sí —responde con sinceridad, dándole un vistazo a su reloj de muñeca de forma distraída—. Yo comeré con Aaron.

Bee asiente con calma, a lo que Andrew le dedica una mirada entornada.

—Sabes algo —afirma Andrew sin sonar acusatorio, a lo que Bee solo sonríe.

—¿Dónde comerán? —pregunta Betsy en su lugar.

—En una cafetería —responde en un suspiro resignado, a sabiendas que no conseguirá nada de la mujer—, me dijo que era un local nuevo.

Bee se queda pensativa por un momento, frunciendo un poco el ceño.

—¿Te dijo como se llama?

—La madriguera del zorro.

 

[...]

 

Al momento de ingresar, Andrew siente cómo sus pulmones se llenan del agradable olor a grano de café tostado, a pan recién hecho y a repostería. Andrew ama lo dulce; todas las mañanas, antes de ingresar a trabajar, pasa por una cafetería que se encuentra ubicada frente al bufete para su dosis diaria de dulcificación directo a la vena. De lo contrario, sabe que no podría reprimir el impulso de enterrar un bolígrafo en la yugular de cualquier cliente o abogado que tantee sus nervios.

Andrew pasea su mirada con calma por su alrededor, observando la decoración rústica que aporta a la calidez del ambiente. Hay algunas personas que desconoce, esparcidas por el lugar, pese a lo tan entrada está la mañana. Se dirige con un semblante neutral al mostrador, donde puede apreciar los postres con apariencia exquisita ubicados detrás.

—Buenos días, bienvenido a la madriguera del zorro —saluda automáticamente con amabilidad—. ¿En qué le puedo ayudar?

Andrew levanta la mirada en dirección al hombre alto y de tez morena que viene ingresando de lo que presume ser la cocina, llevando atado a la cadera un mandil negro con patas de zorro anaranjadas en una de las esquinas de la tela. Finalmente, el hombre desvía su atención de lo que lleva entre manos —unas magdalenas—, y su mirada brilla en reconocimiento de inmediato.

—¡Andrew! —saluda con entusiasmo—. Hombre, cuanto tiempo sin verte.

—Boyd —saluda Andrew de vuelta sin mayor expresión, y, aun así, aquello no hace flaquear la gran sonrisa del otro hombre.

—¿Hace cuánto llegaron? —pregunta Matt, integrando a Issabella en la ecuación, a sabiendas de que Andrew nunca viaja solo.

—Hace un par de horas —responde indiferente, desviando nuevamente su atención a la decoración—. Bonito lugar.

—¿Cierto que sí? —pregunta Matt de forma retórica, hinchando el pecho y alzando un poco más la barbilla, antes de agacharse para dejar las magdalenas en su sitio correspondiente.

—¿Es tuyo?

«Eso explicaría el nombre», piensa Andrew con sorna.

—En parte sí —responde de forma ahogada a causa de estar con la cabeza metida en el mostrador, acomodando los postres con calma—, la otra parte le pertenece a Neil.

Andrew frunce el ceño, un efímero silencio asentándose entre ellos.

—¡Oh, cierto! —exclama Matt, enderezandose nuevamente—, aún no conoces a Neil. Es un chico que llegó hace algunos meses. Es un tipo increíble.

Andrew no confiaría del todo en el juicio de nadie. Por otro lado, siente, no por primera vez, que se ha perdido algo importante.

—Siento que ambos se llevarían muy bien, ya que ambos tienen eso de —vacila por un instante— ser difíciles con las personas —asiente con una sonrisa complacida, como si su definición fuera la mejor que encontró en su reducido vocabulario.

Andrew arquea una ceja poco impresionado.

—Hombre, te lo presentaría, pero acaba de salir a hacer algunos mandados. —En ese preciso instante, se escucha la campanilla de la puerta tintinear, lo que significa que alguien acababa de ingresar—. ¡Oh, hablando de él! ¡Neil, ven! Quiero presentarte a alguien.

Sin mucho entusiasmo, Andrew voltea en dirección al recién llegado, porque realmente no esperaba nada. Pocas veces conoce personas que verdaderamente le impresionen o interesen. A estas alturas, ya se ha vuelto una manía el no querer ni emocionarse por nada. Pero, al momento de voltear, siente cómo la respiración se le estanca y el corazón se salta un latido, antes de correr de forma desenfrenada, como si de pronto hubiera sido asaltado por más emociones de las que ha estado acostumbrado a sentir.

