Work Text:
“I don't wanna lose my spot
'Cause I need to know
If you're hurting him, or you're hurting me
If I ain't with you, I don't wanna be
Is there someone else or not?”
El cuerpo de Ash vibraba de tensión.
No era una sensación nueva. Llevaba años viviendo con los hombros rígidos y la mandíbula apretada, con esa vigilancia constante que le permitía anticipar ataques antes de que ocurrieran. Pero esa noche, después de diez días fuera de la isla, la tensión se había enquistado en sus músculos de una forma que ni siquiera el viaje de regreso había logrado disolver.
Giró el cuello de un lado a otro, sintiendo cómo los tendones protestaban con un crujido sordo. El gesto era automático, casi mecánico, y tan inútil como todas las veces anteriores. Sus dedos se hundieron en la nuca, masajeando sin mucho convencimiento, pero ni siquiera eso logró aliviar la presión que se acumulaba en la base de su cráneo.
Ashswagg, el temido líder de "El Régimen", había salido durante diez días para explorar las afueras de la frontera. Diez días de entrenamiento continuo, de recolección de materiales, de avanzar sobre terreno desconocido mientras dejaba a Tubbo, su segundo al mando, a cargo de todo. Diez días de mirar constantemente por encima del hombro, de esperar que la Federación hiciera algún movimiento, de prepararse para lo peor mientras su mente trazaba mapas de escape y rutas de suministro.
Y ahora, por culpa de su propia decisión de tomarse un descanso, estaba aquí.
En una maldita fiesta.
Con los del norte.
Ash tomó el vaso que le habían entregado al entrar, un brebaje de color extraño que olía a frutas fermentadas y algo más que no se molestó en identificar. No bebió. Se limitó a sostenerlo entre sus dedos, sintiendo el frío del vidrio contra sus palmas, mientras su mirada recorría el espacio con la precisión de un francotirador.
El Café D'Hollander estaba en su punto más álgido. La iluminación era tenue, cuidadosamente calculada para crear una atmósfera de intimidad que a Ash le parecía casi obscena considerando quiénes ocupaban las mesas. Lámparas de luz cálida colgaban del techo, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de madera oscura, y el mobiliario, de estilo antiguo pero bien conservado, estaba dispuesto de forma que invitaba a la conversación cercana. Las risas de los presentes rebotaban contra la madera del techo, mezclándose con el murmullo constante de las conversaciones privadas hasta formar un ruido blanco que, en cualquier otra circunstancia, Ash podría haber encontrado casi reconfortante.
Jeremy se movía entre las mesas con la elegancia de quien ha atendido mil noches como aquella, su sonrisa suave y constante mientras dejaba bandejas con nuevas rondas de bebidas sobre las superficies de madera. A su paso, los grupos se animaban, las conversaciones se intensificaban, y el volumen general aumentaba unos grados más.
La relación entre las dos facciones era... tranquila.
Ash utilizó el término con todas las reservas que merecía. Desde que Maximus les había mostrado aquellas cintas de la Federación, el odio abierto que había caracterizado los enfrentamientos entre el norte y el Régimen había quedado relegado a un segundo plano. No había desaparecido, eso sería pedir demasiado, pero al menos ahora compartían un enemigo común. Un enemigo más grande, más peligroso, más inhumano.
Aun así, Ash podía sentir las miradas. Aldo, por ejemplo, seguía observándolo desde el otro extremo del local con una expresión que no era exactamente hostil, pero que tampoco dejaba espacio para malentendidos. Había rabia en sus ojos, ese tipo de furia contenida que Ash conocía demasiado bien porque la veía reflejada en el espejo cada mañana. La misma tensión que él mismo reprimía cada vez que alguien del norte le dirigía la palabra. Las mismas inmensas ganas de provocar una pelea, de dejar que todo estallara de una vez, de acabar con la farsa de la paz a espadazos.
Pero no. Se había esforzado demasiado para llegar hasta aquí. Literalmente.
Ash había trabajado en construir una imagen de sí mismo que los príncipes pudieran tolerar. Roier, el primer heredero, con su risa estridente y su capacidad para encontrar humor en cualquier situación, había sido el primero en aceptar sus acercamientos. Molly, con su diplomacia innata y su habilidad para leer entre líneas, había seguido poco después. Y luego estaba...
Su mirada se desplazó casi instintivamente hacia la mesa central, donde un grupo de los del norte se agolpaba alrededor de una botella de whiskey que centelleaba bajo la luz tenue.
Juan.
Juan, que no era exactamente un príncipe pero ocupaba un lugar tan importante en la estructura del norte que la distinción resultaba casi académica. Juan, que era, paradójicamente, la persona en la que Ash más confiaba de todo el reino vecino. Juan, que ahora se encontraba radiante, con una enorme sonrisa en el rostro mientras molestaba a Foolish por alguna tontería que Ash no alcanzaba a escuchar desde donde estaba.
El castaño reía con la cabeza echada hacia atrás, sus gafas amenazando con resbalar por el puente de su nariz, y sus dedos tamborileaban sobre la mesa al ritmo de alguna canción que solo él parecía escuchar. Incluso a través de la distancia y el ruido, Ash podía sentir el calor que emanaba de él, esa especie de luminosidad natural que hacía que todos los que lo rodeaban se sintieran un poco más ligeros, un poco más felices.
La razón por la cual Juan estaba tan brillante, tan feliz y tan cálido hacía que Ash quisiera incendiar el lugar.
No por nada personal, por supuesto. No era un tema que le incumbiera o le importara.
Pero Ash se reprimió mentalmente porque había sido demasiado lento, demasiado cauteloso, demasiado ocupado con sus propios asuntos en la frontera, y ahora Juan había vuelto a caer en las garras del enemigo.
Había vuelto con Cucurucho.
Solo pensar en ese nombre hacía que su estómago se retorciera con una sensación que Ash se negaba a examinar en profundidad. Uno de los trabajadores más peligrosos de la Federación, un ser cuya sonrisa pintada parecía burlarse de todos ellos, un peón de la misma organización que los tenía atrapados en esa maldita isla como ratones en un laberinto.
