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Español
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Published:
2026-06-30
Updated:
2026-06-30
Words:
4,279
Chapters:
1/36
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1
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1
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21

Donde florecen las flores, sueñan las gorgonas

Summary:

Todos conocen la historia del poderoso héroe.
Todos conocen la leyenda de la monstruosa Gorgona.
Pero las leyendas rara vez cuentan toda la verdad.

Cuando Hércules se cruza con la temida Medusa, espera otra batalla. En cambio, se encuentra con un alma solitaria que solo desea que la dejen en paz. A medida que una amistad inverosímil se convierte poco a poco en amor, se enfrentarán a dioses, monstruos, maldiciones antiguas y las intrigas del mismísimo Hades.

Sin embargo, el mayor desafío no será derrotar al mal...
Será encontrar un lugar en el mundo al que finalmente puedan llamar hogar.

Chapter 1: Capítulo 1: El bosque del que nadie regresa

Chapter Text

La mañana había comenzado con una tranquilidad tan poco habitual que hasta los pájaros parecían desconfiar. El sol iluminaba los enormes patios de la Academia Prometeo mientras decenas de jóvenes héroes entrenaban con espadas de madera, lanzas, escudos y arcos bajo la atenta mirada de sus instructores. Algunos competían entre sí para demostrar quién era el más fuerte, otros presumían de sus habilidades delante de pequeños grupos de estudiantes, y unos cuantos simplemente intentaban sobrevivir al agotador entrenamiento diario sin terminar cubiertos de polvo antes del mediodía.

En medio de aquel bullicio, Hércules respiraba con calma mientras levantaba una enorme roca sobre sus hombros. A diferencia de la mayoría de sus compañeros, no intentaba impresionar a nadie. Simplemente seguía las instrucciones de su entrenador con la misma dedicación de siempre.

—¡La espalda recta, muchacho! —gritó Filoctetes desde el otro extremo del campo mientras golpeaba el suelo con su bastón. —¡Si cargas una montaña como si fuera un saco de papas, acabarás enterrado debajo de ella!—

—¡Sí, Phil! —respondió Hércules acomodando mejor el peso antes de sonreír con cierta vergüenza.

A unos metros de distancia, Ícaro observaba la escena sentado sobre una cerca de madera mientras mordisqueaba una manzana con total despreocupación. —¿Sabes qué es lo más increíble de Hércules? —comentó mirando a Casandra. Ella ni siquiera levantó la vista del pergamino que estaba leyendo. —Que puedes hacerte esa pregunta unas quince veces al día y siempre encontrarás una respuesta diferente.— Ícaro señaló a Hércules con la manzana.

—No. Lo increíble es que todavía escucha a Phil después de tantos años de gritos.— Casandra dejó escapar una pequeña sonrisa. —Eso sí es admirable.—

Pegaso relinchó divertido mientras agitaba las alas y daba un pequeño salto alrededor de Hércules, como si quisiera animarlo durante el entrenamiento. El caballo alado parecía disfrutar cada ejercicio tanto como su dueño, aunque de vez en cuando aprovechaba cualquier distracción para robar alguna fruta de las canastas cercanas.

—¡Pegaso! —exclamó Hércules riendo. —¡Esa manzana era de Ícaro!—

El joven miró su mano vacía. —¡Oye! ¡Era mi segunda manzana!— Pegaso respondió con un inocente relincho antes de salir galopando por el patio mientras se tragaba el botín.

Phil negó lentamente con la cabeza. —Entre uno que alimenta monstruos imaginarios y otro que roba desayunos, no sé cuál de ustedes me va a sacar más canas.— Las risas se mezclaron con el sonido de las espadas chocando en el campo de entrenamiento. Durante unos minutos todo pareció transcurrir como un día cualquiera en la academia.

Hasta que el cielo se iluminó con un destello dorado.