Se queda inmóvil por un instante, incapaz de procesar de inmediato el torrente de sensaciones que recorren su cuerpo a raudales y embriagan sus sentidos, porque, simplemente, el hombre frente a él parece producto de algún mal viaje o alguna alucinación bien hecha, solo para joderlo. Aunque fácilmente Andrew podría pretender que no sabe lo que está pasando, el ardor en sus venas, junto a la evidente picazón en su muñeca, le dicen que aquello sería aún más patético de lo que ya es toda la situación. De algún modo, siente que, ahora mismo, se podría estar riendo si aún dependiera de alguna medicación.

Neil, al percatarse de la atención desconocida, se detiene en seco; su sonrisa, de por sí diminuta, se desvanece. Su mirada, de un azul intenso, inspecciona a Andrew con una cautela silenciosa, como quien está acostumbrado a buscar respuestas antes de hacer preguntas.

—Neil, este es Andrew, el hermano de Aaron —presenta Matt con la misma sonrisa, sin percatarse de la tensión en los hombros de Andrew ni del espesor en el aire.

—Sí, creo que puedo darme cuenta de eso —responde Neil con ironía, sin apartar su mirada de Andrew.

Andrew, por otro lado, logra mantener un semblante templado, pese a las ganas de rascarse la muñeca hasta poder arrancarse la piel. Siente, de manera desapegada, cómo su corazón late al ritmo fantasma de la pata de un conejo golpeando contra el suelo frenéticamente. Bien podría ser por ansias o por miedo; todavía no lo descifra.

Porque, precisamente, aquella reacción no le pertenece.

Otra cualidad de las almas gemelas es que, al momento de encontrarse, ambas partes podrán sentir las emociones y sensaciones más fuertes del otro como si fueran propias. Solo que, en este caso, Andrew es el único que las siente a causa de su rechazo hace algunos años. Cree que se trata de su maldito karma por rechazar lo que el destino le dio.

«Se puede ir muy a la mierda», piensa Andrew, con la irritación anudando su pecho.

El silencio se prolongó más de lo debido, siendo apenas rotó por el carraspeó incómodo de Matt. Andrew, en cambio, sólo se dedicó a observar aquella mirada azulada y cómo las ganas de correr nadaban libremente en su océano, como si estuviera acostumbrado a huir.

¿Quién está huyendo ahora?

—Una pelea dura —dice Andrew en su lugar, con la voz más firme de lo que esperaba, señalando con un gesto vago el rostro de Neil.

Matt hace un ruido ahogado detrás de él, pero Andrew lo ignora deliberadamente, más interesado en observar cómo la mirada azulada de Neil se oscurece por un efímero instante, antes de que Neil se lleve una de sus manos a dicha mejilla y, al hacerlo, se percate de la mancha de harina que tiene allí.

—Ah, eso —responde Neil sin gracia—. Tuve una riña con los costales de harina.

Andrew asiente, como si hubiera sido una respuesta coherente o realmente no le importara lo suficiente.

—Deje los sacos en la entrada trasera de la cocina —añade Neil en dirección a Matt.

Matt mira entre Andrew y Neil con cierta duda e incertidumbre.

—Anda, yo me encargo aquí —insiste Neil.

—Okey —acepta Matt, aun un poco dudoso—. Cualquier cosa me háblame.

Neil lo descarta con un gesto vago.

—¿Tú cocinas? —pregunta Andrew, una vez se quedan solos en el mostrador.

Neil desvía la atención hacia Andrew de nuevo, y Andrew se odia un poco más por el simple hecho de querer aquella mirada azulada en él.

—Sí —responde Neil, como si la pregunta le hubiera agarrado desprevenido.

—No pareces alguien fanático de lo dulce.

—Los cocino, no los como —dice Neil, con un encogimiento de hombros desinteresado.

—¿El cocinero no debería probar primero su plato? —pregunta Andrew.

—Sé lo que hago —responde Neil con suficiencia.

«Boca inteligente», piensa Andrew.

—A ti te gustan —añade Neil a modo de afirmación.

—¿Lo parezco?

—Sí —responde Neil—, pareces alguien que se dejaría morir de una sobredosis de azúcar.

Andrew lo mira poco impresionado, aunque en realidad siente un irritante vuelco en el estómago.

—¿Acerté? —pregunta Neil con una pequeña sonrisa confianzuda.

Andrew se encoge de hombros, volteando en dirección a los postres del mostrador con aparente indiferencia. Andrew quiere borrar esa sonrisa, de preferencia; con la mano o con la boca.