Y Juan había vuelto con él. Salía con él con orgullo.
Como si nada hubiera pasado. Como si las cintas que Maximus les había mostrado no existieran. Como si la Federación no fuera la responsable de cada muerte, cada desaparición, cada noche en vela.
Ash se obligó a respirar hondo. No podía permitirse ese tipo de pensamientos aquí, no cuando estaba rodeado de posibles aliados y enemigos potenciales a partes iguales. Aunque apenas soportaba a los del norte, se preocupaba por sus intereses compartidos. Esa era la verdad que podía permitirse aceptar. No podía permitir que alguien con un puesto tan alto como Juan fuera un infiltrado de la Federación. Eso sería un desastre para todos.
Ash se convenció de que ese era el único motivo por el cual estaba tan incómodo. Porque eso era lo único que tenía permitido ser.
Su mirada volvió a fijarse en Juan. El castaño reía suave ahora, su cuerpo inclinado hacia Tina —la segunda al mando del general de guerra Aldo, un título tan largo como ridículo, si le preguntaban a Ash— mientras ella decía algo con gestos exagerados. Los dedos de Juan se enredaban en el borde de su vaso, girándolo lentamente, y había algo en la forma en que inclinaba la cabeza, en cómo sus ojos se entrecerraban con la risa, que hacía que Ash apretara los dedos contra su propio vaso con más fuerza de la necesaria.
Hizo una mueca.
Se dijo a sí mismo que se estaba acercando porque de todos los del norte, Juan era con quien más se llevaba. Porque después de tantas horas de conversaciones forzadas en reuniones diplomáticas y encuentros casuales en eventos como aquel, existía entre ellos una familiaridad que Ash no tenía con ninguno de los otros príncipes. Una facilidad para el diálogo que no requería que estuviera constantemente vigilando cada palabra que salía de su boca.
Y necesitaba conseguir información, por supuesto.
Sobre la Federación. Sobre Cucurucho. Sobre cualquier cosa que Juan pudiera haber escuchado o visto durante su tiempo con aquel ser despreciable.
Eso era todo.
Cuando Foolish y Tina se enfrascaron en una conversación privada que los aisló del resto del grupo, Ash vio su oportunidad. Atravesó el espacio que los separaba con pasos medidos, sin prisa pero sin vacilación, la misma forma en que entraba a cualquier territorio desconocido. Su mano encontró el hombro de Juan con una firmeza que no era brusca, pero que dejaba claro que su presencia no era accidental.
"Ey, Juan", dijo, inclinándose lo suficiente para que su voz superara el ruido ambiente. No quería gritar. No gritaba nunca, si podía evitarlo.
El efecto fue inmediato.
Los ojos miel del castaño se abrieron con una expresión que Ash no supo descifrar del todo. Parpadeó varias veces, como si necesitara enfocar la mirada, como si Ash fuera una imagen borrosa que requería un momento para solidificarse. Luego, cuando el reconocimiento iluminó sus facciones, una sonrisa adornó sus labios con una calidez que Ash sintió en el pecho antes de poder evitarlo.
"¡Hombre, Ash!" La voz de Juan era un poco más alta de lo necesario, arrastrada por el alcohol y la alegría. "¡Hace rato que no te veía!"
Sus dedos se cerraron alrededor del brazo de Ash por un momento, un gesto rápido que no duró más de un segundo, pero que dejó una impresión térmica en la manga de su camisa.
"Asuntos en la frontera", respondió Ash, y fue todo lo que dijo.
No necesitaba más. En su posición, las explicaciones detalladas eran un lujo que no podía permitirse, y Juan, a pesar de su aparente ligereza, parecía entenderlo. No preguntó, pero la duda brilló en sus ojos por un instante, ese destello de curiosidad que Ash había aprendido a reconocer en él. La curiosidad, pensó Ash con una mezcla de irritación y algo más indefinible, era una de las cosas que hacían a Juan peligrosamente perceptivo.
Con cuidado, como si el gesto requiriera toda su atención, el moreno tomó asiento justo al lado de Juan. La silla crujió bajo su peso, y la cercanía repentina hizo que Juan se revolviera incómodo en su asiento, ajustando sus gafas con un movimiento nervioso de sus dedos. Ash no sonrió. No era algo que hiciera a menudo, y menos en público, pero sus ojos permanecieron fijos en el perfil de Juan mientras éste fingía interés en el contenido de su vaso.
No sabía cómo iniciar la conversación sin hacerlo raro. Esa era la verdad. Con Juan, las palabras que normalmente fluían con facilidad cuando se trataba de estrategia o diplomacia se convertían en algo torpe, en algo que requería pensarlo dos veces.
"Oí que volviste con Cucurucho", dijo finalmente, ladeando la cabeza mientras observaba la reacción del castaño.
La expresión de Juan se iluminó como un árbol de Navidad, sus facciones suavizándose en una sonrisa tan amplia que Ash pudo ver el brillo de sus dientes bajo la luz tenue. Sus ojos, que momentos antes habían estado algo vidriosos por el alcohol, ahora centelleaban con una claridad que no tenía nada que ver con la sobriedad.
"¡Sí!" La emoción en su voz era tan evidente, tan pura, tan jodidamente sincera, que Ash tuvo que hacer un esfuerzo físico para no hacer una mueca de frustración. "Fueron días difíciles, pero finalmente lo arreglamos..."
Juan hizo una pausa, y su cabeza se inclinó ligeramente, como si estuviera procesando algo que acababa de ocurrirsele. "¿Cómo supiste que habíamos cortado?"
Ash se encogió de hombros, un gesto que intentó ser casual y que probablemente salió más brusco de lo que pretendía. "Toda la isla se enteró", dijo, y fue verdad, aunque no toda la verdad. Había sido Vegetta quien se lo había mencionado en una de sus reuniones forzadamente amistosas, con un tono que intentaba ser despreocupado y que delataba una preocupación que ninguno de ellos nombraba en voz alta.