Una figura descendió desde las nubes a toda velocidad, aterrizando justo en medio del patio con tanta prisa que varios estudiantes tuvieron que apartarse para no ser derribados. —¡Permiso! ¡Mensaje urgente! ¡No... esperen... este no era el patio correcto!—

Hermes observó a su alrededor completamente confundido. —Ah, sí era aquí.— Guardó el pergamino que llevaba en la mano y sonrió con esa mezcla de entusiasmo y nerviosismo que parecía acompañarlo siempre. —¡Buenos días a todos!—

Phil suspiró. —Cuando apareces tan temprano nunca traes buenas noticias.—

—¡Eso no es cierto! A veces también traigo noticias confusas.

Ícaro levantó una mano. —¿Y cuál de las dos son hoy?—

Hermes desplegó un largo pergamino que parecía no terminar nunca. —Veamos... tormenta en el norte... una discusión entre ninfas... Poseidón volvió a perder su tridente durante una competencia de pesca... un cíclope reclama que alguien pintó bigotes en sus estatuas...—

Phil comenzó a masajearse las sienes. —Ve al punto.—

—Claro.— Hermes buscó una línea concreta entre decenas de anotaciones. —Ah, aquí está.— Su expresión cambió por completo.

La sonrisa desapareció.

Incluso el ambiente pareció enfriarse. —Hay nuevos reportes sobre el Bosque de las Gorgonas.—

Las conversaciones alrededor cesaron casi al instante. Varios estudiantes intercambiaron miradas incómodas. Uno de ellos incluso dio un paso hacia atrás al escuchar aquel nombre.

Phil cruzó lentamente los brazos. —Pensé que ese asunto había terminado hace años.—

Hermes negó con la cabeza. —Tres comerciantes desaparecieron hace dos días cerca del bosque. Un cazador asegura haber visto enormes serpientes entre los árboles. Un grupo de soldados encontró varias estatuas nuevas cerca del antiguo templo.

Un silencio incómodo se extendió por el patio.

Ícaro tragó saliva. —¿Estatuas... de personas?—

Hermes asintió con gravedad. —Exactamente.—

Algunos estudiantes comenzaron a murmurar entre ellos.

—Dicen que nadie sale vivo de ese bosque.—

—Mi padre asegura que allí vive la última Gorgona.—

—Escuché que convierte en piedra incluso a los animales.—

—Y que las serpientes de su cabeza devoran a cualquiera que se acerque.—

Cada rumor era más exagerado que el anterior.

Casandra cerró lentamente su pergamino. Su mirada permanecía fija en el horizonte, como si estuviera viendo algo que los demás no podían percibir.

Hércules fue el primero en romper el silencio. —¿Alguien confirmó que esas desapariciones fueron causadas por la Gorgona?—

Hermes dudó unos segundos. —No.—

—¿Entonces solo son rumores?

—Eso parece.

Phil intervino inmediatamente. —Muchacho, no empieces.—

Hércules lo miró con curiosidad. —¿Empezar qué?—

—Esa cara tuya.

—¿Qué cara?

—La cara de "voy a meterme en un problema porque creo que puedo ayudar".

Ícaro señaló a Phil. —Tiene razón. Es exactamente esa cara.—

Hércules soltó una pequeña risa. —Solo digo que quizá deberíamos averiguar qué está pasando antes de sacar conclusiones.—

Phil golpeó el suelo con el bastón. —¡No!—

Todos lo miraron sorprendidos. El viejo sátiro respiró profundamente antes de continuar con un tono mucho más serio de lo habitual. —Hay lugares donde un héroe entra para salvar personas.— Hizo una breve pausa. —Y hay lugares donde un héroe entra... y jamás regresa.—

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire.

Por primera vez en mucho tiempo, incluso él parecía recordar algo que prefería olvidar.

 

Muy lejos de allí, donde la luz del sol apenas lograba atravesar la espesa vegetación, un antiguo templo de piedra permanecía oculto entre árboles centenarios y enredaderas que habían reclamado las ruinas como parte del bosque.