—¿Ya ordenaste? —pregunta Neil, sin inmutarse por la falta de respuesta, observando con atención a Andrew mirar los postres a través del mostrador—. Si quieres, puedo recomendarte alguno.

—Adelante —acepta Andrew desinteresado.

Neil se agacha a elegir uno de los postres del mostrador bajo la atenta mirada de Andrew. El aire se siente prestado en sus pulmones, como si la expectación carcomiera sus nervios, a la espera del momento en que la fragilidad entre ellos se rompa, y entonces Neil le mire con verdadero remordimiento. Pero aquello no ocurre, y Neil solo se levanta con su mismo semblante sosegado, deslizando por el mostrador sobre una servilleta un pequeño postre chocolatoso, con pinta de matar con su dulzor a cualquiera de un bocado.

Andrew toma entre sus dedos el postre, con una calma que realmente no siente. Al momento de dar el primer bocado, Andrew siente un delito la manera en que explotan los sabores en su boca, para luego deslizarse por sus papilas gustativas como una cascada meliflua, que se encarga de hacerle saber que nunca antes había probado realmente el chocolate.

No es dulce ni tampoco amargo. No es demasiado, pero tampoco es suficiente.

Andrew no se había dado cuenta que había cerrado los ojos en algún momento, hasta que los abre con cierta pereza, percatandose entonces de la mirada atenta de Neil, quién aparentemente había esperado su reacción con paciencia. Un brillo particular reluciendo en los ojos azules, como un océano que refleja los rayos del sol a mediodía sobre su marea tranquila.

—¿Qué tal? —pregunta Neil con sorna, una media sonrisa marcando un hoyuelo en su mejilla derecha. Andrew siente la repentina necesidad de poner su dedo allí.

—Decente —miente Andrew con descaro, a lo que la sonrisa de Neil se agranda—. ¿Cuánto es?

—Cortesía de la casa —responde Neil—. Asegúrate de regresar hasta que encuentres alguno que te impresione.

Andrew lo mira por un instante, buscando en el rostro ajeno cualquier gesto o señal que delate intenciones ocultas, pero tras no encontrar nada, se permite bajar la guardia, solo un poco.

—Puede que lo haga.

Neil hace el amago de querer decir algo al respecto, pero antes la campanilla de la puerta se hace oír, siendo seguida por estruendosas voces que se encargan de romper la tranquilidad del lugar. El semblante de Neil cambia abruptamente a uno más riguroso al momento de girarse hacia los nuevos clientes.

«Interesante», piensa Andrew, mientras termina de comer su postre con calma, ignorando a las nuevas personas.

Saca el celular de su bolsillo en busca de alguna novedad, ignorando deliberadamente algunos mensajes que prefiere no leer por el momento, hasta que llega a su chat con Aaron.

“Surgió algo en el hospital, no podré llegar”.

Andrew resopla.

 

[...]

 

La próxima vez, Andrew vuelve con el objetivo de trabajar en algunos informes pendientes, que, si dependiera de él, los hubiera dejado en Carolina del Sur.

Si tiene o no, una oficina personal en casa de Bee, nadie tiene porqué saberlo.

Asiente con la cabeza en dirección a Matt en el mostrador a modo de saludo, tras el hombre haberle saludado con una mano efusiva pese a tener clientes que atender. Toma asiento en la mesa más apartada de la esquina, donde reposan suavemente los rayos de la mañana, pero no de modo que puedan molestarle con su reflejo en los ojos o en la computadora.

Al principio, cuando eligió estudiar justicia penal, fue por mera sátira. Salió del reformatorio y, poco tiempo después, fue enjuiciado nuevamente por uso de violencia innecesaria hacia cuatro hombres. A causa de ello, entró a la universidad dopado hasta las trancas, peor que un caballo de carreras. Por lo tanto, su mente nublada no encontró hazaña más divertida que estudiar algo que se asemejara a los cerdos que tanto odia.

Pero Andrew no cree en el arrepentimiento. De lo contrario, probablemente nunca hubiera conocido a Issabella ni hubiera podido ayudar a todos aquellos niños y adolescentes que, a estas alturas de su trabajo, logró asesorar. Aunque también estaba la otra parte de su trabajo, aquella extenuante, agotadora y que juega a tirar de sus facultades mentales, como si fueran una torre de naipes.

Andrew resopla, fastidiado, mientras escribe con frenesí sobre el teclado de su computadora y, cada tanto, se acomoda los lentes que resbalan por el puente de su nariz. Siente, más de lo que logra ver, a una persona acercarse a él, dejando en su mesa un plato con la suficiente fuerza para hacerse notar, más no para molestarlo, en caso que Andrew quisiera solo ignorar su presencia.