Bebió un sorbo de la bebida rara que le habían entregado. El sabor era dulce, demasiado dulce, y Ash frunció el ceño mientras lo tragaba. Finalmente se resignó a dejarlo a un lado, donde no volvería a tocarlo.
"Dios mío", murmuró Ash, mirando al techo como si buscara paciencia en las vigas de madera. Sus dedos encontraron el puente de su nariz, masajeando el punto donde sentía que se estaba gestando un dolor de cabeza. "No entiendo qué le ves."
Nunca se había encontrado con Cucurucho en persona. Pero si aquel ser tenía algún parentesco con Pepino —y los informes que había recopilado sugerían que así era—, Ash no podía entender la fascinación de Juan. Se mantenía renuente, férreamente renuente, a la idea de que alguien pudiera colocar sus esperanzas y su afecto incondicional en un ser tan asqueroso como los de la Federación. Era como arrojar joyas a un pozo negro y esperar que el fondo devolviera algo brillante.
Si la mirada de ensueño y la voz derretida llena de devoción que Juan estaba usando lo molestaban, jamás se lo haría saber. Ash mantuvo su expresión inmutable mientras Juan continuaba, dejando que las palabras fluyeran con la misma naturalidad con que respiraba.
"Es alto", dijo Juan, y sus dedos trazaron una línea ascendente en el aire, como si estuviera midiendo una altura imaginaria. "Varonil. Un poco serio y reservado al principio, pero tímido por dentro..." Su voz se volvió más suave, más íntima, como si estuviera compartiendo un secreto. "Tan apuesto..."
Ash resopló.
El sonido escapó de su garganta antes de que pudiera controlarlo, y una vez que estaba fuera, no había manera de recuperarlo. "No es atractivo en absoluto", dijo, y su voz salió más cortante de lo que pretendía. "Ni siquiera tienen cara. Y todos son más altos que tú."
Juan rodó los ojos mientras volvía a beber el líquido ámbar de su vaso. Había algo en la forma en que lo hacía, en cómo sus labios se curvaban alrededor del borde, que Ash se negó a observar con demasiada atención. La felicidad no abandonaba su rostro, esa maldita felicidad que lo hacía brillar desde adentro hacia afuera, y Ash sintió que sus dedos se tensaban alrededor del vaso abandonado.
"Él sí", insistió Juan, y había un dejo de suficiencia en su tono, como si estuviera en posesión de un conocimiento que Ash jamás podría alcanzar. "Una cara muy atractiva. Además..." Hizo una pausa dramática, sus ojos entrecerrándose con la sonrisa. "Me dio una flor cuando recién nos conocimos."
Antes de poder detenerse —y Ash se detenía siempre, esa era una de las cosas que lo mantenían con vida—, la burla escapó de sus labios.
"Yo también te di una flor. Una mucho más importante" Dijo, y supo inmediatamente que había sido un error. Lo supo por la forma en que su propia voz sonó, por el tono que había adoptado sin permiso.
El silencio que siguió fue breve, apenas un latido, pero Ash sintió que se estiraba hasta volverse insoportable. Juan lo miró fijamente, sus ojos miel sosteniendo la mirada con una intensidad que Ash no estaba seguro de merecer o entender. Luego, con una lentitud deliberada, Juan levantó su vaso y bebió otro sorbo, sus labios presionándose contra el vidrio mientras sus pestañas bajaban y subían en un gesto que parecía contener todo un diálogo no escrito.
Estaba a punto de responder cuando Foolish, con esa energía caótica que lo caracterizaba, apareció de la nada y jaló a Juan del brazo.
"¡Juan! ¡Ven, Tina está diciendo que—!"
Las palabras se perdieron en el ruido mientras Foolish arrastraba al castaño hacia la conversación que había dejado suspendida. Juan lanzó una mirada por encima del hombro, una expresión de disculpa que Ash no había pedido, y luego se giró para unirse a sus amigos.
Ash se quedó donde estaba, sus dedos aún alrededor del vaso que no contenía nada que quisiera beber, y se preguntó por qué demonios había dicho eso de la flor.
[…]
La noche avanzó con la lentitud de una tortuga maldita.
Ash se movió entre los grupos con la precisión de quien ha aprendido a navegar lugares hostiles, intercambiando palabras con Roier aquí, con Molly y maximus allá, y con quackity (cuando esta se acercó lo suficiente para hacer algún comentario sobre el clima que no le interesaba a nadie). Tubbo había insistido en que bebiera algo, que se relajara, que por una noche podía permitirse bajar las defensas, pero Ash se mantuvo firme en su decisión.
Café oscuro.
Taza tras taza, dejando que el amargor se acumulara en su lengua mientras a su alrededor las risas se volvían más estridentes y las conversaciones más incoherentes. Necesitaba tener todos sus sentidos activos, sus reflejos listos, su mente despejada. No podía permitirse el lujo de embotar sus defensas con alcohol, no con tanta gente presente, no con los ojos de Aldo clavados en su nuca cada vez que se daba la vuelta.
Y si sus ojos buscaban más seguido a cierto castaño entre el gentío, bueno.
Siempre podía culpar a la iluminación.
Porque la iluminación del Café D'Hollander era, efectivamente, una tentación para la mirada. Las sombras se acumulaban en los rincones como invitadas silenciosas, y los haces de luz cálida caían sobre los rostros de los asistentes con la precisión de un pintor que conocía exactamente qué ángulos quería destacar. Ash se encontró siguiendo el movimiento de Juan a través del local con una atención que no podía justificar ni como estrategia ni como vigilancia.
Juan reía con Foolish, con Tina, con Robleis cuando este se tambaleaba hasta su mesa con otra ronda de bebidas. Juan gesticulaba con las manos mientras contaba alguna historia que Ash estaba demasiado lejos para escuchar. Juan inclinaba la cabeza hacia atrás, dejando que la luz iluminara la curva de su cuello, y Ash apretaba los dedos alrededor de su taza de café con una fuerza que amenazaba con romper la cerámica.
Era ridículo. Era completamente ridículo.