Dentro del santuario solo se escuchaba el leve crujido de las ramas movidas por el viento. Una figura encapuchada caminaba lentamente entre hileras de flores cuidadosamente cultivadas. Se arrodilló frente a una pequeña planta marchita. Con delicadeza retiró algunas hojas secas y añadió un poco de tierra fresca alrededor del tallo.

Varias serpientes asomaban entre la oscura cabellera de la joven, observando el jardín con la misma tranquilidad.

Entonces una de ellas levantó la cabeza.

Había percibido algo.

Muy lejos.

Como si el bosque hubiera escuchado una conversación pronunciada a kilómetros de distancia. La muchacha permaneció inmóvil durante unos segundos antes de volver lentamente la mirada hacia el sendero que conducía al exterior del templo.

No dijo una sola palabra. Pero sus ojos transmitían una mezcla de cansancio... y desconfianza. Como si llevara demasiado tiempo esperando la llegada del siguiente intruso.

 

El resto del entrenamiento transcurrió entre el sonido de espadas chocando y las constantes correcciones de Filoctetes, pero la mente de Hércules permanecía lejos del campo de prácticas. Cada vez que levantaba una roca o realizaba un ejercicio, las palabras de Hermes regresaban una y otra vez a su cabeza.

"Tres comerciantes desaparecieron..."

"Nuevas estatuas..."

"La última Gorgona..."

No era la primera vez que escuchaba historias sobre Medusa. Desde niño había oído relatos exagerados acerca de una criatura monstruosa que habitaba un bosque prohibido, una bestia que disfrutaba convirtiendo a los viajeros en piedra antes de abandonar sus cuerpos inmóviles como advertencia para cualquiera que osara acercarse.

Sin embargo, había algo que no terminaba de convencerlo.

Los rumores siempre crecían con cada persona que los contaba.

La verdad, en cambio, solía ser mucho más complicada.

—¡Hércules!— La voz de Phil lo sacó de sus pensamientos.

—¿Sí?—

—Llevas diez minutos golpeando el mismo poste.—

Hércules parpadeó. Frente a él, el pobre tronco de entrenamiento estaba completamente destrozado.

Ícaro soltó una carcajada. —Creo que el poste ya aprendió la lección.—

Phil resopló. —Cinco vueltas alrededor de la academia.—

—¿Cinco?—

—Por distraído.—

—Pero...—

—¿Quieres que sean diez?—

—Cinco están bien.—

Pegaso lanzó un divertido relincho mientras comenzaba a seguir a Hércules durante la carrera.

Casandra observó cómo ambos se alejaban. —Va a ir al bosque.—

Ícaro dejó de reír. —¿Cómo lo sabes?. Ella respondió con total tranquilidad. —Porque ya lo vi.—

—¿En una visión?

—No.

Miró hacia Hércules. —Lo conozco.—

 

Mientras tanto, muy por debajo de la superficie del mundo, el río de almas recorría lentamente el inmenso reino del Inframundo. Columnas de roca negra sostenían un palacio iluminado únicamente por el resplandor verdoso de los ríos infernales.

Sentado sobre su enorme trono, Hades jugueteaba distraídamente con una pequeña llama azul sobre la punta de uno de sus dedos. Pain y Panic permanecían inmóviles frente a él.

O al menos lo intentaban.

Pain no dejaba de mirar hacia un lado a otro y Panic temblaba incluso sin tener un motivo aparente.

—Qué aburrimiento... —murmuró Hades dejando escapar un bostezo—. Ni una rebelión. Ni un héroe causando problemas. Ni siquiera un titán intentando destruir algo.

Pain levantó una mano. —Podríamos romper una estatua.—

Hades lo miró.