—¿Sabor nuevo? —pregunta Andrew, levantando la mirada de la computadora para mirar a Neil con una ceja enarcada a través de sus lentes negros.

Neil tiene la misma camisa insulsa y mandil negro de la vez pasada, solo que esta vez su apariencia se ve mucho más prolija y sus cabellos rojizos están menos alborotados. Sin manchas de harina, Andrew puede ver mejor las cicatrices en las mejillas de Neil: marcas de cuchillos en una y quemaduras en la otra.

—Recién sacado del horno —responde Neil, con una suave sonrisa sardónica. Algo le dice a Andrew que sonríe de la misma manera antes de destrozar a alguien—. ¿Trabajando en vacaciones?

Andrew se encoge de hombros, acercando el postre hacia él por sobre la mesa para poder darle el bocado que pide a gritos.

—Podría decir lo mismo —refuta Andrew, mirando a Neil con audacia.

—No es lo mismo.

—¿No lo es? —pregunta Andrew, escéptico.

—¿Te gusta? —pregunta Neil en su lugar, haciendo un gesto vago hacia la computadora.

—No me gusta nada —responde Andrew, como si fuera una respuesta predeterminada.

Neil hace un gesto cargado de obviedad, como un sutil; “ves, ahí lo tienes”.

Andrew prueba el primer bocado de la tartaleta que presume ser de frambuesa con una orilla de crema, el sabor ácido de la fruta natural reposando en sus papilas gustativas antes de explotar al momento de ser invadido por el sabor de la crema. Andrew podría morir ahora mismo.

—¿Qué debe tener algo para que te guste?

Andrew desvía la mirada hacia Neil, quién lo mira de una manera indescifrable. Andrew podría mentirle, pero eso sería poco interesante.

—¿Qué me das a cambio? —pregunta Andrew en su lugar, con una mirada pétrea, a la vez que se recuesta en el respaldo y apoya sus antebrazos, cubiertos por brazaletes, en los brazos de la silla.

Neil se toma un momento. Andrew sospecha que está pensando en sus posibilidades, probablemente en como escapar de la situación, o buscando significados ocultos que no va a encontrar, porque simplemente no están. Aunque, también está la otra posibilidad, donde sea lo suficientemente estúpido como para tentar a su supervivencia, pero sí algo le dice su primera impresión cuando se conocieron, Neil es alguien que se destaca más por huir, pese a que ayer se quedo, al principio pareció que le costó infiernos hacerlo.

—¿Qué quieres a cambio? —pregunta Neil, finalmente, sus mirada brillando con una determinación silenciosa.

Teniendo en cuenta que es ignorante de que son almas gemelas, eso significa que esta decisión únicamente la ha tomado por una curiosidad innata. Andrew se siente como si estuviera cazando a un conejo, tan inquieto e impredecible como son.

—Una verdad por otra verdad —responde Andrew, aparentando indiferencia.

—Okey —acepta Neil, mientras apoya la cadera en la mesa.

Andrew desvía la mirada de ese simple gesto a favor de tomar otro bocado del postre abandonado, el tenue dulzor desviando sus ansias hacia otro lado. A estas alturas, no sabe si se odia más a sí mismo por verse tan afectado, o a Neil por aparentar ser tan inconsciente.

—Nada —dice Andrew, retomando la conversación anterior—. Nada es lo suficientemente interesante.

—Entonces, estas diciendo que sólo no has encontrado algo que te guste.

—Eres más tedioso de lo que pensé —concedió Andrew, antes de haberlo pensado mejor.

Neil, en lugar de ofenderse como cualquier persona normal haría, solo se limita a encogerse de hombros con una sonrisa astuta, como si realmente hubiera ganado algo con esto. Andrew empieza a sospechar que esto será un problema.

 

[...]

 

Unas cuantas noches después, Andrew despertó abruptamente por una opresión en el pecho. No es ajeno a las pesadillas, pese a los años, sigue padeciendo de algunas recurrentemente. Por lo mismo, sabe identificar que la opresión en su pecho y la escasez de oxígeno en sus pulmones no le pertenece, a pesar de sentir que está muriendo.

Francamente, la conexión de las almas gemelas es mucho más de lo que él había creído. Ni todos los libros ni informes que leyó, le prepararon para sentir tan a flor de piel las emociones y sensaciones ajenas. Ahora comprende porque algunos lo catalogan como algo aterrador.

