Work Text:
Era una tarde tranquila en Echoes of Euphoria. Tanwa estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, garabateando letras sin sentido en su cuaderno: ideas sobre esperanza y amor. Quizás el inicio de una nueva canción.
Por su parte, Sucha se había puesto a limpiar, por primera vez en mucho tiempo, los estantes de discos. Tarareando mientras sacudía el polvo de los vinilos que los clientes habían hojeado por la mañana.
Tanwa estaba a punto de encontrar las palabras exactas para capturar lo que sentía, cuando la voz de Sucha —normalmente tranquila y medio somnolienta— lo llamó desde la otra habitación con una emoción poco común.
—¡Tanwa! ¡Ven a ver esto!
Había encontrado un volante metido dentro de una funda de vinilo. Estaba dibujado a mano, ligeramente descolorido, y anunciaba el concierto secreto de una de sus bandas favoritas: los Petch Phin Echoes. Una sola noche, bajo un árbol de baniano, cerca de un bosque en Chiang Mai. Tenía un mapa.
—Es en dos días —dijo Sucha, con los ojos muy abiertos—. ¿Qué hacemos?
Tanwa frunció el ceño.
—No podemos dejar la tienda sola. Los discos nuevos llegan mañana, ¿recuerdas? No tenemos tiempo para llegar.
—¡Son los Petch Phin Echoes, Tanwa! ¡El universo se alineó para que encontráramos este flyer justo dos días antes! No podemos ignorarlo.
Tanwa pensó que quizá lo habrían encontrado con más tiempo si limpiaran la tienda más seguido, pero no dijo nada. Solo asintió. El flyer era tentador.
—Digamos que dejamos a May a cargo de la tienda… —dijo Tanwa, tanteando la idea con una sonrisa cómplice.
Sucha soltó un chillido agudo, desproporcionado para alguien tan alto y normalmente tranquilo, y empezó a balancearse con el flyer entre las manos como si fuera un premio.
—¿Cómo vamos a llegar? —siguió.
—Puedo pedirle la furgoneta a mi primo —respondió Sucha—. Tú tienes licencia. ¡Podríamos llegar a tiempo!
Tanwa sonrió de nuevo. El primo de Sucha era bastante relajado, y siempre había querido ver a los Petch Phin Echoes en vivo.
Un viaje en carretera con Sucha prometía una buena aventura y quizá la inspiración que Tanwa necesitaba.
⋆˚꩜。── .✦
Empacaron incienso, bocadillos y porros de emergencia. El camino hacia Chiang Mai los llamaba.
Se montaron en la vieja furgoneta VW del primo de Sucha, apodada Sawasdee. El motor hizo un ruido extraño al arrancar, uno que le dio un poco de desconfianza a Tanwa, pero por suerte se mantuvo firme durante el trayecto.
Sucha puso sus canciones favoritas de los Petch Phin Echoes, y Tanwa se recostó contra la ventana mientras manejaba, con la guitarra de su padre detrás y la pandereta de Sucha encajada entre los asientos. No se había sentido tan vivo en semanas.
Estaban a mitad de una canción y planeaban detenerse en un puesto de comida al borde de la carretera cuando vieron a dos monjes haciendo autostop cerca de una curva. Sin pensarlo, Tanwa se detuvo.
—¿Podemos recoger monjes? —murmuró Sucha, mientras buscaba el paquete de incienso.
—Están haciendo autostop. Suena a consentimiento divino, si me lo preguntas —dijo Tanwa, sonriendo mientras se encogía de hombros.
Los monjes subieron con las túnicas polvorientas y sonrisas serenas en el rostro. Uno de ellos notó la pandereta entre los asientos y la señaló con curiosidad.
—¿Son músicos? —preguntó.
—A veces —respondió Sucha, medio sonriendo—. Cuando el universo lo permite.
El monje asintió, como si entendiera exactamente a qué se refería.
—La música también puede ser meditación —dijo—. No siempre se trata de silencio.
Sucha se acomodó, estirando las piernas sobre el tablero. El porro aún encendido entre los dedos.
—En Pai —empezó, y se detuvo para dar una calada— en uno de esos retiros… nos dijeron que la música distrae. Que ocupa el espacio donde debería estar la respiración.
El monje lo miró con calma.
—Depende. Si tocas para llenar algo. Pero si tocas para escuchar, puede ayudarte a estar más presente. No es el sonido lo que distrae, sino la intención.
Sucha se quedó mirando por la ventana, pensativo. Luego murmuró:
—A mí la música solo me encuentra cuando no la estoy buscando.