Ash llevaba años construyendo una coraza de frialdad y control, años entrenándose para no dejarse afectar por las distracciones emocionales, años convirtiéndose en el líder que su gente necesitaba. Y ahora, por culpa de un hombre con gafas y una sonrisa demasiado amplia, se encontraba haciendo exactamente lo que había jurado no hacer nunca, perder el foco.
No era nada, se dijo. Era simplemente el interés por la información secreta que Juan podía tener sobre El Norte. Era la necesidad de mantener buenas relaciones con ellos. Era la preocupación legítima de que uno de sus aliados potenciales estuviera siendo manipulado por el enemigo.
Eso era todo lo que era. Todo lo que podía ser.
Fue por eso que, más allá de la medianoche, cuando la fiesta comenzaba a disolverse en pequeños grupos que se despedían con abrazos demasiado largos y promesas de encontrarse en la inauguración del nuevo local, “Las Casualonas” —Él definitivamente no iba a preguntar— , Ash reconoció la forma familiar de Juan tambaleándose en el borde de la puerta principal.
Las mangas de su camisa azul de botones estaban subidas hasta los codos, revelando sus antebrazos, y Ash no miró. Realmente no miró. Su corbata colgaba desordenada, el nudo flojo y torcido, y los primeros dos botones de la camisa estaban sueltos, dejando ver un triángulo de piel que Ash no estaba mirando. Juan seguía risueño, sus mejillas coloreadas por el alcohol y la diversión, pero había algo en la forma en que se apoyaba contra el marco de la puerta, en cómo sus pies parecían no encontrar del todo el suelo, que sugería que no estaba en condiciones de llegar solo a su casa.
Ash se auto convenció de que la razón por la que se levantaba de su asiento era porque un líder responsable no dejaba que un aliado potencial se tambaleara solo por las calles en medio de la noche.
Solo eso.
Se acercó con pasos que intentaron ser casuales y que probablemente fueron cualquier cosa menos eso. La brisa de la madrugada golpeó su rostro cuando cruzó la puerta, trayendo consigo el olor a hierba mojada y tierra húmeda, y Ash se detuvo justo a tiempo para ver a Juan dar un paso en falso que casi lo hace tropezar con sus propios pies.
"Vas a caerte si sigues así."
Juan se sobresaltó, su cuerpo girándose con una torpeza que no tenía nada que ver con la gracia, y sus manos subieron instintivamente a acomodar las gafas que habían comenzado a resbalar por su nariz. Sus dedos temblaban ligeramente, y Ash notó el gesto con una precisión que no había solicitado.
"Estoy bien", dijo Juan, y su voz sonó más aguda de lo normal, más defensiva. "En realidad no estoy borracho. Solo que Foolish baila horrible y me pisó varias veces..."
La brisa se coló entre ellos, fría y cortante, y Ash sintió cómo el frío atravesaba su camisa como si no estuviera allí. Miró fijamente la vestimenta del castaño —la camisa de mangas cortas, la corbata suelta, la ausencia total de cualquier prenda que pudiera ofrecer abrigo contra el viento— mientras Juan seguía quejándose, sus palabras convirtiéndose en una corriente interminable de excusas y explicaciones que nadie había pedido.
Suspiró con resignación.
El gesto fue mecánico, casi automático, cuando sus manos encontraron los bordes de su chaqueta y comenzaron a desabrocharla. Era una prenda cara, de un tejido grueso que había elegido específicamente por su durabilidad, y Ash sintió el frío morder sus brazos en cuanto la piel quedó expuesta. Pero no le importó. O no se permitió pensar en ello.
Juan no dijo nada cuando la chaqueta cayó sobre sus hombros.
Ash se aseguró de que quedara bien ajustada, de que cubriera los brazos del castaño hasta los codos, de que el cuello alto protegiera su nuca del viento. Sus dedos rozaron la tela de la camisa azul durante el proceso, y Juan bajó la mirada, sus hombros encogiéndose como si quisiera hacerse más pequeño, como si la prenda que acababan de colocar sobre él fuera demasiado pesada.
"Vamos a llevarte a casa", dijo Ash, y su voz salió más grave de lo habitual, más áspera.
Juan negó frenéticamente, su cabeza moviéndose de un lado a otro con una energía que contrastaba con el cansancio que empezaba a pesar en sus párpados. Cuando levantó la mirada, sus enormes ojos se encontraron con los de Ash, y este último tuvo que resistir el impulso, casi físico, de empuñar su espada y simplemente irse. Porque juró que un maldito puchero apareció en los labios del castaño, ese gesto infantil que hacía que todo su instinto de lucha se desordenara en algo que no estaba dispuesto a examinar.
"Casa no", dijo Juan, y su voz era pequeña, casi un susurro. "Mucho ruido."
Ash simplemente asintió, una inclinación breve de cabeza que contenía todo lo que no estaba diciendo. Una buena impresión de su nueva alianza sería cuidarlo en el Régimen, pensó. Que se dieran cuenta de que en su territorio, los invitados eran bienvenidos. Que no había rencores, que el pasado era pasado, que estaban construyendo algo nuevo.
Por supuesto.
Por supuesto que esa era la razón.
Caminaron en silencio.
Las calles de la isla estaban vacías a esas horas, los faroles proyectando sombras alargadas sobre el empedrado que crujía bajo sus pies con cada paso. Ash caminaba ligeramente detrás de Juan, su cuerpo en una posición que le permitía reaccionar ante cualquier amenaza, pero sus ojos no escudriñaban las sombras con la atención que deberían. En lugar de eso, observaban la forma en que Juan caminaba, en que sus pies encontraban el suelo con una vacilación que poco a poco se convertía en algo más firme.
La brisa movía el cabello de Juan, haciéndolo brillar bajo la luz de los faroles, y Ash notó cómo sus dedos se aferraban a los bordes de la chaqueta, tirando de ella hacia su cuerpo como si buscara más calor. Sus movimientos eran nerviosos, inquietos, y Ash se preguntó si era el frío o algo más lo que hacía que sus hombros estuvieran tan tensos.