Aprieta en un puño su camiseta por sobre su pecho, mientras empuña con la otra las sábanas hasta volver blanquecinos sus nudillos. Jadea desesperado en un intento mediocre por recuperar el oxígeno, a la vez que siente un escalofrío recorrer cada fibra de su cuerpo, congelando sus venas en la más pura sensación de pánico.

«Estás bien. Estás en casa. Nadie te está haciendo daño», piensa Andrew repetidamente, en un intento por recuperar la estabilidad, a sabiendas que no es él quien necesita ayuda.

Luego de lo que parecieron horas, la lucha contra sí mismo, se calmó finalmente. Andrew siente sus extremidades laxas y el peso de sus músculos como si fueran libras. El sudor frío recorre su cien, pegando su polera a su espalda, a su vez que un ardor recorre desde su garganta hasta su pecho de manera asfixiante.

Andrew se quita la polera por sobre la cabeza, lanzándola a algún lugar de la habitación oscurecida, antes de tirarse de espaldas a la cama nuevamente, reposando su antebrazo desnudo sobre sus ojos, en un intento por reconectar con la sensación de estar en su propia piel y del oxígeno ingresando a sus pulmones.

Suelta un suspiro pesado antes de levantar el antebrazo de sus ojos, visualizando la mancha ennegrecida ubicada allí. Andrew no está familiarizado con la culpa, pero sabe identificar lo que revuelve sus entrañas de forma asquerosa y bulle en su pecho.

Sabe que no es su culpa lo tan jodido que esté Neil; él mismo no está mucho mejor. Porque, claro, su alma gemela tenía que estar igual de hecha mierda que él; no podría haber sido de otro modo. A estas alturas, Andrew ya no se sorprende de lo tan malditamente irónico que puede ser el destino.

Por otro lado, las almas gemelas pueden transmitir sensaciones a través del vínculo una vez se conocen, lo que hace pensar a Andrew que, en otras circunstancias, quizás hubiera podido estar para Neil, pese a la distancia.

Pero ni el quizás, ni el arrepentimiento existen.

Una vez casi muere por querer algo; estuvo dispuesto a desgarrarse desde adentro y, aun así, no sirvió de nada. ¿Está dispuesto a morir una segunda vez solo por querer nuevamente?

Que le jodan a Neil Josten.

 

[...]

 

—Buenos días.

Se adentra a la cocina, ignorando las gotas de agua que hacen un recorrido irregular hasta el cuello de su camiseta —a raíz de su pelo mojado por la ducha—, mientras observa a Betsy e Issabella sentadas en taburetes frente a la isla americana, tomando lo que parece ser chocolate caliente. Issabella le saluda con una sonrisa perezosa, vestida con una polera gigantesca, la cual está seguro que conoce bastante bien.

—Buenos días —saluda Andrew de vuelta, en apenas un susurro rasposo.

—Buenos días, Andrew —saluda Bee, con una suave sonrisa—. Hay chocolate caliente en la olla.

Andrew asiente, mientras camina en dirección a servirse una taza, con una calma que realmente no siente, la tensión de anoche aun residiendo en sus músculos.

—¿Cómo dormiste? —pregunta Andrew, de espalda a las dos mujeres.

—Bien —responde Issabella, un poco dudosa—, pero amanecí con dolores.

Andrew asiente.

—¿Necesitas ir de compras?

—Sí —responde Issabella en un susurro.

—Ve a cambiarte —ordena Andrew, asegurándose de hacerlo sonar más como una sugerencia.

Issa asiente con parsimonia antes de levantarse para dirigirse al cuarto. Andrew toma su lugar frente a Betsy, un silencio cómodo, pero revelador asentándose entre ellos por unos instantes.

—¿Qué opinas del vínculo de las almas gemelas?

Bee deja a medio camino la acción de beber un sorbo de su taza, mirando con un aire sereno a Andrew. Se toma un momento para pensar bien en la pregunta y en sus palabras, mientras que Andrew revuelve inútilmente su chocolate caliente, sin apartar la mirada de la cuchara entre sus dedos.

—No puedo opinar demasiado acerca de ello, más que en base a mi conocimiento teórico del tema —responde Bee, dejando la taza reposar entre sus manos—, pero me parece un concepto interesante y bastante intrigante.

Andrew desvía la mirada hacia Betsy, observando su semblante sereno y la comodidad que irradia su postura. Betsy es parte de ese 20% de la población que nació sin un alma gemela. Cuando apenas era un adolescente estúpido de 18 años, tuvo la audacia de preguntarle si no se sentía miserable por eso, a lo que ella solo le respondió que no podía extrañar algo que nunca tuvo. Entonces, Andrew entendió que el más miserable de los dos era él.