El monje sonrió con suavidad.
—Entonces ya estás escuchando.
Tanwa alzó una ceja. No entendía ni la mitad de la conversación, como siempre que sus amigos se ponían filosóficos y él no se había fumado uno para poder manejar. Pero le gustaba el tono y no quería quedarse fuera.
—¿Eso significa que Sucha está cerca de la iluminación? —preguntó, dándole un codazo suave a Sucha.
—Tal vez —dijo el monje, encogiéndose de hombros— . Aunque todavía se aferra más al humo que al silencio.
—Suena como yo —dijo Sucha, exhalando despacio.
Tanwa sonrió. Sonaba como ambos.
Viajaron juntos un rato. Y mientras compartían bocadillos, escuchaban historias sobre árboles de baniano, vidas pasadas y del breve pero intenso paso como DJ de uno de los monjes en una estación de radio comunitaria.
Cuando se bajaron en un templo cerca de Lampang, uno de ellos le entregó a Tanwa una pequeña pulsera de hilo.
—Para protección —dijo— . Y buena suerte.
⋆˚꩜。── .✦
Aparentemente, la pulsera del monje no funcionó de inmediato.
La furgoneta se averió en medio de la carretera, y Tanwa y Sucha terminaron afuera, discutiendo si debían esperar o empezar a caminar. El sol ya comenzaba a ocultarse en el horizonte, y Chiang Mai aún estaba a kilómetros.
Tanwa quería seguir caminando: quizá había un taller cerca, quizá podían conseguir ayuda. Sucha, ya cansado y quemado por el sol, prefería quedarse con Sawasdee y esperar a que el destino interviniera.
Estaban en plena discusión cuando un coche redujo la velocidad y se detuvo, atraído por la vista de la camioneta colorida de estampado psicodélico con el capó abierto y humo saliendo.
—¿Están bien? —preguntó el conductor.
Sucha exhaló y sonrió.
—Los monjes tenían razón. Tenemos buen karma.
El hombre parpadeó, claramente sin saber cómo responder, y fue a buscar su caja de herramientas. Por suerte, era un mecánico local que iba camino a casa.
Las estrellas comenzaban a aparecer cuando la camioneta estuvo lista. Tanwa exhaló una nube de humo de su porro y dio un paso al frente.
—Fue muy amable de su parte. No sé cómo podríamos agradecer...—
El hombre lo interrumpió.
—¿Tienen dinero?
Tanwa dudó. Tenían algo de dinero, pero estaba destinado a comida y gasolina. Miró a Sucha, quien ya parecía estar tramando algo.
—No tenemos dinero —dijo Sucha—, pero tenemos algo mejor.
El hombre alzó una ceja.
—Está usted frente al futuro vocalista principal de una banda que será reconocida a nivel nacional... ¡Moonshine!
El hombre suspiró.
—¿Al menos saben tocar?
Tanwa le dio su mejor sonrisa, señalando su atuendo: lino suelto, collares y pulseras de cuentas disparejas, y un porro aún humeante entre los dedos.
—¿Nos vemos como si no tocáramos?
Antes de que el hombre pudiera responder, Sucha corrió hacia la camioneta, agarró la guitarra de Tanwa y la pandereta, y empezaron a tocar. Tanwa canturreó una de sus canciones originales, con la voz baja y cálida, mientras Sucha bailaba en círculos, sacudiendo la pandereta y haciéndole armonías desafinadas, totalmente entregado al show.
Cuando terminaron, el hombre se quedó con los brazos cruzados, en silencio por un momento.
—Supongo que tienen algo de talento —murmuró.
Ambos sonrieron.
⋆˚꩜。── .✦
Tanwa estaba casi seguro de que se habían equivocado de camino cerca de Lampang. La carretera empezó a estrecharse, los árboles se volvieron más densos, y el sonido del agua cayendo les llamó la atención.
Al final, aparcaron cerca de un claro. El murmullo del agua fresca los llamaba.
Tanwa se quitó los zapatos y Sucha se quitó la camisa. No hablaron. Solo dejaron que el agua y el viento les limpiaran el viaje mientras compartían un porro.
Fue entonces cuando lo vieron.
Un hombre de mediana edad con solo un pareo desteñido, sentado con las piernas cruzadas sobre una roca, garabateando en un cuaderno con carbón. Tenía el pelo largo, los ojos cerrados, y parecía estar esperándolos.
—Llegan tarde —dijo el hombre sin levantar la vista.
—¿Tarde para qué? —preguntó Tanwa.
—Para la metáfora —respondió—. Pero está bien. Aún fluye.