—Pain.—

—¿Sí?—

—Eres la razón por la que existen los dolores de cabeza.—

Panic levantó un pergamino. —Eh... señor...—

—¿Qué ocurre ahora?—

—Llegó un informe nuevo.—

Hades hizo un gesto con desgana. —Sorpréndeme.—

Panic tragó saliva antes de leer. —Movimiento cerca del Bosque de las Gorgonas.—

La pequeña llama sobre la cabeza de Hades aumentó ligeramente de tamaño. —Continúa.—

—Parece que Hércules mostró interés por las desapariciones.— Pain hizo una mueca.

—Genial.—

—¿Genial?—

—Cada vez que Hércules muestra interés por algo... termina arruinando nuestros planes.—

Hades sonrió lentamente. —Normalmente sí.— Se levantó del trono y comenzó a caminar despacio por la enorme sala. —Pero esta vez...— Su sonrisa se hizo más amplia. —Esta vez podría ser diferente.—

Pain y Panic intercambiaron miradas.

—¿Por qué?

Hades observó una enorme llama verdosa que flotaba en medio del salón. Dentro de ella comenzaron a aparecer imágenes del antiguo templo oculto entre los árboles.

Una figura caminaba sola entre las flores.

Silenciosa.

Cabizbaja.

Rodeada únicamente por las serpientes que descansaban sobre su cabeza.

Hades contempló la escena durante varios segundos. —Qué curioso...—

Pain inclinó la cabeza. —¿Qué tiene de curioso?—

—Todos creen conocer a Medusa.—

Volvió a mirar la imagen. —Pero nadie se pregunta qué ocurre cuando alguien vive completamente solo durante siglos.—

Panic tragó saliva. —¿Quiere... usarla?—

Hades soltó una pequeña risa. —No.—

Los dos demonios respiraron aliviados.

—Quiero entenderla.—

Ambos volvieron a quedarse inmóviles.

—Porque cuando entiendes los deseos más profundos de alguien...— La llama sobre su cabeza creció con intensidad. —...ya no necesitas obligarlo a hacer nada.—

 

Al caer la tarde, la mayoría de los estudiantes abandonó el campo de entrenamiento.

Phil guardaba varias armas de práctica cuando notó que Hércules se acercaba.

—¿Qué quieres?

—Solo hablar.

—Mala señal.

Hércules sonrió. —No pienso desobedecerte.—

Phil levantó una ceja. —Eso sonó exactamente como alguien que va a desobedecerme.—

El joven tomó asiento sobre una roca cercana. —¿Alguna vez viste a la Gorgona?—

Phil tardó varios segundos en responder. Finalmente dejó el escudo que estaba limpiando.

—Sí.—

—¿Era como dicen?—

El viejo sátiro bajó la mirada. —No lo sé.—

Aquella respuesta sorprendió a Hércules. —¿Cómo que no lo sabes?—

—La vi una sola vez.

—¿Y?

Phil respiró profundamente. —No me acerqué lo suficiente.—

—¿Por miedo?

—Por sentido común.

Hubo un breve silencio. —Solo vi sombras entre los árboles.—

—¿Entonces nunca luchaste contra ella?

Phil negó con la cabeza. —Escuché un siseo. Vi varias estatuas y decidí regresar.—

Hércules permaneció pensativo. Aquello no respondía ninguna de sus preguntas que seguían siendo rumores, simplemente historias o suposiciones.

Phil notó aquella expresión. —Muchacho...—

—¿Sí?

—Prométeme que no irás.

Hércules no respondió.

Eso bastó para que Phil cerrara los ojos. —Sabía que ibas a hacer exactamente lo contrario.—

 

La noche cayó lentamente sobre Grecia. La luna iluminaba el camino que conducía al bosque prohibido.

Hércules avanzaba acompañado únicamente por Pegaso. Había dejado una breve nota sobre su cama para no preocupar a sus amigos, aunque sabía perfectamente que Casandra descubriría tarde o temprano dónde había ido.

—Solo vamos a observar —susurró mientras acariciaba el cuello de Pegaso—. Si realmente hay alguien en peligro, ayudaremos. Si no... volveremos a casa.— Pegaso respondió con un relincho poco convencido.