Cuando llegaron a la casa de Ash, Juan parecía menos animado y más cansado, con una suave expresión adormilada que suavizaba sus facciones. Sus ojos parpadeaban con lentitud, y había algo en la forma en que sostenía su cuerpo, en cómo sus manos aún no soltaban la chaqueta, que hacía que Ash sintiera un nudo en el pecho que no sabía cómo deshacer.
La puerta se abrió con un chirrido suave, y Ash entró primero, encendiendo las luces con un gesto rápido que hizo que la habitación se inundara de una luz blanca y fría.
La habitación era completamente blanca.
Paredes blancas, suelo blanco, techo blanco. Los únicos toques de color provenían de algunos muebles de madera clara y, en el centro de la estancia, una cama de tamaño doble cubierta con ropa de cama morada que destacaba contra la palidez general como una mancha de tinta sobre papel. Era una elección estética que Ash había hecho hacía mucho tiempo y que ahora, bajo la mirada de Juan, le parecía inexplicablemente ridícula.
La mirada de Juan recorrió toda la habitación con una lentitud que Ash sintió en cada centímetro de su piel. Sus ojos se detuvieron en las paredes, en los muebles, en la cama, y sus labios se curvaron en una mueca de disgusto que no intentó ocultar.
"Lo sé", dijo Ash antes de que Juan pudiera pronunciar palabra. Su voz sonó más defensiva de lo que pretendía, y se obligó a relajar los hombros. "La decoración es horrible. Pensaba traerte para que me ayudaras con eso."
Fue un comentario al azar, algo que salió de su boca sin pensarlo, y Ash se sorprendió a sí mismo. No solía hacer ese tipo de ofertas, no solía dejar que nadie tuviera voz en sus decisiones personales. Pero las palabras ya estaban fuera, y no podía recuperarlas.
"¡Ajá! Pilluelo. Así que ese era el verdadero plan", dijo Juan, y había una nota de burla en su voz que hizo que Ash apretara la mandíbula. "Traerme aquí con engaños para que decore tu casa."
Pero la burla se desvaneció cuando la mirada de Juan aterrizó en la cama.
El silencio que siguió fue diferente. Más denso. Más pesado.
Juan caminó hacia la cama con pasos que no eran firmes pero tampoco vacilantes, como si sus pies estuvieran siguiendo un camino que solo él podía ver. Sus dedos rozaron la colcha morada, acariciando la tela con una suavidad que Ash sintió como una descarga eléctrica, y cuando habló, su voz tenía un tono que Ash no había escuchado antes.
Casual. Demasiado casual. Disfrazado de una broma que podría confundirse como una broma casual entre amigos.
"¿Aquí es donde te acostaste con Molly?", dijo Juan, y sus dedos continuaron trazando círculos sobre la tela. "O tal vez Aldo..."
Ash se quedó completamente inmóvil.
El cerebro de Ash se apagó.
No era una metáfora. Realmente sintió cómo sus pensamientos se detenían por completo, cómo dejaba de procesar la información, cómo su cuerpo se quedaba inmóvil sin que pudiera hacer nada para evitarlo. No le ocurría algo así desde sus primeros días como líder. Por supuesto que alguien del norte diría eso, esos tenían un don para sorprenderlo siempre con algo nuevo.
"¿Disculpa?" La palabra escapó de sus labios antes de que pudiera modularla, y sonó exactamente como se sentía, aturdido, confundido y completamente fuera de lugar.
Juan se encogió de hombros con un movimiento que pretendía ser suave y que no lo era en absoluto. Sus dedos abandonaron la colcha, y se giró hacia Ash con una expresión que no era ni inocente ni provocadora, sino algo intermedio que resultaba mucho más peligroso.
"Juan", dijo Ash a regañadientes. Sentía cómo la sangre comenzaba a circular de nuevo por sus venas, el calor acumulándose en su nuca, sus dedos cerrándose en puños a los lados de su cuerpo. Se giró hacia el castaño mientras pasaba una mano por su cabello, un gesto que intentaba ser calmado y que probablemente delataba más nervios de los que quería mostrar.
Ash quiso fijar la mirada en él para intimidarlo, pero algo en los ojos del castaño hacía que sostenerla le resultara extrañamente difícil. Aun así, apretó la mandíbula y forzó la mirada, porque necesitaba recuperar el control que sentía que se le escapaba. Tenía que recordarle quién era él, qué lugar ocupaba, qué tipo de persona tenía enfrente.
"No tengo tiempo para encuentros casuales", dijo, y su voz salió más grave de lo normal, más cortante. "Jamás haría algo así con Molly. Mucho menos con... Aldo."
El nombre de Aldo salió de sus labios con un desagrado que no necesitó fingir.
Juan lo miró mientras ladeaba la cabeza como un cachorro perdido, con sus ojos grandes y brillantes bajo el reflejo de la luz blanca. No parecía intimidado. No parecía impresionado. Solo parecía... curioso. Como si Ash fuera un rompecabezas que estaba tratando de resolver.
"Tú y Aldo tienen tensión", dijo finalmente, y su voz era tan casual como si estuviera comentando el clima. "Cómo yo y Cucurucho."
Fue como si alguien hubiera vertido gasolina sobre un fuego que Ash ni siquiera sabía que estaba ardiendo.
Lo interrumpió con una mirada mordaz, sus pies moviéndose antes de que su cerebro pudiera dar la orden. Un paso. Otro. Cada uno más firme que el anterior, más decidido, más peligroso. Juan retrocedió, sus pies tropezando con el suelo mientras su espalda buscaba un apoyo que encontró en la puerta con un golpe sordo que resonó en la habitación vacía.
Ash estaba ahora en su espacio.
Podía ver cada detalle de su rostro con una claridad que la distancia había ocultado. Las pequeñas líneas alrededor de sus ojos, la forma en que sus pestañas se curvaban hacia arriba, el leve temblor de sus labios, entre abriéndose con suavidad. Podía sentir el calor de su cuerpo a través del espacio que los separaba, ese espacio que Ash sabía que debería aumentar pero que sus piernas se negaban a crear.