“No le debes nada a nadie Andrew, ni al destino, ni a tu alma gemela. Solo te debes a ti mismo lo que quieras para ti”, fue lo que Betsy le respondió entonces.

—¿Qué tan fuerte es?

—¿Te refieres al concepto del vínculo o de almas gemelas? Ambos son conceptos similares, pero no iguales.

«Mujer astuta», piensa Andrew, complacido.

—Al vínculo —responde Andrew.

Betsy se toma otro instante para meditar sus siguiente palabras. Con esta conversación, Andrew siente un pequeño picor en su muñeca derecha, pero se abstiene de prestarle atención.

—Según he leído, el vínculo es tan fuerte como para que ambas personas sean capaces de poder sentir y transmitir sensaciones y emociones —responde Bee—, pero sólo hasta cierto grado de intensidad.

Andrew no debería haber sentido que estaba muriendo anoche, como cuando padece de sus propios ataques de pánico.

«Vaya mierda», piensa Andrew con sarcasmo.

Andrew asiente con parsimonia, registrando la información, a lo que Betsy sólo prosigue a beber su bebida caliente sin hacer más preguntas al respecto. El silencio cómodo de antes vuelve a su lugar entre ellos, mientras ambos beben de sus tazas.

—Estoy lista. —Aparece Issa en el umbral de la cocina con un vestido rosa que Renee le regaló hace un tiempo y una coleta alta.

Andrew asiente, levantándose para limpiar su taza antes de tomar las llaves de la casa y de el auto del cuenco encima de la encimera.

—¿Necesitas algo? —pregunta Andrew en dirección a Bee.

—No —niega Betsy—. Gracias, Andrew.

Andrew asiente, siguiendo a Issabella en dirección al auto, sacando su chaqueta de la percha de camino.

—¿Podemos comprar donas de regreso? —pregunta Issa, una vez ambos están dentro del auto.

—Veremos.

 

[...]

 

—Buenos días, bienvenidos a la madriguera del zorro.

Andrew suelta un suspiro pesado, viendo la fila que deben hacer antes de llegar al mostrador. Todas las veces que Andrew ha venido, es la primera vez que debe hacer fila. Odia las malditas filas, sobre todo cuando están detrás de una señora indecisa con su hijo insoportable a un lado.

Andrew mira al mocoso con una mirada pétrea, a lo que el niño se esconde detrás de la piernas de su madre. Escucha una pequeña risa a su costado que le hace voltearse en dirección a Issabella, viéndola con una ceja enarcada intentando reprimir el volumen de su risa.

—Por eso las personas creen que tenemos cadáveres en el sótano. —Ríe Issabella, su sonrisa siendo enmarcada por dos mejillas pecosas.

Andrew reprime una sonrisa ante el recuerdo de aquella vez cuando se corrió el rumor por el vecindario donde residen, que guardaban cadáveres en el sótano. Fueron buenos tiempos, los niños no se acercaron para Halloween, ni los villancicos para navidad.

Cuando finalmente pasan al mostrador, Andrew se toma un momento para observar al hombre frente a él; ojeras violáceas bajo aquella mirada azulada, con el cansancio reposando sobre sus hombros tensos. Hoy solo lleva una camiseta gris insulza encima de otra manga larga de color negro. No lleva el mandil y su cabello está revuelto, como si le hubiera pasado sus dedos incontables veces. Saber el porqué de su estado no lo hace mejor, después de todo.

—Papá, quiero esas —dice Issabella, apuntando en dirección hacia unas donas de chocolate detrás del mostrador.

Neil parpadea por un instante, como si la repentina interrupción no sólo hubiera descolocado a Andrew.

—¿Acabo de oír una voz conocida? —Aparece Matt con una sonrisa desde la puerta de la cocina, mientras equilibra un pie de limón en una bandeja con una mano.

—Hola tío Matt —saluda Issabella, con una sonrisa.

—¡Hola Issa! Que grande estás —saluda Matt de vuelta, con su típica emoción efusiva.

Andrew desconecta la conversación por un instante para mirar a Neil de reojo, quien se encuentra más ausente que presente, con su mirada perdida en algún punto del mostrador, mientras le pasa un paño a la misma zona ya limpia. Andrew reconoce esa desconexión, es aquella que viene antes de una recaída, antes de no querer salir de la cama ni de querer absolutamente nada, por más básica en su supervivencia que sea la acción.