El bosque era diferente a cualquier otro lugar que hubieran visitado. No se escuchaban insectos o aves.

Solo el viento moviendo lentamente las ramas.

Cuanto más avanzaban, más extraño se volvía el ambiente, las raíces parecían retorcerse sobre el suelo formando caminos irregulares. Enormes árboles ocultaban casi por completo la luz de la luna y Pegaso se detuvo en seco.

Relinchó nervioso.

Hércules siguió la dirección de su mirada y a pocos metros del sendero, semienterrada entre la maleza...

Había una estatua.

Un hombre de piedra.

Su expresión mostraba un terror absoluto.

Unos pasos más adelante apareció otra.

Y luego una tercera.

Ninguna estaba rota.

Ninguna parecía antigua.

Como si todas hubieran sido creadas recientemente.

El silencio se volvió aún más pesado, un siseo recorrió lentamente la oscuridad. Después otro y otro más...

Pegaso retrocedió un paso.

Hércules permaneció inmóvil.

Desde lo alto de una antigua columna cubierta de enredaderas, dos brillantes ojos dorados aparecieron entre las sombras.

No dijeron nada.

Simplemente observaron al intruso.

Luego una voz femenina, fría y firme, rompió el silencio del bosque. —Te daré una sola oportunidad...— Las serpientes comenzaron a levantar lentamente sus cabezas.

—Da media vuelta... Otro siseo resonó entre los árboles. —...o terminarás igual que los demás.—

El viento dejó de soplar.

Hasta las hojas parecieron inmovilizarse entre las ramas mientras el bosque entero contenía la respiración.

Hércules permanecía inmóvil sobre el sendero, observando la antigua columna cubierta de enredaderas desde donde provenía aquella voz. Pegaso retrocedió otro paso, nervioso, batiendo las alas con inquietud mientras sus orejas permanecían completamente erguidas.

Las sombras comenzaron a moverse.

No eran las ramas.

No era el viento.

Algo descendía lentamente por la columna de piedra con una agilidad imposible.

Dos ojos dorados aparecieron primero. Después una silueta envuelta por una larga capa oscura y finalmente, la luz de la luna iluminó por completo a la dueña de aquella voz.

La joven era alta y de porte elegante, aunque su postura permanecía completamente tensa. Una capucha ocultaba parcialmente su rostro, pero dejaba ver mechones de un oscuro cabello del que surgían varias serpientes vivas. Algunas permanecían inmóviles observando a Hércules. Otras siseaban mostrando pequeños colmillos mientras se deslizaban lentamente entre los rizos.

Su piel era tan pálida que casi parecía esculpida en mármol.

No llevaba armadura.

Ni espada.

Ni escudo.

Solo un arco colgado a la espalda y una pequeña daga sujeta al cinturón. Sin embargo, la verdadera amenaza no eran las armas.

Eran sus ojos.

Aun con la distancia que los separaba, transmitían una mezcla de desconfianza y cansancio que resultaba mucho más inquietante que cualquier gesto de furia.

Pegaso soltó un relincho ahogado.

La joven dirigió apenas un instante la mirada hacia él.

El caballo alado se escondió inmediatamente detrás de Hércules.

Ella volvió a fijarse en el muchacho. —No acostumbro repetir las advertencias.— Su voz era firme, fría y controlada. —Vete.—

Hércules levantó lentamente ambas manos para demostrar que no pensaba atacar. —No vine a pelear.—

Una de las serpientes levantó la cabeza y siseó con fuerza. Otra comenzó a rodear lentamente el cuello de la joven. —Todos dicen lo mismo.—

—Yo no soy un cazador.—

—También dijeron eso los últimos.— Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Hércules desvió la mirada hacia las estatuas dispersas alrededor del sendero. —¿Ellos intentaron matarte?—

La expresión de la Gorgona no cambió.

—¿Importa?