"Tienes que terminar con él", dijo Ash, y supo inmediatamente que su tono había salido más amenazante de lo previsto.
Los ojos de Juan se levantaron con rapidez, haciendo contacto visual con él en un movimiento que fue tan repentino como una bofetada. Ash recordaba esa expresión. La había visto antes, en las escaleras, cuando se habían enfrentado por primera vez, “¿Vas a defenderte ahora?” Pensó con leve sarcasmo.
Había furia en sus iris. E indignación. Y algo más, algo que Ash no estaba seguro de querer identificar, algo que brillaba en el fondo de sus ojos como brasas bajo la ceniza.
"No entiendo por qué todos siguen insistiendo en eso", dijo Juan, y su voz temblaba al borde de algo que podía ser ira o podía ser dolor. "Como si no desearan que yo fuera feliz."
Ash se acercó más.
Su brazo se elevó, la palma de su mano encontrando la madera de la puerta junto a la cabeza de Juan, y el sonido de su impacto fue más suave de lo que pretendía. No lo estaba tocando. No se permitía tocarlo. Pero el calor de sus cuerpos se fusionaba en el espacio que los separaba, creando una atmósfera que hacía que el aire fuera más difícil de respirar.
"La Federación es mala", dijo Ash, y cada palabra salía más grave que la anterior, más áspera. "Tú lo viste. Lo sabes. Maximus me dijo que te había mostrado las cintas."
Juan le sostuvo la mirada, y en sus ojos no había vacilación. Solo esa furia que brillaba más intensa cuanto más la miraba Ash. Sus manos se aferraban a los bordes de la chaqueta que aún llevaba puesta, y Ash sintió cómo sus dedos temblaban a través de la tela.
"Él es diferente", dijo Juan, y en su voz había una convicción que Ash había escuchado antes en los discursos diplomáticos que siempre hacía y en las promesas desesperadas. "Me dijo que me amaba la vez pasada."
Ash no pudo evitarlo.
Rodó los ojos con tanta fuerza que sintió cómo le ardían las órbitas, y un gruñó escapó de su garganta antes de que pudiera detenerlo. Era un sonido visceral, animal, que no pertenecía a la imagen convencional que siempre se esforzaba por mantener. Era frustración pura, cruda, de alguien que veía a un amigo —a un aliado, se corrigió mentalmente— arrojarse a un precipicio con los ojos cerrados.
"Él claramente está mintiendo", dijo Ash, y su voz era un golpe. "Te dejó durante días sin presentarse a ninguna de sus citas." Hizo una pausa, sintiendo cómo la rabia le subía por la garganta como bilis. "¿Dónde está él ahora?"
El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.
"¿Por qué es tan difícil de creer que alguien me ama?"
La voz de Juan se rompió en la última palabra, y Ash sintió cómo algo se rompía dentro de él también, algo que no sabía que existía o que habia reprimido durante tanto tiempo que ahora no sabía que hacer con ello.
"Foolish dijo que era porque yo era feo", continuó Juan, y sus palabras se precipitaban unas sobre otras, como si temiera que si se detenía no podría volver a empezar. "¿Soy tan difícil de amar…?"
Sus ojos se humedecieron.
Ash lo vio ocurrir en tiempo real: el brillo que se acumulaba en sus pestañas, la forma en que sus pupilas se dilataban, el gesto que hizo para apartar la mirada, como si se avergonzara aún más si sostenía su mirada. Pero él moreno no quería que sus ojos se apartaran de los de él.
Entonces, Ash se inclinó aún más en su espacio.
No lo tocó. Se mantuvo a esa distancia infinitesimal que separaba sus cuerpos, esa línea que no estaba dispuesto a cruzar pero que tampoco podía dejar de pisar. El calor de Juan llegaba hasta él en oleadas, mezclado con el olor a alcohol y algo más dulce que Ash no supo identificar, y sintió cómo su propia respiración se volvía más lenta, más controlada, como si cada inhalación fuera un esfuerzo consciente.
Ash recorrió el rostro de Juan con cuidado.
No fue un vistazo rápido, sino una exploración. Sus ojos trazaron la línea de su mandíbula, la curva de sus mejillas enrojecidas por el alcohol, la forma de sus labios enrojecidos que aún temblaban ligeramente, el arco de sus cejas que se arqueaban hacia abajo. Observó con detenimiento cada detalle, como si estuviera memorizando un mapa, como si cada rasgo fuera una coordenada en un territorio que nunca había explorado.
"No eres feo", dijo finalmente, y supo que era verdad.
No era un cumplido. Era simplemente un hecho, tan cierto como que el cielo era azul o que la hierba era verde. Su rostro era suave, con ojos de ciervo que parecían contener todo un universo de emociones, y siempre estaba sonriendo, siempre alegrando a los demás con esa calidez que parecía brotar de él sin esfuerzo.
Ash hizo una pausa, y sus labios se curvaron en algo que parecía una sonrisa burlona.
"Tampoco eres guapo."
Juan, que había comenzado a sonrojarse suavemente bajo el escrutinio, le dirigió una mirada mordaz. Sus labios se abrieron, probablemente para lanzar algún insulto que Ash merecía, pero el moreno lo interrumpió antes de que pudiera articularlo.
"Eres bonito", dijo, y la palabra salió más suave de lo que pretendía, más honesta. "Demasiado amable para alguien como él."
"Esa es la excusa que le ponen a los feos", respondió Juan, pero su voz había perdido filo, y sus mejillas estaban más rojas que nunca.
Ash negó mientras se inclinaba aún más, sintiendo cómo el espacio entre ellos se reducía hasta convertirse en casi nada. Podía ver sus propias facciones reflejadas en los ojos de Juan, pequeñas y distorsionadas, como si estuviera mirándose en un espejo de feria.