—¿Eres poeta? —preguntó Sucha, sentándose a su lado.
—Soy un río —dijo el hombre—. A veces rimo.
Tanwa rió y se acomodó entre ellos. Hablaron como si fueran viejos conocidos: de música, de otros poetas y sus recetas favoritas de pescado al curry. Lo animaron a recitar, y él declamó un poema sobre la infancia y el amor no correspondido. Tanwa lloró un poco. Sucha le hizo una ovación entusiasta y le ofreció un trago del licor que llevaban, lo cual pareció emocionar más al hombre que los aplausos.
Antes de irse, el poeta les entregó un trozo de papel que decía:
“Cuando la canción termine, no te apresures al silencio. Deja que el eco te enseñe algo.”
Nunca supieron su nombre, pero se fueron con esas palabras.
⋆˚꩜。── .✦
El camino fue largo, pero al final llegaron a Chiang Mai. Tanwa bajó de la furgoneta y se detuvo un momento para sentir el suelo bajo sus pies. Sucha ya estaba descalzo, con los brazos alzados hacia el cielo, frente al baniano. Tanwa observó el árbol en silencio.
Había algo en los banianos que siempre lo inquietaba. Le inspiraban una desconfianza difícil de explicar, casi miedo, como si en cualquier momento sus raíces pudieran extenderse, envolverlo y arrastrarlo hacia dentro.
Para ser un hippie, sus amigos solían burlarse de su temor a la naturaleza. Pero debía admitir que ese árbol, iluminado por faroles de papel y rodeado de gente, parecía distinto.
No lo acechaba. Lo invitaba.
Aun así, se acercó un poco más a Sucha por si acaso. Y si se aferró demasiado fuerte a su brazo mientras caminaban hacia el árbol, nadie tenía que saberlo.
Una chica se les acercó con una sonrisa. Tenía la mirada perdida, como casi todos allí.
—¿Acaban de llegar? —preguntó.
Ellos asintieron. Ella les extendió margaritas y amapolas como si fueran necesarias para entrar. Tanwa tomó una corona de flores y se la puso sin pensarlo mucho. Sucha reía mientras la chica le iba enredando flores en el pelo.
—Van a tocar una canción nueva esta noche. Deberían prepararse.
Como si alguien hubiera dado la señal, la banda se detuvo un momento y anunció su nueva canción: Lotus Reverb.
Tanwa apenas tuvo tiempo de procesarlo. Cuando empezaron a sonar las primeras notas del bajo, lloró un poco; siempre había sido uno de los más sensibles de su familia.
La canción era lenta, psicodélica y sorprendentemente tierna. Suspiró contento, lamentando haber dejado la grabadora de casete en la tienda, y se dejó caer al suelo con las piernas cruzadas, dejando que el eco lo envolviera.
Sucha giraba entre la multitud, rodeado de chicas que reían y le ponían más flores al pelo alborotado. Cada tanto le lanzaba un guiño o un gesto a Tanwa que lo hacían sonreír.
Alzó la vista hacia las estrellas y se dejó arrastrar por la música mientras la noche se movía a su alrededor. La luz de los faroles dibujaba sombras suaves, y ya todo le llegaba en retazos, en risas que flotaban. Quería rendirse por completo al suelo, disolverse en el eco, pero todavía tenía una misión pendiente.
Ya le había echado el ojo a un chico moreno que parecía demasiado estirado para estar rodeado de hippies flotando en marihuana. Pensó que tal vez podría ayudarlo a relajarse y pasar un buen rato: llevarlo bajo un árbol, burlarse un poco de él y usar uno de sus trucos para aflojar esa mirada tensa.
Igual, sabía que al día siguiente recordaría poco: colores difusos, fragmentos de la nueva canción, alguna risa suelta. Así que volvió a mirar a Sucha, intentando grabarlo en su memoria —el pelo rizado lleno de flores y hojas caídas, las luces iluminándolo mientras su banda favorita tocaba de fondo— y pensó que, aunque el recuerdo se desvaneciera, algo pequeño y cálido de ese momento se quedaría con él.
Un consuelo para cuando, inevitablemente, todo en su vida volviera a desmoronarse y su corazón —apenas remendado tras años de felicidad forzada— se rompiera otra vez.
Eso era lo que hacía: perseguía momentos como ese, los recogía con cuidado, por si acaso. Por si la tristeza volvía y necesitaba algo que le recordara que, al menos por una noche, había estado bien.
Y gracias a Sucha ya había reunido varios. Con él, cada desvío parecía valer la pena.