—Sí.—

Ella dejó escapar una breve risa sin humor. —Claro que importa. Porque si digo que sí... pensarás que intento justificarme y si digo que no... pensarás que soy un monstruo.—

Hércules permaneció en silencio, no esperaba aquella respuesta y durante un instante creyó ver algo distinto detrás de aquella actitud agresiva, pero desapareció tan rápido como había surgido.

La joven dio un paso hacia él.

Las serpientes comenzaron a moverse con mayor inquietud. —¿Quién eres?—

—Hércules.—

Ella permaneció inmóvil. Como si aquel nombre no significara absolutamente nada. —Nunca escuché hablar de ti.—

Ícaro habría jurado que aquello era imposible, pero la expresión de la joven dejaba claro que decía la verdad.

Hércules sonrió ligeramente. —Soy estudiante de la Academia Prometeo.—

—Entonces aún estás a tiempo de regresar.—

—Solo quería hablar contigo.—

La respuesta fue una carcajada breve y amarga. —¿Hablar?— Miró lentamente las estatuas. —Los anteriores también querían hablar.—

Después sacar una espada.

Después mi cabeza.

Después llevarla como trofeo.

Otra serpiente siseó con fuerza.

La joven respiró profundamente. —No cometeré el mismo error dos veces.— Sin previo aviso, tomó el arco que llevaba a la espalda. El movimiento fue tan rápido que Hércules apenas alcanzó a seguirlo con la vista.

Una flecha silbó en el aire. Se clavó justo delante de sus pies levantando una pequeña nube de tierra.

No era un disparo para herir. Era una advertencia.

Pegaso dio un salto del susto.

Hércules bajó lentamente la vista hacia la flecha. —Tienes buena puntería.—

—La siguiente no caerá al suelo.—

Durante varios segundos ninguno volvió a hablar, solo se escuchaban los siseos de las serpientes.

Nyx permanecía completamente erguida, vigilando cada movimiento del desconocido.

Jasper mostraba los colmillos preparado para atacar.

Spark no dejaba de moverse de un lado a otro con evidente impaciencia.

Pepper observaba con curiosidad la pequeña bolsa que Hércules llevaba colgada del cinturón, como si estuviera convencida de que escondía comida.

Olive, en cambio, mantenía la cabeza ligeramente inclinada, observándolo con una calma que contrastaba con el resto.

La Gorgona volvió a tensar el arco. —Última advertencia.—

Hércules no dio un solo paso atrás. —No quiero hacerte daño.—

—Qué noble.— Su tono destilaba ironía.

—Entonces haré algo mejor, haré que nunca vuelvas.— Las serpientes comenzaron a agitarse al mismo tiempo. La joven llevó lentamente una mano hasta el borde de la capucha y Pegaso abrió los ojos con terror.

Relinchó desesperadamente mientras intentaba empujar a Hércules hacia atrás con el hocico.

—¡Tranquilo! —susurró el muchacho sin apartar la vista de la Gorgona.

Ella comenzó a retirar la capucha.

Centímetro a centímetro.

Como si quisiera darle tiempo suficiente para arrepentirse.

—Mírame.— La palabra resonó con una tranquilidad aterradora.

Hércules sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No era miedo.

Era instinto.

Algo dentro de él le gritaba que no levantara la vista, que no buscara sus ojos y que huyera.

La capucha cayó por completo y las serpientes quedaron totalmente al descubierto.

Sus ojos dorados brillaban con intensidad bajo la luz de la luna y Hércules reaccionó por puro reflejo girando el rostro hacia un lado apenas una fracción de segundo antes de cruzar su mirada con la de ella. Un intenso destello verdoso iluminó el sendero. La energía golpeó una enorme roca situada detrás del muchacho, el sonido fue seco y pesado. Cuando el resplandor desapareció... La roca se había convertido en una perfecta escultura de piedra gris.

Pegaso quedó completamente inmóvil.

Incluso la Gorgona pareció sorprenderse durante un instante.

Hércules volvió lentamente la vista hacia la roca petrificada.

Después respiró hondo.