"No voy a darte cumplidos si eso es lo que buscas", dijo, y cada palabra salía más grave que la anterior, más cargada de algo que no se atrevía a nombrar. "Eres bonito y lo sabes. Pero ellos te están usando." Hizo una pausa, sintiendo cómo la convicción se solidificaba en su pecho. "Cucurucho solo busca la información que le puedas dar del norte."
"Jamás traicionaría a mi familia, por nadie", respondió Juan, con una indirecta sutil que Ash no pudo evitar resentir, y su voz no titubeó, pero sus ojos... sus ojos reflejaban toda la vulnerabilidad que sus palabras negaban. "Y lo que tenemos es especial."
El contacto visual era intenso. Demasiado intenso.
Ash resistió el impulso de sacudirlo hasta hacerlo entrar en razón, de aferrarse a sus hombros y gritarle hasta que entendiera, de hacer cualquier cosa que borrara esa expresión de sus ojos. Pero no podía. No debía.
"Hay mucha gente en esta isla que te trataría mejor", dijo en lugar de eso, y su voz era apenas un susurro ahora. "Que te trataría como una persona, no como un objeto de información o de calor…." Hizo una pausa, sintiendo cómo cada palabra pesaba más que la anterior. "Eres demasiado amable, Juan."
La expresión del castaño se rompió.
No fue un quiebre dramático, no hubo lágrimas ni sollozos. Fue algo más sutil, la forma en que sus dientes blancos salieron para morder su labio inferior con fuerza, la manera en que sus pestañas bajaron como si no pudieran sostener el peso de la mirada de Ash, el pequeño suspiro que escapó de su garganta como un animal herido.
"¿Cómo quién?" preguntó, y su voz era tan pequeña que Ash casi no la escuchó.
Ash se inclinó aún más.
Sus labios rozaron el lóbulo de la oreja de Juan sin tocarlo del todo, dejando solo la promesa del contacto, la amenaza de la cercanía. Sintió cómo Juan contenía la respiración, cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus manos se aferraban a la chaqueta con más fuerza. Un suspiro abandonando sus labios.
"Eres demasiado dulce, Juan", susurró Ash, y su voz era grave, ronca, la voz de alguien que ha pasado años hablando con enemigos y ha olvidado cómo modularla para algo más suave.
Se acercó más, y ahora sus labios sí tocaban el borde de la oreja de Juan, rozándolo con cada palabra.
"Demasiado dulce", repitió, sintiendo cómo el castaño temblaba contra él, cómo su respiración se entrecortaba, cómo su cabeza se inclinaba ligeramente, ofreciendo más espacio, más acceso. "Incluso para mí."
La habitación se había vuelto demasiado pequeña.
Ash lo sintió en la forma en que el aire parecía haberse condensado a su alrededor, volviéndose denso, pesado, casi irrespirable. La luz blanca de las lámparas caía sobre ellos con una frialdad que contrastaba absurdamente con el calor que emanaba del cuerpo de Juan, ese calor que Ash sentía a través de la delgada distancia que aún mantenía entre ellos.
No lo estaba tocando.
Esa era la línea que no había cruzado, el límite que se había impuesto a sí mismo sin saber muy bien por qué. Su brazo seguía apoyado en la puerta, formando una barrera que encerraba a Juan contra la madera, y su cuerpo estaba lo suficientemente cerca como para que cualquier movimiento en falso eliminara el último centímetro que los separaba. Pero no lo tocaba.
Aunque cada fibra de su ser parecía exigirle que lo hiciera.
Ash sintió cómo su propia respiración se volvía más lenta, más controlada, mientras las palabras que acababa de pronunciar aún flotaban en el aire entre ellos. No sabía por qué había dicho eso. No sabía qué significaba exactamente. No sabía por qué su voz había adoptado ese tono, por qué se había permitido acercarse tanto, por qué sus labios habían rozado la oreja de Juan como si fuera lo más natural del mundo.
Pero ahora estaba aquí, en este espacio que él mismo había creado, y no sabía cómo salir sin que pareciera que estaba huyendo.
Porque lo estaría haciendo.
Se alejó.
El movimiento fue gradual, casi imperceptible al principio, como si sus músculos necesitaran tiempo para recordar cómo separarse de esa fuente de calor que los atraía. Su brazo se retiró de la puerta, sus hombros se enderezaron, sus pies dieron un paso atrás que creó un espacio necesario entre sus cuerpos.
Un espacio que Ash sintió como una pérdida.
La tenue luz de la habitación cayó entonces sobre el rostro de Juan con una claridad que Ash no había permitido antes. Y lo que vio hizo que su corazón diera un vuelco que no estaba preparado para procesar.
Las mejillas de Juan estaban sonrojadas.
No era el rubor del alcohol, que Ash había visto desvanecerse durante el camino, ni el sonrojo de la vergüenza que había aparecido durante su discusión. Era algo más profundo, más intenso, que teñía sus pómulos de un rosa cálido que se extendía hasta las puntas de sus orejas. Sus labios estaban ligeramente entreabiertos, como si hubiera olvidado cómo cerrarlos, y sus ojos... sus ojos lo miraban fijamente.
Con una intensidad que Ash no sabía cómo interpretar.
O tal vez sí sabía, y por eso mismo se negaba a hacerlo.
Había algo en esa mirada, en la forma en que las pupilas de Juan estaban dilatadas a pesar de la luz blanca, en cómo sus pestañas temblaban ligeramente, en cómo su cuerpo aún estaba presionado contra la puerta como si no pudiera confiar en sus propias piernas para sostenerse. Era la mirada de alguien que esperaba algo, que anticipaba algo, que estaba suspendido en ese instante entre lo que había sido y lo que podría ser.
Ash tragó saliva.
Sintió cómo su garganta se contraía con el movimiento, cómo sus dedos se cerraban en puños a los lados de su cuerpo para evitar hacer algo que su mente todavía no había aprobado. El espacio que había creado entre ellos era necesario. Era vital. Era lo único que le permitía seguir siendo quien era.
"Puedes dormir aquí", dijo, y su voz sonó extraña, ronca, como si hubiera estado gritando en lugar de susurrar. "Tengo que arreglar asuntos en la frontera del Régimen."