Andrew recuerda que, durante esos días, Betsy o Renee siempre viajaban para poder cuidar de Issa hasta que Andrew se volviera a sentir él mismo y no sólo un manojo de huesos y carne podrida.

Pero, algo le dice a Andrew, que la reacción de Neil no será quedarse, precisamente.

—¡Claro! Dentro de la promoción puedes llevarte seis donas de diferentes sabores.

Andrew vuelve a sintonizar la conversación, para ver a Issabella mirarlo con pestañas largas revoloteando encima de sus mejillas pecosas, siendo su manera de pedir algo sutilmente.

—Esas llevaremos —dice Andrew en dirección a Matt, a lo que Issabella agranda su sonrisa.

—Muy bien —acepta Matt—. Elige las donas que quieras, Issa.

—Uh —duda por un momento—. ¿Le llevaremos a Bee? —pregunta Issa en dirección a Andrew.

Andrew asiente, viendo luego a Issa escoger las seis donas, guiándose por sus sabores favoritos y los de Bee, y Andrew logra ver también algunas cuantas para él.

—Listo, aquí tienes —dice Matt—. Disfruta tus donas, Issa.

—Gracias, tío Matt. —Sonríe Issa, tomando la cajita con las donas.

Andrew le paga a Matt por la caja de donas, mirando cada tanto a Neil de reojo, quién solo se dedica a limpiar otra zona del mostrador de manera distraída.

—¿Me esperas en una de las mesas? —pregunta Andrew en dirección a Issa—. Tengo que hacer una cosa.

—Oh, claro —murmura Issa, curiosa.

—Estaré aquí afuera. —Hace un gesto hacia la calle que se visualiza a través del ventanal.

Issa asiente con parsimonia antes de dirigirse a la mesa de la esquina, con la caja de donas entre manos. Andrew se queda un instante hasta verla cómoda en su asiento, antes de caminar en dirección a Neil. Toca dos veces consecutivas con suavidad en la zona del mostrador frente a Neil, quien levanta su mirada perdida en dirección a Andrew.

Andrew aparenta no ver la forma en que la mirada azulada pasa de ser opaca a alojar un tenue brillo, asemejando la calma de una marea que amenaza con arrastrar a cualquiera hasta sus profundidades.

Andrew se cuestiona si siempre va a ser así, o en algún momento todo dejará de sentirse como si fuera demasiado.

«Cómo puedo aparentar que es nada, si me mira como si fuera a serlo todo», piensa Andrew, dejándolo con las ganas de aplastar aquello como a un insignificante insecto. Si tan solo fuera así de sencillo.

Andrew le hace un gesto de cabeza en dirección a la puerta principal, aparentando indiferencia. Neil se toma un momento antes de asentir, dejando el paño sobre el mostrador.

—Ey, Boyd —llama Andrew, lanzado el paño en dirección a Matt una vez se voltea a verlo—. Encárgate.

Matt agarra el paño con precisión, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua, igual de desorientado. Andrew solo le hace un gesto vago a donde está Issa, a lo que Matt voltea a verla para luego voltear de nuevo hacia Andrew, asintiendo con un pulgar arriba en señal de haber entendido.

Andrew asiente, antes de caminar en dirección a la salida, siendo seguido en silencio a una distancia prudente por Neil. Saca un paquete de cigarrillos del interior de su chaqueta, rompiendo el plástico con sus uñas romas antes de sacar un cigarro y ponerlo entre sus labios.

Una ráfaga de viento golpea contra su rostro al abrir la puerta, haciendo revolotear sus cabellos rubios sobre su frente. Un temblor recorre sus extremidades, erizando cada vello de su cuerpo. Se voltea hacia Neil para ofrecerle un cigarrillo del paquete.

Fue apenas un instante, si Andrew no estuviera tan hiperconsciente de la presencia de Neil, probablemente no se hubiera percatado de la repentina tensión que recorrió el cuerpo ajeno por completo, ni del destello de vacío en los ojos azules. Porque, tan abrupto como apareció, fue que desapareció, recuperando su compostura casi de inmediato.

—Gracias —dice Neil, en apenas un susurro, tomando entre sus dedos el cigarrillo.

Andrew lo descarta. Saca un encendedor del bolsillo delantero de su pantalón y lo enciende, para luego acercar con cuidado la llama al cigarrillo entre sus labios, cubriendo un lado del viento con su mano libre. Aspira profundamente una vez que el cigarrillo está encendido.

El humo baila con sátira en sus pulmones; una sensación de calor que bulle en su interior mezclada con el amargor espesado en su lengua. El humo denso viaja hacia arriba, antes de deslizarse por su nariz con suavidad. Siente un cosquilleo seguido por el olor a acre y nicotina filtrándose por sus fosas nasales.