Y sonrió con una tranquilidad que desconcertó por completo a la joven. —Supongo que esa era la demostración.—

Ella frunció ligeramente el ceño. —¿No entiendes el peligro en el que estás?—

—Sí.—

—Entonces... ¿Por qué sigues aquí?—

Hércules la miró sin intentar buscar directamente sus ojos. Su respuesta fue sencilla y honesta. —Porque sigo creyendo que hay algo que nadie me está contando.—

Por primera vez desde que apareció... La expresión de la Gorgona vaciló apenas un instante. Solo un instante... Pero fue suficiente para que las serpientes también dejaran de sisear y antes de que pudiera responder, un rugido ensordecedor resonó entre los árboles.

Las aves ocultas en el bosque alzaron el vuelo de golpe.

Las serpientes levantaron la cabeza y la joven giró bruscamente hacia la oscuridad.

Su voz perdió toda frialdad.

—No... No otra vez...— El rugido volvió a estremecer el bosque. No era el sonido grave de un oso ni el aullido de un lobo. Aquello era mucho más profundo, más antiguo, como si la propia montaña hubiera despertado de un largo sueño.

Las hojas comenzaron a caer de los árboles y las aves emprendieron el vuelo en todas direcciones. Hasta Pegaso retrocedió varios pasos mientras agitaba nerviosamente las alas.

Hércules tensó todos los músculos de su cuerpo. —¿Qué fue eso?—

La joven no respondió. Permanecía inmóvil, con la vista fija entre los árboles.

Las ocho serpientes habían dejado de observar al muchacho.

Ahora todas miraban exactamente hacia el mismo lugar.

Nyx se mantenía completamente erguida.

Jasper enseñaba los colmillos.

Spark se movía inquieta de un lado a otro.

Incluso Breeze, que hasta hacía unos instantes permanecía escondida entre el cabello de Medusa, había levantado lentamente la cabeza.

La expresión de la Gorgona cambió por primera vez desde que apareció.

No era miedo.

Era preocupación. —Debes irte.— Su voz sonó mucho más seria que antes.

Hércules dio un paso hacia ella. —¿Qué ocurre?—

—No es asunto tuyo.—

—Ese rugido...—

—¡Vete!—

El grito resonó por todo el bosque.

Antes de que Hércules pudiera responder, una enorme sombra atravesó el sendero a toda velocidad.

El impacto derribó varios árboles.

La tierra tembló bajo sus pies.

Pegaso relinchó alarmado mientras remontaba vuelo por puro instinto.

Entre el polvo apareció una gigantesca criatura de piel grisácea, con enormes colmillos curvados y cuatro brazos musculosos terminados en afiladas garras.

Sus pequeños ojos rojizos recorrían el bosque con furia.

Hércules dio un paso al frente. —¿Un gigante?—

La criatura rugió con tanta fuerza que el eco se perdió entre las montañas.

Medusa apretó los dientes. —No... Otra vez no...—

El monstruo olfateó el aire y después giró lentamente la cabeza. Sus ojos se clavaron directamente sobre la joven y durante un instante pareció ignorar por completo a Hércules.

Las serpientes comenzaron a sisear al unísono.

Jasper avanzó varios centímetros, preparado para atacar.

Nyx permaneció inmóvil, vigilando cualquier movimiento.

Pepper escondió rápidamente la cabeza detrás de Lyra.

La criatura rugió una vez más.

Entonces comenzó a correr.

Directamente hacia Medusa.

Hércules reaccionó sin pensarlo.

Corrió en la misma dirección. —¡Cuidado!—

El gigante levantó uno de sus enormes brazos.

La Gorgona desenfundó la daga.

Era evidente que aquella pequeña hoja no sería suficiente para detener semejante monstruo.

Hércules llegó justo a tiempo.

Sujetó el enorme brazo de la criatura antes de que alcanzara a Medusa.

El impacto abrió una grieta en el suelo.

Ambos quedaron frente a frente.