La mentira salió con facilidad. Demasiada facilidad.
Juan no dijo nada.
Permaneció allí, contra la puerta, sus ojos aún fijos en Ash con esa expresión que el moreno no estaba dispuesto a analizar. Sus dedos aún aferraban la chaqueta que Ash le había prestado, y la prenda parecía demasiado grande sobre sus hombros, demasiado pesada, como si contuviera algo más que tela y forro.
Con cuidado, con una lentitud que Ash sintió en cada latido de su corazón, Juan separó sus manos de la chaqueta.
No apartó la mirada.
Sus dedos encontraron el nudo de su corbata, y Ash no pudo evitar seguir el movimiento con sus ojos. Vio cómo los dedos de Juan trabajaban con una paciencia que no le había mostrado a nadie en toda la noche, deshaciendo el nudo flojo con gestos precisos que parecían más íntimos de lo que deberían. La tela se deslizó sobre su cuello, liberándolo, y Juan la sostuvo entre sus manos por un momento antes de dejarla caer sobre una silla cercana.
Ash aún miraba.
No podía dejar de mirar.
La corbata cayó con un susurro casi inaudible, y Juan siguió mirándolo, sus ojos miel sosteniendo la mirada con una fijeza que Ash no había experimentado antes. Había algo en esa mirada, algo que no era desafío ni sumisión, sino una especie de... pregunta. Una pregunta que Ash no estaba seguro de saber responder.
Pero entonces Juan se apartó.
Fue un movimiento repentino, casi brusco, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante demasiado tiempo y finalmente hubiera exhalado. Dio la espalda a Ash con una rapidez que hizo que sus hombros se tensaran, y caminó hacia la cama con pasos que no eran tan firmes como los que había usado antes.
Se dejó caer sobre el colchón, y Ash sintió cómo el peso de su cuerpo hundía las sábanas moradas. Juan se movió hacia el centro de la cama con gestos que intentaban ser naturales, buscando una posición que no pareciera demasiado deliberada, demasiado calculada. Pero cuando finalmente encontró la almohada, cuando su rostro se hundió en el tejido con una lentitud que Ash no pudo ignorar, supo que no había nada de casual en ese movimiento.
Sus almohadas, pensó Ash, con un sentimiento al que no quería dar nombre.
Vio cómo Juan inhalaba profundamente, cómo sus párpados se cerraban, cómo sus dedos se aferraban al borde de la almohada como si fuera lo único que lo mantenía anclado al mundo. El cabello castaño se desparramaba sobre la tela blanca, las puntas rozando las sábanas moradas, y sus hombros subían y bajaban con una respiración que Ash sabía que no era la de alguien que se estaba quedando dormido.
La habitación se llenó de un silencio que no era vacío.
Ash permaneció donde estaba, sus pies anclados al suelo como si hubieran echado raíces, sus ojos fijos en la figura que ocupaba su cama como si fuera un mapa que necesitaba descifrar. No se movió. No dijo nada. Simplemente observó, con esa atención que había perfeccionado durante años de vigilancia constante, la forma en que los dedos de Juan se relajaban gradualmente sobre la almohada, la manera en que su respiración se volvía más lenta, el modo en que su cuerpo se hundía un poco más en el colchón con cada exhalación.
Debería irse, pensó. Debería salir por esa puerta, caminar hacia la frontera, pasar la noche haciendo lo que había dicho que haría. Debería dejar que Juan durmiera, que la mañana llegara, que todo volviera a la normalidad.
Pero sus pies no se movían.
Sus almohadas, repitió su mente, como un disco rayado que no podía soltar la misma canción. “Está hundiendo su rostro en mis almohadas”.
Y con cada segundo que pasaba, con cada respiración que escuchaba, Ash sentía cómo algo dentro de él se desmoronaba lentamente, cómo las barreras que había construido con tanto cuidado empezaban a mostrar grietas por las que se filtraba una luz que no estaba preparado para ver.
Su mano encontró el marco de la puerta, aferrándose a la madera como si fuera lo único que lo mantenía en pie. El frío de la superficie contrastaba con el calor que aún sentía en sus labios, el recuerdo de haber rozado la oreja de Juan, de haber sentido su piel tan cerca que casi podía saborearla.
Demasiado dulce incluso para mí.
Las palabras resonaron en su cabeza con una claridad que lo avergonzaba. ¿Qué había querido decir con eso? ¿Qué había estado a punto de hacer si Juan no se hubiera apartado? ¿Qué habría pasado si, en lugar de separarse, se hubiera inclinado un poco más?
Ash cerró los ojos con fuerza, como si pudiera borrar las imágenes que su propia mente estaba proyectando.
Cuando los abrió, Juan seguía allí.
Su cuerpo era solo una sombra bajo las sábanas, una mancha oscura sobre el mar blanco de la ropa de cama, pero Ash podía ver cada detalle con la misma claridad que si hubiera luz del mediodía. La curva de sus hombros, la línea de su espalda, el mechón de cabello que caía sobre la almohada de forma descuidada.
Era demasiado.
Ash dio un paso atrás.
Otro.
Sus dedos se soltaron del marco de la puerta como si la madera quemara, y sus pies encontraron el pasillo con una urgencia que no había permitido antes. La puerta se cerró detrás de él con un clic suave que resonó en el silencio de la casa como un disparo.
Y entonces, finalmente, Ash respiró.
El aire del pasillo era frío, mucho más frío que el de la habitación, y entró en sus pulmones con una nitidez que casi dolía. Apoyó su frente contra la pared, sintiendo la rugosidad de la pintura contra su piel, y permitió que sus hombros se hundieran en una postura que no había adoptado en años.
Sus dedos temblaban.
Se quedó allí, en el pasillo vacío, con la puerta cerrada a sus espaldas y el eco de las palabras que había pronunciado aún resonando en su cabeza. Y por primera vez en mucho tiempo, Ash no tenía ni idea de qué hacer con lo que sentía.
Y ese pensamiento era, de todas las cosas que había enfrentado en su vida, la más aterradora de todas.