Andrew mira de reojo a Neil, quien, en todo momento, siguió cada una de sus acciones con una mirada indescifrable. Neil no aparta la mirada; en su lugar, solo aumenta la intensidad al mantener el contacto visual mientras Andrew termina por exhalar los residuos del humo.

Andrew desvía la mirada a la manzana de adán de Neil, no pudiendo ignorar la manera en que se mueve al tragar. El caos en la mente de Andrew se desmorona al pensar en cómo sería pasear sus dedos, o inclusive su lengua, por aquella zona tan peligrosamente tentadora.

—¿No lo vas a encender? —pregunta Andrew, en un intento mediocre por recuperar algo de control.

—No fumo —responde Neil de forma ahogada. Al menos la densidad en el aire no es solo un producto de la mente trastocada de Andrew.

Andrew le mira interrogativo con una ceja enarcada.

—Solo me gusta el olor —responde Neil a la pregunta tácita, encogiéndose de hombros desinteresado.

Andrew asiente, llevándose una vez más el cigarrillo a la boca, no sin antes botar el exceso de cenizas al pavimento.

—Juguemos.

Neil lo mira escéptico.

—Okey.

—¿Por qué te gusta? —pregunta Andrew, a sabiendas de que lo más probable es que esté tocando una vena sensible.

Neil se tensa por completo como una vara rígida, mientras que Andrew solo se dedica a observar como las facultades de Neil se derrumban poco a poco, como pilares arcaicos que intentan sostener lo que queda de aquel edificio que alguna vez fue imperioso, pero del cual sólo queda el esqueleto.

—Si no quieres, puedes simplemente no responder —dice Andrew sosegado, expulsando el humo en cada palabra.

Ante eso, Neil recupera un poco la compostura, relajando su semblante, pero desviando la mirada hacia la calle. Ahora parece menos como si fuera a huir en cualquier momento.

—Me recuerda a mi madre —responde Neil, mirando de reojo a Andrew—. Falleció hace algunos años a manos de mi padre.

Andrew asiente, procesando y almacenando la información mientras se lleva nuevamente el cigarrillo a la boca. Andrew no creció con una figura materna ni paterna, por ende, el sentimiento de perder a un padre le es ajeno, irónicamente.

—La mujer —escupe Andrew con cínica amargura— falleció en un accidente automovilístico. Iba en el auto con ella.

Un efímero silencio se instala entre ambos, mientras se miran con diferentes grados de entendimiento. Entonces, Neil asiente suavemente luego de un instante, como si aprobara aquella verdad dicha a cambio de la suya.

—Tienes una hija —afirma Neil.

—Gracias por hacérmelo saber —responde Andrew sardónico, como si el cambio de tema no fuera repentino.

—Pensé que no te interesaba nada.

—Issabella es una excepción —dice Andrew, mirando a Neil de manera pétrea—. Debe ser la edad.

Neil resopla divertido, con la tensión anterior terminando por abandonar su cuerpo.

—Entonces, sí existen cosas que puedan meterse bajo la piel de Andrew Minyard —dice Neil, en una burla juguetona—. La próxima vez que escuche a alguien decir que no tienes alma, tendré que golpearlo.

Andrew no está seguro que sepa realmente lo que genera.

—Te han hablado de mí —afirma Andrew, poco impresionado.

—Sí —acepta Neil con honestidad—. Pero no me gusta creer en rumores.

—Deberías —refuta Andrew con desinterés, terminando de inhalar lo último del cigarrillo.

Neil se encoge de hombros.

—Hasta el momento, ninguno me ha dicho que eres un fanático de lo dulce —concede Neil, con una sonrisa astuta—, así que lo seguiré poniendo en duda.

Andrew lo mira, intentando ocultar la impresión que ha sacudido sus huesos tras la confesión dicha con tanta ligereza. Neil, en cambio, sólo sonríe de forma audaz.

—¿Qué gano por dejarte sin palabras? —pregunta Neil.

—Que te lance frente a un auto en movimiento —responde Andrew de manera casual.

—No lo harías.

—No me tientes.

Andrew finalmente lanza la colilla del cigarrillo contra el pavimento antes de pisarla con su bota. Se gira en dirección a la entrada, pero antes voltea hacia Neil nuevamente, posicionando dos dedos contra su sien en una especie de saludo militar.

—Hasta la próxima —dice Andrew sardónico.

Neil sonríe con hoyuelos y mejillas pecosas.