El gigante rugía.

Hércules hacía fuerza con todas sus energías. —¡Corre!— gritó sin apartar la vista del monstruo. Pero Medusa no se movió, en lugar de huir, tensó su arco.

Disparó una flecha.

Después otra.

Y otra más.

Todas impactaron sobre el rostro del gigante no lograban herirlo, pero bastaban para distraerlo. —¡A la izquierda! —gritó ella.

Hércules obedeció casi por reflejo y el monstruo lanzó un zarpazo que golpeó únicamente el aire.

La joven disparó una cuarta flecha. Esta vez directamente sobre uno de los ojos de la criatura.

El gigante rugió de dolor.

Aprovechando la abertura, Hércules golpeó con todas sus fuerzas el pecho del monstruo.

La criatura salió despedida varios metros, atravesando un árbol antes de desaparecer entre la maleza.

El bosque volvió a quedar en silencio.

Solo se escuchaban las respiraciones agitadas.

Pegaso descendió lentamente junto a Hércules.

El muchacho sonrió mientras recuperaba el aliento. —Buen trabajo.—

La respuesta fue una mirada helada. —¿Quién te pidió ayuda?—

Hércules parpadeó. —Bueno... pensé que...—

—No pienses.— La joven guardó el arco con un movimiento brusco.

—Ese monstruo viene cada cierto tiempo. Sé cómo mantenerlo alejado.—

—Entonces ¿por qué parecía que estabas preocupada?—

Ella no respondió. Simplemente comenzó a recoger las flechas que habían quedado clavadas en el suelo.

Hércules observó las marcas de garras repartidas por el sendero.

No parecían recientes.

Había docenas.

Algunas muy antiguas.

Otras apenas visibles.

Aquella criatura había pasado por allí muchas veces.

—¿Siempre viene a atacarte?— La pregunta quedó flotando en el aire.

Durante unos segundos, Medusa permaneció completamente inmóvil.

Luego respondió sin mirarlo. —No. Viene a destruir mis flores.—

Hércules frunció ligeramente el ceño.

Miró alrededor.

Solo entonces se dio cuenta de que el combate había aplastado varios pequeños jardines ocultos entre la vegetación.

Las flores estaban destrozadas.

Los pétalos cubrían el suelo.

Medusa caminó lentamente hasta una de las plantas rotas arrodillandose con enorme cuidado. Apartó algunas ramas caídas intentando acomodar el tallo, aunque era evidente que ya no tenía salvación.

Ninguna de las serpientes siseó. Todas permanecían en silencio.

Hércules dio un paso hacia ella. —Lo siento...—

La joven se puso de pie inmediatamente.

La frialdad regresó a su rostro. —No vuelvas.—

—Pero...

—La próxima vez...— Levantó lentamente la vista. —No fallaré.—

Hércules comprendió perfectamente a qué se refería. No era una amenaza vacía.

Ella hablaba completamente en serio.

Pegaso tiró suavemente de la túnica de su amigo.

Era hora de marcharse.

El muchacho suspiró. —Está bien, pero volveré.—

Medusa no respondió.

Simplemente esperó hasta verlo desaparecer entre los árboles.

Cuando el bosque recuperó su silencio habitual, las serpientes comenzaron a moverse lentamente.

Spark fue la primera en romper la inmovilidad, frotando cariñosamente su cabeza contra la mejilla de Medusa.

Olive hizo lo mismo desde el otro lado.

Pepper observó con tristeza las flores aplastadas.

La joven acarició distraídamente a cada una de ellas. Después dirigió la mirada hacia el sendero por donde Hércules acababa de marcharse. —Qué muchacho tan terco...—

Nyx levantó ligeramente la cabeza, como si quisiera responderle.

Medusa dejó escapar un largo suspiro. —Espero que haya sido lo bastante inteligente para no regresar jamás.—

Sin embargo... Muy en el fondo de su corazón... Una pequeña voz comenzó a susurrarle algo completamente distinto. Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.